viernes, 4 de abril de 2014

¿"Imposible que nos reciba Peña Nieto? Imposible es que me crezca de nuevo la pierna": Migrantes mutilados por La Bestia



Son un grupo de 15 centroamericanos. Todos han sufrido alguna amputación arriba del tren al que llaman La Bestia en su camino hacia Estados Unidos. Y desde el pasado 20 de marzo salieron de Honduras para marchar hasta la Ciudad de México. Su objetivo se antoja complicado, le comento a José Luis, uno de los integrantes de la caravana. Ver en persona al presidente Peña Nieto para tratar de sensibilizarlo sobre la situación que, a diario, viven miles de migrantes a su terrible paso por México, va a ser algo francamente imposible de conseguir, le insisto. Pero su respuesta es tan sencilla y convincente que emociona: ¿Y por qué es imposible que nos reciba? Peña Nieto es un ser humano igual que nosotros. Lo imposible -me dice muy sereno- es que me crezca de nuevo la pierna, o el brazo... Eso sí es imposible. 

Y tan convencidos están de sus posibilidades, que a pesar de que la autoridad migratoria no les concede un visado humanitario, que les evitaría tener que entrar ilegalmente al país con todo lo que ello implica -agresiones del crimen organizado, secuestros, robos, extorsiones de las autoridades, el cansancio extremo de viajar aferrado a los hierros de un tren, sin agua ni comida...-, están dispuestos a subir de nuevo a La Bestia, el tren que les arruinó la vida. Subir de nuevo a La Bestia va a ser duro, admite José Luis pensando muy bien sus palabras. Les arruinó la vida físicamente, es cierto. Pero la miran de frente sin miedo. Porque, como dice el hondureño con orgullo en la voz, están mutilados... pero son unos guerreros. 

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“¿Y POR QUÉ va a ser imposible que nos reciba Peña Nieto? –la voz al otro lado de la línea telefónica suena pausada; con el cansancio propio de quien ha recorrido durante días los cientos de kilómetros que separan Honduras de la ciudad fronteriza de Tapachula, pero con una determinación fuera de lo común-. Yo les digo a mis compañeros migrantes que lo verdaderamente imposible es que me crezca de nuevo la mano que me quitó La Bestia, o la pierna que perdí, o los tres dedos que me faltan de la otra mano. Pero ver y hablar con otro ser humano que es igual que nosotros… ¿por qué va a ser imposible?”.

José Luis Hernández es quien reitera la pregunta al otro lado del hilo telefónico. Él dirige, junto a Norman Saúl Varela, la Asociación de Migrantes Retornados con Discapacidad (Amiredis); una ONG que el pasado 20 de marzo salió de Honduras con un grupo de 15 personas que marcha a la ciudad de México en representación de los migrantes que han padecido alguna mutilación, y que desde hace 10 días se encuentra varada en Tapachula en espera de una visa humanitaria que no llega. 


"El cansancio me venció y me desmayé. Caí debajo de las ruedas del tren y me cortó una pierna, un brazo y tres dedos de mi otra mano”
El objetivo de la caravana, repite varias veces el hondureño en entrevista con Animal Político, no es entrar a México y quedarse ilegalmente en el país, sino hablar en persona con Enrique Peña Nieto. Quieren que los reciba, que dialogue con ellos. Y que el mandatario observe con sus propios ojos lo que hace el acero de las ruedas del ferrocarril en los cuerpos de quienes son arrojados del convoy por el crimen organizado, se accidentan tratando de escapar de los agentes que los persiguen en busca de una extorsión, o simplemente se quedan dormidos por el cansancio y caen a las vías.

“Mi accidente fue en el 2005, llegando a una ciudad que se llama Delicias, en Chihuahua –recuerda a colación Hernández-. Llevaba 20 días sufriendo en el tren; escondiéndome de migración y tratando de evitar los asaltos. Y debido a este cansancio mi cuerpo ya no aguantó más -hace una pausa, traga saliva y exhala una respiración que distorsiona el eco del teléfono-. El cansancio me venció y me desmayé. Caí debajo de las ruedas del tren y me cortó una pierna, un brazo y tres dedos de mi otra mano”.

