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martes, 2 de abril de 2013

"El problema de hacer fotoperiodismo en México es que no sabes de dónde viene el peligro"


El fotoperiodista estadounidense Louie Palu ha cubierto conflictos en lugares como Irak y Afganistán, y ha realizado series fotográficas en Guantánamo y la frontera mexicana. //Foto: twitter @loupalu



En 2010, tras varios años de cubrir conflictos en Irak y Afganistán fruto de la War on Terror lanzada por la administración Bush como respuesta al 11-S, el fotoperiodista estadounidense Louie Palu empacó la cámara en la mochila y tomó una decisión: viajar al norte de México para retratar su visión sobre las autoridades y los cárteles de la droga que operan en la zona. 

Un par de años y miles de kilómetros recorridos después, el resultado es la serie fotográfica ‘Retratando la frontera: De Tijuana a Laredo’, un paseo visual donde Palu relata su viaje a través de cinco ciudades fronterizas en las que el narcotráfico ha impuesto su ley: Juárez, Tijuana, Nogales, Laredo y Monterrey.


“El problema de trabajar en México es que no ves de dónde viene el peligro y que hay pocos caminos con protección. Si me encontrara en peligro en Afganistán, podría recurrir a una base militar estadounidense para conseguir ayuda. En México, uno no puede confiar en la policía”, explica el autor de series fotográficas publicadas en medios del prestigio de The New York Times o Time en una entrevista, en la que platica sobre la poca atención que la llamada guerra contra el narco (y sus miles de víctimas) genera del lado estadounidense, cuáles fueron los principales retos que enfrentó para llevar a cabo su trabajo en una de las fronteras más peligrosas del mundo, así como de los desafíos físicos y psicológicos que todo fotoperiodista debe afrontar en territorio hostil. 

“Mi mayor miedo en México -asegura a lo largo de esta entrevista- era que alguien me secuestrara en la noche”.


“Tras varios meses de trabajo en la frontera, lo que más me sorprendió fue que el gobierno mexicano no tiene ningún tipo de control en estados como Tamaulipas”

En primer lugar, platícanos sobre tu decisión de cubrir la situación de la frontera entre México y EU. ¿Cuál fue el objetivo que te planteaste cuando tomaste la decisión de retratar con tu cámara toda la frontera norte?

LOUIE PALU (LP): Siempre me atraen las historias que considero no han tenido la atención suficiente. En 2006-2007, cuando estaba trabajando en Afganistán, toda la atención estaba enfocada en Irak y la guerra en Afganistán se olvidó casi por completo. En 2010, casi al término de mi estancia allí, ya tenía la mirada fija en Latinoamérica. Creo que si consideramos todo lo que ha pasado desde que comenzó la “guerra contra el narco”, México ha recibido muy poca cobertura en Estados Unidos en comparación con la excesiva que ha tenido el Medio Oriente.



¿Cómo se prepara un fotoperiodista para realizar un viaje a lo largo de una de las fronteras más peligrosas del mundo? 


LP: Lo primero que hice fue encontrar contactos en ambos lados de la frontera; escritores, fotógrafos, poetas, políticos, sacerdotes, trabajadores sociales y humanitarios. Fui construyendo una red de personas a quienes pudiera hablar para informarme sobre la situación y los peligros del día a día en lugares específicos. Sin embargo, los contactos más importantes siempre están en las comunidades, y hacer ese contacto toma tiempo. Necesitas conocerlos y que te conozcan a ti, recorrer sus calles; siempre serán las mejores fuentes. En mi experiencia, los mejores guías son aquellos que generalmente no son abordados por los medios: dueños de restaurantes, vendedores de la calle. No busqué ningún tipo de inmunidad oficial. En Canadá crecí rodeado de todo tipo de crimen organizado, así que aprendí a moverme en ambientes peligrosos. Además, durante los años que viví en Kandahar, Afganistán, también aprendí a pasar desapercibido frente a aquellos que buscan lastimar a otros.

Imagen del paso fronterizo de Nuevo Laredo-Texas. Foto: Manu Ureste


De todo lo que el lente de tu cámara registró en las cinco ciudades fronterizas que recorriste… ¿qué fue lo que más se te quedó impregnado en la retina? 

LP: Es una pregunta difícil. Creo que lo que más me impactó fue todo lo que no pude capturar. Por la violencia, muchos me aconsejaron jamás visitar Nuevo Laredo o Tamaulipas. Pero tras varios meses lo que más me sorprendió fue que el gobierno parece no tener ningún tipo de control en estados como Tamaulipas. Me encantaría visitar Tamaulipas algún día para trabajar sin sentirme amenazado.


“Es lamentable que el Ejército mexicano esté completamente cerrado a tratar con periodistas; para mí, la negativa es una muestra clara de la falta de transparencia”
¿Cómo fue la respuesta de tus contactos, de gobierno y de asociaciones civiles? ¿Hubo apertura para un periodista extranjero?

LP: En el DF, nadie tenía problemas para hablar, especialmente los políticos. Pero en la frontera, las cosas fueron muy diferentes. Encontré enormes discrepancias entre el panorama fronterizo de los políticos y el de los periodistas. Inicialmente, las personas que viven en lugares violentos suelen ser renuentes a que alguien fotografíe su realidad, principalmente por temor a alguna represalia o asesinato. Conmigo, la gente fue muy abierta y dispuesta a ayudar en lo que pudieran; han sufrido mucho y buscan que todos, incluido su propio gobierno, se enteren de lo que está pasando. Mis contactos me advertían evitar tal lugar o tal persona. El problema es que tarde o temprano, si frecuentas mucho algún lugar, la gente te va reconociendo y en la mayoría de los casos, no podrás saber de qué lado está la persona interesada o por qué razón buscan conocerte.


Es lamentable que el Ejército mexicano esté completamente cerrado a tratar con periodistas. Distintos funcionaron me prometieron en ocasiones llevarme como testigo en algún operativo;  al final, acababan negándomelo o dejándome de contestar los correos. Es lamentable, porque en mi carrera he tenido la oportunidad de acompañar a distintas unidades militares en sus operativos, y la negativa para mí es una muestra clara de la falta de transparencia que hay en el Ejército mexicano.


