lunes, 13 de mayo de 2013

#Fotografía: Retratos de Cuernavaca

Estas fotografías fueron tomadas en la ciudad de Cuernavaca, capital del estado de Morelos (México). Click en la imagen para verlas a tamaño real. 




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lunes, 22 de abril de 2013

#Fotografía: París (Torre Eiffel)

Tomar un café expresso en el segundo nivel de la Torre Eiffel con mi mujer Lyzbeth, y observar en silencio la inmensidad de Paris desde un cielo cubierto de nubes grises y olor a lluvia contenida. Este era uno de los propósitos remarcados en rojo en nuestro cuaderno de a bordo, y así lo llevamos a cabo el segundo día de nuestro tour-express por la ciudad del amour y el tráfico pesado. 

Subir a la Torre Eiffel puede ser tan sencillo como hacer click en el botón de un viejo elevador (previo pago de 10 euros), o tan sufrido como escalar cientos de escaleras oxidadas durante, al menos, diez o quince minutos dependiendo de tu condición física y aliento. Nosotros, claro, elegimos la opción heroica. Y muy lentamente alcanzamos la plataforma del segundo nivel (para subir hasta la cima sí es obligatorio el uso del elevador -5 euros-) desde la que París se mostró ante nosotros tal y como esperábamos: fría como una mañana más del mes de febrero, y con el encanto propio de una ciudad con tantos siglos de historia durmiendo entre sus estrechas calles...


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Ve aquí las fotografías de Notre Dame 

martes, 2 de abril de 2013

"El problema de hacer fotoperiodismo en México es que no sabes de dónde viene el peligro"


El fotoperiodista estadounidense Louie Palu ha cubierto conflictos en lugares como Irak y Afganistán, y ha realizado series fotográficas en Guantánamo y la frontera mexicana. //Foto: twitter @loupalu



En 2010, tras varios años de cubrir conflictos en Irak y Afganistán fruto de la War on Terror lanzada por la administración Bush como respuesta al 11-S, el fotoperiodista estadounidense Louie Palu empacó la cámara en la mochila y tomó una decisión: viajar al norte de México para retratar su visión sobre las autoridades y los cárteles de la droga que operan en la zona. 

Un par de años y miles de kilómetros recorridos después, el resultado es la serie fotográfica ‘Retratando la frontera: De Tijuana a Laredo’, un paseo visual donde Palu relata su viaje a través de cinco ciudades fronterizas en las que el narcotráfico ha impuesto su ley: Juárez, Tijuana, Nogales, Laredo y Monterrey.


“El problema de trabajar en México es que no ves de dónde viene el peligro y que hay pocos caminos con protección. Si me encontrara en peligro en Afganistán, podría recurrir a una base militar estadounidense para conseguir ayuda. En México, uno no puede confiar en la policía”, explica el autor de series fotográficas publicadas en medios del prestigio de The New York Times o Time en una entrevista, en la que platica sobre la poca atención que la llamada guerra contra el narco (y sus miles de víctimas) genera del lado estadounidense, cuáles fueron los principales retos que enfrentó para llevar a cabo su trabajo en una de las fronteras más peligrosas del mundo, así como de los desafíos físicos y psicológicos que todo fotoperiodista debe afrontar en territorio hostil. 

“Mi mayor miedo en México -asegura a lo largo de esta entrevista- era que alguien me secuestrara en la noche”.


“Tras varios meses de trabajo en la frontera, lo que más me sorprendió fue que el gobierno mexicano no tiene ningún tipo de control en estados como Tamaulipas”

En primer lugar, platícanos sobre tu decisión de cubrir la situación de la frontera entre México y EU. ¿Cuál fue el objetivo que te planteaste cuando tomaste la decisión de retratar con tu cámara toda la frontera norte?

LOUIE PALU (LP): Siempre me atraen las historias que considero no han tenido la atención suficiente. En 2006-2007, cuando estaba trabajando en Afganistán, toda la atención estaba enfocada en Irak y la guerra en Afganistán se olvidó casi por completo. En 2010, casi al término de mi estancia allí, ya tenía la mirada fija en Latinoamérica. Creo que si consideramos todo lo que ha pasado desde que comenzó la “guerra contra el narco”, México ha recibido muy poca cobertura en Estados Unidos en comparación con la excesiva que ha tenido el Medio Oriente.



¿Cómo se prepara un fotoperiodista para realizar un viaje a lo largo de una de las fronteras más peligrosas del mundo? 


LP: Lo primero que hice fue encontrar contactos en ambos lados de la frontera; escritores, fotógrafos, poetas, políticos, sacerdotes, trabajadores sociales y humanitarios. Fui construyendo una red de personas a quienes pudiera hablar para informarme sobre la situación y los peligros del día a día en lugares específicos. Sin embargo, los contactos más importantes siempre están en las comunidades, y hacer ese contacto toma tiempo. Necesitas conocerlos y que te conozcan a ti, recorrer sus calles; siempre serán las mejores fuentes. En mi experiencia, los mejores guías son aquellos que generalmente no son abordados por los medios: dueños de restaurantes, vendedores de la calle. No busqué ningún tipo de inmunidad oficial. En Canadá crecí rodeado de todo tipo de crimen organizado, así que aprendí a moverme en ambientes peligrosos. Además, durante los años que viví en Kandahar, Afganistán, también aprendí a pasar desapercibido frente a aquellos que buscan lastimar a otros.

Imagen del paso fronterizo de Nuevo Laredo-Texas. Foto: Manu Ureste


De todo lo que el lente de tu cámara registró en las cinco ciudades fronterizas que recorriste… ¿qué fue lo que más se te quedó impregnado en la retina? 

LP: Es una pregunta difícil. Creo que lo que más me impactó fue todo lo que no pude capturar. Por la violencia, muchos me aconsejaron jamás visitar Nuevo Laredo o Tamaulipas. Pero tras varios meses lo que más me sorprendió fue que el gobierno parece no tener ningún tipo de control en estados como Tamaulipas. Me encantaría visitar Tamaulipas algún día para trabajar sin sentirme amenazado.


“Es lamentable que el Ejército mexicano esté completamente cerrado a tratar con periodistas; para mí, la negativa es una muestra clara de la falta de transparencia”
¿Cómo fue la respuesta de tus contactos, de gobierno y de asociaciones civiles? ¿Hubo apertura para un periodista extranjero?

LP: En el DF, nadie tenía problemas para hablar, especialmente los políticos. Pero en la frontera, las cosas fueron muy diferentes. Encontré enormes discrepancias entre el panorama fronterizo de los políticos y el de los periodistas. Inicialmente, las personas que viven en lugares violentos suelen ser renuentes a que alguien fotografíe su realidad, principalmente por temor a alguna represalia o asesinato. Conmigo, la gente fue muy abierta y dispuesta a ayudar en lo que pudieran; han sufrido mucho y buscan que todos, incluido su propio gobierno, se enteren de lo que está pasando. Mis contactos me advertían evitar tal lugar o tal persona. El problema es que tarde o temprano, si frecuentas mucho algún lugar, la gente te va reconociendo y en la mayoría de los casos, no podrás saber de qué lado está la persona interesada o por qué razón buscan conocerte.


Es lamentable que el Ejército mexicano esté completamente cerrado a tratar con periodistas. Distintos funcionaron me prometieron en ocasiones llevarme como testigo en algún operativo;  al final, acababan negándomelo o dejándome de contestar los correos. Es lamentable, porque en mi carrera he tenido la oportunidad de acompañar a distintas unidades militares en sus operativos, y la negativa para mí es una muestra clara de la falta de transparencia que hay en el Ejército mexicano.


Una vez retratada la situación en la frontera norte, ¿considerarías hacer un fotorreportaje sobre la frontera sur y la problemática de la migración ilegal?

