jueves 26 de enero de 2012

Los libros del 2011 (Letras para viajar)



Los Viajes de Marco Polo

Ahí está. En una de esas ferias del libro improvisadas –que, en realidad, son unos pocos puestecitos ambulantes ubicados uno junto a otro- que a veces se instalan por las calles desgastadas del casco antiguo de la ciudad de México. Se encuentra en mitad de una larga fila de títulos, ajeno al márquetin de las últimas novedades editoriales de las grandes ferias de talla internacional y escoltado a izquierda y derecha por The Cincinnati Kid, de Richard Jessup -obra que en 1965 dio lugar a la película El rey del juego, estelarizada por Steve McQueen y Edward G. Robinson-, y por una mini colección polvorienta de artículos periodísticos de Mariano José de Larra. Camino hasta él y lo pongo entre mis manos para abrirlo con sumo cuidado de no regar sus hojas por el suelo, ya que se trata de una edición vieja y amarillenta que desprende un fuerte olor a humedad, impresa nada menos que en 1967 por la casa editorial Bruguera en sus talleres de la carretera de Parets del Vallès, Barcelona. En su desgastada tapa de portada, aprecio tras acariciar el tacto rugoso de aquella pasta acartonado, aún se conservan las huellas negruzcas de otros dedos que en otro tiempo pasaron sus páginas, además de un pequeño grabado tipo cómic donde tres hombres vestidos con largas capas y pinta de Reyes Magos recorren a lomos de un caballo cargado de provisiones la ladera de una montaña nevada en dirección a un punto perdido en el infinito horizonte. Bajo la ilustración, el título impreso en letra mayúscula y color rojo reza: Los viajes de Marco Polo.

Leo el título, abro la primera página, y de inmediato, luego de completar las primeras líneas, me encuentro a mí mismo dentro de una de esas viñetas en blanco y negro ilustradas por Julio Vivas, recorriendo con las manos metidas en los bolsillos las húmedas aceras de las calles de la Venecia del lejano año de 1253. Casi sin darme cuenta me he trasladado a los tiempos en los que Roma, la ciudad de los Papas, "establecía su predominio espiritual", en España "los reyes luchaban contra los mahometanos", América "esperaba aún las carabelas de Colón", y en el resto del mundo cristiano, "innumerables reyes, barones, condes y duques, sostenían pequeñas guerras". Sigo leyendo y tras preguntar a las buenas gentes que me voy encontrando en los episodios marcados en números romanos, pronto hallo a orillas de ese viejo y hermoso Mar Mediterráneo que "abrazaba los países civilizados", el rótulo de una calle que dice: "Corte del Milione", muy cerca del Teatro Malibrán. Allí, me aseguraron, se levanta la casa del viajero probablemente más legendario que haya dado la Historia y con el que, a la postre, compartí un sinfín de aventuras a través de 255 páginas recorriendo los territorios de la siempre convulsa Europa, hasta cruzar vastos e inhóspitos desiertos y llegar a los lugares más recónditos de la misteriosa Asia por cuyas tierras se extendía el incontestable dominio del Gran Genghis Khan. Me encuentro, en efecto, ante la casa  "de un hombre maravilloso y legendario, cuyo nombre era Marco Polo".

De esta forma, embarcándome en una impresionante nao rumbo a un puerto del sur de Crimea, para luego continuar a lomos de un caballo hasta alcanzar territorios de la Gran Tartaria, comenzó mi año literario 2011. Un año que ha estado marcado por largas y continuas odiseas, como la vivida en Los Viajes de Marco Polo, en busca de nuevos amaneceres por ver, mares desconocidos que surcar, y largas carreteras que recorrer a bordo de un viejo Cadillac, como aquel en el que completé varias veces un 'coast-to-coast' junto al entrañable Sal Paradise en la obra En el camino. Y es que, si el pasado 2010 decíamos que se caracterizó por la lectura de novelas de corte más bien 'detectivesco' –algunos títulos fueron Trilogía de Nueva York, El Valle del Terror, o La Tabla de Flandes- el pasado 2011 se ha distinguido por ser un año en el que viajar a través de las letras de un lado a otro del planeta fue la constante en esas largas horas de blanco sobre negro, almohada y luz tenue alumbrando la medianoche.

