jueves, 14 de febrero de 2013

Los narcos son unos románticos: Élmer Mendoza (parte 1 de 2)




Piiii, piiiiiii….

Así una, dos, tres, cuatro y hasta cinco veces. Momento en que, tras un breve suspiro, una voz sutil de mujer contesta con un escueto ¿diga? al otro lado del aparato y pregunta, fría y rigurosa como la mañana que apenas empieza a desperezarse sobre el cielo denso de la ciudad de México, si ya tenemos programada una cita para esta entrevista. 

-Si, espere un momento -ordena la voz-. No cuelgue.

El sonido metálico del segundero orbitando alrededor de los minutos y las horas retumba en la inmensidad de este departamento estilo vintage con vistas a la Torre Mayor y al paseo de Reforma desde el que se hace la presente llamada.

Son poco más de las diez, marca la conjunción de las manecillas.

Al otro lado del teléfono, todavía nada. Sólo el eco vacío de una llamada aún sin respuesta.

Sobre la mesa, una taza de café acompaña el lento transcurrir del tiempo junto a una cajetilla de Benson & Hedges, un cenicero de latón colmado de colillas aplastadas, y una hoja de libreta repleta de direcciones garabateadas, algunas preguntas para esta entrevista y un nombre escrito en grandes letras mayúsculas: ÉLMER MENDOZA.

-Sí, ¿bueno?

La voz suena lejana. Pero echando un vistazo a la fotografía en blanco y negro que acompaña a la reseña de Nombre de perro (Tusquets), la nueva entrega de la saga del detective El Zurdo Mendieta que acaba de llegar a las librerías trasLa prueba del ácido y Balas de Plata, al otro lado de los doce dígitos con lada de Culiacán se puede adivinar el rostro de un hombre de tez morena, nariz contundente pero sin llegar a ser grotesca, barba grisácea que se extiende como una carrera de hormigas por la mandíbula, labio inferior y barbilla, pelo ensortijado más oscuro que blanco a pesar de sus 62 años, y unos lentes de montura ovalada a través de los cuales un par de ojos  oscuros, limpios y curiosos, observan al frente ligeramente entornados.

-¡Todo listo muchacho! Cuando quieras empezamos.

Clic.

Se activa el speaker. Su forma de hablar, seca pero melodiosa -muy al estilo de su Culiacán natal-, confunde en un primer intercambio de palabras. Tanto, que cualquiera que platique con el escritor por primera vez se preguntará un par de veces antes de articular palabra si al otro lado del hilo está en realidad Élmer Mendoza, el catedrático de la Universidad Autónoma de Sinaloa, escritor miembro de la Real Academia Mexicana de la lengua, y autor de poemas, cuentos, crónicas y novelas, o uno de esos personajes que emergen del mundo del narcotráfico para irrumpir en las páginas de alguna de sus obras más exitosas como El amante de Janis Joplin, Cóbraselo caro, o Buenos Muchachos. Unos títulos, a partir de las cuales, parte de la crítica lo ha definido con términos como narcoescritor, narcopoeta o el escritor del narco; etiquetas que, explicará a continuación en esta entrevistaMendoza ni acepta ni rechaza. Más bien parece que le aburren.


“Entendería que a un autor, como a mí mismo, de pronto se nos escapara unas líneas de admiración por estos tipos, quizá contrariando que más bien deberíamos hacer apología del Estado, pero lo cierto es que este Estado no da razones para admirarlo”

-¿No le molesta que lo definan con un prefijo tan inquietante como el de narco-tal o narco-cual? -La pregunta es a quemarropa y casi sin presentación de cortesía de por medio-. Quiero decir, debido a que el tema del narcotráfico es tan recurrente en su obra y...

-Neh -interrumpe la exposición de la pregunta, seco.

-Pero… ¿no le incomoda al menos que definan así su obra?

-N’hombre, pues imagínate –deja espacio para un silencio algo tenso-. Con todos los problemas que tiene el mundo y que yo me molestara por algo así. Soy una persona que se molesta por otro tipo de cosas.


-¿Por ejemplo?

-Por ejemplo me molesta la miseria de México y del mundo; el hecho de que estemos en manos de gandayas, que no haya respeto por las reglas, el sentido perdedor que todavía tienen muchos mexicanos… Eso, entre otras cosas.

-Cuando habla de gandayas, ¿se refiere a políticos o a esos narcotraficantes de sus novelas?

-Cuando digo gandayas me refiero a todos aquéllos que se aprovechan de puestos y de situaciones para dañar a personas o impedir el progreso del país. A eso me refiero.


-Volvamos a la relación entre el narcotráfico y la literatura –retomamos el hilo inicial de la conversación-. Hoy día, los quioscos y las librerías están repletos de libros, revistas, y periódicos con títulos que hacen referencia a al narcotráfico. En su opinión, ¿la llamada narcoliteratura, o el narcoperiodismo, es ya un género en sí mismo, o una moda fruto de la coyuntura que vive el país?


Mendoza respira hondo y se toma su tiempo.

-Creo que es una mezcla –contesta como quien exhala el humo de un cigarro tras una profunda bocanada-. Es una moda, sí. Pero entre los autores que están publicando sobre el tema, creo que sí tienen un trabajo detrás que se toman muy en serio. Es decir, más que pensar en el tema del narcotráfico en cuestión, están pensando en hacer una pieza literaria. Y opino que esa es la base. Porque la literatura puede tratar cualquier tema, siempre y cuando sea eso precisamente, literatura, y no simplemente un testimonio en una región y en un tiempo específico. Hay que tener en cuenta que la literatura tiene sus reglas y la mayoría tienen que ver con el lenguaje, con el ritmo, con estructuras y formas de contar las cosas, y no tanto con un tema determinado.