LP: Todavía hay lugares en la frontera norte donde me gustaría trabajar, como Tamaulipas. Definitivamente me interesaría retratar la frontera sur, aunque he oído que es aún más peligrosa que la frontera norte. Me interesa también capturar el lado estadounidense, cómo éste está impregnado de identidad mexicana como si todavía fuera parte de México. Muchos de los estadounidenses que viven ahí tienen más raíces mexicanas que americanas. Eso me atrae mucho. La primera vez que visité México fue en 1991 al estado de Oaxaca. Me acuerdo que cuando la gente se enteraba que era fotógrafo, me invitaban a sus casas a comer o a tomar; jamás me pidieron dinero o algo más a cambio.


“Los fotoperiodistas mexicanos son de los mejores del mundo; lo arriesgan todo”

El fotoperiodista estadounidense Louie Palu lamentó la falta de apertura informativa del Ejército mexicano. //Foto: Manu Ureste


Sin duda, la llamada guerra contra el narco ha dejado tras de sí miles de muertos y también miles de historias contadas de muy diversas maneras. ¿Cómo ves la situación actual del fotoperiodismo en México?

LP: He trabajado con y alrededor de muchos fotoperiodistas mexicanos y creo que son de los mejores fotógrafos del mundo. Lo arriesgan todo y trágicamente, muchos han fallecido por ello. Creo que al gobierno mexicano le falta mucho por hacer para proteger a sus periodistas, empezando por investigar, juzgar y castigar a los responsables de los asesinatos ya ocurridos. Para mí, fotógrafos como Julián Cardona y Graciela Iturbide han sido grandes maestros con una facilidad para retratar aquello que las palabras no pueden relatar. Los admiro y han sido enormes inspiraciones para mi trabajo.

En 2011, más de 700 medios de comunicación mexicanos firmaron un acuerdo sobre cómo cubrir el tema de la violencia causada por el crimen organizado. Entre los puntos de este acuerdo se encontraba el no convertirse en portavoces de los grupos criminales y en limitar la difusión de fotografías de violencia. En su opinión, ¿las imágenes explícitas alimentan únicamente el morbo… o son necesarias para retratar la realidad?

LP: Esta es una pregunta muy importante. Es cierto que en distintas ocasiones, el crimen organizado ha utilizado a los medios de comunicación para enviar mensajes, intimidar al público y propagar el miedo. Sin embargo, sin la seguridad y las reformas judiciales necesarias para proteger a los medios en comunidades y ciudades vulnerables, el crimen organizado, que se encuentra fuera del alcance de la ley, continuará ejerciendo su influencia sobre todas las áreas de la vida diaria mexicana, incluyendo gobierno y medios de comunicación.

Cuando hablo de seguridad y reformas judiciales, lo hago para describir en términos generales el tema de la impunidad en el país. Considero que la impunidad es uno de los temas principales que estimulan la violencia en México; el hecho de que pocos sean procesados y condenados por sus crímenes. He platicado con vendedores de periódicos en los lugares más violentos que me explican que cuando más venden, es cuando hay imágenes violentas en primera plana. 

Creo que en general, a la gente le interesa enterarse de lo que está pasando en su país, pero creo que ahora, el problema radica también en todos los no-periodistas que han comenzado a tomar fotos violentas y subirlas a internet, contribuyendo al enorme “ruido” visual que está impactando a muchos mexicanos. Es trabajo de los editores de los medios hacer una evaluación, preguntarse si dicha foto contribuye o informa algo o solamente impacta y alimenta morbos.


“A los jóvenes fotoperiodistas siempre les recalco que, a la hora de cubrir un conflicto armado, uno debe estar completamente consciente del trauma psicológico que tendrán que enfrentar. Muy pocos se preparan para ello”

Reporteros que cubren conflictos como Jon Lee Anderson, o el español Jon Sistiaga, aseguran que el miedo les ha salvado en muchas ocasiones de perder la vida durante la cobertura de una crisis. Tú que has cubierto las guerras de Irak y Afganistán, ¿qué medidas tomas para poder retratar la realidad y al mismo tiempo no perder la vida en el intento? 

LP: El tema que más he querido recalcar a jóvenes fotoperiodistas en el cubrimiento de un conflicto armado, es que uno debe estar completamente consciente del trauma psicológico que tendrán que enfrentar haciéndolo. Muy pocos se preparan para ello. Creo que existe un momento en el que pierdes permanentemente una parte de ti en aquella ola continua de tragedia y violencia que estás presenciando. Tengo muchos amigos y colegas que han desarrollado enfermedades mentales a partir de su trabajo. Sería bueno que existiera una especie de grupo de apoyo que pudiera dar asesorías y orientación anónima a distintos medios de comunicación y periodistas que cubren violencia en México. Por el lado físico del peligro, creo que es cuestión de aceptar, desde muy temprano, que hay un peligro inherente en este tipo de profesión.


En Afganistán, mi mayor miedo era pisar una mina y perder las piernas. Vi a muchos pisarlas y quedarse sin distintas partes del cuerpo; incluyendo algunos niños. Como fotógrafo, tienes que estar a unos cuantos metros de lo que capturas, mucho más cerca de lo que tiene que estar un periodista sin cámara y por ello, el trabajo de un fotoperiodista es muy riesgoso. En Afganistán cubrí en diversas ocasiones los enfrentamientos entre insurgentes y fuerzas armadas estadounidenses, canadienses o inglesas. El miedo definitivamente te puede salvar pero también puedes morir cuando menos lo esperas por obra de un francotirador, una emboscada o un artefacto explosivo improvisado, un dispositivo plantado en la tierra que suele ser muy fácil de pisar.


“En Afganistán, mi mayor miedo era pisar una mina y perder las piernas”
Al hilo de la anterior pregunta, y para concluir, ¿en su opinión qué es más complicado para un fotoperiodista: cubrir una guerra abiertamente declarada –como los casos de Irak o Afganistán-, o llevar a cabo un reportaje en un país donde no existe un conflicto como tal -como en México- pero donde puedes ser un objetivo fácil en cualquier momento?

LP: Ambos son conflictos muy complejos y cada uno tiene sus propios desafíos, especialmente cuando tienes una cámara contigo que delata tu profesión a cada instante. Quisiera empezar por decir que muchos comparan a México con Afganistán, pero Afganistán es completamente distinto. En primer lugar, aquella es una guerra que se ha prolongado durante casi 30 años, por lo que hay muchos más civiles y militares muertos; allá también eres un objetivo fácil, puede ser que aún más que en México. Hay minas terrestres, bombardeos suicidas, secuestros y enfrentamientos crudos que utilizan todo tipo de armas pesadas. 

Afganistán también es el mayor productor de heroína en el mundo y por ello, también tiene mucho crimen relacionado con el narcotráfico. Además, se encuentra ubicado entre los problemáticos Irán y Pakistán. Por su parte, México está en el G20 y Afganistán es uno de los más pobres países subdesarrollados del mundo. Irónicamente, son muy parecidos en términos de corrupción e impunidad. 

El problema de trabajar en México es que no ves de dónde viene el peligro y que hay pocos caminos con protección. Si me encontrara en peligro en Afganistán, podría recurrir a una base militar estadounidense para conseguir ayuda. En México, uno no puede confiar en la policía. Mi mayor miedo en México era que alguien me secuestrara en la noche o que hombres armados me dispararan, simplemente por ser periodista.


“El problema de trabajar en México es que no ves de dónde viene el peligro y que hay pocos caminos con protección; si me encontrara en peligro en Afganistán, podría recurrir a una base militar para conseguir ayuda. En México, uno no puede confiar en la policía”
¿No has visto el trabajo fotográfico de Louie Palu (@loupalu) publicado en Animal Político?

Dale click aquí.

Entrevista publicada originalmente en Animal Político.  

lunes, 18 de marzo de 2013

#Fotografía: París (Notre Dame)


En este post -que dividiré en varias partes- comparto una galería de fotos de la ciudad de París, la cual tuve la oportunidad de visitar hace unas semanas junto a mi mujer Lyz (@LycheM) y de la que, a pesar del intenso frío y los persistentes efectos del jet lag, quedé maravillado por su belleza arquitectónica. 