A pesar de la tragedia, el centroamericano admite que tuvo suerte. De haber caído en un lugar despoblado se hubiera desangrado en cuestión de minutos. Sin embargo, una ambulancia lo atendió rápidamente y salvó su vida. Tiempo después, ya de regreso a su país de origen, comenzó a dirigir la Asociación de Migrantes Retornados con Discapacidad.

“Al ver que en Honduras somos 452 mutilados por el tren nos dijimos: ‘hay que hacer algo para que esto cambie’. No puede ser que seamos tantos mutilados en nuestro país por el tren. Creo que en Estados Unidos hay menos soldados mutilados por la guerra de Irak, que migrantes mutilados en Honduras por La Bestia -plantea Hernández-. Nosotros también nos consideramos soldados caídos, y por eso decidimos salir en representación de los mutilados de Honduras y de toda Centroamérica, para que nos reciban las autoridades mexicanas y Peña Nieto en especial, porque él es quien puede hacer algo para que haya un cambio”. 


"Esa maldita Bestia nos arruinó la vida físicamente, pero la seguimos mirando de frente. Somos unos guerreros"




En este sentido, el presidente de Amiredis resalta que el otro gran objetivo de la marcha es llamar la atención de las autoridades de su propio país, a las que acusa de ignorar el problema de la migración mientras millones de dólares fluyen desde Estados Unidos en remesas que mandan miles de connacionales que arriesgaron su vida para entrar de manera irregular a la Unión Americana.

“En el tema de migración hay un gran desinterés de Honduras. Y a pesar de que somos 452 mutilados por el tren, esto es algo que no les importa –el tono de voz suave y sereno del migrante se torna golpeado, molesto-. Lo único que ven las autoridades son los 3 mil millones de dólares en remesas que llegan cada año al país, gracias al trabajo de los hondureños que están en Estados Unidos. ¡Eso sí que les importa! Pero las consecuencias que implica el tener que ir hasta ese país a buscar un empleo no las tienen en cuenta. Por eso estamos haciendo esto: para que Peña Nieto presione a Honduras y a Centroamérica, y así estos países se preocupen de esta realidad, ya que en México se da la migración más peligrosa del mundo”.

Sin embargo, por ahora las autoridades migratorias de México no están facilitando las cosas. Tras 10 días esperando en Tapachula, el grupo de 15 personas aún no ha obtenido una visa humanitaria para poder transitar libremente por México y evitar así el ferrocarril y las rutas de migrantes controladas por el crimen organizado. Por lo que, ante esta situación, José Luis Hernández admite que están valorando dejar en las próximas horas la ciudad fronteriza para dirigirse a Arriaga, en Chiapas, y de ahí subir de nuevo al tren.


"En Estados Unidos hay menos soldados mutilados por la guerra de Irak, que migrantes mutilados en Honduras por La Bestia" 
“Lo estamos pensando mucho todos, porque subir de nuevo a La Bestia era algo que no habíamos pensado ni en sueños”, comenta también vía telefónica Normal Saúl Varela, vocero de Amiredis. 

“La Bestia me amputó una pierna y no quiero ni recordarla. Pero es una necesidad subir de nuevo, para poder lograr el propósito que tenemos, que es hablar con el presidente de México y que él vea con sus ojos lo que provoca este tren a las personas”, añade el centroamericano.

“Cuando veamos el tren de nuevo y recordemos todo lo que vivimos… va a ser algo muy difícil -vuelve a retomar la conversación José Luis-. Pero nosotros somos guerreros. Y aunque esa maldita Bestia nos arruinó la vida físicamente, la seguimos mirando de frente. Porque el corazón sigue ahí, latiendo. Y las ganas de salir adelante siempre están. Por eso -concluye el centroamericano-, aunque hemos tenido muchas trabas en el camino, esperamos llegar a nuestro destino en el DF -insiste-. Queremos hablar con el presidente Peña Nieto”. 

lunes, 24 de marzo de 2014

#Fotografía: Puebleando por Tlayacapan


El ex convento San Juan Bautista, en Tlayacapan, Morelos.


Aprovechando el puente en México por el natalicio de Benito Juárez, Lyz y yo agarramos la mochila y emprendimos el camino hasta Tlayacapan; un pueblo mágico del estado de Morelos que mi buen amigo y compañero @LaloEduardoMx me recomendó muy atinadamente hace algún tiempo.

