miércoles, 6 de agosto de 2014

Diario de la Frontera Sur (1):
el Mundial en una balsa





Tras meses de trabajo con el equipo de la ONG estadounidense Round Earth Media y con los compañeros de Animal Político, el pasado 22 de julio publicamos -después de varios retrasos y noches en las que cuesta conciliar el sueño- el especial 'Menores Migrantes: México cierra la puerta a una generación que huye de la violencia'. Investigación periodística dividida en tres entregas en la que, a partir de videos, audios, fotografías, numeralias y reportajes escritos, contamos la situación y el contexto que enfrentan miles de niños centroamericanos a su paso por México, en esa búsqueda desesperada por alcanzar la frontera norte de Estados Unidos.

Toda vez que el reportaje ya vio la luz, quiero contar ahora en este blog la intrahistoria de aquellos calurosos días recorriendo una de las fronteras más porosas, complejas y también peligrosas del mundo: la frontera sur que divide México de Guatemala. Se trata, por así decirlo, de un 'detrás de cámaras' que he titulado 'Diarios de la Frontera Sur', en el que contaré en primera persona todas esas anécdotas y situaciones que también formaron parte de esta investigación periodística, y que no quedaron plasmadas en el resultado final que se dio a conocer al público. 


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“Bienvenidos a Paso del Coyote”.

A ambos lados del mural pintado en la pared con un chirriante color amarillo, una hilera de escalones me lleva hasta lo alto de un cerro desde el que observo el lento fluir del río Suchiate; un afluente de poco más de un kilómetro de ancho que traza la línea divisoria entre México y Guatemala, por el que a diario traficantes de personas nombrados en un susurro como ‘coyotes’ –de ahí el recibimiento del mural- cruzan migrantes de contrabando a suelo mexicano.

Ya son más de las tres de la tarde, y los rayos del sol caen a plomo en Ciudad Hidalgo. Sobre el espejo opaco de aguas viscosas que se forma en la superficie, rudimentarias balsas ensambladas con un par de llantas de camión y un palé de madera navegan plácidamente a uno y otro lado de la línea fronteriza. Mientras tanto, a tan solo unos cientos de metros de donde esas barcas cruzan todo tipo de mercancías –desde alimentos y refrescos, hasta cargamentos mucho más rentables como drogas, dinero, armas, y sobre todo personas-, los agentes aduaneros y de la migración mexicana miran la escena como si tal cosa desde el Puente Internacional Rodolfo Robles, el cruce legal entre México y Guatemala. 

Es hora de moverse, me meto prisa. 

Comienzo a descender por un declive abrupto, escarpado y arenoso. 

Con cada paso, las pulsaciones se me disparan. 

Respiro. 

No es la primera vez que reporteo en ‘territorio comanche’, trato de insuflarme valor y vuelvo a respirar hondo. Aunque sé que llevo el pasaporte de extranjero impreso en la cara, me obligo a actuar con la naturalidad de quien cruza este río a diario. Desentierro muyyyy lentamente la cámara de fotos de las profundidades de la mochila, me la cuelgo al cuello y espero unos segundos las reacciones a mi alrededor. Nada sucede, o eso parece. Cambio el gran angular por el telefoto y –plac, plac- tomo fotos aquí y allá para mitigar esos pensamientos que, desde que dejé atrás el mural de ‘bienvenida’, me hacen ver por doquier soplones de los cárteles del crimen organizado que me ponen el dedo con llamadas de celular. 




Mural que da la 'bienvenida' al Río Suchiate, del lado mexicano en Ciudad Hidalgo.


Balsas preparadas para transportar mercancías de contrabando a Tecún Umán, ciudad guatemalteca que hay al otro lado del río. Al fondo de la imagen se puede apreciar el Puente Internacional.


Sin embargo, para mi sorpresa, en la ladera del río el ambiente no puede estar más relajado: en el improvisado embarcadero construido a base de sacos de arena, las balsas emiten sonidos que te transportan a playas del Caribe debido al hipnótico roce de los neumáticos con la superficie rugosa de la orilla. Y debajo de una rudimentaria garita de techo de uralita, grupos de personas -cervezas de lata en mano- lanzan animados ‘¡uuuy!’ frente a un transistor del que emana la crónica en directo del partido España-Holanda de la fase de grupos del Mundial de Brasil.

“¡Cuidado, ahí viene el gol –el ritmo monótono de la narración se torna frenético en un abrir y cerrar de ojos-. Cuidado porque ahí viene el gol, ¡¡¡ahí viene!!! ¡¡¡ahí viene!!!…”. 

Los balseros se levantan en un gesto eléctrico de las sillas de plástico, y derraman por la emoción algo de cerveza en el suelo arcilloso. 

Y entonces, el estallido. 

“Gooooooollllllllllll…¡Van Persie!, ¡Van Persie,! ¡Cuatro! ¡Cuatro! ¡Cuatro! ¡Cuatroooo!... Goooooooooollllllll”.

“¿Pero… qué le está pasando a España? Qué madriza les están poniendo, caray. ¡Ya llevan cuatro!” –lamenta con el gesto cariacontecido uno de los balseros que se lleva las manos a la cabeza, mientras el resto de compañeros jalea el gol de la orange como si fuera propio-.