En la primera parte de la fotogalería visitamos la Catedral de Notre Dame -al margen de la religión es una joya arquitectónica de visita obligatoria-, así como las callejuelas de alrededor que nos llevaron a coquetos cafés con solera y buena comida, a la famosa librería de antigüedades Shakespeare and Co., al puente de los candados -la llave del nuestro reposa para la eternidad en las profundidades del río Sena- y al popular barrio de Saint-Michel.  

Click en la imagen para verla más grande.





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martes, 12 de marzo de 2013

"Los narcos son unos románticos": Élmer Mendoza (parte 2 de 2)



El escritor de Culiacán, Élmer Mendoza, en una imagen de Tusquets Editores.

Segunda y última parte de la entrevista con el escritor Élmer Mendoza, en la que nos habla de su relación de amistad con el autor español Arturo Pérez-Reverte, así como de su dominio de ese lenguaje de barrio con el que dota a sus obras de un toque tan personal, y de cómo le gustaría que trascendiera su obra en el mundo de la Literatura. 


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-Hablemos de su obra. En novelas como El amante de Janis Joplin leemos cómo el personaje principal se mueve permanentemente entre la violencia del narco y el humor, la inocencia, la ternura, e incluso el amor. ¿Estos ingredientes tienen cabida en un mundo de salvajes como es el del tráfico de drogas?

-Absolutamente –afirma rotundo-. Los narcos, por lo menos los registros que yo tengo, son hombres sentimentales, muy religiosos y que tienen un fuerte sentimiento de querer recuperar a los hijos para que ellos sí estudien; se trata de personas que son bastante románticas.


Novelas como La Reina del Sur giran en torno a la vida y obra de grandes capos de la droga. ¿No le gustaría escribir una novela con un personaje como Teresa Mendoza como protagonista? 

-Sí hombre, cómo no –afirma con ese deje de Culiacán tan pronunciado-. Son personajes intensísimos, pero sería un trabajo descomunal crear un personaje tan interesante y original después de Vito Corleone o de la propia Teresa Mendoza de Arturo Pérez Reverte. Además, estando ahí estas dos obras maestras lo mejor es dejarlas que sobrevivan por los siglos –ríe-.


“Pérez-Reverte ha sido muy importante para ganar lectores en España y sobre todo para ganar respeto; somos hermanos”

-Hablando de Arturo Pérez-Reverte… además de llamarle “maestro” cada vez que tiene oportunidad, le dedicó unas palabras en La Reina del Sur. ¿Cómo es su relación con el escritor español?

-Mi relación con Pérez Reverte es de amistad fraternal, somos hermanos. Y es una amistad real, ¿eh? –enfatiza-. Arturo ha sido muy importante para mí, para ganar lectores en España y sobre todo para ganar respeto. Él ha conseguido que haya mucha gente que se interese por mi obra, y eso sólo lo hace un hermano. Para mí es un tipo honesto, que no teme a nada. Sabe que su obra es insustituible y puede darse el lujo de ayudar a los amigos.



-Al igual que su amigo, usted es miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. ¿Es usted tan apasionado como Pérez-Reverte a la hora de escribir artículos en defensa del correcto uso de la lengua española? 

-Bueno, es inevitable la polémica, pero creo que es algo positivo, porque hay una preocupación, una curiosidad de la gente por asuntos relacionados con el lenguaje. Nunca había encontrado a tanta gente que me pregunte tanto sobre la lengua. Y ahí estamos: tratando de aclararnos a nosotros mismos y de ayudar a la gente a tener un concepto del idioma que hablamos.

-Probablemente, en el imaginario de muchos la figura de un académico es la de un docente muy estricto y erudito. En cambio, los personajes de sus novelas hablan con el lenguaje de la calle. ¿Cómo se consigue este dominio de la lengua de los bajos fondos sin caer en lo vulgar? 

-Hay que tener buen oído –comienza a enumerar-, paciencia para escuchar el idioma de la calle, practicarlo, y después llevarlo al discurso literario muy cuidadosamente. Es decir, hay que invertir todo el tiempo que esta tarea requiera, porque no es nada fácil. Es complicadísimo. A mí por lo menos me cuesta mucho hacer esa mezcla lingüística. No obstante, no temo los riesgos literarios. Lo que temo es que literariamente no pueda conseguir el efecto que pretendo con una novela. Y ese efecto está más allá del significante de los vocablos o incluso la representatividad cultural, porque al final el lenguaje es la vía por la que toda una cultura se expone ante todos, y ese es un aspecto que siempre pongo por delante con mis editores en lengua española y en otros idiomas.


“¿Cómo dominar el lenguaje del barrio? Para mí no hay problema. Yo soy raza: me tocó pandilla, esquina, heridas, navajazos…”


-¿Dominar esa lengua con la que platica el barrio implica bajar a los bajos fondos de la ciudad?

-Para mí eso no es problema, porque yo de ahí vengo –se carcajea-. Yo soy raza: me tocó pandilla, esquina, heridas, navajazos y todas esas cosas de los años 60. Entonces, al contrario, para mí es divertido: es la recuperación de una parte de la memoria de mi ciudad. Aunque ese mismo placer de recordar también puede obstruir que construyas un auténtico discurso literario.

-Pero, pongamos por ejemplo un escritor primerizo que quiere escribir una novela sobre una temática urbana. ¿Sería imprescindible que saliera a las calles de Culiacán, por ejemplo?

-Yo le aconsejaría que no se preocupe tanto de inmiscuirse en los bajos mundos de este fenómeno. Más bien primero deben acudir a lo que fue su aprendizaje dentro de su lengua materna, a lo que aprendieron en su casa, en las escuelas, en el barrio… Porque ahí existen expresiones que hay que crearles el valor correspondiente para que tengan un peso dentro de la literatura.

-¿Cómo ve el panorama actual de escritores jóvenes que han publicado obras con el narcotráfico como eje central?

-Los jóvenes con los que he tenido contacto se me hacen muy buenos, con una obra muy interesante. Puedo mencionarte a Alejandro Almazán, por ejemplo.

-¿Esos jóvenes escritores son los herederos de Élmer Mendoza?

-Pues ojalá, ¿no? –ríe-. Ojalá y tenga algo que dejar…


-¿Le preocupa eso? ¿Dejar algo que trascienda?

-Sí, sí, claro que me preocupa –contesta de nuevo muy serio-. Si no tuviera una ambición de lograr algo imposible, qué razón tendría para ponerme a escribir a las cinco de la mañana y estar todo el día con esto.

-¿Cómo le gustaría que trascendiera su obra?

Mendoza aspira aire y tras un mmmm de varios segundos suelta a bocajarro: -Como una genialidad.

-¿Así de claro? –se le pregunta de nuevo para tratar de profundizar en el tema. Sin embargo, el escritor considera que la respuesta es lo bastante contundente para tan solo añadir una carcajada al otro lado del hilo telefónico.

“Quiero que mi obra trascienda como una genialidad”
-Dígame, ¿le duele la crítica?

-Ehhh… No, no mucho. Pero las críticas adversas tienen una virtud: son como tableros de advertencia y yo las leo con mucho cuidado. Si mi obra ha mejorado se lo debo tanto a mis críticos que han escrito a favor, pero también a los que lo han hecho en un sentido contrario.

-¿Ni siquiera cuando esos críticos han escrito muy en contra?

-No, yo estoy alerta, pero como te digo no me duelen. Hay algunas críticas que enseguida notas la buena intención, y hay otras que no, que simplemente son para, como dicen por aquí, joder al vecino.

“Las críticas adversas tienen una virtud: son como tableros de advertencia y yo las leo con mucho cuidado”
-Terminemos por el inicio. Usted publicó su primera novela con cincuenta años de edad. ¿Por qué se tardó tanto?

-Porque, a pesar de que ya había escrito varias novelas, aún no había conseguido lo que yo quería, y lo que quería era contar historias combinando códigos lingüísticos. Cuando lo descubrí, sentí que ya tenía un problema resuelto y las cuatro o cinco novelas que destruí fueron las que me mostraron el camino para llegar hasta mi primera publicación: Un asesino solitario. Por eso tardé mucho, y porque empecé a escribir cuentos, crónicas, teatro, y también porque no tenía editor –suelta otra carcajada-. Lo cierto es que la literatura es un mundo complicado, bastante complicado.