(continuará)


lunes 19 de diciembre de 2011

Pefiles: 'El torcedor de habanos' (2ª y última parte)




Rosa –o Rosita, como la llaman en la tienda- tiene veintidós años y es natural de Playa del Carmen. Hace tres años que empezó a trabajar en The Cigar Factory y  junto a Adela, otra joven de veintidós años que hace siete meses hizo las maletas para dejar Chetumal en busca de trabajo en el turismo del Caribe, es una de las "muchachas" a las que don Cándido enseña el oficio de torcer habanos. Y viéndola sentada en su mesa, con "un café bien cargado" a un costado, un Habana Cuatro en la boca –en su opinión, el mejor porque "es suave, tira bien y tiene un sabor medio dulce"- y cortando cuidadosamente con la filosa chaveta una hoja negra de tabaco, parece que, al menos, estilo para desempeñar el oficio tiene. "Para hacer un cigarro, uno tiene que ser un poco artista –asegura con un cierto tono de orgullo sin levantar la vista de lo que está haciendo-. Es algo complicado. Tienes que saber bien la medida exacta del cigarro, el peso que va a tener, no pasarte de grosor, quitarle bien la vena a la capa para que el puro no se vea muy tosco…". Porque, de lo contrario, incide don Cándido que desde la distancia está atento a la explicación, "el habano se va a quemar chueco, no va a tirar mucho humo porque va demasiado apretado o porque le echan mucha agua al material y el cigarro va mojado cuando debe ir seco para tener una buena combustión. Por eso, como decimos nosotros, el cigarro solo se chamusca, no prende bien. Además, el tabaco siempre debe tener dos años de fermentación. Mucha gente lo ocupa crudo… y cuando uno se fuma un puro de tabaco crudo, al dejarlo en el cenicero, te das cuenta pronto de que apesta. Sin embargo, esto no pasa cuando va bien fermentado. Yo muchas veces tengo el mío ahí en el cenicero y ni me entero; no huele mal. Al contrario, tienen un buen aroma a tabaco".
"Para hacer un cigarro, uno tiene que ser un poco artista"
 Luego del apunte de "el señor Cándido", como lo llaman "las muchachas" a las que enseña, todos en la tienda guardan silencio inmersos en sus quehaceres: en la puerta, una relaciones públicas habla en español e inglés a los turistas de camisa con palmeras y coloridas bermudas en busca de posibles clientes; y en el interior, la patrona hace anotaciones en una libreta con un ojo puesto en la caja registradora y Adela sigue anillando con la etiqueta de la marca de la casa -Lauro's Habana- los cigarros ya prensados y listos para degustar, mientras, detrás de ella, un guajiro con sombrero de mimbre, pecho descubierto, puro humeante en la boca, que porta bajo el brazo una canasta llena de hojas recolectadas de una cigarrera, la observa trabajar desde un cuadro colgado en la pared. En la mesa de al lado, las manos de Rosita siguen concentradas en la chaveta. "Las tres partes del cigarro son: tripa, capote y capa –me explica-. Lo primero de todo es la tripa –señala ahora con la barbilla hacia un montón de cigarros que tienen la forma pero que aún carecen de la textura lisa característica de los puros-. Luego, se envuelve con el capote y lo rolamos de manera manual o con una maquinita. Y, a continuación, se prensa en unos moldes para que se queden bien comprimidos y suaves, sin arrugas. En una hora y media, más o menos, se le aplica la última capa, se anilla, y está listo para fumar". En la distancia, don Cándido le da otro tiro seco al cigarro y sonríe sin decir nada rodeado por sus pensamientos y el humo. "Un buen habano se identifica rápido por tres factores –añade Rosa a la explicación didáctica como si me estuviera recitando la lección ante la atenta mirada del maestro que la observa-: Por el aroma, el color de la capa, y por el anillo. Y claro, ¡por el precio! –ríe -. Por ejemplo, un Cohiba nunca te lo van a dar en 50 pesos ó 5 dólares. Nunca. Y si te lo dan por ese precio, desconfía. Porque como mínimo te va a costar 30 dólares la unidad. Eso, como mínimo".


