miércoles, 16 de enero de 2013

Crónicas desde 'La Antesala del Infierno' (Parte 2: Salvadores de Migrantes)

Migrantes a su paso por Tierra Blanca, Veracruz. 



No hay palmeras ni espejismos... pero en el infierno de Tierra Blanca también hay un oasis. Una purificadora de agua -qué mejor metáfora- regentada desde hace varios años por un matrimonio hace las veces de refugio para cientos y cientos de indocumentados que, a diario, llegan a este municipio veracruzano aferrados a los hierros de La Bestia para continuar con su particular ruta hacia la frontera con Estados Unidos. Esta es la segunda parte de 'Crónicas desde la Antesala del Infierno'. 


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LAS NOTAS DEL ACORDEÓN que componen la melodía de un nuevo corrido fluyen por el altavoz del teléfono celular de Jorge para diluirse progresivamente con cada pisada al frente. 

"Yo tengo fe en tu memoria –se alcanza a escuchar a lo lejos- y siempre me has protegido/ mis cargamentos me llegan sanos a Estados Unidos/ Por eso tú eres Malverde/ Mi santito preferido". 

En pocos minutos Miguel y Jorge, y los otros dos migrantes que no quisieron hablar –uno de ellos es un tipo de gesto sombrío que permaneció durante toda la entrevista acostado sobre una colcha, con los ojos ocultos bajo la visera de una gorra y con la mano derecha en alto para evitar que se manchara el aparatoso vendaje que la envolvía por completo- se quedan atrás, al amparo de la interminable fila de vagones que hay estacionados en el llamado patio de carga, un hangar al aire libre de varios kilómetros donde los operarios de la compañía Ferrosur dan mantenimiento a los trenes que desfilan cada hora por este punto de paso obligado para todo convoy que se dirija al Norte, y por el que se calcula transitan en un solo día hasta tres mil indocumentados a lomos de La Bestia

Sin duda una cifra demasiado jugosa para los cárteles del crimen organizado, los cuales han lanzado especialmente en los últimos tiempos auténticas oleadas de secuestros y asesinatos en esta zona tristemente considerada como la más peligrosa dentro de la llamada ruta del migrante. Situación que, a su vez, ha obligado a que varios destacamentos del Ejército mexicano se instalen permanentemente en la ciudad, y a que reconocidos activistas como el sacerdote Alejandro Solalinde encabezara multitudinarias marchas como la Caravana Paso a Paso por La Paz, durante la cual unos trescientos centroamericanos se concentraron en la vieja estación de Tierra Blanca para exigir a las autoridades que se pusieran "la mano en la conciencia y el corazón" y tomaran de una vez "cartas en el asunto". 


"Aquí hemos atendido de todo. Desde niños, mujeres, ancianos, hombres que han perdido una pierna, un brazo... De todo" 

Hace un par de minutos que quedó atrás el ecuador imaginario que divide en dos la jornada. A pocos metros de distancia, muy cerca de un cruce a desnivel, se levanta un establecimiento de dos pisos y fachada amplia, pintada recientemente en un color blanco algo diluido. En la entrada, pasando por una larguísima puerta corrediza de hierro, Hilda e Isidro se afanan para descargar de la batea de una camioneta un par de grandes bolsas repletas de piezas de pan que van amontonando poco a poco sobre una mesa blanca de plástico junto a unos costalitos que contienen un par de kilogramos de arroz y frijoles negros.

¿Por qué nació esta idea de ayudar a los migrantes? –Isidro repite en voz alta la pregunta mientras le pide a un joven que les ayude para terminar de bajar las bolsas-. La verdad, es una cosa que no sé muy bien cómo explicarla. Creo que se debe a un sentimiento de compasión que nos nace, tal vez en agradecimiento de lo bien que nos ha ido a nosotros en la vida…". "Y además –añade Hilda cerrando los puntos suspensivos- porque también Dios fue un migrante. Y si Dios lo fue, ¿por qué no vamos a mirar por ellos?".


Sin embargo, no todos profesan la fe de este matrimonio de edad madura, ni el mismo sentimiento de compasión hacia quienes llegan hasta la puerta de este establecimiento suplicando por una botella de agua, algo de comida, un medicamento para rebajar la fiebre, calzado con el que cubrir los pies desnudos, o un poco de alcohol cutáneo para tratar las múltiples heridas que deja el camino.

"Aquí hemos atendido de todo –asegura Hilda con los ojos negros muy abiertos-. Desde niños, mujeres, ancianos, hombres que han perdido una pierna, un brazo… de todo. Muchos nos llegan con los pies destrozados y en sangre viva porque sudan y se les moja el calzado y se les rompe. Otros vienen con el cuerpo picoteado porque duermen en el monte, en el suelo, o en donde pueden. Otros llegan hirviendo en calentura y sin un peso para comprar una pastilla, y otros vomitando después de días enteros sin comer ni beber nada…". 

Quizá por ello, comenta, muchas de esas personas ven en esta modesta purificadora de agua un oasis –dicho de manera literal- en plena travesía por su particular desierto. "La mera verdad, si viera la desesperación que tiene esa gente por el hambre… no lo iba a creer", continúa relatando esta veracruzana que "en épocas fuertes" ha llegado a preparar con lo que aporta de sus posibilidades y los donativos que recibe de algunas cadenas de súper mercados y de particulares, "comidas hasta para seiscientos o setecientos muchachos en un solo día". 


"Me gustaría que la gente supiera cómo vienen esas personas viajando arriba del tren; las humillaciones a las que se ven sometidos. Muchos dicen que 'quién los manda salir de sus países'. Pero ellos no salen por gusto. Lo hacen por necesidad"


"Cualquiera puede pensar –se quita el delantal color rojo vino, lo enrolla entre las manos y se sienta en una silla de plástico- ¡cómo van a comer arroz así solo, sin nada más! Pero, para ellos es algo maravilloso poder comer algo, lo que sea. Si la gente saliera un poco de su mundo y viera esas escenas, estoy segura de que se volverían mucho más sensibles al dolor. Porque cuando no se sabe sufrir, no se aprecia lo que es en verdad. Me gustaría que supieran cómo vienen viajando en ese tren, las humillaciones a las que se ven sometidos. Muchos dicen que 'quién los manda salir de sus países'. Pero ellos no salen por gusto, sino porque que se ven obligados a dejar atrás a sus padres, a sus hijos, a todos sus familiares y amigos que sufren mucho al verlos partir, obligados por la necesidad y el hambre". 

Tras la última respuesta, Hilda empieza a tragar saliva con dificultad y ladea la cabeza en dirección a los raíles del tren.

"Es duro de ver –repite varias veces casi en un susurro-. Porque una cosa es verlo por la tele y otra que tú lo vivas". En una ocasión –recuerda en voz alta- estábamos friendo tortillas porque ya se nos había acabado la comida para repartir. ¿Y me podrás creer que así como salían las tortillas del aceite hirviendo, así se las comían? Yo les decía: 'Oye mijo, que te va a hacer daño. Espérate un poquito a que se enfríen'. Pero ellos me respondían –hace una pausa y saca del bolsillo del pantalón de faena un pañuelo arrugado -: 'No madrecita, es que si usted viera… ya traigo tres días ahí arriba sin comer nada. El hambre es tanta que no sentimos ni lo caliente'".