Una vez retratada la situación en la frontera norte, ¿considerarías hacer un fotorreportaje sobre la frontera sur y la problemática de la migración ilegal?

LP: Todavía hay lugares en la frontera norte donde me gustaría trabajar, como Tamaulipas. Definitivamente me interesaría retratar la frontera sur, aunque he oído que es aún más peligrosa que la frontera norte. Me interesa también capturar el lado estadounidense, cómo éste está impregnado de identidad mexicana como si todavía fuera parte de México. Muchos de los estadounidenses que viven ahí tienen más raíces mexicanas que americanas. Eso me atrae mucho. La primera vez que visité México fue en 1991 al estado de Oaxaca. Me acuerdo que cuando la gente se enteraba que era fotógrafo, me invitaban a sus casas a comer o a tomar; jamás me pidieron dinero o algo más a cambio.


“Los fotoperiodistas mexicanos son de los mejores del mundo; lo arriesgan todo”

El fotoperiodista estadounidense Louie Palu lamentó la falta de apertura informativa del Ejército mexicano. //Foto: Manu Ureste


Sin duda, la llamada guerra contra el narco ha dejado tras de sí miles de muertos y también miles de historias contadas de muy diversas maneras. ¿Cómo ves la situación actual del fotoperiodismo en México?

LP: He trabajado con y alrededor de muchos fotoperiodistas mexicanos y creo que son de los mejores fotógrafos del mundo. Lo arriesgan todo y trágicamente, muchos han fallecido por ello. Creo que al gobierno mexicano le falta mucho por hacer para proteger a sus periodistas, empezando por investigar, juzgar y castigar a los responsables de los asesinatos ya ocurridos. Para mí, fotógrafos como Julián Cardona y Graciela Iturbide han sido grandes maestros con una facilidad para retratar aquello que las palabras no pueden relatar. Los admiro y han sido enormes inspiraciones para mi trabajo.

En 2011, más de 700 medios de comunicación mexicanos firmaron un acuerdo sobre cómo cubrir el tema de la violencia causada por el crimen organizado. Entre los puntos de este acuerdo se encontraba el no convertirse en portavoces de los grupos criminales y en limitar la difusión de fotografías de violencia. En su opinión, ¿las imágenes explícitas alimentan únicamente el morbo… o son necesarias para retratar la realidad?

LP: Esta es una pregunta muy importante. Es cierto que en distintas ocasiones, el crimen organizado ha utilizado a los medios de comunicación para enviar mensajes, intimidar al público y propagar el miedo. Sin embargo, sin la seguridad y las reformas judiciales necesarias para proteger a los medios en comunidades y ciudades vulnerables, el crimen organizado, que se encuentra fuera del alcance de la ley, continuará ejerciendo su influencia sobre todas las áreas de la vida diaria mexicana, incluyendo gobierno y medios de comunicación.

Cuando hablo de seguridad y reformas judiciales, lo hago para describir en términos generales el tema de la impunidad en el país. Considero que la impunidad es uno de los temas principales que estimulan la violencia en México; el hecho de que pocos sean procesados y condenados por sus crímenes. He platicado con vendedores de periódicos en los lugares más violentos que me explican que cuando más venden, es cuando hay imágenes violentas en primera plana. 

Creo que en general, a la gente le interesa enterarse de lo que está pasando en su país, pero creo que ahora, el problema radica también en todos los no-periodistas que han comenzado a tomar fotos violentas y subirlas a internet, contribuyendo al enorme “ruido” visual que está impactando a muchos mexicanos. Es trabajo de los editores de los medios hacer una evaluación, preguntarse si dicha foto contribuye o informa algo o solamente impacta y alimenta morbos.


“A los jóvenes fotoperiodistas siempre les recalco que, a la hora de cubrir un conflicto armado, uno debe estar completamente consciente del trauma psicológico que tendrán que enfrentar. Muy pocos se preparan para ello”

Reporteros que cubren conflictos como Jon Lee Anderson, o el español Jon Sistiaga, aseguran que el miedo les ha salvado en muchas ocasiones de perder la vida durante la cobertura de una crisis. Tú que has cubierto las guerras de Irak y Afganistán, ¿qué medidas tomas para poder retratar la realidad y al mismo tiempo no perder la vida en el intento? 

LP: El tema que más he querido recalcar a jóvenes fotoperiodistas en el cubrimiento de un conflicto armado, es que uno debe estar completamente consciente del trauma psicológico que tendrán que enfrentar haciéndolo. Muy pocos se preparan para ello. Creo que existe un momento en el que pierdes permanentemente una parte de ti en aquella ola continua de tragedia y violencia que estás presenciando. Tengo muchos amigos y colegas que han desarrollado enfermedades mentales a partir de su trabajo. Sería bueno que existiera una especie de grupo de apoyo que pudiera dar asesorías y orientación anónima a distintos medios de comunicación y periodistas que cubren violencia en México. Por el lado físico del peligro, creo que es cuestión de aceptar, desde muy temprano, que hay un peligro inherente en este tipo de profesión.


En Afganistán, mi mayor miedo era pisar una mina y perder las piernas. Vi a muchos pisarlas y quedarse sin distintas partes del cuerpo; incluyendo algunos niños. Como fotógrafo, tienes que estar a unos cuantos metros de lo que capturas, mucho más cerca de lo que tiene que estar un periodista sin cámara y por ello, el trabajo de un fotoperiodista es muy riesgoso. En Afganistán cubrí en diversas ocasiones los enfrentamientos entre insurgentes y fuerzas armadas estadounidenses, canadienses o inglesas. El miedo definitivamente te puede salvar pero también puedes morir cuando menos lo esperas por obra de un francotirador, una emboscada o un artefacto explosivo improvisado, un dispositivo plantado en la tierra que suele ser muy fácil de pisar.


“En Afganistán, mi mayor miedo era pisar una mina y perder las piernas”
Al hilo de la anterior pregunta, y para concluir, ¿en su opinión qué es más complicado para un fotoperiodista: cubrir una guerra abiertamente declarada –como los casos de Irak o Afganistán-, o llevar a cabo un reportaje en un país donde no existe un conflicto como tal -como en México- pero donde puedes ser un objetivo fácil en cualquier momento?