Entrevista publicada originalmente en Animal Político

jueves, 14 de febrero de 2013

Los narcos son unos románticos: Élmer Mendoza (parte 1 de 2)




Piiii, piiiiiii….

Así una, dos, tres, cuatro y hasta cinco veces. Momento en que, tras un breve suspiro, una voz sutil de mujer contesta con un escueto ¿diga? al otro lado del aparato y pregunta, fría y rigurosa como la mañana que apenas empieza a desperezarse sobre el cielo denso de la ciudad de México, si ya tenemos programada una cita para esta entrevista. 

-Si, espere un momento -ordena la voz-. No cuelgue.

El sonido metálico del segundero orbitando alrededor de los minutos y las horas retumba en la inmensidad de este departamento estilo vintage con vistas a la Torre Mayor y al paseo de Reforma desde el que se hace la presente llamada.

Son poco más de las diez, marca la conjunción de las manecillas.

Al otro lado del teléfono, todavía nada. Sólo el eco vacío de una llamada aún sin respuesta.

Sobre la mesa, una taza de café acompaña el lento transcurrir del tiempo junto a una cajetilla de Benson & Hedges, un cenicero de latón colmado de colillas aplastadas, y una hoja de libreta repleta de direcciones garabateadas, algunas preguntas para esta entrevista y un nombre escrito en grandes letras mayúsculas: ÉLMER MENDOZA.

-Sí, ¿bueno?

La voz suena lejana. Pero echando un vistazo a la fotografía en blanco y negro que acompaña a la reseña de Nombre de perro (Tusquets), la nueva entrega de la saga del detective El Zurdo Mendieta que acaba de llegar a las librerías trasLa prueba del ácido y Balas de Plata, al otro lado de los doce dígitos con lada de Culiacán se puede adivinar el rostro de un hombre de tez morena, nariz contundente pero sin llegar a ser grotesca, barba grisácea que se extiende como una carrera de hormigas por la mandíbula, labio inferior y barbilla, pelo ensortijado más oscuro que blanco a pesar de sus 62 años, y unos lentes de montura ovalada a través de los cuales un par de ojos  oscuros, limpios y curiosos, observan al frente ligeramente entornados.

-¡Todo listo muchacho! Cuando quieras empezamos.

Clic.

Se activa el speaker. Su forma de hablar, seca pero melodiosa -muy al estilo de su Culiacán natal-, confunde en un primer intercambio de palabras. Tanto, que cualquiera que platique con el escritor por primera vez se preguntará un par de veces antes de articular palabra si al otro lado del hilo está en realidad Élmer Mendoza, el catedrático de la Universidad Autónoma de Sinaloa, escritor miembro de la Real Academia Mexicana de la lengua, y autor de poemas, cuentos, crónicas y novelas, o uno de esos personajes que emergen del mundo del narcotráfico para irrumpir en las páginas de alguna de sus obras más exitosas como El amante de Janis Joplin, Cóbraselo caro, o Buenos Muchachos. Unos títulos, a partir de las cuales, parte de la crítica lo ha definido con términos como narcoescritor, narcopoeta o el escritor del narco; etiquetas que, explicará a continuación en esta entrevistaMendoza ni acepta ni rechaza. Más bien parece que le aburren.


“Entendería que a un autor, como a mí mismo, de pronto se nos escapara unas líneas de admiración por estos tipos, quizá contrariando que más bien deberíamos hacer apología del Estado, pero lo cierto es que este Estado no da razones para admirarlo”

-¿No le molesta que lo definan con un prefijo tan inquietante como el de narco-tal o narco-cual? -La pregunta es a quemarropa y casi sin presentación de cortesía de por medio-. Quiero decir, debido a que el tema del narcotráfico es tan recurrente en su obra y...

-Neh -interrumpe la exposición de la pregunta, seco.

-Pero… ¿no le incomoda al menos que definan así su obra?

-N’hombre, pues imagínate –deja espacio para un silencio algo tenso-. Con todos los problemas que tiene el mundo y que yo me molestara por algo así. Soy una persona que se molesta por otro tipo de cosas.


-¿Por ejemplo?

-Por ejemplo me molesta la miseria de México y del mundo; el hecho de que estemos en manos de gandayas, que no haya respeto por las reglas, el sentido perdedor que todavía tienen muchos mexicanos… Eso, entre otras cosas.

-Cuando habla de gandayas, ¿se refiere a políticos o a esos narcotraficantes de sus novelas?

-Cuando digo gandayas me refiero a todos aquéllos que se aprovechan de puestos y de situaciones para dañar a personas o impedir el progreso del país. A eso me refiero.


-Volvamos a la relación entre el narcotráfico y la literatura –retomamos el hilo inicial de la conversación-. Hoy día, los quioscos y las librerías están repletos de libros, revistas, y periódicos con títulos que hacen referencia a al narcotráfico. En su opinión, ¿la llamada narcoliteratura, o el narcoperiodismo, es ya un género en sí mismo, o una moda fruto de la coyuntura que vive el país?


Mendoza respira hondo y se toma su tiempo.

-Creo que es una mezcla –contesta como quien exhala el humo de un cigarro tras una profunda bocanada-. Es una moda, sí. Pero entre los autores que están publicando sobre el tema, creo que sí tienen un trabajo detrás que se toman muy en serio. Es decir, más que pensar en el tema del narcotráfico en cuestión, están pensando en hacer una pieza literaria. Y opino que esa es la base. Porque la literatura puede tratar cualquier tema, siempre y cuando sea eso precisamente, literatura, y no simplemente un testimonio en una región y en un tiempo específico. Hay que tener en cuenta que la literatura tiene sus reglas y la mayoría tienen que ver con el lenguaje, con el ritmo, con estructuras y formas de contar las cosas, y no tanto con un tema determinado.




-Sí, pero parece claro que la llamada Guerra contra el narco fue el detonante de este ‘boom’ de publicaciones que, por cierto, se venden muy bien.

-Claro, es que es inevitable –apunta ahora sí presto-. Y es que, imagínate: en México tenemos 10 mil muertos por año, y son muertes que parece que no van a ser castigadas. Y esto… impacta hasta al más frío. Y claro que eso cada quien lo manifiesta en lo que hace; incluso en quienes no se dedican a ningún arte te vas a encontrar que el narcotráfico siempre es algo que está presente en las conversaciones. Tú no platicas más de diez o quince minutos con un amigo sin que aparezca por ahí algo que tenga que ver con la violencia, porque se trata de un estado emocional que México está viviendo, y los escritores siempre están a la caza de esos estados emocionales. ¡Y no sólo los escritores! Ahí tienes también a los músicos, los cineastas, los artistas plásticos… Todo el mundo está impactado por lo que ocurre en México y lo está expresando de alguna manera.

-Uno de los lugares que tradicionalmente han estado más afectados por el narcotráfico en México es, precisamente, Culiacán. Viviendo en esta ciudad… ¿es imposible no escribir sobre el narcotráfico y todo lo que lo rodea?

-No, no… tanto como eso no –rechaza con un tono desenfadado-. En Culiacán tenemos 60 o 70 años viviendo con esto, y de alguna manera mi generación ya está acostumbrada a la presencia de los narcos, a sus formas de operar, a su disposición de los enemigos… Es algo que ya no nos afecta. Por eso en Culiacán hay escritores de todo tipo: de intrigas, amorosos, históricos, y hasta de los que nos atrevemos a tratar el tema de la violencia.


“Los niveles de apología no siempre se pueden evitar; existe como una mínima admiración por esos tipos que se han atrevido a controlar el Estado y que han hecho que les declaren una guerra”

-No falta quienes consideran que escribir sobre el narco y todo lo que lo rodea –esa narcocultura que retrata el estilo de vida ostentoso de dinero, poder y corridos sobre matanzas-, es una forma de hacer apología de la violencia. ¿Usted qué opina?