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TODAS LAS PIEZAS DE PAN están desperdigadas sobre la mesa, listas para ser repartidas. Sin embargo, las grandes ollas de acero inoxidable permanecen apoyadas contra una pared de cemento sin estucar secándose al sol, mientras un par de mesas con publicidad de una compañía refresquera lucen vacías y en un completo silencio.

"Ayer atendimos solo a unos treinta migrantes", comenta Hilda al percatarse que el reportero escudriña el local vacío y escribe algo en la libreta. "Es por la época de frío. Muchos ya van de vuelta para sus países de origen porque más para arriba el clima está muy duro y no lo soportan".

Cuando Hilda habla de "más para arriba",  está haciendo referencia a la zona centro del contrastante Estado de Veracruz. En concreto, a la zona montañosa de Córdoba, Amatlán y Orizaba, lugares por los que el tren pasa cargado de indocumentados y en los que, a diferencia del calor asfixiante de Tierra Blanca, en invierno el termómetro puede llegar a marcar valores por debajo de los cero grados debido a la fuerte humedad y a la proximidad del majestuoso Pico de Orizaba, la montaña más alta de México con algo más de seis mil metros de altura. "Por allí el clima está muy duro. Y claro, imagínate. Con ese frío y con la lluvia cayéndoles fuerte… Muchos se tapan solo con una bolsa de plástico –hace otra pausa enfática-. Eso y la esperanza es todo el abrigo que traen".


"Desafortunadamente en La Bestia viene de todo. Nos ha tocado gente muy buena... y también algunas escorias. Incluso, hay quienes se hacen pasar por ellos. A esos los llamamos 'centroamericanos pirata'"

- Oiga –interrumpe el reportero-. ¿Y nunca han tenido problemas estando tan cerca de las vías? Recientemente el albergue para migrantes que hay en Lechería, en el estado de México, tuvo que cerrar sus instalaciones debido a que los pobladores denunciaron intentos de agresión, robos y violación por parte de los indocumentados hacia los lugareños. Asimismo, en Orizaba la casa del migrante fue cerrada en el 2009 también por las continuas quejas de los pobladores…

"Mira, desafortunadamente, ahí va de todo –interviene en la conversación Isidro mientras una ruidosa locomotora sin vagones pasa a muy pocos metros de distancia de la purificadora y un par de coches esperan pacientes frente a una señal corroída por el paso del tiempo y con forma de equis que les advierte, o más bien amenaza, que tengan Cuidado con el tren-. Nos ha tocado gente muy buena, muy honrada. Pero también hay escorias –admite con el gesto sombrío-. Inclusive, hay gente que se hace pasar por ellos y que luego va pidiendo dinero por las calles. A esos los llamamos 'centroamericanos pirata'. Y sí, entre miles y miles de gentes que por aquí pasan, puede que por ahí haya hasta algún violador, ratero, asesino, pandillero, o no sé qué tanto. Pero nosotros no podemos señalar a nadie, ni hacemos distinción entre buenos y malos –vuelve a recuperar el tono amable-. La ayuda que nosotros brindamos es pareja para todos. No hacemos distinción. Mientras no se manifiesten contra nosotros… todo estará bien. Y hasta ahorita no hemos tenido problema".

-¿Tampoco con los vecinos del municipio?

"Bueno… -encoje los hombros- parece que algunos se molestan con lo que hacemos, pero no nos importa. Nosotros, simplemente, tratamos de ayudar al pueblo".

Hilda se muestra más crítica que su marido y lamenta que la gente todavía vea extraño que alguien ayude al prójimo sin obtener a cambio una retribución económica o algún tipo de beneficio. 

"¡Pero si son seres humanos!", exclama frunciendo el ceño y dibujando en su rostro un gesto incomprensión. "Todos tenemos que ser más sensibles al dolor para que esto algún día cambie –dice con los puños cerrados-. Porque, de veras, ¡se siente tan bonito dar sin esperar nada a cambio! Te echan tantas bendiciones… que se siente maravilloso. ¿El dinero? –Pregunta, retórica- El dinero se va. Te mueres y no te llevas nada. Lo único que te llevas es el sentimiento de que serviste a alguien que lo necesitaba. A mí la verdad no me importa lo que la gente nos diga. Porque sólo Dios sabe por qué hace las cosas y yo, con su bendición, tengo suficiente pago", concluye la veracruzana que, a pesar de que reitera en numerosas ocasiones durante la conversación que "aún hay mucha gente de aquí que mira raro a los indocumentados, como si fueran seres extraños", destaca por otra parte que en Tierra Blanca también hay gente solidaria "con los hermanos de Centroamérica".

"No somos nosotros solitos ¿eh? –Apunta con el dedo índice estirado hacia las bolsas llenas de arroz y frijoles que hay sobre la mesa-. Yo siempre les digo a los migrantes que esto es un equipo. Porque hay gente de aquí que vienen y nos apoyan donando doscientos o trescientos panes para que los repartamos entre ellos. Otros vienen y nos dan huevos, arroz y frijoles, y con eso nos completamos entre todos para que puedan comer algo".


"La verdad, no me importa lo que la gente nos diga. Porque sólo Dios sabe por qué hace las cosas y yo, con su bendición, tengo suficiente pago"

- ¿Pero, qué les parece que Tierra Blanca sea conocida a nivel nacional por ser un foco rojo en cuanto al secuestro y asesinato de indocumentados? Dicen que a esta zona se la conoce como El Triángulo de las Bermudas porque los cárteles del crimen organizado y los pandilleros desaparecen a cientos de personas y…

- Bueno, bueno –Isidro corta en seco la exposición de la pregunta con la palma de la mano en alto, como si no quisiera escuchar más al respecto-. Parece que últimamente ya no está tan mal la situación –comenta cauteloso y se ajusta los lentes-. Antes sí era una cosa horrible.

- ¿A qué se refiere?

- A muchas cosas feas. A cómo los golpeaban, los maltrataban, los correteaban por toda la ciudad…

- ¿Quiénes? ¿La Policía? ¿Migración?  

- No… no –alza de nuevo la mano al aire en un gesto automático, eléctrico-. Los maleantes son los que van contra ellos. Ni la Policía ni Migración se meten ahí.

- Sí, pero en marzo del año 2010 diversos medios de comunicación se hicieron eco de la detención por parte del Ejército de al menos cien elementos de la Policía del municipio, acusados de presuntos nexos con el crimen organizado, así como de tráfico y extorsión de migrantes de origen centroamericano. (Cabe señalar que tras el operativo sorpresa, solo 13 de los 98 policías fueron puestos en arraigo preventivo, de acuerdo con la Procuraduría General de Justicia del Estado).

- Pues… –se ajusta de nuevo los lentes y cruza, visiblemente incómodo, los brazos sobre el abdomen-. Pues sí, en los periódicos puedes leer todo eso. Ya sabes, ¿no?

Isidro pone una sonrisa de partida de póker y da por zanjado el tema.



Imagen del llamado 'patio de carga', en Tierra Blanca, Veracruz. //Foto: Jesús Lazcano


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TRES MIGRANTES de aspecto campesino, de poco más de un metro sesenta de altura,  muy morenos y vestidos con pantalón y camisa holgadas, cinturón apurado hasta el último agujero, tenis deportivos en aparente buen estado, gorra con propaganda electoral y mochilas color negro a la espalda, asoman la cara por entre los barrotes de la puerta corrediza de hierro, como tratando de no interrumpir la plática, y solicitan de buenas maneras unos pesos para la cabina de monedas que hay instalada en la esquina de la purificadora, a escasos metros del sendero por el que transita el tren del que probablemente acaban de bajar.

