viernes, 12 de septiembre de 2014

Diario de la Frontera Sur (parte 3): "Bienvenidos al burdel más grande de México"



Mural en el albergue de migrantes de Tecún Umán, Guatemala. Foto: Manu Ureste



El pasado mes de julio, Animal Político publicó con la ONG Round Earth media una investigación sobre la pesadilla que viven menores migrantes a su paso por México. Ahora, en una serie de cuatro entregas (esta es la tercera) contaré en primera persona -mochila y cámara de fotos al hombro- las anécdotas y experiencias que dejó el recorrido por una de las zonas más complejas y también peligrosas del Planeta: la frontera sur entre México y Guatemala. 


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“Mira, esa muchacha no debe tener más de dieciséis años”, me dice meneando la cabeza y exhalando un suspiro de cansancio uno de los voluntarios que trabaja en un albergue de migrantes en la ciudad de Tapachula, en el estado de Chiapas. Es hondureña, agrega el voluntario, y lleva ya varios días merodeando por la puerta de este refugio para migrantes ubicado en las orillas de un río. 

Con cada paso arriba de unos zapatos de tacón imposible, la joven sonríe, coqueta. Apenas usa maquillaje en su rostro aniñado. Lleva el pelo azabache recogido en un moño que le acentúa la mirada algo rasgada de ojos negros, y viste una falda corta que le deja al desnudo unas largas pantorrillas y buena parte de los muslos. 

Sentados en el borde de una banqueta, un grupo de hombres jóvenes que esperan su turno para poder entrar al albergue la observan. Algunos ríen y otros le lanzan piropos. Pero nadie saca dinero del bolsillo. Así que la hondureña pasa de largo, ahora con cierto desdén, y continúa con la pasarela hasta el final de la calle. 

Ante la escena, le pregunto al voluntario si es común que en los alrededores del albergue haya prostitución a plena luz del día. El muchacho encoge los hombros. Adentro del refugio hay un reglamento interno que todos deben cumplir, me explica. Pero más allá de la puerta del inmueble… ya cada quien hace lo suyo. 

La hondureña sigue caminando sobre los tacones en mitad de la calle semiasfaltada. 

“Qué triste –masculla el voluntario entre dientes, apoyado sobre una pared al amparo de la generosa sombra que ofrece un árbol-. Con lo joven y bonita que es la muchacha…”. 

A lo lejos, la joven centroamericana se detiene en una esquina. Un taxista pasa por su lado y baja la ventanilla del copiloto. 

Ella solo sonríe. 


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Ya hemos pasado el ecuador de nuestra estancia en la frontera sur para el reportaje de menores migrantes. Atrás quedó Arriaga, el punto de partida de ‘La Bestia’ hacia la frontera con Estados Unidos, así como Tonalá, municipio chiapaneco al que fuimos para documentar denuncias de vecinos y organizaciones de la sociedad civil sobre prácticas de corrupción en los innumerables retenes policiales y de migración que, con ayuda multimillonaria del Plan Mérida de Estados Unidos, minan la zona en busca de criminales y droga. 

Llegamos a Tapachula una sofocante tarde de lluvia, previo paso por Huixtla, donde tomamos imágenes de la súper aduana que el gobierno de México abrió recientemente, y donde comerciantes de Tonalá denuncian que han sufrido robos y extorsiones para poder pasar su mercancía. En esta ciudad, ubicada a tan solo unos kilómetros de Guatemala, hay varios albergues de migrantes. Uno de ellos, aunque más bien se trata de una pequeña casa refugio, es el albergue ‘Todo por ellos’, que dirige el Hermano Ramón Verdugo. 

Esa tarde la casa está repleta de niños. Ninguno pasa de los siete años, y al menos tres de ellos vienen con una mujer hondureña que huyó de su país para buscar un refugio en México. Ajenos a todo, los menores juegan con un guajolote en el patio de la casa, mientras el Hermano Ramón Verdugo explica ante nuestra cámara por qué, incluso en el parque central de Tapachula, es común ver a menores trabajando en todo tipo de empleos, o incluso ejerciendo la prostitución. 