-Sí, pero parece claro que la llamada Guerra contra el narco fue el detonante de este ‘boom’ de publicaciones que, por cierto, se venden muy bien.

-Claro, es que es inevitable –apunta ahora sí presto-. Y es que, imagínate: en México tenemos 10 mil muertos por año, y son muertes que parece que no van a ser castigadas. Y esto… impacta hasta al más frío. Y claro que eso cada quien lo manifiesta en lo que hace; incluso en quienes no se dedican a ningún arte te vas a encontrar que el narcotráfico siempre es algo que está presente en las conversaciones. Tú no platicas más de diez o quince minutos con un amigo sin que aparezca por ahí algo que tenga que ver con la violencia, porque se trata de un estado emocional que México está viviendo, y los escritores siempre están a la caza de esos estados emocionales. ¡Y no sólo los escritores! Ahí tienes también a los músicos, los cineastas, los artistas plásticos… Todo el mundo está impactado por lo que ocurre en México y lo está expresando de alguna manera.

-Uno de los lugares que tradicionalmente han estado más afectados por el narcotráfico en México es, precisamente, Culiacán. Viviendo en esta ciudad… ¿es imposible no escribir sobre el narcotráfico y todo lo que lo rodea?

-No, no… tanto como eso no –rechaza con un tono desenfadado-. En Culiacán tenemos 60 o 70 años viviendo con esto, y de alguna manera mi generación ya está acostumbrada a la presencia de los narcos, a sus formas de operar, a su disposición de los enemigos… Es algo que ya no nos afecta. Por eso en Culiacán hay escritores de todo tipo: de intrigas, amorosos, históricos, y hasta de los que nos atrevemos a tratar el tema de la violencia.


“Los niveles de apología no siempre se pueden evitar; existe como una mínima admiración por esos tipos que se han atrevido a controlar el Estado y que han hecho que les declaren una guerra”

-No falta quienes consideran que escribir sobre el narco y todo lo que lo rodea –esa narcocultura que retrata el estilo de vida ostentoso de dinero, poder y corridos sobre matanzas-, es una forma de hacer apología de la violencia. ¿Usted qué opina?


-Mmmm… No estoy muy seguro de que sea apología –contesta midiendo muy bien su respuesta tras un titubeo prolongado-. Al menos lo que yo hago tiene que ver más con señalar los niveles de corrupción que hay en México. Porque si hay una violencia tan exacerbada en el país se debe a que está sucediendo algo que no es natural. No obstante, los niveles de apología no siempre se pueden evitar; existe como una mínima admiración por esos tipos que se han atrevido a controlar el Estado y que han hecho que les declaren una guerra en la que hay muchos muertos, y han involucrado a un montón de jóvenes ‘ninis’ a los que están dando salida, aunque les cueste la vida. Pero igual esto no es algo nuevo: la sociedad mexicana viene arrastrando desde siempre niveles de corrupción muy altos.

Tras la contestación, el narrador sinaloense hace una pausa y antes de que se le vuelva a preguntar añade a lo expuesto:

-Pero yo entendería que a un autor, como a mí mismo, de pronto se nos escapara unas líneas de admiración por estos tipos, quizá un poco contrariando que más bien deberíamos hacer apología del Estado, pero lo cierto es que este Estado no da razones para admirarlo o hablar bien de él.

-Máxime cuando van más de 60 mil muertos como resultado del enfrentamiento entre esos tipos de los que usted habla y el Estado, ¿no?

-Sí, sí. La situación se ha salido de control… O bueno, la sacaron del control –ríe, enigmático-. Y pues ahí están las consecuencias.

-¿Qué cree que va a pasar con el nuevo gobierno?

-Tengo fe en el general Naranjo por el trabajo que ha hecho en Colombia; creo que es una invitación acertada. Aunque no me gusta que en aquel país se robusteció muchísimo el mercado interno de droga. Es decir –traga saliva y se explica- si hace unos 10 años los adictos tenían problema para conseguir una línea, ahora parece que la venden hasta en los supermercados. 

En México tendrán que cuidar mucho esto, porque saldría muy caro que además de la gran cantidad de adictos que tenemos se incremente aún más la cifra. Deben hacer un análisis muy serio, e insisto en la idea de que deben reunir a los expertos, a los sociólogos, a los juristas, a los militares, a los policías especializados… Que converjan para crear un plan que igual no será rápido, ya que se ha descompuesto mucho el asunto, pero que termine por resolverlo. Porque una solución militar, que es lo que hizo este gobierno, no va a funcionar.


“Tengo fe en el general Naranjo por el trabajo que ha hecho en Colombia; creo que es una invitación acertada”


-Pongámonos optimistas. Si mañana el problema del narco desapareciera de México… ¿se agotaría la fuente de inspiración para muchos escritores?

-No, yo creo que más bien se limpiaría el ambiente de libros oportunistas. Porque la delincuencia está llena de historias: no me alcanzaría la vida para escribir todas las que conozco, que son bastante fuertes e interesantísimas. Hay muchísimo material para trabajar.

(En breve, 2ª entrega)