LP: Ambos son conflictos muy complejos y cada uno tiene sus propios desafíos, especialmente cuando tienes una cámara contigo que delata tu profesión a cada instante. Quisiera empezar por decir que muchos comparan a México con Afganistán, pero Afganistán es completamente distinto. En primer lugar, aquella es una guerra que se ha prolongado durante casi 30 años, por lo que hay muchos más civiles y militares muertos; allá también eres un objetivo fácil, puede ser que aún más que en México. Hay minas terrestres, bombardeos suicidas, secuestros y enfrentamientos crudos que utilizan todo tipo de armas pesadas. 

Afganistán también es el mayor productor de heroína en el mundo y por ello, también tiene mucho crimen relacionado con el narcotráfico. Además, se encuentra ubicado entre los problemáticos Irán y Pakistán. Por su parte, México está en el G20 y Afganistán es uno de los más pobres países subdesarrollados del mundo. Irónicamente, son muy parecidos en términos de corrupción e impunidad. 

El problema de trabajar en México es que no ves de dónde viene el peligro y que hay pocos caminos con protección. Si me encontrara en peligro en Afganistán, podría recurrir a una base militar estadounidense para conseguir ayuda. En México, uno no puede confiar en la policía. Mi mayor miedo en México era que alguien me secuestrara en la noche o que hombres armados me dispararan, simplemente por ser periodista.


“El problema de trabajar en México es que no ves de dónde viene el peligro y que hay pocos caminos con protección; si me encontrara en peligro en Afganistán, podría recurrir a una base militar para conseguir ayuda. En México, uno no puede confiar en la policía”
¿No has visto el trabajo fotográfico de Louie Palu (@loupalu) publicado en Animal Político?

Dale click aquí.

Entrevista publicada originalmente en Animal Político.  

martes, 12 de marzo de 2013

"Los narcos son unos románticos": Élmer Mendoza (parte 2 de 2)



El escritor de Culiacán, Élmer Mendoza, en una imagen de Tusquets Editores.

Segunda y última parte de la entrevista con el escritor Élmer Mendoza, en la que nos habla de su relación de amistad con el autor español Arturo Pérez-Reverte, así como de su dominio de ese lenguaje de barrio con el que dota a sus obras de un toque tan personal, y de cómo le gustaría que trascendiera su obra en el mundo de la Literatura. 


****


-Hablemos de su obra. En novelas como El amante de Janis Joplin leemos cómo el personaje principal se mueve permanentemente entre la violencia del narco y el humor, la inocencia, la ternura, e incluso el amor. ¿Estos ingredientes tienen cabida en un mundo de salvajes como es el del tráfico de drogas?

-Absolutamente –afirma rotundo-. Los narcos, por lo menos los registros que yo tengo, son hombres sentimentales, muy religiosos y que tienen un fuerte sentimiento de querer recuperar a los hijos para que ellos sí estudien; se trata de personas que son bastante románticas.


Novelas como La Reina del Sur giran en torno a la vida y obra de grandes capos de la droga. ¿No le gustaría escribir una novela con un personaje como Teresa Mendoza como protagonista? 

-Sí hombre, cómo no –afirma con ese deje de Culiacán tan pronunciado-. Son personajes intensísimos, pero sería un trabajo descomunal crear un personaje tan interesante y original después de Vito Corleone o de la propia Teresa Mendoza de Arturo Pérez Reverte. Además, estando ahí estas dos obras maestras lo mejor es dejarlas que sobrevivan por los siglos –ríe-.


“Pérez-Reverte ha sido muy importante para ganar lectores en España y sobre todo para ganar respeto; somos hermanos”

-Hablando de Arturo Pérez-Reverte… además de llamarle “maestro” cada vez que tiene oportunidad, le dedicó unas palabras en La Reina del Sur. ¿Cómo es su relación con el escritor español?

-Mi relación con Pérez Reverte es de amistad fraternal, somos hermanos. Y es una amistad real, ¿eh? –enfatiza-. Arturo ha sido muy importante para mí, para ganar lectores en España y sobre todo para ganar respeto. Él ha conseguido que haya mucha gente que se interese por mi obra, y eso sólo lo hace un hermano. Para mí es un tipo honesto, que no teme a nada. Sabe que su obra es insustituible y puede darse el lujo de ayudar a los amigos.



-Al igual que su amigo, usted es miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. ¿Es usted tan apasionado como Pérez-Reverte a la hora de escribir artículos en defensa del correcto uso de la lengua española? 

-Bueno, es inevitable la polémica, pero creo que es algo positivo, porque hay una preocupación, una curiosidad de la gente por asuntos relacionados con el lenguaje. Nunca había encontrado a tanta gente que me pregunte tanto sobre la lengua. Y ahí estamos: tratando de aclararnos a nosotros mismos y de ayudar a la gente a tener un concepto del idioma que hablamos.

-Probablemente, en el imaginario de muchos la figura de un académico es la de un docente muy estricto y erudito. En cambio, los personajes de sus novelas hablan con el lenguaje de la calle. ¿Cómo se consigue este dominio de la lengua de los bajos fondos sin caer en lo vulgar? 

-Hay que tener buen oído –comienza a enumerar-, paciencia para escuchar el idioma de la calle, practicarlo, y después llevarlo al discurso literario muy cuidadosamente. Es decir, hay que invertir todo el tiempo que esta tarea requiera, porque no es nada fácil. Es complicadísimo. A mí por lo menos me cuesta mucho hacer esa mezcla lingüística. No obstante, no temo los riesgos literarios. Lo que temo es que literariamente no pueda conseguir el efecto que pretendo con una novela. Y ese efecto está más allá del significante de los vocablos o incluso la representatividad cultural, porque al final el lenguaje es la vía por la que toda una cultura se expone ante todos, y ese es un aspecto que siempre pongo por delante con mis editores en lengua española y en otros idiomas.


“¿Cómo dominar el lenguaje del barrio? Para mí no hay problema. Yo soy raza: me tocó pandilla, esquina, heridas, navajazos…”


-¿Dominar esa lengua con la que platica el barrio implica bajar a los bajos fondos de la ciudad?