Niño migrante en el albergue 'Todo por ellos', en la ciudad de Tapachula.


Niños migrantes en Tapachula. 


“Tapachula es la primera ciudad grande después de la frontera, y a unos escasos 20 kilómetros está la primera garita migratoria. Entonces, cuando los chicos llegan a la ciudad ya vienen con el temor de seguir avanzando, porque como leyenda urbana todos saben qué pasa más arriba. Es decir, saben que hay robos, secuestros, extorsiones, y tienen miedo de continuar. Por eso, conforme van llegando estos chicos, va aumentando el número de menores en las calles. Y de tener, regularmente, en el parque central a ocho o nueve jóvenes prostituyéndose, de pronto vemos que el número crece a 20, 30 o incluso 40 jóvenes”, explica Verdugo, que además no tiene reparo en apuntar directamente a las autoridades como cómplices de esa explotación sexual infantil. 

“Debido al estigma que hay sobre todo contra los jóvenes hondureños por la violencia de las pandillas, les es muy difícil a estos muchachos encontrar un empleo. Por eso permanecen en las calles, y por necesidad se encuentra con esta oferta sexual que algunas personas hacen, y por ello ejercen la prostitución –plantea el religioso-. Y las autoridades se aprovechan de ellos en el momento en que empiezan a perseguirlos, pero no por ejercer la prostitución, sino para extorsionarlos”. 

“Es decir –agrega Verdugo-, las autoridades argumentan que, simplemente por el hecho de estar en las calles, están causando un desorden público, y así se fabrican un delito para poder detener a estos jóvenes y quitarles lo que traigan encima. Y es de esta manera que se ejerce esta explotación: las autoridades saben que los menores se prostituyen, se lo permiten, los detienen por cualquier otra causa, les quitan el dinero, los dejan libres, y vuelve una vez más a ponerse en marcha el círculo”. 

De vez en cuando, uno de los niños migrantes, un hondureño que parece el mayor de todos, se acerca curioso al lugar de la entrevista. Me toca la espalda y en voz baja, para no interrumpir la plática, me pide insistentemente que le preste la cámara de fotos. A la tercera o cuarta vez, accedo. Se la pongo con cuidado entre sus todavía pequeñas manos y él la agarra con fuerza con la promesa de cuidarla bien. De inmediato, comienza a lanzar miles de fotografías mientras el resto de niños siguen jugando a lanzarse el guajolote. 



Ilustración elaborada a partir de una fotografía de los menores migrantes que están en el albergue 'Todo por ellos'. 


Esta ilustración fue la portada del primer reportaje del especial 'Menores Migrantes: México cierra la puerta a una generación que huye de la violencia'


-¿Estamos en un momento de crisis con los niños migrantes? -le cuestiona a Ramón Verdugo mi compañera reportera de Estados Unidos, Jennifer Collins-. 

El religioso apoya la espalda en la silla de plástico. Se acaricia la barba de candado y tras meditarlo unos segundos, contesta: 

-Desde el momento en que hay tres o cuatro niños migrantes en las calles, y éstos son vulnerados por las mismas autoridades, sí hay una crisis. 

-¿Cuántos menores se calcula que hay en las calles de Tapachula? -Por esta ciudad pasan tanto niños y tantas mujeres que es imposible citar cifras exactas. Según un funcionario de la misma secretaría que los extorsiona, hay 500 vendedores de dulces en las calles. De ahí en adelante todo es fantasía. Por ejemplo, Save the Children dijo en 2012 que hasta 20 mil niños vivían algún tipo de explotación en Chiapas, y hasta conservadora me parece esa cifra, porque este es un estado que no valora la niñez. Por algo Tapachula está considerado como el burdel más grande de México. Aquí, por cada escuela hay dos bares, y cerca de tres mil trabajadoras sexuales. 