"Es para el teléfono", dice con un tono de voz prácticamente inaudible el más joven de los tres. Isidro mete la mano en el bolsillo y les da varias monedas. De inmediato, el que aparenta más edad y jerarquía en el pequeño grupo de tres, descuelga el auricular, marca una larga serie de números, y empieza a hablar con alguien al otro lado del hilo.

¿Llegaron en el tren? –La pregunta va dirigida a los otros dos migrantes que permanecen en silencio junto a la cabina telefónica-.

Ninguno contesta.

- Que si vienen ustedes en el tren – vuelve a preguntar un tanto brusco Isidro, elevando la voz-.

- Sí, llevamos tres días viajando –contesta al fin el de mayor edad que acaba de colgar de manera súbita el auricular del teléfono-. Desde Tapachula hasta aquí, tres días.

- ¿Tuvieron algún problema en el tren?

- No, no –menea la cabeza-. Ningún problema.

- ¿Nada? –Insiste el reportero-. ¿Nada de nada?

Pero sus ojos desconfían ante tanta pregunta.

- Nada –niega tajante-. Para qué le voy a decir que hay… si no hay. Está todo tranquilo. Más adelante… solo Dios sabe.

A continuación, los tres dan las gracias con una reverencia casi imperceptible y una sonrisa nerviosa, y ponen fin a la escueta conversación para comenzar a caminar hacia el interior de la ciudad y perderse en cuestión de segundos por los entresijos de Tierra Blanca. 

- Ahí tienes tres centroamericanos pirata –comenta Isidro aún con los brazos cruzados y con una mueca burlona en la boca.

- ¿Por qué lo dice?

- Porque esos son más de Chiapas que todo.

Se carcajea.  


Foto: Jesús Lazcano



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HA TRANSCURRIDO más de hora y media de entrevista y los menesteres diarios del establecimiento empiezan a amontonarse. En la libreta quedaron anotados algunos detalles de la anterior anécdota con los tres centroamericanos supuestamente apócrifos y tras echar un rápido vistazo al reloj la prudencia, y el estómago, aconseja continuar con el camino y buscar algo para comer.


"Sería muy bonito salir un día y ver que ningún indocumentado viene en ese tren... Eso sería algo realmente maravilloso"

- Díganme –Se les pregunta a modo de despedida ya desde el otro lado de la puerta corrediza-: ¿Hasta cuándo piensan apoyar a los indocumentados?

- Hasta donde Dios nos dé vida –asevera Hilda mirando al cielo-. A veces se puede y a veces no, pero… hasta donde Dios nos dé vida acá vamos a seguir.

Por su parte, Isidro se muestra más terrenal que su esposa y, aunque no pierde la esperanza ni la fe que comparte con ella, es consciente de que la realidad en las vías no invita precisamente al optimismo.

-Seguiremos hasta que la fuerza nos acompañe. Pero no sabemos hasta cuándo será eso porque esta es la historia de nunca acabar –afirma tras pensar durante unos instantes la respuesta-. Sería muy bonito y maravilloso salir un día y ver que ningún indocumentado viene en ese tren, porque implicaría que en sus países hay mucho progreso y que estas personas tienen un buen trabajo para vivir sin necesidad de salir al extranjero a jugarse la vida por un pedazo de pan. Eso sería maravilloso, ¿no cree? –Se le ilumina la mirada-. Realmente maravilloso.  


**Esta crónica fue publicada originalmente en el portal de noticias AnimalPolítico.com y en la publicación colombiana de periodismo narrativo 'Revista Sole'. La reproducción parcial o completa del texto, así como de las fotografías, queda sujeta al previo consentimiento del autor (si gustan contactarme lo pueden hacer a @ManuVPC)

jueves, 3 de enero de 2013

Crónicas desde 'La Antesala del Infierno' (Parte 1: Oye compa, ¿tú eres de la Mara?)



Miguel es uno de los 400 mil indocumentados que, se calcula, intentan cruzar al año de manera ilegal la frontera de Estados Unidos. 

Para escribir esta crónica viajé hasta Tierra Blanca, la ciudad con mayor índice de secuestros de indocumentados en el estado de Veracruz junto a Coatzacoalcos, Orizaba y Medias Aguas. En las siguientes tres historias que iré presentando en los próximos días convergen relatos de delincuencia, esperanza, compasión y desaliento con un único y terrible protagonista: La Bestia.




UN ESCAPULARIO con diferentes representaciones de la Virgen de Guadalupe y Los Cinco Misterios de la Santa Fe le abraza con delicadeza las filosas vértebras del cuello. Se trata de un rosario sencillo, moldeado en madera común y pintado a mano con un barniz de tonalidad oscura, que le bordea por entre los sobresalientes huesos de la clavícula, baja por el torso robusto y amplio cincelado a base de press banca, y que culmina junto a la cara de un grotesco payaso en la boca del estómago.

Miguel –llamémosle así- tiene tatuajes por todo el cuerpo. Por el pecho, abdomen, hombros, brazos, manos, y hasta por los pómulos y las orejas, le afloran caras demoníacas que se entremezclan con hojas de marihuana, emblemas en inglés y español –When I ride on my enemies, en el costado derecho; Qué falta me hace mi padre, en el izquierdo; Mi querida madre Alba, en la espalda-; retratos tipo Manga de mujeres empuñando pistolas, imágenes de La Muerte, calaveras que ríen, y una lágrima perenne que se desliza por el ojo derecho junto a tres escalofriantes puntos que dan cuenta, sobre el pómulo izquierdo, de una frenética vida loca

-Oye compa. ¿Y tú eres de la Mara?

La  pregunta retumba en medio de un sepulcral silencio que es únicamente interrumpido por un ay-ya-ya-yaí, al estilo mariachi, que sale del altavoz de unos de esos celulares que pueden adquirirse a cambio de algo más de cien pesos mexicanos en cualquier tienda de autoservicio.

"Esta gente es peligrosa –narra el corrido entre alegres notas de acordeón- no toleran ni un reclamo/ al que les falta el respeto, lueguito les dan pa'bajo/ ellos ajustan cuentas, siempre al estilo italiano".

“Viví mis años locos por mi cuenta, como una forma de sobrevivir a la calle”


Miguel no dice nada.

Sólo sonríe de medio lado con cierto aire de suficiencia mientras permanece apoyado contra el vagón de la compañía Cemex que lo resguarda del intenso calor, y mantiene los ojos negros y ligeramente rasgados fijos en el sendero hipnótico que forman los durmientes de la vía. En el suelo, otros tres migrantes y un joven que dice tener 16 años y nacionalidad mexicana miran de reojo algo malhumorados al periodista que se les aproxima, mientras descansan tumbados entre piedras angostas, latas de cerveza, un par de tenis que se secan al sol, dos bolsas por las que asoma ropa y una manta, los restos de un pantalón sucio y hecho girones, y dos botellas de plástico con el cuello degollado y restos de pegamento Resistol para inhalar en su interior.

-No, mi hermano. ¿Cómo crees? –Miguel responde con un deje en su tono de molestia, como si la pregunta le ofendiera-. Perdí a alguien y lo sigo llorando –se explica-. Por eso me tatué la lágrima.
Tras la contestación, el hondureño "criado en California" saca la mano del bolsillo del pantalón ancho que lleva caído por debajo de la cintura y que deja a la vista el elástico de un calzón azul, y se rasca el pómulo con la uña del dedo meñique.