-Para mí eso no es problema, porque yo de ahí vengo –se carcajea-. Yo soy raza: me tocó pandilla, esquina, heridas, navajazos y todas esas cosas de los años 60. Entonces, al contrario, para mí es divertido: es la recuperación de una parte de la memoria de mi ciudad. Aunque ese mismo placer de recordar también puede obstruir que construyas un auténtico discurso literario.

-Pero, pongamos por ejemplo un escritor primerizo que quiere escribir una novela sobre una temática urbana. ¿Sería imprescindible que saliera a las calles de Culiacán, por ejemplo?

-Yo le aconsejaría que no se preocupe tanto de inmiscuirse en los bajos mundos de este fenómeno. Más bien primero deben acudir a lo que fue su aprendizaje dentro de su lengua materna, a lo que aprendieron en su casa, en las escuelas, en el barrio… Porque ahí existen expresiones que hay que crearles el valor correspondiente para que tengan un peso dentro de la literatura.

-¿Cómo ve el panorama actual de escritores jóvenes que han publicado obras con el narcotráfico como eje central?

-Los jóvenes con los que he tenido contacto se me hacen muy buenos, con una obra muy interesante. Puedo mencionarte a Alejandro Almazán, por ejemplo.

-¿Esos jóvenes escritores son los herederos de Élmer Mendoza?

-Pues ojalá, ¿no? –ríe-. Ojalá y tenga algo que dejar…


-¿Le preocupa eso? ¿Dejar algo que trascienda?

-Sí, sí, claro que me preocupa –contesta de nuevo muy serio-. Si no tuviera una ambición de lograr algo imposible, qué razón tendría para ponerme a escribir a las cinco de la mañana y estar todo el día con esto.

-¿Cómo le gustaría que trascendiera su obra?

Mendoza aspira aire y tras un mmmm de varios segundos suelta a bocajarro: -Como una genialidad.

-¿Así de claro? –se le pregunta de nuevo para tratar de profundizar en el tema. Sin embargo, el escritor considera que la respuesta es lo bastante contundente para tan solo añadir una carcajada al otro lado del hilo telefónico.

“Quiero que mi obra trascienda como una genialidad”
-Dígame, ¿le duele la crítica?

-Ehhh… No, no mucho. Pero las críticas adversas tienen una virtud: son como tableros de advertencia y yo las leo con mucho cuidado. Si mi obra ha mejorado se lo debo tanto a mis críticos que han escrito a favor, pero también a los que lo han hecho en un sentido contrario.

-¿Ni siquiera cuando esos críticos han escrito muy en contra?

-No, yo estoy alerta, pero como te digo no me duelen. Hay algunas críticas que enseguida notas la buena intención, y hay otras que no, que simplemente son para, como dicen por aquí, joder al vecino.

“Las críticas adversas tienen una virtud: son como tableros de advertencia y yo las leo con mucho cuidado”
-Terminemos por el inicio. Usted publicó su primera novela con cincuenta años de edad. ¿Por qué se tardó tanto?

-Porque, a pesar de que ya había escrito varias novelas, aún no había conseguido lo que yo quería, y lo que quería era contar historias combinando códigos lingüísticos. Cuando lo descubrí, sentí que ya tenía un problema resuelto y las cuatro o cinco novelas que destruí fueron las que me mostraron el camino para llegar hasta mi primera publicación: Un asesino solitario. Por eso tardé mucho, y porque empecé a escribir cuentos, crónicas, teatro, y también porque no tenía editor –suelta otra carcajada-. Lo cierto es que la literatura es un mundo complicado, bastante complicado.

Entrevista publicada originalmente en Animal Político

jueves, 14 de febrero de 2013

Los narcos son unos románticos: Élmer Mendoza (parte 1 de 2)




Piiii, piiiiiii….

Así una, dos, tres, cuatro y hasta cinco veces. Momento en que, tras un breve suspiro, una voz sutil de mujer contesta con un escueto ¿diga? al otro lado del aparato y pregunta, fría y rigurosa como la mañana que apenas empieza a desperezarse sobre el cielo denso de la ciudad de México, si ya tenemos programada una cita para esta entrevista. 

-Si, espere un momento -ordena la voz-. No cuelgue.

El sonido metálico del segundero orbitando alrededor de los minutos y las horas retumba en la inmensidad de este departamento estilo vintage con vistas a la Torre Mayor y al paseo de Reforma desde el que se hace la presente llamada.

Son poco más de las diez, marca la conjunción de las manecillas.

Al otro lado del teléfono, todavía nada. Sólo el eco vacío de una llamada aún sin respuesta.

Sobre la mesa, una taza de café acompaña el lento transcurrir del tiempo junto a una cajetilla de Benson & Hedges, un cenicero de latón colmado de colillas aplastadas, y una hoja de libreta repleta de direcciones garabateadas, algunas preguntas para esta entrevista y un nombre escrito en grandes letras mayúsculas: ÉLMER MENDOZA.

-Sí, ¿bueno?

La voz suena lejana. Pero echando un vistazo a la fotografía en blanco y negro que acompaña a la reseña de Nombre de perro (Tusquets), la nueva entrega de la saga del detective El Zurdo Mendieta que acaba de llegar a las librerías trasLa prueba del ácido y Balas de Plata, al otro lado de los doce dígitos con lada de Culiacán se puede adivinar el rostro de un hombre de tez morena, nariz contundente pero sin llegar a ser grotesca, barba grisácea que se extiende como una carrera de hormigas por la mandíbula, labio inferior y barbilla, pelo ensortijado más oscuro que blanco a pesar de sus 62 años, y unos lentes de montura ovalada a través de los cuales un par de ojos  oscuros, limpios y curiosos, observan al frente ligeramente entornados.

-¡Todo listo muchacho! Cuando quieras empezamos.

Clic.