-¿Qué podría hacer México con todos esos niños migrantes que pasan por aquí como primer paso para llegar a EU –mi compañera lanza la última pregunta-. -En una palabra: seguridad. Sería muy difícil que México construyera una gran cantidad de albergues para alojar a todos esos menores, pero sí podemos exigir que los niños migrantes no sean vulnerados, que no sean atacados, y que por el contrario sean respetados y apoyados humanamente. 


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El reloj marca algo más de las nueve y poco a poco la ciudad va bajando el ritmo de las pulsaciones. Los comercios cierran sus puertas y el parque central Miguel Hidalgo, el principal atractivo turístico de esta localidad en el que el Ayuntamiento ha colocado una pantalla gigante para ver los partidos del Mundial de Brasil, empieza a despoblarse. 

De regreso a nuestro hotel caminamos por entre las calles aledañas al centro histórico. Todo está en calma. Sólo el sonido de unos tacones golpeando la banqueta sale a nuestro encuentro.


Aquí puedes leer la entrega número uno (El Mundial en una balsa), y la entrega número dos (¿"Oiga, ya estoy en Estados Unidos?) 

lunes, 1 de septiembre de 2014

Diario de la Frontera Sur (parte 2): Oiga, ¿ya estoy en Estados Unidos?



Migrantes en albergue de Arriaga, estado de Chiapas. (Click en las imágenes para verlas más grandes)


En esta segunda entrega de 'Diario de la Frontera Sur' viajamos al municipio de Arriaga, uno de los puntos señalados en rojo en nuestra agenda para la investigación de menores migrantes, debido a que ahí el tren al que llaman 'La Bestia' hace su primera salida rumbo a la frontera norte con Estados Unidos.

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10.05 am, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. 

Hace unos veinte minutos que las ruedas del avión tocaron tierra en la pista del aeropuerto y el taxi en el que ahora viajo con mi compañera reportera de Estados Unidos se abre paso por una amplia carretera solitaria. 

Hasta ahora, dos aspectos me llaman la atención: uno, la densa vegetación que pasa ante la ventanilla del carro; y otro, que antes de que el coche alcance la velocidad necesaria para pedir la quinta velocidad, ya he visto al menos tres veces la imagen de Manuel Velasco, el joven gobernador más televisivo del momento –con permiso del presidente Peña Nieto y su mujer, la actriz Angélica Rivera-, en espectaculares: abrazado a una indígena en el cartelón que acabamos de dejar atrás; sonriendo junto a un niño en ese otro espectacular de ahí adelante; o anunciando un poco más allá los ejes de acción para gobernar un estado que, a pesar de ser de los más pobres de México, gasta millonadas en publicidad institucional. 

El coche avanza rápido. 

En unos kilómetros más, informa el taxista con desgana, llegaremos a la central camionera. Allí buscaremos la línea de autobús que nos deje en Arriaga, un municipio marcado en rojo en la agenda del reportaje, ya que desde el 2005, cuando el huracán Stan destrozó las vías del tren de Tapachula, se convirtió en el punto de partida para ese ferrocarril al que en miles de reportajes, documentales y películas, llaman La Bestia. 




Mochilas y zapatillas apiladas en estanterías, en la Casa del Migrante de Arriaga. 



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-Oiga señor, ¿ya estoy en Estados Unidos? 

De inmediato, las carcajadas se escuchan en toda la calle. El guatemalteco se rasca la coronilla, avergonzado, y con los bolsillos vacíos. 

-N’hombre no, usted está en Arriaga, en Chiapas. Apenas y acaba de entrar a México. 

-Ahhh. Es que el coyote me dejó ahí un poco más adelante –balbucea el centroamericano, todavía confundido y extrañado porque ese largo viaje del que tanto hablan lo hizo en apenas unas horas después de cruzar la frontera de Guatemala a través del Río Suchiate-. Me cobró el dinero y me dijo que aquí se acaba el viaje, que esto es Estados Unidos. 