Cómo llegar

Si vives en el DF, lo más sencillo es tomar el Metro y bajar en la estación de Tasqueña (línea azul) que te deja a unos metros de la central de autobuses del Sur. Allí salen camiones con mucha frecuencia con dirección a Tepoztlán (otro pueblo que recomendamos visitar y que ya en este blog reseñamos con recomendaciones y fotografías)Al llegar a Tepoz -ojo, recomendamos estar muy atentos a las paradas, porque, al menos en nuestro caso, el chofer a pesar de que es su obligación no avisa dónde el autobús va haciendo las paradas-, deben preguntar por otro autobús que te deja en el pueblo vecino, Oaxtepec (el boleto cuesta menos de 15 pesos). Una vez allí, deberán tomar una de las combis que pasan junto a la central camionera y que, en unos 20 minutos, te dejan finalmente en Tlayacapan.

El camino desde el DF en realidad es corto. Llegar a Tepoztlán, con un tráfico 'normal' en el DF, es cuestión de una hora y cuarenta y cinco minutos, aproximadamente. Sin embargo, el tener que tomar varios autobuses alarga el trayecto considerablemente. Así que les recomendamos madrugar.  

Qué ver

Como ya he mencionado, Tlayacapan es un pueblo mágico ideal para descansar y desconectar de las estridencias de la gran ciudad. Como principal atractivo encontrarás el ex convento de San Juan Bautista (más abajo publico algunas fotos), inmueble histórico que data del año 1534 y que desde 1996 está considerado como patrimonio histórico de la humanidad. Dentro del templo, por una donación de 10 pesos -también hay opción de un guía por algo más-, podrás admirar los frescos que decoran las paredes del ex convento. 

Además, también cuenta con un pequeño museo con piezas históricas de la revolución mexicana. El único 'pero' que le ponemos a la visita del ex convento es la prohibición de hacer fotografías -ni sin flash- en la habitación donde hay más frescos y piezas históricas, que es posiblemente la parte más interesante del inmueble religioso. Otro edificio histórico de esta población es la 'cerería', inmueble del siglo XVI que se encuentra junto al Palacio Municipal, y que tiempo atrás fungió como uno de los cuarteles del general Emiliano Zapata. 

Otra de las grandes atracciones es, sin duda, el mercado de artesanías que se extiende por varias calles alrededor del ex convento y el centro del municipio. Nosotros compramos chocolate puro y hecho de manera artesanal -el cual pensamos usar para un pollo con mole-, velas, plantas, marcos para fotografías, y otras cosas a muy buen precio. 

Dónde comer y pasar un buen rato

Ojo. No puedes regresar de Tlayacapan sin comer unos buenos tacos de cecina y carne enchilada en alguno de los bares tipo casa de principios de siglo que se extienden a un costado del ex convento. Además, al caer la noche podrás pasear tranquilamente por las callejuelas del centro histórico, donde puedes comprar las famosas micheladas por unos 50 pesos -caguamas de litro, con limón, jugo maggie y chile- y ricos mojitos. 

A riesgo de caer en la publicidad, recomendamos mucho cenar en el café La Antigua Casa Roja; además de precios muy asequibles -cenamos dos personas con mezcal incluido por menos de 200 pesos-, el ambiente que generan las velas y el grupo de trova en este café colonial ubicado entre el palacio municipal y el antiguo cuartel de Zapata (la cerería) es magnífico para pasar una muy agradable velada en pareja o con amigos. 

Para el desayuno nosotros fuimos a la terraza del restaurante El Mirador. Buena comida -recomendamos los huevos a la mexicana y el café de olla-, servicio amable aunque bastante lento -o tal vez ya estemos muy influenciados por los ritmos de la ciudad-. 

Dónde hospedarte

Por último, y no menos importante, comentar que nosotros nos hospedamos en la posada San Juan, un hotelito tipo colonial muy cercano al centro histórico. La noche nos costó 550 pesos, aunque muy probablemente el precio fue más elevado debido al puente festivo. En relación calidad-servicio-precio diremos que está algo caro. Es un hotel para pasar la noche, con una pequeña alberca, pero sin lujos ni grandes comodidades. Limpio y poco más. Aunque eso sí, tiene habitaciones grupales ideal para hospedarte con un grupo de amigos a buen precio y muy cerca de todo.  