-Mmmm… No estoy muy seguro de que sea apología –contesta midiendo muy bien su respuesta tras un titubeo prolongado-. Al menos lo que yo hago tiene que ver más con señalar los niveles de corrupción que hay en México. Porque si hay una violencia tan exacerbada en el país se debe a que está sucediendo algo que no es natural. No obstante, los niveles de apología no siempre se pueden evitar; existe como una mínima admiración por esos tipos que se han atrevido a controlar el Estado y que han hecho que les declaren una guerra en la que hay muchos muertos, y han involucrado a un montón de jóvenes ‘ninis’ a los que están dando salida, aunque les cueste la vida. Pero igual esto no es algo nuevo: la sociedad mexicana viene arrastrando desde siempre niveles de corrupción muy altos.

Tras la contestación, el narrador sinaloense hace una pausa y antes de que se le vuelva a preguntar añade a lo expuesto:

-Pero yo entendería que a un autor, como a mí mismo, de pronto se nos escapara unas líneas de admiración por estos tipos, quizá un poco contrariando que más bien deberíamos hacer apología del Estado, pero lo cierto es que este Estado no da razones para admirarlo o hablar bien de él.

-Máxime cuando van más de 60 mil muertos como resultado del enfrentamiento entre esos tipos de los que usted habla y el Estado, ¿no?

-Sí, sí. La situación se ha salido de control… O bueno, la sacaron del control –ríe, enigmático-. Y pues ahí están las consecuencias.

-¿Qué cree que va a pasar con el nuevo gobierno?

-Tengo fe en el general Naranjo por el trabajo que ha hecho en Colombia; creo que es una invitación acertada. Aunque no me gusta que en aquel país se robusteció muchísimo el mercado interno de droga. Es decir –traga saliva y se explica- si hace unos 10 años los adictos tenían problema para conseguir una línea, ahora parece que la venden hasta en los supermercados. 

En México tendrán que cuidar mucho esto, porque saldría muy caro que además de la gran cantidad de adictos que tenemos se incremente aún más la cifra. Deben hacer un análisis muy serio, e insisto en la idea de que deben reunir a los expertos, a los sociólogos, a los juristas, a los militares, a los policías especializados… Que converjan para crear un plan que igual no será rápido, ya que se ha descompuesto mucho el asunto, pero que termine por resolverlo. Porque una solución militar, que es lo que hizo este gobierno, no va a funcionar.


“Tengo fe en el general Naranjo por el trabajo que ha hecho en Colombia; creo que es una invitación acertada”


-Pongámonos optimistas. Si mañana el problema del narco desapareciera de México… ¿se agotaría la fuente de inspiración para muchos escritores?

-No, yo creo que más bien se limpiaría el ambiente de libros oportunistas. Porque la delincuencia está llena de historias: no me alcanzaría la vida para escribir todas las que conozco, que son bastante fuertes e interesantísimas. Hay muchísimo material para trabajar.

(En breve, 2ª entrega)

jueves, 7 de febrero de 2013

Fotografía: Atardece en el 'Dé-Efe'




A DIARIO vas y vienes y no te das cuenta. Bueno, en realidad acabas percibiendo siempre lo mismo: el tráfico, las prisas, la contaminación, gigantes de hormigón y acero levantándose inertes a ambos lados del Paseo de la Reforma, el estrés de no encontrar aparcamiento en una ciudad con millones de habitantes y el doble de coches, los sonidos de los claxón de taxistas vomitando estridencias... Hasta que una tarde llegas agotado del Metro y sus embotellamientos, sales con tu mujer a respirar al balcón del piso número trece y, ah caray, te percatas de que ahí está: un enorme y hermoso disco anaranjado de proporciones perfectas que se zambulle en un océano grisáceo de azoteas y antenas parabólicas hasta desaparecer por completo; mientras tú, observando la infinita urbe que se expande hasta más allá de donde te alcanza la vista, murmuras con una sonrisa y un optimismo fatigado: "No, tal vez no todo está perdido allá afuera. Tal vez no...".  

viernes, 25 de enero de 2013

Crónicas desde la antesala del infierno (Parte 3: 'La Bestia' era su única esperanza)




María, Morena y Wilfredo, a la espera en Tierra Blanca de que llegue 'La Bestia' para continuar con su camino hacia Estados Unidos. 


"No es bonito pasar hambre, ni tampoco que te bajen a la fuerza del tren y te apunten con una pistola en la cabeza para violarte". Este es el relato de Morena, una salvadoreña que forma parte de esa escalofriante estadística que apunta que entre seis y ocho de cada 10 mujeres a su paso por México son obligadas a pagar con sexo una parte del precio del pasaje.

Aquí la tercera y última parte de la crónica en Tierra Blanca, uno de los lugares más violentos para los migrantes procedentes de Centroamérica que buscan alcanzar los Estados Unidos. 

(Pd: Agradecimiento especial para mis compañeros Jesús Lazcano, Víctor Hugo Soto, y Don Nacho Nieto, sin ellos esta crónica no hubiera podido contarse)


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AMPARADA BAJO la sombra raquítica que le ofrece la copa de un árbol, María descansa taciturna y tumbada en el suelo sobre un par de cartones aguados por el relente de la noche, mientras Wilfredo y Morena permanecen en silencio con el gesto apesadumbrado y la mirada fija en el incierto camino que tienen ante sí. 

A su lado, un perro de morro fino lleno de canas, ojos lánguidos pero fieles, y el pelo blanco moteado con grandes manchas negras repartidas por una pequeña anatomía de huesos pegados a la piel, que deja entrever una vida famélica de botes de basura y mucho deambular, imita a sus improvisados compañeros de viaje y descansa sobre el suelo fresco y arcilloso, dejando escapar de vez en cuando largos y sentidos suspiros, al tiempo que espanta con el rabo un par de moscas que no se cansan de incomodarlo.

A la llegada del periodista nadie dice nada.

Ni siquiera el canino refunfuña un ladrido de advertencia ante el extraño que se aproxima por un costado de la vía, ni hace ademán alguno de levantarse sobre sus patas huesudas.

Todos permanecen en un silencio que rezuma incertidumbre. 

"Hemos pasado lo que no se imagina –suelta Morena a modo de saludo-. La noche del 24 de diciembre estuvimos ahí tirados en el suelo de la estación, no traíbamosni dinero, ni comida. Aunque, gracias a Dios, alguien llegó para regalarnos un poco de alimento y hasta calcetines limpios. Y la verdad, hasta contenta se pone una de que le den un pedacito de pan para comer. Porque esto es sufrido, ¿eh? Muy sufrido. No es bonito pasar hambre, ni ir ahí arriba –señala a un kilométrico convoy al que unos mecánicos con los brazos llenos de grasa hasta los codos dan mantenimiento-, ni tampoco que te bajen a la fuerza del tren y te apunten con una pistola en la cabeza".  


“No es bonito pasar hambre, ni tampoco que te bajen a la fuerza del tren y te apunten con una pistola en la cabeza para violarte”
Morena es salvadoreña. De treinta y pocos años de edad, estatura media y algo regordeta. Su piel es del mismo color que su nombre de pila, tiene una forma de hablar que destila verborrea y es padre y madre de tres hijos, a quienes recuerda con remordimiento por haberlos dejado atrás.  

"Cuando vieron que me marchaba sin ellos, solo me dijeron: 'Vamos a rezar y a pedir para que usté pase bien del otro lado, mamita", asegura con la voz resquebrajada y los ojos verdes muy abiertos. "Pero es que si usted viera… –vuelve de nuevo a su tono de voz agudo, chirriante, para explicar, o tal vez justificar, el por qué de su decisión- La vida está muy dura allá. En El Salvador se gana en dólares y en dólares se gasta. Fíjate que en mi país un sueldo mínimo está en cinco o seis dólares diarios. Y si el plato de comida te cuesta dos, más el desayuno, el almuerzo y los pasajes para ir al trabajo… ¿cuánto te está quedando? – hace cálculos con los dedos- ¿Dos dólares diarios? ¿Uno? ¿Y con eso cómo puedes mantener a tres hijos? No se puede –menea la cabeza, contrariada-. Porque antes, cuando estaban pequeños, medio la podía hacer uno con un par de huevitos y unas tortillas. Pero ¿y ahora que necesitan ropa y estudio?".