La influencia de Cuba
De una de las paredes de la tienda, junto a una gran estantería con cajas de madera hechas a mano repletas de puros ya anillados por Adela y listos para la venta, cuelga un retrato al carboncillo de tamaño mediano, discreto. Se trata de un hombre adulto, observo. Como de unos setenta años más o menos; tiene la frente amplia, limpia, despoblada de cabello hasta la coronilla; las cejas de pelo blanco son finas y los ojos, separados por un delgado tabique con forma de nariz, parecen cansados pero satisfechos. En la boca, la sonrisa discreta que se le dibuja a ambos lados de la comisura de los labios le otorga al rostro un aire amable, bondadoso incluso, y de la camisa blanca que viste, tres habanos –uno de ellos es un torpedo de punta afilada- sobresalen tímidamente por encima del bolsillo. "Él es don Lauro", me comenta el gerente, que afirma no tener ningún parentesco familiar a pesar de llamarse también Lauro, al ver que me detengo frente al cuadro. "Don Lauro Pérez. Él era –porque ya falleció- natural de Mérida, Yucatán. Pero vivió muchos años allá en La Habana, Cuba, desde donde trajo la semilla a Veracruz para probar qué tal salían los cigarros aquí. Y sí –extiende el brazo y hace un gesto con la mano abierta tratando de abarcar toda la superficie del local-, la verdad es que salieron muy bien. No obstante, siempre deben traer la semilla de Cuba, porque intentaron cultivarla aquí y no salía igual".



En efecto, don Lauro, o el patrón como se refieren a él con un tono de respeto y admiración, era mexicano, pero de gran influencia cubana. Como todo lo que encuentro a mí alrededor en los pocos metros cuadros del inmueble que pertenece a The Cigar Factory: desde el chan chan de Compay Segundo que sale del radio –aunque don Cándido reconoce con tono de confidencialidad que a él lo que más le gusta es la música de banda norteña- al aroma que se respira al pasar por debajo de las hojas que se secan colgadas del techo, es de innegable influencia cubana. "Yo, la verdad, nunca he estado allá. Cuando comencé a trabajar aquí me mandaron a Veracruz, a la plantación, para que viera todo el proceso de recolecta del tabaco. Pero a Cuba nunca he ido. Y sí tengo la esperanza de ir algún día, por qué no. Me encantaría fumarme un buen Montecristo en el malecón de La Habana", asegura Rosa quien, de inmediato, añade a lo dicho con una sonrisa mientras apoya el cigarro todavía a medio consumir en el cenicero, que "desde luego, tampoco le haría el feo a un Romeo y Julieta". Por su parte, el maestro don Cándido confirma de inmediato la lógica influencia de la Isla caribeña en la profesión a la que tantos años lleva dedicado, aunque lo de torcer habanos no lo considere algo exclusivo que solo sepan hacer bien en Cuba. "Muchas veces vienen por aquí los revoltosos, como yo les digo. Me dicen que ellos son cubanos y que hacen mejor el tabaco que yo. Y yo me río, les digo que bueno, que cada uno hace las cosas como mejor puede y que, a pesar de no ser cubano, mal del todo no me ha ido", argumenta el veracruzano.



Por el reloj de esfera blanca y correa de plástico negra de don Cándido veo que son más de las doce del mediodía. En la entrada, una pareja de turistas de piel canela se fotografía con los mulatos y el puro gigante, y Rosita atiende como puede a un gringo recién llegado from Texas que quiere comprar un cigarro y no acaba de decidirse por ninguno. "Los que son largos como éste –saca de una cajita de madera un Churchill- son recomendables para los que juegan golf o a las cartas, porque son de combustión más lenta. Te puede durar hora y media o incluso dos", me explica Rosa mientras el texano, que viste una estrafalaria camisa hawaina y el infaltable sombrero típico de Dallas, me hace la señal de okey, saca del bolsillo un puñado de dólares americanos que deja sobre el mostrador, y se lleva a la boca de inmediato un Lauro's Habana tipo robusto, el cigarro de la casa. Ante la elección, don Cándido sonríe aún con su habano en la boca, sentado en su silla de madera y rolando paciente otra hoja de tabaco. "¿Qué si volvería a dedicarme a esta profesión? –repite al aire la pregunta después de confesarme que, "la mera verdad", lo que más extraña de Veracruz es a su familia-. Sí, cómo no –contesta rápido-. Esta es mi profesión y no la cambio por nada. Yo cada mañana llego aquí, me tomo mi café, me enciendo mi purito y me pongo a trabajar tranquilamente… Estoy contento y feliz de la vida".