-Ah wey, ¿lo dices por esto? –Pregunta con una amplia sonrisa, como si acabara de percatarse de que lleva los tres puntos locos dibujados en la piel-. Bueno, sí. He vivido mi vida loca –encoge los hombros con las manos metidas de nuevo en los bolsillos-. Pero nunca he andado con la Mara Salvatrucha, ni con Barrio 18, ni con ninguna pandilla. Viví mis años locos yo solito y por mi cuenta, como una forma de sobrevivir a la calle –hace una pausa de varios segundos y ladea la vista rasgada hacia ese punto infinito donde convergen las vías-. No lo niego –se arranca de nuevo sin dejar de mirar el sendero que forman los rieles-, viví mi vida loca... Pero no soy un delincuente".

Miguel asegura que vivió su ‘vida loca’ como una forma de sobrevivir a la calle, y no como una forma de pertenencia a una pandilla


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ESTAMOS EN TIERRA BLANCA. Un municipio del hermoso pero convulso estado de Veracruz, el cual suma algo más de noventa mil habitantes que platican con un agradable y bullanguero acento cantadito –difícil de captar a la primera, sobre todo para el foráneo- propio de estas latitudes alegres donde se baila un rápido y rítmico Son Jarocho, y al que, cuentan las crónicas locales, los poetas llamaban La novia del sol debido a que en esta zona de la cuenca del Papaloapan en la que predomina el cultivo de caña de azúcar, la cría de ganado, y la industria vidriera, el mercurio puede dilatarse hasta los cincuenta grados centígrados… a la sombra.

"A Tierra Blanca también se la conoce como la antesala del infierno", comenta atusándose la guayabera un veterano periodista local mientras camina por la vieja estación donde se encuentra uno de los símbolos más representativos de la ciudad: Mi Prieta Linda, una locomotora de vapor, "orgullosa y preciosa como una Diosa", a la que grupos de música como Los socios del ritmo le dedican canciones con "puro ritmo caliente" para ensalzar la tradición ferrocarrilera de este municipio cuya heráldica está presidida por una máquina con el número cinco en honor al primer tren que circuló por estos raíles durante los primeros compases del siglo XX.

Sin embargo, la referencia a esta tierra con fama de bronca y hospitalaria a partes iguales como la antesala del infierno va mucho más allá de las temperaturas que soportan los parroquianos incluso durante el relativo invierno: de acuerdo con organismos como la Comisión Nacional de Derechos Humanos, y ONG´s como Amnistía Internacional, y el albergue Hermanos en el Camino –liderado por el sacerdote Alejandro Solalinde, célebre defensor de los derechos humanos de los indocumentados-, Tierra Blanca es, junto a Coatzacoalcos, Orizaba y Medias Aguas, la ciudad con mayor índice de secuestros de indocumentados en Veracruz, estado que, a su vez, se encuentra dentro de la lista negra de entidades más peligrosas para quienes buscan alcanzar la frontera Norte arriba del tren al que llaman La Bestia. De ahí que a la ruta conformada por Tuxtepec-Tres Valles-Tierra Blanca se la conozca, debido al incesante número de secuestros y asesinatos de indocumentados, con el sobrenombre de El Triángulo de las Bermudas.

 Tierra Blanca es, junto a Coatzacoalcos, Orizaba y Medias Aguas, la ciudad con mayor índice de secuestros de indocumentados en Veracruz


-Me asaltaron dos veces en el ferrocarril –empieza a narrar Miguel, que acepta la entrevista con la condición de que el resto de los presentes también participe en la plática, como si de una reunión informal entre amigos se tratara –" bien, si es así como platicando sí te la acepto", dice-. Fue más para abajo, por el sur. Estábamos como ahora, descansando mientras esperábamos a que llegara el tren para subirnos al vagón y seguir con el camino, y de pronto aparecieron unos pandilleros de la nada –chasquea los dedos-. Nos empezaron a golpear y a gritar que les diéramos todo cuanto traíamos, o si no… ahí mismo todos nos moríamos.

Esta es la segunda vez que Miguel sale de Honduras rumbo a California, Estados Unidos. A pesar de haberse criado durante buena parte de su vida en la glamurosa ciudad de Los Ángeles –allí trabajaba cambiando el tejado de las casas-, él es uno de los 2.6 millones de sin papeles hispanos que se buscan la vida en la llamada tierra de las oportunidades. Por lo que, explica, a pesar de tener una casa y una familia que lo espera “del otro lado”, no tuvo más remedio que entrar de nuevo a México ilegalmente subido a bordo de un neumático de camión que hacía las veces de balsa para atravesar el río Suchiate, un estrecho y poco profundo afluente que separa la frontera de Guatemala con México, al que también se le conoce como Paso del Coyote por ser ruta habitual para el trasiego de todo tipo de mercancías: desde refrescos, tabaco o azúcar, hasta drogas, armas, y por supuesto, seres humanos.

Una vez en suelo azteca –refiere el hondureño-, se aferró a los hierros de La Bestia, un ferrocarril de mercancías que se calcula que transporta al año a más de 400 mil indocumentados que marchan en una desesperada búsqueda por alcanzar la frontera Norte, a pesar del riesgo de quedar fatalmente mutilados por las ruedas del tren o sufrir a manos de los cárteles del crimen organizado un muy probable atraco, secuestro, violación, asesinato… o todo ello a la vez.

"Pasé la Navidad aquí, en la vía. Tanto Nochebuena como Año Nuevo –recuerda Miguel y a continuación señala, haciendo un gesto con la barbilla, a otro connacional que está sentado sobre el durmiente-. Aquí estuvimos los dos celebrando las fiestas como pudimos. No teníamos nada que comer, ni para beber, ni tampoco ropa limpia, ni abrigo para la noche. Pero, gracias a Dios, algunas personas que viven por aquí –apunta hacia las casitas de techo de lámina y paredes de madera que se levantan junto a los rieles- se acercaban de vez en cuando y nos daban un taco, un refresco para el calor, una botella de agua… Todo estuvo bien, aunque sí fue triste, para qué digo que no. Muy triste. Porque uno tiene la familia lejos… –guarda silencio esquivando la mirada para dirigirla nuevamente a ese punto imaginario en el horizonte donde el óxido anaranjado de los raíles se funde con el azul intenso de esta calurosa mañana-. Pero bueno, mejor no acordarse mucho de la familia, ¿no? Es lo mejor para que no haigan tristezas. Por eso ni les hablo. Yo creo que cuando esté en la frontera les marcaré por teléfono, pero antes no. Sufren demasiado".



A la ruta conformada por Tuxtepec-Tres Valles-Tierra Blanca se la conoce, debido al número de secuestros de indocumentados registrados en la zona, con el sobrenombre de ‘El Triángulo de las Bermudas’.


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JORGE JURA QUE tiene dieciocho años y una fe ciega en Jesús Malverde, una especie de Robin Hood mexicano, el cual cuenta la leyenda que a principios del siglo veinte fue un popular bandolero que se dedicaba a robar a los hacendados y familias más adineradas de los Altos de Culiacán, en el norteño estado de Sinaloa, para repartir posteriormente el botín entre los más pobres.

