sábado, 2 de mayo de 2009

Influenza en México: 'La Noticia está en el aire'


Manuel Ureste / Córdoba (Veracruz)
Suena a tópico, pero la noticia se palpaba en el aire. Y eso que la ciudad de Córdoba, en el estado de Veracruz (Golfo de México), amaneció ese día como cualquier otro. Soleada, con un elevado tanto por ciento de humedad en el ambiente, y con los restaurantes del casco histórico próximos a la Catedral La Inmaculada y al Palacio Municipal llenos de gente desayunando.
Apenas son las nueve de la mañana. Avanzo por la Avenida 1, la arteria principal de la ciudad, y le echo un vistazo como cada día a los puestos de prensa local y nacional. Todos hablan de lo inevitable estos días: la gripe porcina. ‘Influenza: un país vulnerable, un Gobierno incompetente’, titulaba al respecto la revista Proceso, sin duda una de las más críticas con el Ejecutivo que preside el panista Felipe Calderón. Mientras que otros medios como el diario ‘Reforma’, advertía en su cabeza principal que la cosa, en efecto, ‘Va para largo’.
“Pues la verdad es que sí, para que le voy a negar, ¿sabe usté?. Con esto de la influenza estamos vendiendo muchos más periódicos. Ayer, a las 12 ya no nos quedaba ni uno”, me comenta doña Lupita, mi vendedora habitual.

Continúo avanzando por la calle 8. A ambos lados, la gente transita con su cubrebocas de rigor, sin duda el artículo más deseado estos días en toda la República.
Al fondo, ya casi llegando al casco histórico también conocido como ‘Los Portales de Córdoba’, los agentes de Tránsito, cubiertos de boca y nariz –algunos incluso utilizan guantes de látex–, tratan de dar fluidez al tráfico mañanero de la ciudad.
Cruzo la calle y tomo asiento en una de las mesas de la terraza del Hotel Zevallos, sitio histórico en el que se firmaron los primeros Tratados de Independencia de México.
Alzo la mano y enseguida un camarero con cubrebocas me atiende. Pido unos huevos rancheros y converso con la mesa de al lado: “Wey, dicen que en San Luis Potosí ya cerraron tres hospitales en cuarentena, que nadie puede entrar ni salir”, me jura una de las tres chicas. Las otras dos asienten con la cabeza. “Y la niña que murió en el Yanga (el Hospital General de Córdoba) no fue, como dicen, por neumonía”, insinúa la otra, mientras que la tercera en cuestión asegura haber oído en su trabajo que “ya hay otro caso en Fortín (un municipio vecino, a escasos cuatro kilómetros) y otro en la Colonia San Román”.

Doy un sorbo al café y sigo apuntando en mi libreta. Mientras, las tres jóvenes bromean entre ellas:
- ¿Sabéis qué le dijo Ciudad de México a la influenza después del terremoto (del martes pasado)?-, pregunta la morena de pelo y ojos negros.
- ¿Qué?-, responden.
- ¡Mira cómo tiemblo!

Sonrío levemente y pienso: típico del mexicano. Lo de reírse de su mala suerte, tomarse la vida un poco a broma, y hacerlo con un particular sentido del humor negro.

-¿Y qué pensáis de toda la histeria que hay en estos momentos por la influenza?-, les pregunto, cortando casi en seco las risas.
Ahora es la chica rubia la que contesta. Se llama Alejandra y asegura que es una compañera periodista en un diario local.
- La verdad es que cuando decretaron la suspensión de clases a nivel nacional, el pánico en la ciudad sí que se ha notado más. Porque primero fue en el DF (Ciudad de México, Distrito Federal), luego en el Estado de México (Edomex), y más tarde en San Luis Potosí-, contesta.
- Y con tanta cobertura –remata–, la gente se vuelve algo psicótica... Pero de que es algo grave, lo es.

Les agradezco la conversación y prosigo con mi recorrido por la ciudad, justo el día después de que se hubiera decretado la Alerta número 5 por la OMS y de que el mismísimo presidente pidiera en un mensaje a la Nación que, por favor, nos quedáramos en nuestras casas. Pero yo tenía que salir, quería mi cubrebocas.
Entro a uno de los establecimientos de la cadena ‘Farmacia de Dios’. Allí el calor es sofocante y una larga fila de personas no para de atosigar hasta a once mujeres que no se dan abasto. A los pocos minutos, cuelgan el cartel de ‘No hay cubrebocas’ en la puerta.