Texto y Fotografías: Manu Ureste
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viernes 2 de diciembre de 2011

Perfiles: El torcedor de habanos (parte 1)




Después de extraer una larga y arrugada hoja negra de tabaco de una bolsita de plástico y extenderla con sumo cuidado de no romperla sobre una mesa añejada por el paso de los años donde se amontonan más de cincuenta tripas de cigarros aún sin rolar, don Cándido le echa un vistazo de reojo al reloj sencillo, sin marca, y de esfera blanca con correa de plástico negra que lleva sujeto a la muñeca, y apura de un ligero sorbo el café lechero que compró un par de calles abajo en dirección al muelle de Playa del Carmen, mientras unas notas agudas de trompeta con sabor a ritmos cubanos emanan con alegría de un viejo estéreo.
Ya son casi las once y lleva un par de horas trabajando, cae en la cuenta. El airecillo que corría temprano en la mañana, aprecia al llevarse la mano a su espalda mojada de sudor, hace rato que amainó dando paso a un sofocante calor húmedo típico del Caribe. Decide entonces levantarse de la silla de madera. Se ajusta con el índice de la mano derecha los lentes que lleva caídos hasta la mitad de la nariz y de uno de los seis botes de plástico grandes que tiene frente a sí a modo de mostrador escoge al azar un puro grande, robusto, del que quita un pequeño trozo de la punta con la afilada guillotina del cortador y  se lo lleva a la boca con cuidado de no mordisquearlo con los dientes. A continuación, busca fuego. Se da varias palmaditas en los bolsillos pero los trae vacíos, comprueba. Se ajusta de nuevo ligeramente las gafas y mira por toda la mesa de trabajo levantando aquí y allá tratando, tal vez, de hacer memoria hasta que, instintivamente, se lleva la mano al pecho, palpa, y extrae de la fina guayabera blanca que viste una cajetilla de Guadalupanos de treinta y ocho piezas. Aliviado, sonríe. Rasca dos fósforos contra la lija áspera de la cajetilla –"el gas de un encendedor puede contaminar el tabaco", explica- y arrima haciendo cueva con la mano izquierda la fulgurante flama que emana de entre sus gruesos pero hábiles dedos hasta el extremo del habano prensado y estirado de manera impecable. De inmediato, el cigarro que tiene el tamaño de un palmo generoso, prende, y al primer tiro seco, una enorme densa bocanada azul se expande por el aire formando caprichosas formas hasta ocultar, casi por completo, aquel amplio rostro de gesto amable de la cegadora luz de la mañana.

"Hoy día –empieza a relatar el artesano con un cierto tono de queja- hay muy pocos torcedores de habanos. Los jóvenes ya no quieren aprender esta profesión, porque está muy mal pagado. O luego le entran pero enseguida se desaniman o se aburren porque es una profesión difícil, que requiere de tener mucha paciencia y que al principio te cuesta mucho aprender. Entonces, prefieren buscar otros trabajos allá en el norte o por donde puedan. Es una lástima, pero…".
Tras los puntos suspensivos, don Cándido agita bruscamente en el aire el par de fósforos con el que encendió el cigarro y los deposita en un cenicero de color verde oscuro junto a otra docena de cerillos chamuscados y el resto de lo que queda de un puro ya inerte a medio consumir y rodeado de ceniza. Frente a él, en la entrada donde un cartel reza el nombre del establecimiento, un par de mulatos moldeados a base de escayola sujetan entre sus robustos brazos un puro de, calculo por encima, más de un metro y medio de longitud –el resto, me explica el gerente, está repartido entre las otras tiendas que la cadena tiene en la ciudad-, con el cual, tal y como demuestra una fotografía que hay en el interior del local donde puede apreciarse un cigarro gigante que ocupa prácticamente toda una calle de la Quinta Avenida, intentaron batir el récord Guinnes del habano más grande del mundo. "Recuerdo que empecé a trabajar en la cigarrera 'Matacapa Tabaco' un día lunes –vuelve don Cándido a tomar asiento y el hilo de la conversación-; éramos doce chamacos (yo apenas tenía quince años), de los cuales nos quedamos ocho. La primera semana me la pasé viendo cómo trabajaban los demás, hasta que un torcedor, o tabaquero, como nos llamamos allá en Veracruz, que tenía mucho tiempo de trabajar allí me dijo que me iba a enseñar. Y pues sí, traté de poner mucha atención para aprender… aunque aquello, la pura verdad, no era nada fácil", relata el  natural de San Andrés Tuxtla, Veracruz, quien de los cincuenta y cinco años de edad con los que cuenta, ha pasado treinta ocho dedicados a torcer habanos.  "Después de varias semanas –continúa- las cosas no me terminaban de salir como esta persona me enseñaba. De hecho, cuando algún puro me salía chueco me regañaba feo y hasta de vez en cuando me mentaba la madre –sonríe ahora mirando con nostalgia el cigarro que sostiene entre la yema de los dedos-. Pero yo seguía probando una y otra vez hasta que, poco a poco, le fui agarrando bien el tiro a la jugada. Luego, después del primer mes, el gerente de la fábrica nos dijo que íbamos a empezar a hacer 50 puros al día y nos advirtió que si a los tres meses no aprendíamos bien… nos íbamos pá fuera.  Pero afortunadamente yo aprendí y me quedé. Y así ha sido durante toda mi vida porque yo no he tenido más trabajo que este que ahora hago –agarra otra hoja de la bolsita de plástico, me la muestra, y la extiende sobre la mesa-. ¿Y sabe por qué? –hace una breve pausa-. Porque me gusta. Me encanta mi trabajo".(continuará) 