Segundos después, la algarabía da paso otra vez a la calma plomiza. La narración del partido se centra ahora en hacer sangre con las críticas al combinado español -"¡Por favor, que alguien avise a Íker Casillas que ya empezó el Mundial!", dice con sorna el locutor-, y el balsero contrariado por la derrota española da un largo trago a la cerveza para digerir mejor el asunto. 

“Oye güero, ¿y sí vas a tomar fotos?”. 

La pregunta repentina me pilla con el pie cambiado –aún estoy tratando de asimilar la debacle de los Xavi, Silva, Iniesta y compañía-. De pronto caigo en la cuenta de que sí; que soy periodista y que vengo a la frontera sur a hacer un reportaje para la ONG estadounidense Round Earth Media y para mi medio de comunicación, Animal Político, sobre el calvario que los niños centroamericanos sufren a su paso por México para llegar a Estados Unidos. Entonces, como si despertara en mitad de la noche, vuelvo a la sofocante realidad. Nervioso, trato de ocultar con torpeza la cámara regresándola al abismo de la mochila, pero ya es demasiado tarde. 

El balsero da una calada del cigarro que trae en la mano derecha, deja la lata de cerveza en el suelo y se pone en pie. Suelta el humo sin perderme de vista y hace un gesto seco con la mano a un muchacho que viste una camiseta azulgrana con el 10 de Leo Messi a la espalda. 

Los dos se acercan con paso cansado hasta donde estoy. 

“Pues son 20 pesos, güero”. 

Ese es el precio, me explica el tipo con el cigarro humeante apoyado en los labios, que me cuesta entrar a Guatemala como cualquier otro migrante indocumentado. 




Un grupo de personas cruza a bordo de una balsa desde Tecún Umán (al fondo de la imagen) en dirección al lado mexicano, en Ciudad Hidalgo. La 'cruzada' cuesta 20 pesos mexicanos. 




Un balsero aprovecha la sombra de un árbol para descansar, en el lado mexicano. 



Vista de México desde la orilla guatemalteca. 


Balsas en el lado de Tecún Umán, Guatemala. 




En el cruce informal, un arco da la bienvenida a quienes llegan de contrabando desde el lado mexicano. 


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La inestable embarcación comienza su travesía abriéndose paso hacia Guatemala. El lanchero, que hace notables esfuerzos para clavar sobre el fondo fangoso el largo palo que usa como remo, se quita de vez en cuando con el dorso de la mano el sudor que le cae por la frente, mientras, con visible desgana, habla sobre su oficio de cruzar mercancías de contrabando sin perder detalle de la narración del partido, que ahora llega desde unos altavoces colocados en la orilla de Centroamérica. 

“La toca Xavi, Xavi para Iniesta –alcanzo a escuchar que narra el locutor empleando un ritmo cansino y horizontal, como el juego de La Roja en este primer partido de la Copa del Mundo-. Iniesta la toca ahora con Silva, Silva se la devuelve a Iniesta. ¡España toca y toca el balón… ¡¡¡pero no funciona!!!”. 

Menos de cinco minutos después de zarpar desde México llego a Tecún Umán. Extrañamente, aquí el calor es todavía más insoportable aunque la distancia con Ciudad Hidalgo es nula. Camino unos pasos, atravieso un arco que sin pudor da la bienvenida a los transeúntes que como yo entran de manera ilegal al municipio, y de inmediato una hilera de tiendas de ropa salen a mi encuentro.

Hasta las puertas de estos locales, es de sobra conocido, los comerciantes mexicanos arriban a diario desde Tapachula, Huitxla, Tonalá, o la propia Ciudad Hidalgo, para comprar a precio de mercadillo polos, camisas, boxers, pantalones o blusas –algunas de las marcas más glamurosas del planeta-, que luego revenden a precios más caros para sacar unos pesos extra. Sin embargo, esta tarde los locales están vacíos. Y los pocos clientes que deambulan comprobando la calidad del material tienen que rastrear a fondo entre los tenderetes de faldas y playeras Aeropostale para hallar a los dependientes de la tienda, inmersos en el transcurrir de los últimos minutos del Holanda-España. 

“No hay nada que hacer en este Mundial”, me dice con una sonrisa cansada y de resignación el muchacho que atiende una ferretería ubicada en el centro de la ciudad, a pocos pasos de la calle repleta de tiendas de la que salí para enfilar la central de autobuses. 

“El tiempo no perdona -lanza un suspiro-. Fueron los mejores del mundo pero su tiempo ya pasó”. Y a continuación, el dependiente me hace un gesto con la barbilla apuntando al televisor donde, en la repetición de la jugada, un Iker Casillas derrotado y por los suelos no es capaz de parar los regates eléctricos de ese espigado ‘10’ de Holanda.

Néh -repite en un susurro el muchacho guatemalteco, sinceramente apesadumbrado por el final de una generación de futbolistas que visten la camiseta de un lejanísimo país-. No hay nada que hacer este año: el Mundial está perdido".  

España, alcanzo a escuchar que dice en tonto triunfal el comentarista ahondando en la herida, acaba de encajar otro gol. 

El quinto y definitivo gol.