-Mire, lo han estafado –le informan sin rodeos-. Mejor vaya para allá, a la casa del migrante. Tal vez allí lo puedan ayudar… 

Quien narra la escena es Carlos Bartolo Solís, el coordinador de la Casa del Migrante de Arriaga, que está sentado en una silla en el patio del albergue donde un grupo de centroamericanos descansa tirado sobre colchonetas, mientras otros –los más jóvenes- pasan el tiempo jugando a los naipes, o mirando la pantalla de televisión que hay junto a una estantería donde guardan lo más sagrado para cualquier migrante: el calzado y la mochila. 

“El que vayas con un coyote aquí no es garantía de que no te vaya a pasar nada”, me dice el activista tras contar la historia de migrantes estafados, con la mirada puesta en la pequeña cámara de video que lo pone a cuadro, acompañado por las banderas de El Salvador, Honduras y México, que se mecen ligeramente con el escaso viento que corre de vez en cuando. “Incluso, hay coyotes que han abandonado a su gente, o que como dije, los traen de Guatemala, los pasan aquí un poco más delante de Arriaga y les dicen, ‘ya llegamos’, ya estamos en Estados Unidos. Desgraciadamente, esto pasa porque el migrante nunca se va a quejar”, lamenta Solís, que además cuenta que recientemente una mujer migrante les ha dicho que los coyotes están difundiendo la idea de que si entran a Estados Unidos con un niño, inmediatamente el gobierno de aquel país da asilo y documentos. Algo completamente falso, o que como mucho es una verdad a medias. Ya que lo que está sucediendo es que cuando a un migrante menor de edad no mexicano lo detiene la patrulla fronteriza, en el caso de que tenga familiares en Estados Unidos, es enviado con ellos mientras un juez decide si es expulsado inmediatamente del país, o si se le concede el asilo. 




Fachada de la Casa del Migrante de Arriaga.


Migrantes centroamericanos descansan en el albergue de Arriaga. 



Durante la entrevista, anotaré horas después en la habitación de un hotel en Tonalá, nuestro próximo destino para esta investigación, Carlos me dio la impresión de ser un tipo tremendamente claro, directo, sin miedo a denunciar la corrupción y las agresiones a migrantes por parte de criminales y autoridades. Pero también me pareció estar hablando con alguien algo cansado; con alguien consciente de que las cosas, lejos de estar mejorando, están cada vez más complicadas. Por eso, cuando le comento que en varias entrevistas que hice unos días antes en el Distrito Federal varios migrantes me sorprendieron asegurando que buscan quedarse en este país para alcanzar “el sueño mexicano” y no el americano, Carlos Bartolo sonríe un poco con desgana y asegura que eso sólo sería posible si Estados Unidos y México, principalmente, cambiaran su enfoque del problema y vieran la migración como un asunto de desarrollo, y no de seguridad, tal y como demuestran esos incontables retenes de policías y militares que hoy proliferan por toda la frontera sur de México. 

“¿Por qué no podemos ofertar aquí el sueño chiapaneco a todos estos migrantes? –se repite la pregunta observando a un par de jóvenes que están sentados en un sofá, bajo la bandera de Guatemala-. Para conseguir eso primero necesitaríamos ver la migración en México desde el desarrollo -se contesta-. Esta es una oportunidad que deberíamos aprovechar y que Estados Unidos tendría que promover. En cambio, lo que se está haciendo es aplicar una política más represiva aún: se gastan millones de dólares en detener y en transportar a los migrantes que son deportados y no en detonar el desarrollo en Centroamérica”, lamenta el activista, mientras uno de esos jóvenes que está en el sofá lo escucha, y asiente de vez en cuando con la cabeza. 



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Plac, plac. 