Fotografía y texto: @ManuVPC

jueves 17 de noviembre de 2011

'Tulum: la ciudad amurallada' (Última parte. Playa Paraíso)



Hace rato que atravesamos el ecuador imaginario que divide el día. El calor sobre nuestras cabezas es insoportable y, poco a poco, el heterogéneo grupo de turistas se va dispersando hasta quedarme solo bajo la generosa sombra de un árbol de gruesas raíces. Frente a mí una iguana de cuello musculoso se come una desgracia libélula de grandes alas y a su lado un cartel clavado en el césped de la Casa de las columnas reza: "Los mayas afirman que en el camino de Tulum, en el mar, se abrirá en algún momento y el mundo cambiará". Después de hacer un alto en el camino durante algunos minutos y echar un último vistazo desde lo alto del mirador pongo rumbo a la salida del yacimiento arqueológico. Allí, cuatro Nissan Tsuru con las puertas abiertas y el cartelito de Taxi hacen fila mientras los ruleteros platican de manera distendida a la sombra de una palapa sobre la llegada de la temporada baja de turismo en la zona y un señor mayor, como de unos sesenta y tantos años, descansa acalorado sobre el sillín de un viejo triciclo donde transporte una nevera grande de color azul y un cartelito de cartón en el que anuncia escrito a mano que vende paletas de coco "a cinco pesitos".  Pago la corrida del taxi –la distancia es de apenas unos 15 ó 20 minutos caminando, pero el sol es muy intenso y la sombra escasa- y en menos de dos minutos estoy en un club de playa sentado en una silla de plástico con un vaso helado de cerveza bajo la sombra de una palmera tropical. 
Tras la comida inmensos nubarrones grises lo inundan todo. Las ramas de las palmeras cuyos espigados troncos moldeados por la acción del viento rozan la arena fina –dibujando la típica postal caribeña- comienzan a moverse y a emitir un casi imperceptible susurro que anuncia agua y tormenta. Los camareros, observo, se ponen nerviosos. Se miran unos a otros con las bandejas en la mano sin saber muy bien qué hacer, hasta que uno de ellos toma la iniciativa y agarra una de las hamacas que están vacías y puestas en fila para arrastrarla por la arena hasta un pequeño almacén. Pago la cuenta y camino hacia la cercana orilla. A mi alrededor, a excepción de un par de pescadores que tiran una y otra vez sus redes al agua y un tipo que por allí pasa corriendo junto a un hermoso Golden Terrier, la playa luce desierta. Bajo la planta de mis pies la fina arena blanca se siente fría. El sol sigue oculto tras las nubes y el Caribe, me digo, ya no lo parece tanto: el viento que entra por el poniente arrastra consigo la paradisiaca y glamurosa estampa de cocoteros y playas de agua azul turquesa, y deja en su lugar ante mí un océano gris que huele a mar de fondo, donde cuatro barcazas bailotean amarradas a tierra y un buque mercante de bandera que no distingo fondea a lo lejos repleto de contenedores que transportar por entre las aguas internacionales del mar abierto.  





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La tarde comienza a languidecer. Llevo cerca de una hora caminando y las gotas de lluvia me empapan los hombros. En la distancia alcanzo a distinguir la montaña donde aún se mantiene en pie, a pesar de los huracanes y el corrosivo efecto del paso de los siglos, el antiguo edificio de El Castillo. Abandono la mochila y las sandalias enrolladas en una toalla sobre la arena y entro al solitario mar que me inunda de inmediato hasta la barbilla. Doy varias brazadas tratando de controlar la respiración y vuelvo a sumergirme para buscar de nuevo la superficie y llenar los pulmones de aire. En las alturas, sobre mi cabeza, un par de gaviotas graznan y planean buscando alimento hasta confundirse en el horizonte con el acantilado desde donde una mañana de un día cualquiera del lejano año de 1.518, el batab de Tulum, brazos en jarra, gesto serio y rodeado de sus sacerdotes, oteaba la llegada de una misteriosa embarcación nunca antes vista que portaba en lo alto de sus inmensas velas de trapo un estandarte en forma de cruz. "Quien sabe –me digo posando mis ojos en el buque fondeado frente a la ciudad amurallada, tratando de imaginar a aquellos hombres barbados de piel blanca que se apoyan en la borda de la nao y miran nerviosos hacia la costa repleta de canoas y extraños seres que les sostienen la mirada con cara de temor y desconfianza-. Tal vez aquí empezó todo. El encuentro de dos mundos que, para bien o para mal, nos llevó hasta lo que hoy somos".  (Fin)