Aquí publico algunas fotografías de nuestra experiencia por Tlayacapan:


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Otras entradas en Vivir para Contarlo sobre viajes:
















viernes, 21 de febrero de 2014

¡Ay Veracruz!



“Tantos siglos, tantos mundos, tanto mar… y coincidir” 


UN PAR DE MULATOS miran al público sobre el escenario con una sonrisa adiestrada que les llega hasta las orejas. Sus manos curtidas y de dedos que parecen largos cigarros Cohiba golpean una y otra vez unos bongos con forma de bellota y decorados con la bandera de Puerto Rico. 

El ritmo es frenético. 

Contagioso. 

Para-para-pará-¡¡¡pam!!! 

Para-ra-ra-ra-rá… 

En la barra anclada sobre un discreto rincón, los tipos con cara de galán y pelo engominado fuman con parsimonia un cigarrillo, mientras acodados con chulería juguetean con un encendedor entre los dedos y estudian en silencio todo cuanto sucede a su alrededor. 

Y ahí estoy yo; con un ron entre las manos de la República Dominicana aderezado con una brisa de soda, un chorro de lima exprimida, unos granos de café y mucho hielo picado, y mirando con curiosidad de forastero a ese puertorriqueño de frondoso bigote y camisa estrafalaria que no para de moverse sobre el escenario, acompañado por un par de viejos vestidos con guayabera blanca y un sombrero tipo Panamá que se llevan las trompetas a la boca y, rojos por el esfuerzo, lanzan un aullido que prende a todo el local. 

Ya son casi las cuatro de la madrugada, observo mi reloj. Y el calor de la noche en el Puerto de Veracruz comienza a calarme la espalda. 

El barman, un cubano silencioso de uniforme negro impecable y al que todos por aquí llamamos Willie, se percata de que mi copa ya está en las últimas, y sin mediar palabra toma de la estantería una botella de color marrón añejo que lanza al aire en una pirueta acrobática para despacharme otro ron con toda la parafernalia. 

“¡Servido señor!”. 

Le agradezco la atención con un billete doblado en su bolsillo, y paseo a continuación la mirada por la pista de luces estridentes en la que las parejas bailan sensuales, con movimientos subidos de tono, quebradas imposibles y una furibunda pasión latina. 

A pesar de los tragos y la buena música, la madrugada transcurre algo tediosa; hasta que Willie –ese canalla cubano- me hace un gesto con la barbilla apuntando a una esquina mal iluminada de la zona de mesas, y a través de las caprichosas formas que dibuja el humo de los cigarros adivino a una mujer que en un gesto eléctrico y travieso descruza las piernas acaparando mi atención. 

Pensativo, me llevo la copa a los labios. 

El sabor dulzón del ron dominicano me hace cosquillas en la garganta y me susurra con descaro cosas al oído. 

A lo lejos, observo de nuevo, la mujer se pone de pie sobre unos elegantes zapatos de tacón, y con movimientos felinos comienza a caminar muy despacio; dedicando a derecha e izquierda miradas gélidas a los tipos que, en vano, la colman de promesas. 

Sonrío ante la escena. “No va a estar fácil”, me digo. Miro el reloj –aún tengo tiempo antes del amanecer- y de un trago despacho el resto de la copa; doblo muy lentamente los puños de la camisa sobre los codos, y emprendo la travesía sin retorno al centro de la pista. 

Sobre el escenario, las trompetas rugen de nuevo. 



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DEBAJO DEL ELEGANTE vestido negro que le dibuja las formas y le deja al descubierto los hombros firmes y marcados, unas prominentes caderas se mecen con la sensualidad propia de quien lleva el fuego en la sangre. 

Sus ojos negros y algo rasgados me sostienen la mirada en una mezcla de indiferencia y desafío que me desarma por completo. 

“No hay vuelta atrás”, me armo de valor. 

“Sé que tú no quieres que yo a ti te quiera –comienza a cantar el puertorriqueño acompañado por el ritmo de los bongos y el aullido de las trompetas-. Siempre tú a mí, me esquivas de alguna manera…”. 