Se activa el speaker. Su forma de hablar, seca pero melodiosa -muy al estilo de su Culiacán natal-, confunde en un primer intercambio de palabras. Tanto, que cualquiera que platique con el escritor por primera vez se preguntará un par de veces antes de articular palabra si al otro lado del hilo está en realidad Élmer Mendoza, el catedrático de la Universidad Autónoma de Sinaloa, escritor miembro de la Real Academia Mexicana de la lengua, y autor de poemas, cuentos, crónicas y novelas, o uno de esos personajes que emergen del mundo del narcotráfico para irrumpir en las páginas de alguna de sus obras más exitosas como El amante de Janis Joplin, Cóbraselo caro, o Buenos Muchachos. Unos títulos, a partir de las cuales, parte de la crítica lo ha definido con términos como narcoescritor, narcopoeta o el escritor del narco; etiquetas que, explicará a continuación en esta entrevista, Mendoza ni acepta ni rechaza. Más bien parece que le aburren.


“Entendería que a un autor, como a mí mismo, de pronto se nos escapara unas líneas de admiración por estos tipos, quizá contrariando que más bien deberíamos hacer apología del Estado, pero lo cierto es que este Estado no da razones para admirarlo”

-¿No le molesta que lo definan con un prefijo tan inquietante como el de narco-tal o narco-cual? -La pregunta es a quemarropa y casi sin presentación de cortesía de por medio-. Quiero decir, debido a que el tema del narcotráfico es tan recurrente en su obra y...

-Neh -interrumpe la exposición de la pregunta, seco.

-Pero… ¿no le incomoda al menos que definan así su obra?

-N’hombre, pues imagínate –deja espacio para un silencio algo tenso-. Con todos los problemas que tiene el mundo y que yo me molestara por algo así. Soy una persona que se molesta por otro tipo de cosas.


-¿Por ejemplo?

-Por ejemplo me molesta la miseria de México y del mundo; el hecho de que estemos en manos de gandayas, que no haya respeto por las reglas, el sentido perdedor que todavía tienen muchos mexicanos… Eso, entre otras cosas.

-Cuando habla de gandayas, ¿se refiere a políticos o a esos narcotraficantes de sus novelas?

-Cuando digo gandayas me refiero a todos aquéllos que se aprovechan de puestos y de situaciones para dañar a personas o impedir el progreso del país. A eso me refiero.


-Volvamos a la relación entre el narcotráfico y la literatura –retomamos el hilo inicial de la conversación-. Hoy día, los quioscos y las librerías están repletos de libros, revistas, y periódicos con títulos que hacen referencia a al narcotráfico. En su opinión, ¿la llamada narcoliteratura, o el narcoperiodismo, es ya un género en sí mismo, o una moda fruto de la coyuntura que vive el país?


Mendoza respira hondo y se toma su tiempo.

-Creo que es una mezcla –contesta como quien exhala el humo de un cigarro tras una profunda bocanada-. Es una moda, sí. Pero entre los autores que están publicando sobre el tema, creo que sí tienen un trabajo detrás que se toman muy en serio. Es decir, más que pensar en el tema del narcotráfico en cuestión, están pensando en hacer una pieza literaria. Y opino que esa es la base. Porque la literatura puede tratar cualquier tema, siempre y cuando sea eso precisamente, literatura, y no simplemente un testimonio en una región y en un tiempo específico. Hay que tener en cuenta que la literatura tiene sus reglas y la mayoría tienen que ver con el lenguaje, con el ritmo, con estructuras y formas de contar las cosas, y no tanto con un tema determinado.




-Sí, pero parece claro que la llamada Guerra contra el narco fue el detonante de este ‘boom’ de publicaciones que, por cierto, se venden muy bien.

-Claro, es que es inevitable –apunta ahora sí presto-. Y es que, imagínate: en México tenemos 10 mil muertos por año, y son muertes que parece que no van a ser castigadas. Y esto… impacta hasta al más frío. Y claro que eso cada quien lo manifiesta en lo que hace; incluso en quienes no se dedican a ningún arte te vas a encontrar que el narcotráfico siempre es algo que está presente en las conversaciones. Tú no platicas más de diez o quince minutos con un amigo sin que aparezca por ahí algo que tenga que ver con la violencia, porque se trata de un estado emocional que México está viviendo, y los escritores siempre están a la caza de esos estados emocionales. ¡Y no sólo los escritores! Ahí tienes también a los músicos, los cineastas, los artistas plásticos… Todo el mundo está impactado por lo que ocurre en México y lo está expresando de alguna manera.

-Uno de los lugares que tradicionalmente han estado más afectados por el narcotráfico en México es, precisamente, Culiacán. Viviendo en esta ciudad… ¿es imposible no escribir sobre el narcotráfico y todo lo que lo rodea?

-No, no… tanto como eso no –rechaza con un tono desenfadado-. En Culiacán tenemos 60 o 70 años viviendo con esto, y de alguna manera mi generación ya está acostumbrada a la presencia de los narcos, a sus formas de operar, a su disposición de los enemigos… Es algo que ya no nos afecta. Por eso en Culiacán hay escritores de todo tipo: de intrigas, amorosos, históricos, y hasta de los que nos atrevemos a tratar el tema de la violencia.


“Los niveles de apología no siempre se pueden evitar; existe como una mínima admiración por esos tipos que se han atrevido a controlar el Estado y que han hecho que les declaren una guerra”

-No falta quienes consideran que escribir sobre el narco y todo lo que lo rodea –esa narcocultura que retrata el estilo de vida ostentoso de dinero, poder y corridos sobre matanzas-, es una forma de hacer apología de la violencia. ¿Usted qué opina?


-Mmmm… No estoy muy seguro de que sea apología –contesta midiendo muy bien su respuesta tras un titubeo prolongado-. Al menos lo que yo hago tiene que ver más con señalar los niveles de corrupción que hay en México. Porque si hay una violencia tan exacerbada en el país se debe a que está sucediendo algo que no es natural. No obstante, los niveles de apología no siempre se pueden evitar; existe como una mínima admiración por esos tipos que se han atrevido a controlar el Estado y que han hecho que les declaren una guerra en la que hay muchos muertos, y han involucrado a un montón de jóvenes ‘ninis’ a los que están dando salida, aunque les cueste la vida. Pero igual esto no es algo nuevo: la sociedad mexicana viene arrastrando desde siempre niveles de corrupción muy altos.