"Simplemente, el dinero no alcanza –la interrumpe Wilfredo, también natural de El Salvador y padre de tres hijos, aunque fruto de un "hogar anterior" a su relación con Morena-. Yo allá era guardia de seguridad –patea una piedra con desgana y mete las manos en los bolsillos del pantalón-. Ganaba unos cien dólares a la quincena. Pero ahorita en mi país cien dólares no es nada. Me duraban tres, cuatro días. Pero… ¿y los demás días?". 


Hasta 1,1 millones de salvadoreños residen hoy en el territorio de EU, ubicándose en segundo lugar dentro de la comunidad latina en aquel país. El primer lugar lo ocupa México. //Foto: Jesús Lazcano, periodista El Mundo de Córdoba


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CIENTOS DE MILES de personas en toda Centroamérica se preguntan en este momento lo mismo que Wilfredo. Aunque, desde luego, la situación no es nueva. Factores como el aumento de la pobreza, la disparidad de salarios, el desempleo, los diferenciales en expectativas de vida y la brecha educativa, que es cada vez mayor, han estado directamente relacionados con la migración en todo el mundo desde tiempos inmemoriales, aunque de una manera especial en naciones centroamericanas como El Salvador, Guatemala y Honduras, las cuales arrojaron en el año 2008 unos alarmantes índices de pobreza del 47.5%, el 54.8% y el 68.9% respectivamente, de acuerdo con el estudio Panorama Social de América Latina 2010, generado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).  

En el caso específico del país de Morena y Wilfredo, la evidente correlación entre la pobreza y la poca o nula esperanza de salir de ese estado, la inestabilidad social, la inseguridad permanente, la escasez de empleos atractivos, la frustrante falta de oportunidades para jóvenes y emprendedores, los niveles de desigualdad –lo que también fomentó en gran medida el surgimiento de pandillas como la ya mencionada Mara Salvatrucha o su antagónica, Barrio 18-, así como el resurgimiento de confrontaciones políticas fruto del conflicto armado entre el Ejército y grupos insurgentes en la década de los noventa, ha obligado a miles de personas a migrar en masa hacia los Estados Unidos y en menor medida a Canadá.


“Nosotros nos hemos venido sin conocer a nadie del otro lado; hemos llegado hasta México por la pura misericordia de Dios”
Estos factores se han visto agravados en la actualidad debido a la desaceleración de la economía a partir de la crisis que vivió El Salvador en 1996, la caída del precio del café y la baja rentabilidad del campo, los estragos del huracán Mitch en 1998 –el cual también afectó la economía de los países vecinos de la zona-, los dos terremotos del 2001, la actual ola de delincuencia que azota las calles de prácticamente todo el territorio, así como las crecientes historias de éxito de personas que optaron por migrar en décadas anteriores. Lo que a su vez ha provocado que, de acuerdo con el reporte Inmigrantes Salvadoreños en Estados Unidos, elaborado por el Instituto de Políticas de Migración (MPI), hasta 1,1 millones de salvadoreños residan hoy en el territorio de las barras y las estrellas –California y Texas son sus principales destinos-, ubicándose en el segundo lugar dentro de la comunidad latina en aquel país, en la cual México, con 11,4 millones de inmigrantes, constituye el grupo mayoritario.

Sin embargo, a pesar de esas "historias de éxito" de indocumentados que consiguieron franquear la frontera por alguno de los resquicios que ofrece la noche y el desierto, entrar a Estados Unidos se está tornado cada vez más complicado y, sobre todo, peligroso, debido principalmente al férreo control fronterizo aplicado con puño de hierro desde Washington –tan solo en el mes de enero de 2012 fueron deportados 1,251 salvadoreños, según datos de la Dirección General de Migración y Extranjería de El Salvador-, y a la terrible situación de violencia estructural que padece México como consecuencia de la guerra contra el narcotráfico, que suma hasta la fecha algo más de 60 mil muertos.

Datos que, aunado al miedo que manifiestan los indocumentados a ser secuestrados o asesinados en masa a su paso por el país azteca –la noticia de la masacre de 72 indocumentados en San Fernando, Tamaulipas, aún está recorriendo el mundo- han contribuido a que el número de salvadoreños que emprenden la travesía por territorio mexicano para llegar sin documentos a Estados Unidos haya caído de manera dramática, señalan al respecto cónsules de El Salvador asignados a este país, de acuerdo con una información publicada por el diario Los Ángeles Hoy.

"Nosotros nos hemos venido sin conocer a nadie del otro lado, la mera verdad –admite Morena-. Pasamos por Guatemala y hemos llegado hasta aquí por la pura misericordia de Dios, confiando en Cristo y en la Virgencita de Guadalupe", se lleva la mano al pequeño amuleto que lleva colgando por fuera de la camiseta amarilla de tirantes que viste, y añade con la primera sonrisa que ofrece a lo largo de la plática: "Aquí la cargo siempre conmigo, nunca me la quito. Le tengo mucha fe a La Guadalupe".

Por su parte, Wilfredo, que tiene el pelo negro ligeramente rizado, una prominente mandíbula propia de un boxeador súper-welter, pómulos duros y angulosos muy marcados, los ojos negros y profundos, y viste una camiseta color verde olivo con la cara de Jesús grabada en la espalda junto al emblema Yo soy el camino, ven y sígueme, asegura sin reparos que ya sabían que "México está muy peligroso ahorita".

"Lo que sucede –afirma circunspecto mirando de nuevo hacia ninguna parte y con los delgados pero fibrosos brazos cruzados a la altura de la boca del estómago- es que la necesidad en El Salvador es tanta que no nos quedó de otra que subirnos al tren".

En otras palabras: La Bestia era su única esperanza.


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Entrar a EU se está tornando cada vez más complicado y, sobre todo, peligroso, debido al férreo contro fronterizo aplicado desde Washington, y a la terrible situación de violencia que padece México como consecuencia de la 'guerra contra el narcotráfico'. //Foto: Jesús Lazcano. 


"Veníamos del ferrocarril que sale de Arriaga. Fácil íbamos arriba unos doscientos hombres y solo cinco mujeres –cuenta Morena y señala a María, la hondureña de 23 años de edad que permanece muda recostada sobre los cartones y entre varios vasos desechables de papel que contienen restos de comida corrida-. A ella la conocimos la noche de antes de partir, en el albergue. Venía con un muchacho, pero iba todo el rato drogado y maltratándola. Así que decidió dejarlo y, como nos hicimos muy amigas, siguió el viaje con nosotros".

Hasta ahí todo bien, afirma.

Sin embargo, pronto las cosas empezaron a torcerse.

Pasando la llamada garita de la arrocera –muy conocida entre los indocumentados que se avisan unos a otros de los puntos más peligrosos del camino- el tren bajó de golpe la velocidad, señal inequívoca de que algo malo estaba pasando. Desde arriba vieron a lo lejos que había una camioneta con un hombre que traía una pistola.

"Me asusté mucho, porque ya nos habían dicho que los maquinistas se entienden con Los Zetas. Me dio miedo, creo que todos teníamos mucho miedo en ese momento".

Y así sucedió.


 ”Los maleantes se subieron al tren y nos bajaron a los golpes. A los hombres los pateaban y golpeaban con las armas, y a mí me llevaron lejos de las vías para violarme”
Pocos metros más adelante, después de que aquel hombre armado le hiciera unas señales al maquinista con las luces del vehículo, el tren se detuvo a sus pies, en seco. En pocos segundos, más camionetas con gente armada arriba de las bateas empezaron a rodear el ferrocarril. 