Con cada disparo de la cámara de fotos, el salvadoreño posa con naturalidad. Incluso, cambia de pose y se muestra paciente cuando le pido que se mueva hacia la izquierda o la derecha para que junto a él también salga la bandera de su país y un enorme crucifijo. Parece un Rap Star, bromeo con él tras el último golpe del obturador. El muchacho sonríe con naturalidad, me choca el puño, y vuelve a sentarse con unos compañeros. Me dice que “todo está bien”, que no ha tenido problemas con nada ni con nadie. Y que tan solo está esperando que caiga la noche para encontrarse con La Bestia y así comenzar el verdadero camino hacia el norte. 

El reloj marca algo más de las dos de la tarde y yo sigo buscando a quién entrevistar. Carlos Bartolo me sugiere que hable con un guatemalteco de gesto serio, y tan solo dieciséis años. Pero el muchacho se niega en cuanto me identifico como periodista. Sonríe tímidamente pero no quiere hablar, ni que le tome fotos. “Prefiero que no, prefiero que no”, es su última respuesta, misma que repiten otros jóvenes que por desconfianza ante una persona que desconocen, o simplemente por pereza, no quieren contar su historia. Damos entonces por concluida la primera ronda de entrevistas y decidimos continuar con el camino. Nos despedimos y una de las personas que ayuda a Carlos Bartolo con las tareas del albergue nos desaconseja ir caminando por las vías del tren hasta la vieja estación –asegura que aunque está todo en calma en apariencia, en los alrededores de las vías no faltan asaltantes y criminales que se dedican a robar el dinero y sus pertenencias a los migrantes-, por lo que mejor llama a un taxi que llega en menos de cinco minutos. 

Ya en el coche, el chofer, un tipo joven y bastante parlanchín, nos hace las veces de guía. Al llegar a los alrededores de la estación -que yo imaginaba a las afueras del municipio pero está en pleno centro-, el taxista aminora la marcha y comienza a explicar todo cuanto sale a nuestro encuentro. “Miren, ahí están los hotelitos donde se quedan los migrantes”, dice haciendo un gesto con la cabeza, apuntando a unas casas donde una gran cantidad de personas espera con la mochila al hombro ya lista. “Y ahí más adelante está la locomotora, esa mentada Bestia de la que tanto hablan en las noticias”, agrega. 

Bajamos del taxi y caminamos bajo el azote de los rayos del sol, ante la mirada de un vendedor cuyo changarro –una sombrilla de colores, de esas de playa, una silla, una carretilla con ajos, y unas perchas con ropa colgadas de los fierros de un vagón solitario- está en mitad de un crucero que atraviesa la vía del tren. Tomamos fotos y videos de la zona. El ambiente está en una calma tensa, y aunque da la impresión de que no hay movimiento alguno, por todos lados se ven personas merodeando. Algunos los identifico rápido como migrantes, por las mochilas, y otros simplemente nos observan en silencio para luego perderse por entre las calles que hay alrededor de las vías. 




Migrante en la estación de Arriaga. 


Ruedas del ferrocarril al que llaman 'La Bestia', en Arriaga. 



Ya son más de las cuatro de la tarde, y a pocos kilómetros de aquí, en Tonalá, nos esperan más entrevistas como parte de la investigación sobre niños migrantes. Hacemos un gesto al taxista, que platica con el señor que usa el vagón como parte de su pequeño negocio, y de inmediato nos dirigimos a la calle de donde salen unas combis. 

“Vaya, qué mala suerte tuvieron”, comenta el joven ruletero, al percatarse por el espejo retrovisor de nuestro rostro de frustración por no poder tomar fotos del tren en marcha y con miles de personas aferradas a sus hierros. “Apenas esta madrugada salió con más de mil migrantes”, asegura encogiendo los hombros y con ambas manos puestas en el volante. “Pero es que ahora sí, ese pinche tren no tiene hora salir, oigan. Lo mismo sale en media hora, que tarda dos días en volver a partir”. 

No, no ha habido suerte esta vez, me digo. Esa “mentada Bestia” –como la llama el joven taxista- no avisa a nadie. Sólo ruge y todos corren.

Lee aquí la primera parte del blog: 'El Mundial en una balsa'