Tras la contestación, el narrador sinaloense hace una pausa y antes de que se le vuelva a preguntar añade a lo expuesto:

-Pero yo entendería que a un autor, como a mí mismo, de pronto se nos escapara unas líneas de admiración por estos tipos, quizá un poco contrariando que más bien deberíamos hacer apología del Estado, pero lo cierto es que este Estado no da razones para admirarlo o hablar bien de él.

-Máxime cuando van más de 60 mil muertos como resultado del enfrentamiento entre esos tipos de los que usted habla y el Estado, ¿no?

-Sí, sí. La situación se ha salido de control… O bueno, la sacaron del control –ríe, enigmático-. Y pues ahí están las consecuencias.

-¿Qué cree que va a pasar con el nuevo gobierno?

-Tengo fe en el general Naranjo por el trabajo que ha hecho en Colombia; creo que es una invitación acertada. Aunque no me gusta que en aquel país se robusteció muchísimo el mercado interno de droga. Es decir –traga saliva y se explica- si hace unos 10 años los adictos tenían problema para conseguir una línea, ahora parece que la venden hasta en los supermercados. 

En México tendrán que cuidar mucho esto, porque saldría muy caro que además de la gran cantidad de adictos que tenemos se incremente aún más la cifra. Deben hacer un análisis muy serio, e insisto en la idea de que deben reunir a los expertos, a los sociólogos, a los juristas, a los militares, a los policías especializados… Que converjan para crear un plan que igual no será rápido, ya que se ha descompuesto mucho el asunto, pero que termine por resolverlo. Porque una solución militar, que es lo que hizo este gobierno, no va a funcionar.


“Tengo fe en el general Naranjo por el trabajo que ha hecho en Colombia; creo que es una invitación acertada”


-Pongámonos optimistas. Si mañana el problema del narco desapareciera de México… ¿se agotaría la fuente de inspiración para muchos escritores?

-No, yo creo que más bien se limpiaría el ambiente de libros oportunistas. Porque la delincuencia está llena de historias: no me alcanzaría la vida para escribir todas las que conozco, que son bastante fuertes e interesantísimas. Hay muchísimo material para trabajar.

(En breve, 2ª entrega)

martes, 4 de diciembre de 2012

“En el Centenario no se honró a Zapata. Una vez más los políticos utilizaron su imagen”: Nietos de Zapata (Parte 2)


Estación del ferrocarril en Cuautla, Estado de Morelos. 

ESTAMOS en la antigua estación de ferrocarril de Cuautla.

En este escenario por el que  pasean turistas que vienen los fines de semana desde la capital, Emiliano Zapata y el ya entonces presidente Francisco I. Madero se encontraron en agosto de 1911 para mantener una entrevista en Yautepec y tratar de encontrar una solución al conflicto posrevolucionario, luego de que los zapatistas se negaran a deponer las armas, según lo acordado por los Tratados de Ciudad Juárez, sin que antes se realizara la prometida recuperación de las tierras.

“En ese encuentro Madero se refiere a mi bisabuelo como ‘el incorruptible Zapata’. Sin embargo, le pide que deponga las armas porque ya la Revolución estaba finiquitada. Pero el General le fue muy directo al presidente y le dijo que mientras no viera que su gente recuperaba sus tierras, los campesinos no entregarían las armas”, narra Édgar Zapata ante la presencia de la  máquina de vapor número 279, construída por la Baldwing Locomotive Works de Filadelfia, y puesta en servicio en 1904 para cubrir la ruta interoceánica México-Veracruz, que hoy reposa en uno de los hangares de la estación junto a un pequeño tenderete de postales y fotografías en blanco y negro de El Caudillo del Sur.

“A Zapata y Villa los borraron por completo de la conmemoración del 2012″
“En el boom del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución, en el 2010, el Gobierno se dedicó a resaltar la imagen de Madero, mientras que a Zapata y Villa los borraron por completo –lamenta el historiador tras acceder a uno de los vagones de la compañía Interoceánica y tomar asiento en una banca de madera añejada que rechina con cada movimiento-. Madero, históricamente, fue el precursor de la Revolución –concede-. Pero creo que su exaltamiento se debió a tintes políticos; el presidente del PAN prefirió destacar a otros personajes históricos, pero los que realmente hicieron la revolución social fueron Zapata y Villa. Madero se preocupó por quitar al régimen de Porfirio Díaz, pero no quiso cambiar la estructura de gobierno. Por eso cayó traicionado por Victoriano Huerta, porque un gobernante no puede reestructurar un país sin irse a los puntos sociales que lo aquejan. Es decir, hicieron a un lado al campesino, y por eso Zapata se manifiesta en el Plan de Ayala desconociendo al gobierno de Madero”.

-El 28 de noviembre se conmemoran los 101 años de la promulgación de ese Plan de Ayala que acaba de mencionar. Más de un siglo después, ¿cómo podríamos definir su importancia teniendo en cuenta el contexto actual que vive el campo?

-El Plan de Ayala pone en el contexto político y social de la época al campesino y lo pone al tú por tú con los políticos –señala mientras mueve lentamente las manos para acompañar la explicación-. Es decir, con este plan el campesino ya sabe que tiene derechos y que él es dueño de sus tierras. Y esto se contrapone con las visiones de Carranza, de Madero, y de Victoriano Huerta. Porque ellos, como políticos, no querían que el pueblo tuviera lo que se merece. En cambio, Zapata lo que buscaba era  la igualdad social y por eso surge este Plan de Ayala bajo el emblema de ‘reforma, libertad, justicia, y ley’. Y a cien años de distancia, podemos afirmar que, ante la historia de México y del mundo, los campesinos de Morelos dieron el ejemplo y nos enseñaron que no es necesario tener tantos estudios como los políticos. Porque a pesar de que ellos sufrieron durante generaciones esclavizados por los hacendados, tenían más clara la visión de lo que querían de ese “pedacito de felicidad”, como lo llamaban, que nosotros en la actualidad, que no sabemos ni adónde vamos en este contexto de violencia que nos ahoga en sangre.