Luego varios temas interpretados por La Guaracha Cachondea, Procura coquetearme más, Detalles, No le pegue a la negra…- en la que ambos nos miramos de manera intermitente y a la distancia, la mujer al fin sostiene la mano que le tiendo y, en una mínima concesión, acepta que le pase con suavidad el brazo derecho por la cintura, atrayéndola a mi terreno. 

Sus pies, compruebo al tratar en vano de seguirle el ritmo, se mueven con soltura y de forma natural arriba de los zapatos de tacón. 

Con pasos rápidos y precisos, al son que le imponen esas caderas que se agitan alegres bajo la suave tela del vestido. Mientras, yo intento no hacer demasiado el ridículo con mis movimientos torpes y desafinados, y de cuando en cuando le alzo el brazo derecho para darle una media vuelta, a lo que, por primera vez, ella contesta con algo parecido a una sonrisa en los labios. 

“¿Cómo te llamas?” –le insisto un par de veces al oído en uno de esos giros en los que su espalda queda apoyada contra mi pecho, y el aroma a vainilla que emana su piel me endulza los sentidos-. 

Pero ella no contesta y sigue a lo suyo, como si nada: para, para, pá… bailando durante minutos –tal vez fueron horas- con ese toque de divertida provocación, acercando por sorpresa su boca entreabierta a la mía y batiéndose de inmediato en retirada, siempre con el control de la distancia entre ambos bajo su mando. 

Miro con disimulo el reloj y comienzo a dar por perdido el asunto. 

“Voy a perder esos ojos negros”, me digo intuyendo que afuera, sobre las aguas verduzcas y con un fuerte olor a sal concentrada del malecón, los primeros rayos del sol deben de estar terminando de hacer lo suyo, imponiéndose, una vez más, a la madrugada calurosa y constelada del Puerto.

“¡Ay Veracruz!”, grita por última vez el puertorriqueño, que despide uno a uno a toda la orquesta sobre el escenario, dando por terminado el show que no volverá hasta que caiga de nuevo la noche. 

En unos minutos la pista se queda desierta. Los meseros, ansiosos por largarse de regreso a sus vidas, comienzan a colocar rápidamente las sillas sobre las mesas para reclamo de los últimos borrachos, cierran la barra –Willie se despide en silencio con una una sonrisa torcida, el muy canalla-, y encienden unos enormes focos que cambian por completo la estética del local. 

Dejo la copa de ron con los hielos desechos en la bandeja de uno de los camareros que por allí pasa, y con determinación la tomo de la mano.

“¿Te gustaría dar un paseo por la playa?”. 





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AFUERA, la mañana aún no se ha instalado por completo. El sol todavía luce bajo y del mar llega una ráfaga de aire húmedo y cargado de sal que arrastra consigo una agradable sensación de frió. Caminamos por el paseo marítimo. En silencio, observando a los enormes buques de carga repletos de contenedores abrirse paso hasta esquivar el faro de la Isla de los Sacrificios. Por primera vez se muestra relajada, con la guardia algo distraída. 

En un punto del malecón se detiene y observa pensativa a un viejillo que pasea descalzo por la playa con una bolsa repleta de pescado. Le acaricio la mano y la atraigo a mi hombro para cubrirla de la brisa que le eriza la piel. Con la cabeza apoyada en mí, sus ojos negros –ay esos ojos- me miran fijamente pero esta vez serios y directos, sin sutilezas. “El juego se ha acabado”, pienso mientras, muy despacio, acerco la boca a sus labios. Pero en un gesto natural, nada brusco, ella apoya con suavidad su nariz sobre la mía para retener el destino, y sonríe escabulléndose nuevamente. 

“Lyzbeth -dice ante mi sorpesa rompiendo el silencio que se había instalado entre los dos-. Me llamo Lyzbeth”. Y tras permanecer unos segundos mirando cómo las olas del mar lamen con desgana las escarbadas rocas del malecón, comienza a caminar de nuevo con esas maneras felinas por el paseo marítimo, dejando tras de sí una estela con olor a vainilla y el sonido de los tacones golpeando el suelo. 

“Lyzbeth”, repito en un susurro. Y determinado a continuar con esta travesía sin retorno –tantos siglos, tantos mundos, tantos mares… y coincidir-, emprendo una vez más la marcha en su búsqueda. 

Sobre el espejo del mar, el sol ya lo inunda todo.