"Salieron de todas partes –recuerda con los ojos cansados y el rostro moreno completamente lívido-. Se subieron y nos bajaron a los golpes. Nos empezaron a gritar pura grosería, a los hombres los pateaban y golpeaban con las armas, y a mí me llevaron lejos de las vías para violarme y me pusieron una pistola en la cabeza… No me quedó más remedio –asegura de nuevo con la voz rota- que llorar, suplicar y pedir a ese muchacho que se acordara de su propia madre que también es mujer". 

Detalle éste que, tal vez, la salvó de ser violada y puede que posteriormente vendida a algunos de los tugurios que en la zona fronteriza del Sur compran mujeres centroamericanas para su explotación sexual.

"Gracias a la Virgencita no me hicieron nada. Pero me golpearon –se levanta un poco la camiseta de tirantes y muestra un moretón, resultado, dice, de una fuerte patada- y nos quitaron el poco dinero que teníamos. Tuvimos que seguir el camino pidiendo limosna".


Entre seis y ocho de cada 10 mujeres a su paso por México son obligadas a pagar con sexo una parte del precio del pasaje
A pesar de lo ocurrido, Morena sabe que contó con suerte –aunque insiste que todo se debió a una intersección de carácter divino-. Suerte que no tuvo su propia prima, la cual, según comenta compungida, fue atacada brutalmente por varios tipos. Como también lo fueron otras miles de migrantes -adolescentes y niñas incluidas- que forman parte de esa estadística escalofriante que asegura que entre seis y ocho de cada 10 mujeres a su paso por México son obligadas a pagar con sexo una parte del precio del pasaje.


De hecho, de acuerdo con el informe Víctimas Invisibles: Migrantes en Movimiento en México, elaborado por Amnistía Internacional, "el peligro de violación es de tal magnitud que los traficantes de personas muchas veces obligan a las mujeres a administrarse una inyección anticonceptiva antes del viaje, como precaución contra el embarazo derivado de la violación". Esa inyección contiene Depo-Provera, un compuesto anticonceptivo que impide la ovulación durante un periodo de hasta tres meses con unos niveles de eficacia cercanos al cien por ciento. Motivo por el cual es vendido sin restricciones en las farmacias centroamericanas, donde es tristemente conocida como "la inyección anti-México". 



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El peligro de violación es tan grande que los traficantes de personas obligan a las mujeres a administrarse una inyección anticonceptiva antes del viaje, a la cual se la conoce como 'inyección anti-México'


La siguiente parada de La Bestia es Ciudad Ixtepec, un municipio del Istmo de Tehuantepec en el estado de Oaxaca, de apenas 24 mil habitantes, pero de gran importancia estratégica para los grupos criminales que se disputan el territorio, puesto que se trata de un punto de convergencia entre el Océano Pacífico, el Golfo de México y los flujos migratorios que proceden del Sur.

De ahí partieron sin incidentes hasta llegar a Medias Aguas, ya en el estado de Veracruz, donde tuvieron que dormir en la línea del tren "porque ya no traíamos ni cinco".

"Una señora nos puso a desgranar un saco de maíz y nos dio treinta pesos para cinco personas", Morena hace referencia a ellos tres y a otros dos migrantes, de los cuales uno siguió el camino por su cuenta, y el otro los invitó a ir al Puerto de Veracruz.

"Decía que conocía a unas personas allá, que nos podía dar trabajo, y con la necesidad… Además parecía una persona buena. Yo lo quería como un hermano", cuenta.

Pero pronto se percataron de que la realidad era otra.


"Ese muchacho nos engañó. Y hasta secuestrados nos llevaba sin nosotros saberlo", lamenta Wilfredo con el ceño fruncido. Aunque a la hora de llevarlos, probablemente a una casa de seguridad ubicada en las afueras de la ciudad para entregarlos a sus nuevos captores, cree que el corazón se le ablandó en el último instante: "A la larga se arrepintió porque se llevaba muy bien con mi señora. Desde Tapachula ella se portó muy bien con él, le venía lavando la ropa, después de que nos robaran en la arrocera ella pedía y lo poco que conseguía para la comida lo compartía también con el muchacho. No sé –titubea mirando la vía-. Quizá prefirió dejarnos en el malecón porque, de alguna forma, es un lugar concurrido y menos peligroso". 

"Antes de dejarnos tirados –recuerda Morena, como si aún se resistiera a creerlo-, me abrazó y me dijo: 'Te quiero mucho amiga, como a una hermana'. Pero la verdad… yo estoy convencida de que él iba a entregarnos para que nos secuestraran. Estoy segura".

"De plano –concluye Wilfredo-. Porque para que nos dejara tirados allí… es lógico. ¿O qué más puede pensar uno, pues?", se pregunta. 

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Estación del tren de Tierra Blanca, Veracruz (México). 

UNO DE ESOS VENDEDORES ambulantes que van arriba de un triciclo destartalado vendiendo tortas, tacos de canasta y refrescos de varios sabores, se aproxima lentamente por entre las inmediaciones de un caserío rural con aires de abandono que hay a pocos metros de distancia de donde se encuentran los indocumentados. Viene con la lengua afuera y la cara echa un poema; dando sufridas pedaleadas y con el sudor cayéndole a chorro a pesar de que el changarro que transporta con un esfuerzo de titánicas dimensiones viene equipado con una sombrilla tamaño familiar que lo cobija del sol.

Al fin, épico, corona la meta.


Toca un par de veces una estridente bocina –moc, moc- y muestra la mercancía que lleva en el interior de una canasta de mimbre cubierta únicamente por un mantel de tela, al mismo tiempo que abre la tapadera de una nevera azul repleta de hielo y empieza a recitar de carrerilla la lista de precios y de refrescos disponibles.

- ¿Cómo tomaron en tu casa la decisión de marcharte a Estados Unidos? –se le cuestiona a Wilfredo después de comprar algo de comer e intercambiar un par de comentarios rutinarios acerca de este sol de pesadilla que cae sobre Tierra Blanca con el vendedor que ya va de regreso, jadeante, montado en su triciclo.

- Cuando le dije a mi madre que me iba pal Norte se quedó mal, claro –afirma cabizbajo y a punto de dar la primera mordida a la torta-. Hace no mucho que hablé a mi casa y me dijeron que está muy mal porque no sabe de mí. Y porque mucha gente que también ha salido para allá le ha contado todo lo que pasa uno en el camino.


“A mi sobrina la secuestraron; le pedían que pagara cuatro mil dólares para que la dejaran libre. Si no, decían que le iban a cortar dedo por dedo hasta que pagara”
- ¿Tienes familia en Estados Unidos?

- Sí, una sobrina. Vive en Los Ángeles. Ella fue la que llamó a mi madre y le dijo que no  viniera. Que se pasa muy mal. Demasiado.

- ¿Por qué le dijo eso?

- Porque cuando ella cruzó, hace como cuatro años, sí la secuestraron Los Zetas. A ella y al grupo con el que marchaba. Los llevaron a una casa de seguridad y a mi sobrina le pedían que pagara cuatro mil dólares para que la dejaran libre. Si no… -mira a los ojos de su interlocutor sin pestañear-, si no decían que le iban a cortar dedo por dedo hasta que pagara. La familia lo pasó muy mal, aunque gracias a Dios el tipo que los cuidaba se quedó dormido y se pudieron escapar. Tuvieron suerte.

- Después de lo que os sucedió en Arriaga arriba de La Bestia… ¿aún tienen ganas de seguir adelante?

- Mira, en todas partes vas a encontrar gente mala –toma el turno de respuesta Morena-. Da igual dónde estés. Pero así como encuentras gente mala, también encuentras gente muy buena. En el tren veníamos cinco mujeres y más de doscientos hombres. Y todos esos hombres nos han cuidado. Hemos dormido a la par de ellos, todos así, en línea, y nos hemos ayudado unos a otros. Incluso, venía un muchacho que decía que era de la Mara Salvatrucha. Y nos dijo: 'yo no voy a dejar que nadie os toque'. ¿Pero, por qué? –Cuestiona antes de reafirmar por enésima vez su fe católica-. Porque uno viene confiando en Dios –apunta al cielo-. Mientras haya sentimientos buenos dentro de uno, el Señor a uno nunca lo desampara. Y mientras uno actúe de buena fe con la gente, de buena fe actúa la gente con uno. Eso es así.