“Salinas dio el tiro de gracia al Zapatismo con el TLC”
A continuación, para completar la idea anterior, Édgar enumera los artículos seis, siete y ocho del Plan de Ayala –que dan al pueblo la facultad de reclamar el derecho a sus tierras y se aboga por cobijar con una pensión a los huérfanos y viudas de la revolución-, y destaca la trascendencia histórica del artículo 27 constitucional emanado del ideario zapatista que, durante la presidencia de Lázaro Cárdenas, hace realidad el reparto agrario. “Sin embargo –recupera el tono de pesadumbre-, a pesar de que Cárdenas enarboló la bandera zapatista en los años treinta, cuando entra el neoliberalismo medio siglo después a México deja toda la mesa puesta al presidente Salinas, que es el que da el tiro de gracia al zapatismo con el Tratado de Libre Comercio. Hoy día el campo es vendible y lo puedes ver aquí en Morelos, que ya se está vendiendo. Y lo venden las mismas familias porque quieren irse a probar suerte en los Estados Unidos. Por lo que esta situación creo que nos lleva a la siguiente reflexión: ¿Para qué existió entonces la Revolución?“.

****

PARÍS.

Marlon Brando se encuentra en la ciudad con motivo del estreno de una de sus últimas películas y Margarita Zapata, que reside en ese momento en la capital francesa, averigua el hotel donde se aloja y llama por teléfono con la intención de intercambiar unas palabras con el actor que dio vida a su abuelo en la película ¡Viva Zapata!, dirigida por Elia Kazan, y co-estelarizada por Anthony Quinn en el papel de Eufemio Zapata.

“Cuando marqué al hotel me pasaron con alguien de su equipo de producción –recuerda la abogada y socióloga con una sonrisa en los labios que se mantendrá hasta el final de la anécdota compartida con el mítico actor de El Padrino-. Les expliqué que era nieta de Zapata y que quería hablar con Marlon Brando para que me comentara cómo se sintió interpretando a Zapata. Quería saber qué significaba para él interpretar a mi abuelo”.

A pesar de la resistencia inicial de la productora, Margarita tuvo suerte.

Su llamada tuvo respuesta.

“Marlon Brando me invitó a un restaurante –cuenta aún con emoción en el rostro-. Y cuando estábamos cenando recuerdo que me dijo: ‘Óigame, ¿y qué le parece a usted estar cenando con su abuelo?’. A lo que yo le contesté: ‘No, mejor dígame usted que se siente al estar sentado a la mesa con su nieta’. Entonces, Marlon Brando se quedó mirándome fijamente… Y comenzó a reírse”.

Retrato de Emiliano Zapata expuesto en Hacienda Chinameca, estado de Morelos. 

Tras relatar la anécdota con uno de los actores de más reconocidos a nivel mundial, Margarita se levanta del sofá y se dirige en silencio a un pequeño estudio donde tiene una computadora, varias estanterías repletas de libros, fotografías, plantas bien conservadas, un reconocimiento que le otorgaron en España como ‘mujer progresista del año’, y una figura con el rostro de su abuelo.

-¿Cómo cree que se está estudiando hoy en las escuelas la Revolución y en particular a Emiliano Zapata y su obra?

La nieta del General le echa un vistazo de soslayo a la estantería repleta de libros.

Sonríe, irónica.

-En México la historia se escribe a la carta, según la quiera el gobernante en turno y según le convenga al gobierno que esté en ese momento.

“En el Centenario no se honró la memoria de Zapata. Al contrario: una vez más los políticos utilizaron su imagen”
-¿Lo dice por los actos de conmemoración del Centenario, en el 2010?

Vuelve a sonreír. Se cruza de brazos, traga saliva y contesta con los ojos muy abiertos:

-El Bicentenario y el Centenario no fue más que pura pólvora, de eso no queda nada más que esa torre de luz (la Estela de Luz) que es horrible, decepcionante y vergonzante. No se honró para nada la memoria de Zapata. Al contrario, una vez más se utilizó su imagen por parte de los políticos, que llegaron a Anenecuilco, a Chinameca, a Cuautla, a hacer actos y a dar discursos. Pero todo eso fue pura pólvora. Pura jarasca. Además –añade circunspecta-, tampoco teníamos nada que festejar. Es lamentable, pero cierto. No había nada que celebrar –repite, tajante-. Absolutamente nada.

-¿A pesar de la diferencia de contexto que vive hoy México, ve en la actualidad alguna figura política aquí o en América Latina que pueda continuar con la lucha de Zapata?

-Bueno, en América Latina ha habido países en donde se han llevado a cabo proyectos de reforma agraria. Podríamos hablar de Brasil, que aunque aún le queda mucho por hacer puesto que es un país muy grande y con muchísimos campesinos, se está profundizando una reforma agraria que, en mi opinión, sí está muy influenciada por Zapata. Luego también está el caso de Venezuela y Hugo Chávez, aunque la gente está muy desinformada sobre lo que pasa allí. Y también está el caso de Nicaragua, con la revolución sandinista.

-¿Y en Cuba?

-Los Castro también hicieron lo suyo, y bastante, pero es que es otra cosa diferente a lo que quería Zapata. Igual podemos decir de Hugo Chávez, que está haciendo cosas muy buenas. Pero tampoco podemos pensar que ellos van a hacer una copia al carbón de lo que quería Zapata. Porque todos los campesinos no son iguales, ni todos los países tienen el mismo contexto, ni la idiosincrasia de los pueblos es la misma. Cada quien tiene su propia realidad.

-¿Destacaría a alguien de México?

-Yo diría que en México el presidente Lázaro Cárdenas fue el que profundizó la reforma agraria en el país. Y después… ninguno –niega con la cabeza varias veces en silencio-. En este momento no hay nadie que pudiéramos decir que es el continuador o la continuidad del pensamiento y de la lucha de Emiliano Zapata.

-¿Y López Obrador? Él representó a la izquierda en la pasada elección…

-Yo me remito a los hechos –su rostro vuelve a adquirir un aire severo-. Andrés Manuel López Obrador sólo se acuerda de Zapata cuando le conviene.