-Él era una buena persona -balbucea el natural de Puerto Cortés, Honduras, masticando las palabras y entreabriendo muy lentamente los párpados sin dejar de acariciar con los dedos la efigie de este Ángel de los Pobres que luce un largo y frondoso mostacho vernáculo, cejas rectangulares muy pobladas, una impoluta camisa vaquera blanca, y cara de galán al estilo Jorge Negrete, cuya leyenda se ha visto alimentada en la actualidad en gran parte por las historias que cuentan narcotraficantes y sicarios, quienes aseguran haber visto a este santo –aunque la Iglesia lo considera una superstición- en medio de balaceras en las que ha intervenido salvándoles la vida. De ahí que en la cultura del barrio, Malverde sea más conocido como El santo de los Narcos.

"Malverde era muy bueno –añade-. Una persona de la que solo se puede hablar bien bonito. A mí siempre me ha protegido, por eso lo llevo aquí conmigo.

A continuación, Jorge guarda silencio. Bebe pausadamente cerveza Modelo de una lata que tiene a su derecha y rebusca, a petición de Miguel, otro corrido en la memoria de su teléfono celular.

“Malverde siempre me ha protegido, por es lo llevo aquí conmigo”


-¿A qué te dedicabas en tu país? ¿Estudiabas?

Jorge sonríe como si acabara de escuchar una estupidez. Da otro trago a la cerveza, se limpia con el dorso de la mano el hilillo que se le escapa por la comisura de los labios gruesos, se ajusta la gorra negra en la que lleva un gallo de pelea bordado en hilo blanco junto al emblema Nunca gano, pero cómo me divierto, y lanza a continuación una mirada vidriosa, glauca, mientras empieza a frotarse una y otra vez el tobillo del pie derecho que trae sujeto bajo el calcetín con un aparatoso vendaje.
"¿Qué qué hasía? –pregunta, retórico-. Pues trabajá, qué voy hasé" –se contesta lentamente, casi en un balbuceo y con los ojos macilentos y enrojecidos -. Yo nunca pude estudiá. Me hacía mucha falta el billete".


Indocumentados descansan al amparo de un vagón, en espera a que llegue el tren que los lleve hasta Orizaba. //Foto: Jesús Lazcano, periodista de El Mundo de Córdoba


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Plac-plac. Plac-plac. El sonido del obturador abriéndose y cerrándose mecánicamente congela la imagen de Miguel en la retina de la cámara fotográfica.

-Oye, güero: ¿Y estás fotos se van a ver en el periódico? -pregunta entre las risas de sus compañeros, como quien va a salir por primera vez en la televisión y pide permiso para saludar en directo a su familia y a los amigos del barrio-.

-Entonces, pérame wey -se quita la camiseta de tirantes con la que seca el sudor que le empapa la frente, mete las manos en los bolsillos del pantalón bombacho, y adopta una pose de superstar que recuerda a una de esas portadas de revistas especializadas en música hip hop.

-Ya estoy listo, dispara -fija la vista con naturalidad en el lente mientras el cañón del teleobjetivo hace un ruido robótico y lo pone a cuadro para dar paso a los primeros flashes de la improvisada sesión fotográfica.

Al otro lado de la mirilla, como si acaso la cámara ofreciera un refugio desde el que poder mirar sin ser visto, escudriño de nuevo con detenimiento la minúscula lágrima que le cae por la hendidura del ojo derecho. 

La Mara tiene presencia en México a través de cinco mil integrantes en 22 estados, siendo Chiapas, Oaxaca, Edomex, DF, Veracruz y Tamaulipas, “los focos rojos de alarma”


“Tal vez sea cierto”, me digo, y la marca se deba al luto por haber perdido a algún ser querido. Además, por su cuerpo no hay rastros de dibujos con las iniciales MS, MS-13, o las palabras Mara Salvatrucha escritas en letra gótica. 

No obstante, tampoco es menos cierto que tatuajes como esa lágrima que congela el obturador de la cámara –la cual, dentro de la simbología pandillera, puede representar el grado que ocupa quien la porta dentro de la pandilla, así como el número de enemigos ultimados-, o los llamados tres puntos locos –que hacen referencia al sexo, el luto y la muerte en la vida del pandillero- son muy comunes entre los miembros de La Mara, una banda surgida en los años ochenta en Los Ángeles integrada principalmente por salvadoreños, hondureños y guatemaltecos, considerada por el FBI como una organización transnacional de pandillas criminales con presencia en Estados Unidos, México, Centroamérica e incluso en España.

"Se trata de mercenarios que se alquilan a cualquier cártel con tal de ir beneficiando su pretensión, que es crear un corredor de la droga, desde Colombia, pasando por todos los países hasta llegar a Los Ángeles", explica David Solís, presidente del Comité Ciudadano de Seguridad Pública de Tijuana, en la obra de los periodistas Jorge Fernández Menéndez y Víctor Ronquillo De los Maras a Los Zetas: Los secretos del narcotráfico, de Colombia a Chicago, quienes aseguran que, "de acuerdo con información oficial" la Mara Salvatrucha tiene presencia en México a través de cinco mil integrantes en 22 estados del país, siendo Chiapas, Oaxaca, estado de México, Distrito Federal, Veracruz y Tamaulipas, "los focos rojos de alarma". 

En otras palabras: estamos en un estado, y en un municipio, donde la presencia de estos pandilleros especializados en el secuestro exprés, robo a gran escala y tráfico de armas y seres humanos, es algo habitual. La cuestión es, surge la pregunta luego de lanzar la última foto y observarla congelada en la pequeña pantalla digital, si quien está frente a la cámara es quien dice ser –un migrante que va en busca de su familia y un futuro-, o si por el contrario, esa lágrima negra y esos tres inquietantes puntos encierran otra historia. 

 - ¿Y ya fueron al albergue?

Miguel, que tras la sesión fotográfica se ha puesto de nuevo la camiseta de tirantes, se refiere al centro de acogida para indocumentados que hay caminando unos diez minutos en dirección hacia el sur de la ciudad, junto a las omnipresentes vías del tren. Allí encontraremos a más indocumentados para entrevistar, sugiere el hondureño que incluso se ofrece –si quieren, yo les llevo- a darnos un tour por la zona.

-Gracias hermano, ya fuimos –pasamos de puntillas por el asunto-. Pero no nos quisieron abrir la puerta. Nos dijeron que se requería de una cita previa para poder acceder al inmueble y...
El hondureño se rasca la cabeza, contrariado.

-Pues es que –afirma con un cierto tono de lamento en su voz- la mera verdad, sí está habiendo un chingo de desmadre. Por eso no confían en nadie, ya sabes...    

-Pero, ¿cómo desmadre?

-Pues… -duda por momentos si continuar con la frase y a continuación baja la voz- Es que llegan aquellos (sicarios de un cártel que opera en la zona) en la noche con la camioneta… y te levantan.

-¿Quiénes? ¿Migración?

-¡Cuál Migra! –suelta espontáneo una carcajada y acto seguido vuelve a bajar la voz mirando a izquierda y derecha, como si temiera haber cometido una imprudencia-. Los maleantes son los que te levantan y te desaparecen pero rápido –chasquea de nuevo los dedos-. Aquí en las vías hay que tener mucho cuidado. Y más ustedes que son periodistas. Y si eres extranjero… menos debieras andar por aquí, güero. Porque te van a ver y luego, luego, van a pensar que traes mucho dinero encima o que tu familia tiene mucha plata en tu país. Así que mejor cuídate –me da una palmadita en el hombro -. Porque si aquellos te ven… te van a querer secuestrar.