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Texto y Fotografía: ManuVpC

domingo 13 de noviembre de 2011

Diarios de un Vocho: 'Tulum, la ciudad amurallada' (Parte 3: 'El Castillo')



El edificio conocido como 'El Castillo' ejercía una labor de faro para los pescadores mayas.


"Debido a que este es uno de los lugares donde primero despunta el alba en nuestro país–explica unos de los guías que por allí pasa con un nutrido grupo de turistas-, en la época prehispánica esta ciudad era conocida como Zamá, que en lengua maya significa 'amanecer'.  Y no sería hasta años más tarde, ya durante el declive de la fortificación tras la llegada de los españoles, cuando se comenzó a llamar Tulum, que significa 'muralla', la cual, seguramente, desempeñaba una función defensiva, aunque también sirvió para delimitar el área sagrada, así como para marcar la diferencia entre la élite y la gente común que vivía fuera de ella". Atraído por la explicación, abro de nuevo los ojos y dejo a un lado las ensoñaciones con Juan de Grijalva y el gran batab de Tulum. Los recién casados que se fotografiaban en la fachada de la Casa del cenote se arremolinan ahora en torno al guía que se dirige hacia la pequeña torre de defensa que, en realidad, es el Templo del Viento, una pequeña edificación de base circular localizada en lo alto de una cima poco elevada. "Tulum –continúa la disertación el guía- fue una comunidad privilegiada por su ubicación que participó muy activamente como puerto donde se distribuían productos procedentes de lugares lejanos como Centroamérica, las costas del Pacífico, o el Golfo y centro de México, por medio de rutas marítimas y terrestres. En cuanto a la vida cotidiana en esta ciudad, que fue contemporánea de otras grandes urbes de la civilización maya como Chichen Itzá o Mayapán, estaba relacionada con la política,  rituales mágico-religiosos, las artes y las observaciones de los astros".


La Casa del Cenote

Después de la explicación sigo los pasos del grupo que baja de nuevo por las escaleras y se dirige por la gran explanada hacia el conjunto de edificaciones donde se encuentra El templo del Dios descendente –llamado así porque en su interior se encuentra una escultura que presenta un personaje descendiendo del cielo que tiene alas, un tocado sobre la cabeza y sostiene un objeto entre las manos-; El palacio –que servía de residencia a los pobladores más importantes-; La casa de las columnas, El templo de los frescos, La plataforma funeraria, y una vasta construcción de piedra maciza –acordonada debido a los trabajos de restauración- a la que todos llaman El Castillo, la cual resultaba de vital importancia para los pescadores debido a que ejercía una función de faro. "Los mayas de Tulum tenían como principal fuente de sustento el mar. De él conseguían productos para alimentarse, además de materias primas para elaborar instrumentos de trabajo, objetos para sus rituales, y utensilios de diversos usos. Por eso –señala el guía con la mano en dirección al majestuoso yacimiento en ruinas que hay frente a nosotros-, cuando los navegantes mayas salían al mar procuraban siempre mantenerse cerca de la costa o en aguas poco profundas debido a que sus canoas eran muy frágiles en los peligros del océano abierto. De ahí que este edificio fuera de gran importancia para ellos, ya que, mediante la ayuda de dos ventanales de la fachada, los cuales eran iluminados por luz natural durante el día y antorchas por la noche, les indicaba el momento exacto para tomar el canal que dividía al arrecife y así evitar chocar contra él y perder la mercancía que traían a bordo". Sin embargo, precisa el guía, los mayas de esta zona que navegaron costas, bahías, caletas, ensenadas, así como ríos, constituyendo un amplio circuito comercial que abarcaba desde lo que hoy sería el centro de México hasta Honduras, no solo vivían de lo que les brindaba el mar. También fueron grandes agricultores. "En las casas –añade volteándose hacia el lado opuesto al mar, en dirección a la zona selvática- había pequeños huertos con maíz, chile, frijol, calabaza, achiote, tomate, frutas, tubérculos… Aprovecharon lo que la selva les brindaba, ya que era una rica fuente para la caza de animales y la recolección de especies rupestres comestibles, así como la captura de aves que les proporcionaban plumaje de vistoso colorido".