-Llevo toda la mañana buscando. Me dijeron que esta era la única farmacia donde quedaban... pero ya se acabaron güerito”-, me comenta con cara de preocupación una de las decenas de personas que se agolpaban frente al mostrador, y que sin fortuna ya había probado en el resto de farmacias del centro.
- ¿Y ahora qué hacemos compadre?, le pregunto.
- ¡Ay mi güerito! Pues qué se yo. Ahorita a seguir buscando...-, contesta mientras apunta con la barbilla a una tienda de telas que hay un par de calles más arriba.
Le hago una reverencia en señal de agradecimiento (ni los fieles en Misa se desean la paz dándose la mano hasta nueva orden) y me dirijo hacia el establecimiento. En efecto, a falta de cubrebocas, la gente decide hacerse el suyo propio: 1 metro de tela pellón (similar a la que se emplea para este artículo sanitario) por dos pesos el metro.

-En el DF ya hay quien está haciendo negocio con los cubrebocas-, asegura la doña del local.
- Y eso no se vale. Porque ya hay quienes los están vendiendo a ¡25 pesos! (1,36 euros)”, añade la señora, asegurando que ellos no han subido el precio de las telas, y recordando, dedo índice en alto, que el precio del tapabocas es de un peso (cinco céntimos de euro). Porque “así lo dice el periódico, ¿no?”.

Es hora de ir a la redacción a escribir. Levanto la mano y un taxi se detiene ante mí. El conductor, un tipo moreno, bigotón, y de unos 50 años, maneja sin protección en boca y nariz. Como si las Vírgenes de Guadalupe y los Santos que lucen en el interior del coche le protegieran.

-Oiga, ¿no le da miedo ir sin cubrebocas?.-, le pregunto extrañado.
- ¿A mí? No, para nada. ¿Por qué lo dice?, me contesta y me pregunta.
- No, pues por lo de la influenza...-, le digo.
- Mire, yo la neta, creo que todo esto es un invento del Gobierno. Porque ahora ya nadie habla de los narco, ni de la crisis, ni de la legalización de las drogas. ¿Sabía usté que ya puede ir con cinco gramos de marigüana en el bolsillo sin que pase nada?-, argumenta, y con cierta razón aquel taxista sin duda bien informado.

- Sí, me enteré esta mañana-, contesto.
- Ajá, ¿y no le parece extraño que ahora, precisamente ahora, aprueben los lisesiaditos del Gobierno esa ley tan polémica?, contraataca.
- Pues sí-, admito, mientras veo por la ventanilla la entrada al diario, en cuya puerta principal ya hay varios carteles pegados por Recursos Humanos informando sobre los síntomas de la gripe porcina y recomendando “el uso permanente del cubrebocas”.
- Por eso le digo -concluye el taxista mientras preparo los 25 pesos de rigor por la corrida-: Yo no tengo miedo ni me vuelvo loco con tanta chingadera de cubrebocas. Porque mijo, si te tiene que pasar algo, te va a pasar igual... ¿O apoco no?-.

Créditos de las fotos:
fotos 1 y 3: SAÚL CONTRERAS
fotos 2 y 4: Ramón Hernández
EL MUNDO DE CÓRDOBA

3 comentarios:

gisela dijo...

Me gusto mucho tu especie de reportaje, de una persona k convive con gente con miedo (aunque hagan chistes de humor negro tipico de nosotros los latinos)pero miedo al fin.
Suele haber gente que cree o que no como el taxista ,pero la verdad es que nadie esta preparado para esto (como nosotros los argentinos),solo queda esperar ha que todo se arregle y se cure en este caso.
saludos

Manu dijo...

Hey Gisela,
gracias por tu comentario desde la Argentina... Ya estuve echando un vistazo a tu blog; muy buenas las fotos!
Saludos desde México!

"Flaco" dijo...

Pues tío vale, excelente crónica... Chao!