**Esta crónica fue publicada originalmente en el portal AnimalPolitico.com y en la publicación colombiana de periodismo narrativo 'Revista Sole'. La reproducción parcial o completa del texto, así como de las fotografías, queda sujeta al consentimiento del autor.  

jueves, 13 de diciembre de 2012

"Al zapatismo lo carcomió la envidia y la politiquería": nietos de Zapata (3ª y última parte)


Mural de Emiliano Zapata en los restos de la casa que lo vio nacer en Anenecuilco, Morelos.

A UNOS CENTÍMETROS de los labios, Emiliano sostiene un puro de cuya brasa convertida en ceniza flota una neblina fantasmal que le envuelve con formas caprichosas el rostro hasta casi ocultarlo a la vista. A diferencia de otras fotografías en las que aparece vestido de charro, en esta instantánea de primer plano el general luce sobre los hombros un abrigo recio de solapas gris y un eterno pañuelo blanco que anuda con esmero al cuello.

Sus ojos oscuros y ligeramente achinados miran en un silencio helado a la cámara. Tiene el pelo negro y frondoso, al igual que el vello que le brota a borbotones del mostacho y le esconde por completo el labio inferior y parte de las mejillas. Sin embargo, en los extremos de las pobladas cejas que están a punto de unirse en una sola por un entrecejo ligeramente fruncido ya asoman los destellos del paso del tiempo. Miliano –como lo llama su hermano Eufemio- cuenta apenas treinta y pocos años de edad al momento en que fue tomada la fotografía. Pero a pesar del aspecto pulcro y varonil, el general, que siempre gustó de “mujeres, trajes y caballos, sin importar el orden”, tiene la mirada de un hombre cansado, exhausto.

Desgastado.

-Entre 1914 y 1916 hubo un auge del zapatismo muy fuerte en Morelos y en el centro de México –apunta Édgar mientras camina dejando atrás la máquina de vapor y el tenderete con fotografías a diez pesos en blanco y negro de su bisabuelo-. Pero, como en todo movimiento social y armado –continúa-, siempre hay un desgaste. Y esa fue, precisamente, la táctica que emplearon contra Zapata y su gente: la envidia.

-¿Se refiere a algún caso en particular?

-Me refiero a que al zapatismo lo desquebrajaron matándole a sus hombres de confianza, como Otilio Montaño (autor intelectual junto al propio Zapata del Plan de Ayala) que según fue traidor y terminó ejecutado. Pero, en realidad, todo se trató de envidias porque Montaño era compadre de mi bisabuelo. Y eso fue lo que empezó a carcomer al zapatismo: las rencillas, las diferencias políticas… Y es lamentable, porque fue un movimiento social que inició desde abajo, netamente campesino, y con una visión clara. Sin embargo –suelta un suspiro entre nostálgico y cansado-, al zapatismo le ganó mucho la politiquería. No la política, sino la politiquería.

-Precisamente, fruto de esa envidia y de la politiquería, también llega el asesinato de Zapata…

-Bueno –se lleva la mano al bigote-. Si Zapata no hubiera muerto en Chinameca, creo que lo hubieran aniquilado de todos modos. Sin embargo, esa derrota que tuvo el General el 10 de abril de 1919 fue también su gran triunfo, porque después de que lo mataran renace el mito y esa leyenda de Zapata que aún en la actualidad podemos percibir en las comunidades.

Esta es una de las fotografías que se tomó al cadáver de Emiliano Zapata. A pesar de la misma, fueron muchos los que creyeron que, en realidad, el cuerpo pertenecía a otra persona y que El Caudillo del Sur continuó con la revolución por su cuenta. La leyenda incluso asegura que Zapata fue visto... en Arabia. 

Tras la respuesta Édgar se queda en silencio unos segundos.

-Después de muerto Zapata hizo más obras sociales que cuando estaba vivo –asegura el historiador y a continuación se explica-. Porque cuando vivía estaba muy perseguido por el gobierno y era minimizado por la prensa, como El Imparcial, que hablaba muy mal de Zapata. Además, después de la Revolución y de su asesinato, Zapata puso el sentido social de esa guerra, y esto fue lo que obligó a los gobiernos a voltear a la clase más baja de México.

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LAS TAZAS de café están vacías.

Hace un par de horas que quedó atrás el ecuador que divide el día y el sol de la tarde apenas comienza a calentar la ciudad que amaneció fría y nublada.

Frente al lente de la cámara, Margarita Zapata sostiene a cuadro una fotografía de su abuelo y, entre flash y flash, recupera la sonrisa mientras comienza a hablar de la faceta más humana del líder revolucionario a través de los recuerdos de su abuela y su padre, Luis Eugenio Zapata.

“Observa esta mirada –sostiene entre los dedos una fotografía en blanco y negro del General-. Mi abuela siempre decía que yo tengo los mismos ojos que mi padre”.

Fotografía de Emiliano Zapata exhibida en Hacienda Chinameca, Morelos. 

-¿Qué le contaban de Zapata cuando era niña?

-En casa siempre se estaba hablando de él. Mi abuela nos contaba algunas anécdotas, pero mi padre  no, porque él era una persona muy seria; una persona que al igual que mi abuelo muy pocas veces reía. Eran personas muy metidas en sus trabajos, en su lucha, y creo que no les quedaba tiempo para otras cosas. Sin embargo, mi abuela decía que Zapata era muy cariñoso.

-Y tan cariñoso… ¿Sabría decir cuántos hijos tuvo el General?

Margarita suelta una carcajada que le rasga la mirada.

-Bueno, es que Zapata era un charro muy bien plantado –ríe de nuevo- Y sí, según el recuento de los historiadores eran 28 hijos. Pero recientemente nos han hablado de cuatro más. De manera que tenemos que hacer la investigación. No para encontrarlos, porque probablemente ya habrán muerto, sino para encontrar la descendencia que dejaron.

-¿Y usted, qué les platica de Emiliano Zapata a sus hijos?

-Yo les hablo mucho de su lucha. Pero, más que nada, de lo que les platico es del compromiso que hay que asumir con este apellido. Porque ser Zapata, a veces, es agradable ya que hay mucha gente que siente un reconocimiento por Emiliano Zapata y por su familia. Pero también hay mucha otra gente que no. Así que les digo que ellos tienen que ganarse el respeto y el reconocimiento por sí mismos. Y que si quieren honrar la memoria de Emiliano Zapata tienen que comprometerse –levanta el dedo índice para concluir en el punto donde inició la conversación hace más de un hora-. Porque ser un Zapata es eso: compromiso, compromiso y más compromiso.

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EL CAMINO que separa Cuautla de Anenecuilco, en el municipio de Ayala, es corto: unos pocos kilómetros de carretera rodeada de amplios campos de maíz conducen hacia el interior de esta población con algo más de nueve mil habitantes hasta llegar a una explanada cercada por barrotes, en cuyo interior aún permanece en pie los restos de lo que fue la  casa donde nació y creció el noveno hijo del matrimonio formado por Don Gabriel Zapata y Doña Cleofás Salazar.

“Este lugar tiene un significado familiar histórico muy importante para mí porque en este lugar nació mi bisabuelo -cuenta Édgar Castro Zapata frente a lo que queda de la construcción de adobe-. Y porque, además, me quiero imaginar que en esta casa también los hombres del General tuvieron sus reuniones para preparar la revolución en el sur”.

Tras la breve explicación de la importancia histórica del lugar que pisamos, Édgar cruza los brazos sobre la camisa blanca que viste y aguarda al amparo de una amplia lona que lo protege del sol la siguiente pregunta.

“Películas como la de Alfonso Arau, con Alejandro Fernández, desinforman a la juventud; quieren minimizar a Zapata”

-¿Cómo cree que los jóvenes perciben hoy lo que hizo Emiliano Zapata hace más de un siglo?