Antes de la llegada de los españoles, Tulum era conocida con el nombre de 'Zamá', que significa 'amanecer'

Datos para tu blog de notas: 
En el interior de la ciudad maya de Tulum hay frescos que, de acuerdo con expertos, pueden datar del año 400 d.C. Se considera que la época de esplendor de Tulum fue en 1.200 de nuestra era, mientras que su declive data a partir de 1.542.  
Los mayas participaron en el circuito comercial que abarcaba desde el centro de México hasta Honduras, navegando costas, bahías, caletas y ensenadas, así como ríos, lagunas y estuarios.
En este circuito comercial, Tulum fue un importante puerto costero que vinculó el comercio marítimo y terrestre. 
Tulum está rodeada por un enorme muro de piedra o muralla. Su altura es irregular, ya que sigue los contornos del terreno; tiene la forma de un rectángulo con solo tres lados: la parte que da al mar no fue protegida.  


lunes 7 de noviembre de 2011

Diarios de un Vocho: Tulum, la ciudad amurallada (parte 2: El gran Batab y Juan de Grijalva)


El Templo del Viento.

Ya en el interior, cruzo por un pequeño túnel de piedras amontonadas y salgo a una gran plataforma donde varias edificaciones se mantienen en pie sobre un suelo de roca calcárea de más de dos millones de antigüedad y césped recién cortado. A lo lejos, sobre una pequeña cima, un grupo de personas se dirigen en fila hacia lo alto de un mirador. Me pongo la mano a modo de visera en la frente y echo un vistazo. Se trata de un pequeño castillo, parece. O más bien de una torre de defensa. Seco el sudor de la cara con el dorso de la mano y me dirijo hacia la cima subiendo por unas escaleras anchas y poco inclinadas. Llego arriba y me tomo un respiro. El Caribe lo inunda todo frente a mí con su suave brisa cargada de sal y siglos de Historia. En silencio, cierro los ojos y trato de aislarme de las ruidosas parejas de recién casados que se toman fotos en la fachada de la Casa del cenote para dejarme llevar por el rumor del viento y de las olas rompiendo en la orilla de la hermosa playa que hay debajo del acantilado. Respiro hondo y extiendo los brazos con las palmas de las manos abiertas. Por unos momentos inicio en solitario un largo viaje a aquella calurosa y húmeda mañana de un día cualquiera del año 1.518. En ese entonces –imagino- mi nombre tal vez sería Juan de Grijalva, y estaría como capitán de navío al mando de una nao española que va en misión de exploración después de partir del puerto de Matanzas en la isla de Cuba, navegando –con todo el trapo arriba y el viento soplando en las jarcias- muy cerca de la línea de la costa, frente a una misteriosa ciudad con grandes edificios y torres de piedra que me traen al recuerdo a la lejana y hermosa Sevilla, y en cuya playa de arena blanca distingo grandes canoas impulsadas por fornidos remeros con cargamentos de algodón, miel, sal, piedras de molienda y adornos de jade. O, tal vez –sigo imaginando- estaría donde ahora pisan mis pies. Frente al mar, vestido con un colorido atuendo de plumas que me distingue como gran batab –gobernante- de Tulum,  observando, brazos en jarra, cómo grandes barcas con mantas colgadas de largos palos se acercan sigilosamente a la orilla, mientras con el gesto muy serio me pregunto, inquieto, quiénes son esos seres extraños y qué intenciones los traen por estas tierras... (continuará)







jueves 27 de octubre de 2011

Diarios de un Vocho: Tulum, la ciudad amurallada (parte I)


En la época prehispánica esta ciudad maya era conocida con el nombre de Zamá, que significa 'amanecer'. No sería hasta los años de su decadencia (estiman que allá por el año 1,500 de nuestra era) cuando empezó a conocerse como Tulum, que signifca 'muralla'. 