- En el tren venían muchos muchachos que sí nos echaron la mano –confirma Wilfredo las palabras de su pareja-. Ella venía grave, con mucha calentura por el frío. Y algunos que decían ser pandilleros, o yo no sé la verdad, se portaron muy bien con nosotros. Esa es la verdad. Incluso, en una media estación que hacía el tren, se bajaron y nos consiguieron comida. Eso nos ayudó mucho. Y siempre nos decían que si había cualquier 'onda' que les gritáramos, que ellos nos defendían. Todos nos ayudamos en el tren. Como hermanos.


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Plac, plac.

De nuevo, el sonido mecánico del obturador abriéndose y cerrándose a una velocidad de un disparo por cien centésimas de segundo, congela la imagen de los tres migrantes en el visor de la pantalla. María, que sigue sin pronunciar palabra, evita el objetivo de la cámara y ladea la vista, tímida, hacia Wilfredo, el cual, en un gesto lacónico mira meditabundo hacia el suelo que pisa, mientras Morena es la única que mantiene la sonrisa y los ojos bien abiertos y fijos en el lente que parpadea con cada shoot.

"¿Esta foto la van a ver mis niños?", pregunta divertida la salvadoreña, apoyada sobre los fierros de uno de los vagones que hay sobre la vía, al tiempo que se acicala la cola que le sujeta el cabello, se restriega con ambas manos los restos de legañas que aún anidan en los lagrimales después de haber dormido muy pocas horas la pasada noche, y trata de estilizar todo lo que puede la figura.

Tras la sesión fotográfica, María –o Mary, como la llaman sus dos compañeros- camina de vuelta cabizbaja hacia la sombra del árbol y la humedad de los cartones junto al perro que da profundos suspiros y que ahora mueve la cola al verla regresar, mientras Morena y Wilfredo continúan con la espalda apoyada en uno de los vagones del convoy y se susurran, abrazados, algo al oído.

"Nunca había tenido un hombre cariñoso como él, que acepte a mis hijos", suelta  repentinamente Morena, abrazada de Wilfredo, como si hubiera adivinado la duda, o sospecha, que desde hace rato lleva rumiando la mente del periodista:
¿Realmente son pareja, o se tratará de uno de esos matrimonios de conveniencia tan frecuentes en las vías del tren, en los que la mujer ofrece favores sexuales a otro migrante a cambio de que éste la proteja durante lo que dure el trayecto hasta la frontera?


“En el camino se sufre terrible, lo que nadie se imagina. No es lo miso que alguien te lo cuente… a que tú lo vivas allá arriba”
"Allá, en El Salvador, los hombres no ven la manera de cómo hacerle el mal a una –lamenta, amarga-. Fíjate que uno me abandonó después de ocho días de nacido mi primer hijo. El otro me dejó de once meses del segundo, pero yo luché con todo y eso. Y ahí tengo a los tres juntos. Pero igual después me quise acompañar y me salió muy mal la persona. Me quería golpear a los niños; yo trabajaba en dos casas a la vez, hacía de todo por darles a mis hijos lo que necesitaran. Pero con todo y eso de que él me los maltrataba, yo me los llevaba y trabajaba con ellos: vendía en las calles, en los semáforos, en las carreteras. Después, aquel hombre embarazó a otra muchacha y ya fue cuando decidí dejarlo".

Así, hasta que conoció a Wilfredo.

"Con él ha sido muy bonito –lo besa en la mejilla-, porque ha sido para mis hijos como el padre que nunca tuvieron. En el poco tiempo que estamos juntos se los ha ganado. Lo quieren mucho".

Lo rodea con los brazos el cuello y lo vuelve a besar, dulce.



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EL RELOJ MARCA algo más de las tres de la tarde y los centroamericanos comienzan a meter en las mochilas apresuradamente los pocos enseres que portan consigo –algo de ropa, un poco de agua en botellas de coca cola, y los vasos con restos de comida-. Hace unos minutos que las angostas piedras que hay desperdigadas por el suelo han comenzado a titilar sutilmente. A lo lejos se alcanza a escuchar un silbido agónico y un rugido grotesco, gutural, acercándose muy lentamente. El tren, esa Bestia que va con dirección hacia Orizaba en su kilométrico viaje hacia el Norte, puede llegar de un momento a otro. Así que, ante la inminencia de lo que está por llegar, la pareja se aferra de nuevo en un abrazo que parece eterno y no deja de besarse a unos prudenciales metros de distancia de donde se encuentra Mary y el perro de ojos lánguidos y anatomía famélica.

Morena llora en el hombro de Wilfredo.

Instantes después, se separan y ambos comienzan a caminar en silencio con un gesto adusto que les emborrona el rostro.

Ha llegado la hora de continuar el viaje, comentan. "Pero esta vez por separado".


“Para llegar a lo bueno, primero tienes que sufrir: y yo estoy dispuesto a pagar aquí ahorita lo que tenga que pagar en el camino para llegar hasta Estados Unidos”
"En el camino se sufre terrible –dirá minutos más tarde Wilfredo tras dejar a Morena en la central de autobuses de Tierra Blanca y emprender el trayecto de vuelta al patio de carga para esperar el tren que lo lleve hasta Querétaro, lugar donde "unos señores" le prometieron un trabajo y un cuarto donde vivir-. Se sufre lo que nadie se imagina. No es lo mismo que alguien te lo cuente, a que lo vivas allá arriba. Es duro dormir en el suelo. Y más aún cuando uno se predispone a traer a la mujer, entonces es mucho más terrible todavía. Porque uno solo, pues en fin, ya ve qué hace: si se tira del tren, corre por el monte, o ya ve qué es lo que hace para salvar la vida. Da igual. Pero cuando vas con tu mujer, es muy diferente. Por eso –mira el suelo y puntea de nueva una piedra que sale disparada y haceclank al chocar con el riel de la vía- lo mejor es que ella se regrese a El Salvador a cuidar de sus hijos, que es lo que la está atormentado a ella. Y no es porque no la quiera; ella sabe que no es eso. Los dos venimos llorando todo el día desde que tomamos la decisión porque cuando uno quiere a alguien, cuando uno adora a alguien, cuesta mucho separarse de esa persona. Es muy duro para mí dejarla ir, pero… -traga saliva- es lo mejor.

- ¿Y ahora qué piensas hacer?, pregunta el periodista al verlo deambular por las vías del tren ya con la única compañía de aquel perro, y de María, que ha decidido continuar el camino, en silencio.

- Tengo fe en que estos señores de Querétaro sí me van a ayudar –contesta de inmediato, intentando, tal vez, convencerse a sí mismo-. Me han prometido que me van a meter a trabajar y que me van a pagar doscientos pesos diarios. Entonces, hago la cuenta y en cinco días voy a ganar mil pesos, que son como cien dólares, ¿y en cuánto tiempo gano eso en El Salvador? Además, allá me han prometido que no voy a pagar casa. Me está costando, pues –hace una pausa-. Pero como dicen: para llegar a lo bueno, primero tienes que sufrir. Yo estoy muy consciente de eso. Y estoy dispuesto a pagar aquí ahorita lo que tenga que pagar en el camino para llegar hasta allá y luego mandarla a traer junto con sus hijos. Sé que es un compromiso que me estoy echando encima –se ajusta la mochila a la espalda, listo para empezar a correr y abordar a La Bestia en cualquier momento-. Pero lo voy a conseguir –esboza una sonrisa-. Cueste lo que cueste. 


**Esta crónica fue publicada originalmente en el portal de noticiasAnimalPolítico.com y en la publicación colombiana de periodismo narrativo'Revista Sole'. La reproducción parcial o completa del texto, así como de las fotografías, queda sujeta al previo consentimiento del autor (para contactarme lo pueden hacer a @ManuVPC)