-La historia de Zapata ha sido muy manipulada por el Gobierno –sus palabras transpiran irritación-. Por ejemplo, cómo permitieron que se hagan películas sobre Zapata como la famosa de Alfonso Arau, con Alejandro Fernández, que en lugar de informar… ¡desinforman a la juventud! Pareciera que quieren minimizar todo lo que fue Zapata, y entiendo que lo quieran hacer, porque él murió siempre en la lucha. Y sé que si hoy estuviera vivo, el General estaría peleando contra el gobierno.

-Después de tanto tiempo muerto Zapata, ¿aún es un personaje incómodo?

-Sí, históricamente Emiliano Zapata ha sido un personaje muy, muy incómodo. Porque si se desempolva toda la historia que trae consigo y se difundiera como debe ser, las nuevas generaciones entonces tendrían más conciencia, más criterio… Y lo que quiere el gobierno es, precisamente, que no tengan criterio alguno, ni que tomen sus decisiones. Por eso demeritan a los grandes héroes, como Zapata, Morelos o el propio Juárez, que ya lo han querido sepultar muchas veces por instaurar el laicismo en México.

-Pero, a pesar de esa ‘desinformación’ de la que usted habla, sí es común ver a muchos jóvenes en marchas portando banderas con el rostro del General Zapata…

-Sí, pero cuando veo a uno de esos jóvenes con una playera de Zapata… ya lo considero más bien como algo comercial. Lo mismo pasa con el Ché Guevara: muchos jóvenes portan camisetas y gorras pero no saben de la causa social que está detrás de esa imagen. Y Zapata también ha sufrido mucho el manipuleo mercantil. Lo podemos ver, por ejemplo, en la película de Arau que comentábamos anteriormente.

Esta es una de las camisetas que se pueden adquirir a unos pocos pasos de la casa donde nació Zapata.

“El neozapatismo de Chiapas desempolvó las banderas zapatistas; pero no veo claro hacia adónde van”
-¿El zapatismo en Chiapas es lo más parecido hoy a lo que inició el General en la Revolución?

-El neozapatismo fue bueno en el 94, porque desempolvó las banderas zapatistas, las puso en el plano internacional, y todos volteamos a ver al mundo indígena que estaba muy olvidado. Sin embargo, del 94 a nuestra realidad yo no veo una mejora en la situación del indígena, y no veo claro hacia adónde van. No obstante, su lucha me parece interesante y tienen todo mi respeto y reconocimiento.

-Más de cien años después, ¿México necesita de otra Revolución?

-A nosotros lo que nos impulsa es la continuidad del Plan de Ayala, pero ya no a través de las armas. Porque hoy nuestra mejor arma son los fundamentos. No podemos estar gritando contra el gobierno sin tener fundamentos. Y en esta dirección estamos trabajando en la Fundación Zapata, para llevar a cabo una guerra de guerrillas cultural y hacerle ver a los gobernantes que seguimos acá.

“Hoy nuestra lucha es una guerra de guerrillas cultural, una revolución de ideas”
-¿Una guerra de guerrillas cultural?

-Sí, hoy ya no podemos hacer una guerrilla armada porque si no… nos acaban. Dirían que en lugar de zapatistas, somos narcos o terroristas. Por eso lo nuestro hoy es una revolución de ideas.

Édgar Castro Zapata, entrevistado junto a los restos de la casa donde nació su bisabuelo.

-¿Y cómo piensan llevar a cabo esa revolución de ideas?

-El lema de Zapata es La tierra volverá a quien la trabaja. Pero ahora el arma para conseguir esto sería la educación, porque después de tantos años el campo en el olvido no creo que en un sexenio todo se arregle. Me vería muy romántico si digo esto. Por eso hoy el lema creo que debe ser La educación es de quien la trabaja, porque esa es una de las herramientas que como jóvenes tenemos para desarrollarnos y sobrevivir en todo este mundo neoliberal que nos ha tocado vivir.

ÉDGAR HACE UNA PAUSA. Observa de soslayo el paredón que hay frente a los restos de la casa natal de su bisabuelo, en el que una pintura de El Caudillo del Sur rompiendo las cadenas de la esclavitud preside un mural de grandes dimensiones. Mira de nuevo hacia la cámara que lleva más de una hora filmándolo y concluye:

-En la actualidad seguimos en esa espera de que venga un nuevo Zapata, pero ya no como hace cien años. Hoy necesitamos un Emiliano Zapata que debata con ideas, con fundamentos, y ya no con armas.

*Este artículo fue publicado originalmente en el portal Animal Político. 

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Postdata:
Agradecimientos a Omar y Pavel Granados, fue un placer trabajar con ustedes en esta crónica. 


Tanto el texto como las fotografías de este reportaje tienen derechos de autor. Si requieren parte del material pueden ponerse en contacto conmigo en @ManuVPC 

martes, 4 de diciembre de 2012

“En el Centenario no se honró a Zapata. Una vez más los políticos utilizaron su imagen”: Nietos de Zapata (Parte 2)


Estación del ferrocarril en Cuautla, Estado de Morelos. 

ESTAMOS en la antigua estación de ferrocarril de Cuautla.

En este escenario por el que  pasean turistas que vienen los fines de semana desde la capital, Emiliano Zapata y el ya entonces presidente Francisco I. Madero se encontraron en agosto de 1911 para mantener una entrevista en Yautepec y tratar de encontrar una solución al conflicto posrevolucionario, luego de que los zapatistas se negaran a deponer las armas, según lo acordado por los Tratados de Ciudad Juárez, sin que antes se realizara la prometida recuperación de las tierras.

“En ese encuentro Madero se refiere a mi bisabuelo como ‘el incorruptible Zapata’. Sin embargo, le pide que deponga las armas porque ya la Revolución estaba finiquitada. Pero el General le fue muy directo al presidente y le dijo que mientras no viera que su gente recuperaba sus tierras, los campesinos no entregarían las armas”, narra Édgar Zapata ante la presencia de la  máquina de vapor número 279, construída por la Baldwing Locomotive Works de Filadelfia, y puesta en servicio en 1904 para cubrir la ruta interoceánica México-Veracruz, que hoy reposa en uno de los hangares de la estación junto a un pequeño tenderete de postales y fotografías en blanco y negro de El Caudillo del Sur.

“A Zapata y Villa los borraron por completo de la conmemoración del 2012″
“En el boom del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución, en el 2010, el Gobierno se dedicó a resaltar la imagen de Madero, mientras que a Zapata y Villa los borraron por completo –lamenta el historiador tras acceder a uno de los vagones de la compañía Interoceánica y tomar asiento en una banca de madera añejada que rechina con cada movimiento-. Madero, históricamente, fue el precursor de la Revolución –concede-. Pero creo que su exaltamiento se debió a tintes políticos; el presidente del PAN prefirió destacar a otros personajes históricos, pero los que realmente hicieron la revolución social fueron Zapata y Villa. Madero se preocupó por quitar al régimen de Porfirio Díaz, pero no quiso cambiar la estructura de gobierno. Por eso cayó traicionado por Victoriano Huerta, porque un gobernante no puede reestructurar un país sin irse a los puntos sociales que lo aquejan. Es decir, hicieron a un lado al campesino, y por eso Zapata se manifiesta en el Plan de Ayala desconociendo al gobierno de Madero”.