Unos conversan fumando tranquilamente un cigarrillo; otros, prefieren leer el diario en silencio. Se trata de un grupo de no más de diez tricicleteros que esperan sentados sobre el sillín de su herramienta de trabajo a que la mañana espabile bajo la generosa sombra de un toldo color azul ya desgastado. Aún no dan las nueve de la mañana pero el calor es sofocante, plomizo. Camino por la calle Juárez en dirección al muelle. Esquivo hábilmente a los primeros touroperadores que salen en busca de turistas de ropa surfera y sombrero tipo Panamá para ofrecerles insistentemente excursiones a Chichen-Itza y me dirijo en dirección al muelle hasta llegar al cruce con el famoso bulevar de tiendas y restaurantes que hay en la Quinta Avenida de Playa del Carmen. Allí, a un costado de la entrada principal de la estación de autobuses, junto a las primeras tiendas que abren sus puertas, un tipo que viste pantalón corto, chanclas desvencijadas y playera blanca sin publicidad, permanece sentado sobre una caja de madera con los brazos cruzados sin perder de vista el tenderete de periódicos que vende entre los taxistas de la base que hay delante de la parroquia de inmaculada fachada blanca de Nuestra Señora del Carmen.

Nueve de la mañana. Le echo un vistazo a algunas de las portadas y paso de largo sin comprar ningún ejemplar para entrar a la central. Me planto delante del mostrador acristalado y pregunto si aún estoy a tiempo de tomar el próximo autobús con destino a las ruinas arqueológicas de Tulum. Pago ciento veinte pesos por un boleto de ida y otro con la vuelta abierta hasta las seis de la tarde y subo con el motor del autobús ya calentando válvulas y el voceador dando los últimos gritos anunciando la ruta. De inmediato, el chofer cierra la puerta hidráulica y mete marcha atrás. Ocupo el asiento número treinta y reclino ligeramente el respaldo. El aire acondicionado me reconforta. Saco el desgastado cuaderno de notas de la mochila y trato de apuntar algo a pesar de los pronunciados topes y los baches de la carretera. A los cinco minutos de iniciar el viaje, un par de micropantallas de televisión se despliegan haciendo un ruido metálico y a continuación comienza a desarrollarse la trama de la típica película de Hollywood donde Estados Unidos está en grave peligro de ser atacada y el presidente de turno advierte a los suyos en un solemne discurso de que tiempos oscuros acechan a la unidad del país para terminar su alocución con el infaltable Good Bless America. Tras la escena sonrío y miro por la ventana panorámica. El paisaje es siempre el mismo, pienso. Verde y más verde. La densa selva se extiende a ambos lados de la carretera y tan solo la fastuosa fachada de algún complejo hotelero interrumpe la monotonía de kilómetros de vegetación.


Tulum fue la primera ciudad maya avistada por los españoles en siglo XV.
Una hora después, tras pasar primero por los eco-parques de Xcaret y Xel-Há, llegamos a la pequeña estación solitaria que hay junto a la carretera federal de la zona arqueológica de Tulum (a tan solo unos kilómetros más se encuentra el municipio que lleva el mismo nombre). Nada más descender por las escalerillas del autobús siento cómo la camiseta se me pega de nuevo a la espalda. El sol me abrasa la frente. Compro una botella pequeña de agua en uno de los muchos puestecillos de artesanías y artículos varios que me voy encontrando y comienzo a caminar a paso ligero hasta la plazoleta de donde parte el llamado 'trenecito' que, en realidad, es un tractor que tira de dos plataformas metálicas techadas con asientos y ruedas. Pago veinte pesos por el corto trayecto de ida y vuelta y llego a la entrada del recinto que da acceso al yacimiento. En la fila para comprar el boleto de entrada libre por cincuenta y un pesos (prefería ir por mi cuenta), un grupo de turistas de cuatro personas hablan entre sí y comentan malhumorados que pagaron seiscientos cincuenta pesos por un guía particular, cuando en la entrada del recinto un pizarrón con los precios oficiales les ofrece el mismo servicio por quinientos. Adquiero mi entrada (mexicanos con IFE, jubilados, estudiantes y menores de trece años, no pagan) y accedo a la zona arqueológica por un camino donde una impresionante iguana acostada sobre una piedra maciza me da la bienvenida a esta tierra que allá por entre los años 1,200 y 1,400  de nuestra era vivió su época de máximo esplendor como uno de los puertos comerciales más importantes de lo que hoy conocemos como la Ruta Maya. continuará.


Por los registros hallados en murales dentro de la ciudad maya, se piensa que Tulum fue un importante centro de culto para el llamado 'Dios descendente'. En la imagen, la 'Casa de las columnas'.

Texto y fotografías: @ManuVPC