-El 28 de noviembre se conmemoran los 101 años de la promulgación de ese Plan de Ayala que acaba de mencionar. Más de un siglo después, ¿cómo podríamos definir su importancia teniendo en cuenta el contexto actual que vive el campo?

-El Plan de Ayala pone en el contexto político y social de la época al campesino y lo pone al tú por tú con los políticos –señala mientras mueve lentamente las manos para acompañar la explicación-. Es decir, con este plan el campesino ya sabe que tiene derechos y que él es dueño de sus tierras. Y esto se contrapone con las visiones de Carranza, de Madero, y de Victoriano Huerta. Porque ellos, como políticos, no querían que el pueblo tuviera lo que se merece. En cambio, Zapata lo que buscaba era  la igualdad social y por eso surge este Plan de Ayala bajo el emblema de ‘reforma, libertad, justicia, y ley’. Y a cien años de distancia, podemos afirmar que, ante la historia de México y del mundo, los campesinos de Morelos dieron el ejemplo y nos enseñaron que no es necesario tener tantos estudios como los políticos. Porque a pesar de que ellos sufrieron durante generaciones esclavizados por los hacendados, tenían más clara la visión de lo que querían de ese “pedacito de felicidad”, como lo llamaban, que nosotros en la actualidad, que no sabemos ni adónde vamos en este contexto de violencia que nos ahoga en sangre.

“Salinas dio el tiro de gracia al Zapatismo con el TLC”
A continuación, para completar la idea anterior, Édgar enumera los artículos seis, siete y ocho del Plan de Ayala –que dan al pueblo la facultad de reclamar el derecho a sus tierras y se aboga por cobijar con una pensión a los huérfanos y viudas de la revolución-, y destaca la trascendencia histórica del artículo 27 constitucional emanado del ideario zapatista que, durante la presidencia de Lázaro Cárdenas, hace realidad el reparto agrario. “Sin embargo –recupera el tono de pesadumbre-, a pesar de que Cárdenas enarboló la bandera zapatista en los años treinta, cuando entra el neoliberalismo medio siglo después a México deja toda la mesa puesta al presidente Salinas, que es el que da el tiro de gracia al zapatismo con el Tratado de Libre Comercio. Hoy día el campo es vendible y lo puedes ver aquí en Morelos, que ya se está vendiendo. Y lo venden las mismas familias porque quieren irse a probar suerte en los Estados Unidos. Por lo que esta situación creo que nos lleva a la siguiente reflexión: ¿Para qué existió entonces la Revolución?“.

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PARÍS.

Marlon Brando se encuentra en la ciudad con motivo del estreno de una de sus últimas películas y Margarita Zapata, que reside en ese momento en la capital francesa, averigua el hotel donde se aloja y llama por teléfono con la intención de intercambiar unas palabras con el actor que dio vida a su abuelo en la película ¡Viva Zapata!, dirigida por Elia Kazan, y co-estelarizada por Anthony Quinn en el papel de Eufemio Zapata.

“Cuando marqué al hotel me pasaron con alguien de su equipo de producción –recuerda la abogada y socióloga con una sonrisa en los labios que se mantendrá hasta el final de la anécdota compartida con el mítico actor de El Padrino-. Les expliqué que era nieta de Zapata y que quería hablar con Marlon Brando para que me comentara cómo se sintió interpretando a Zapata. Quería saber qué significaba para él interpretar a mi abuelo”.

A pesar de la resistencia inicial de la productora, Margarita tuvo suerte.

Su llamada tuvo respuesta.

“Marlon Brando me invitó a un restaurante –cuenta aún con emoción en el rostro-. Y cuando estábamos cenando recuerdo que me dijo: ‘Óigame, ¿y qué le parece a usted estar cenando con su abuelo?’. A lo que yo le contesté: ‘No, mejor dígame usted que se siente al estar sentado a la mesa con su nieta’. Entonces, Marlon Brando se quedó mirándome fijamente… Y comenzó a reírse”.

Retrato de Emiliano Zapata expuesto en Hacienda Chinameca, estado de Morelos. 

Tras relatar la anécdota con uno de los actores de más reconocidos a nivel mundial, Margarita se levanta del sofá y se dirige en silencio a un pequeño estudio donde tiene una computadora, varias estanterías repletas de libros, fotografías, plantas bien conservadas, un reconocimiento que le otorgaron en España como ‘mujer progresista del año’, y una figura con el rostro de su abuelo.

-¿Cómo cree que se está estudiando hoy en las escuelas la Revolución y en particular a Emiliano Zapata y su obra?

La nieta del General le echa un vistazo de soslayo a la estantería repleta de libros.

Sonríe, irónica.

-En México la historia se escribe a la carta, según la quiera el gobernante en turno y según le convenga al gobierno que esté en ese momento.

“En el Centenario no se honró la memoria de Zapata. Al contrario: una vez más los políticos utilizaron su imagen”
-¿Lo dice por los actos de conmemoración del Centenario, en el 2010?

Vuelve a sonreír. Se cruza de brazos, traga saliva y contesta con los ojos muy abiertos:

-El Bicentenario y el Centenario no fue más que pura pólvora, de eso no queda nada más que esa torre de luz (la Estela de Luz) que es horrible, decepcionante y vergonzante. No se honró para nada la memoria de Zapata. Al contrario, una vez más se utilizó su imagen por parte de los políticos, que llegaron a Anenecuilco, a Chinameca, a Cuautla, a hacer actos y a dar discursos. Pero todo eso fue pura pólvora. Pura jarasca. Además –añade circunspecta-, tampoco teníamos nada que festejar. Es lamentable, pero cierto. No había nada que celebrar –repite, tajante-. Absolutamente nada.

-¿A pesar de la diferencia de contexto que vive hoy México, ve en la actualidad alguna figura política aquí o en América Latina que pueda continuar con la lucha de Zapata?

-Bueno, en América Latina ha habido países en donde se han llevado a cabo proyectos de reforma agraria. Podríamos hablar de Brasil, que aunque aún le queda mucho por hacer puesto que es un país muy grande y con muchísimos campesinos, se está profundizando una reforma agraria que, en mi opinión, sí está muy influenciada por Zapata. Luego también está el caso de Venezuela y Hugo Chávez, aunque la gente está muy desinformada sobre lo que pasa allí. Y también está el caso de Nicaragua, con la revolución sandinista.

-¿Y en Cuba?

-Los Castro también hicieron lo suyo, y bastante, pero es que es otra cosa diferente a lo que quería Zapata. Igual podemos decir de Hugo Chávez, que está haciendo cosas muy buenas. Pero tampoco podemos pensar que ellos van a hacer una copia al carbón de lo que quería Zapata. Porque todos los campesinos no son iguales, ni todos los países tienen el mismo contexto, ni la idiosincrasia de los pueblos es la misma. Cada quien tiene su propia realidad.

-¿Destacaría a alguien de México?

-Yo diría que en México el presidente Lázaro Cárdenas fue el que profundizó la reforma agraria en el país. Y después… ninguno –niega con la cabeza varias veces en silencio-. En este momento no hay nadie que pudiéramos decir que es el continuador o la continuidad del pensamiento y de la lucha de Emiliano Zapata.

-¿Y López Obrador? Él representó a la izquierda en la pasada elección…

-Yo me remito a los hechos –su rostro vuelve a adquirir un aire severo-. Andrés Manuel López Obrador sólo se acuerda de Zapata cuando le conviene.

Aquí el video de la entrevista:



*Entrevista publicada originalmente en AnimalPolitico.com