Aquí el video de la entrevista:



*Entrevista publicada originalmente en AnimalPolitico.com

martes, 16 de octubre de 2012

“La curiosidad intelectual y las agallas son imprescindibles para el oficio de cronista”: Jon Lee Anderson


El periodista estadounidense Jon Lee Anderson durante la presentación de su último libro en la ciudad de México. //Foto: Manu Ureste

Escribe Juan Villoro en el prólogo del libro de perfiles El dictador, los demonios y otras crónicas que Jon Lee Anderson (Long Beach, California, 1957) domina el español “con la inquietante pericia de los agentes dobles” de las novelas de intrigas del inglés Graham Greene, su autor favorito. Aunque más que un pulcro y refinado acento anglosajón, este prolífico reportero insuperable en el arte de contar bien las malas noticias habla con una colorida y hasta simpática mezcla de acentos, palabras y giros del castellano –lo mismo usa expresiones colombianas, que corta el final de las palabras con gracia andaluza- producto de haber recorrido una larga lista de países de habla hispana para retratarlos a través de ese género que cambió para siempre Gabriel García Márquez y que hoy lo ha convertido en uno de los maestros del periodismo narrativo actual: la crónica.

Un género éste, que al igual que el genial escritor polaco Ryszard Kapuscinski, del cual la crítica lo considera su heredero –aunque más tarde el propio Anderson opinará al respecto que dicha comparación le parece “un poco demasiado”- lo ha llevado no solo de Cuba a España pasando por Centroamérica y Sudamérica, sino también a recorrer buena parte del planeta pisando múltiples territorios en pugna, como los que describe en los libros La tumba del león: partes de guerra desde Afganistán, La caída de Bagdad, Zonas de guerra, o más recientemente en La herencia colonial y otras maldiciones (editorial Sexto Piso), obra que presentó hace apenas unos días en la ciudad de México, y en la que por primera vez reúne diez crónicas publicadas de 1998 a 2012 en la prestigiosa revista The New Yorker sobre su labor periodística en países como Liberia -donde pasó un año de su adolescencia junto a un tío geólogo, tiempo que recuerda con nostalgia por aquellos viajes a la selva del interior en el que convivió con una comunidad tribal, los kpelle, quienes le dieron el nombre de Saki-; la Somalia donde ya nadie habla italiano de Sheij Sharif Sheij Ajmed -con el que pasó quince días en 2009 -”en aquel momento era probablemente el gobernante más débil del mundo”, asegura-; y por supuesto, la Libia de los últimos días de Muammar Gaddafi.

-En el prólogo de su nuevo libro, usted asegura que “en África, cuanto más cambian las cosas, más siguen estando igual que siempre” ¿A qué se refiere? –introduzco la primera cuestión mientras el veterano reportero aún se está acomodando como puede en una tarima, que usamos a modo de improvisada mesa de cafetería, en mitad del lobby del Museo de Antropología. Un impresionante escenario donde, en ya algo menos de veinte minutos, Martín Caparrós, Mario Jursich, Edgardo Rodríguez y Santiago Gamboa inaugurarán el primer coloquio abierto al público del encuentro Nuevos cronistas de Indias 2.

-Me refiero a que en algunos aspectos aquella África de antaño sigue estando ahí -se explica-; ese mundo de miseria y de tribalismo sigue estando presente, y eso se nota inclusive en la política de muchos países. En África, la nación-estado como concepto tiene más desafíos que en aquellos países donde la tribalización ya quedó atrás, ya que en estos países han tenido que tragar de golpe, en un periodo de tiempo muy corto, con estructuras impuestas que se suponen eran muy benéficas, a la misma vez que no habían resuelto su propia convivencia tribal, y esto es algo que hemos visto desde hace cincuenta años en África. Es decir, creo que las cosas van cambiando en África, pero sigue arrastrando cosas del pasado, tanto buenas como malas.

-¿Cuáles son las buenas?

-A África le faltaba infraestructura propia, esto es, hospitales, carreteras… A mí me consta la diferencia desde que estuve allí por primera vez en los años setenta y ahora. Por una parte añoro la caminata de ocho horas para llegar a Balamah, la aldea donde bailé por primera vez en mi vida, en Liberia. Veintisiete años después, cuando regresé en el noventa y ocho como reportero, aquel trayecto era un viaje de cuarenta minutos en camioneta y había una carretera. Todavía no tenían electricidad y aún andaba por ahí el diablo del monte. Es más, en ese momento estaba suelto y el pueblo se mantenía en vilo. Seguía el terror, eso era algo que no había cambiado, pero ya tenían una carretera que los conectaba con el mundo externo.

A continuación, el periodista, que también en años anteriores fue guardia en una cárcel de Florida, cortó tabaco en Kentucky, y se empleó de machetero en Honduras, hace una pausa de uno, dos, y hasta tres segundos, y añade:

-Mira, cuando digo cosas buenas, positivas, lo hago para referirme a que no todo está mal allí: ya hay gente más educada y más africanos que velan por sí mismos. Poco a poco África se va africanizando, y para mí eso es muy positivo.

“Gaddafi cometió crímenes; pero terminar de esa forma… debe humillarnos a todos”
-Durante la plática que dio recientemente en la presentación de La herencia colonial y otras maldiciones –le recuerdo el contexto- usted hablaba de que la banalización del mal es algo común en todos los dictadores, independientemente de que sean africanos, latinoamericanos o europeos. ¿Tal vez por este motivo Muammar Gaddafi acabó de esa forma tan brutal en Libia?

-Creo que actuaron como perros con él –contesta de inmediato, muy solemne-. Es cierto que Gaddafi cometió sus crímenes, pero terminar así, de esa forma tan humillante, debe humillarnos a todos. Saddam, que era un hijo de puta, tuvo al menos la posibilidad de mantener una compostura recta antes de ser ahorcado, aunque él nunca quiso esto; es más, él pidió en su juicio que lo fusilaran, pero al menos pudo encontrar su muerte con valentía. Creo que al final hay que mostrar algo de misericordia, aunque lo estés ejecutando, como en el caso de Hussein.

"Para Libia hubiera sido mejor que ejecutaran a Gaddafi tras un juicio; la forma en que lo mataron fue un crimen encubierto por todos"
-¿Para la estabilidad de Libia, que como usted apunta en su libro parece que ahora camina a trompicones a través de su proceso de transición política, hubiera sido un mejor comienzo que el sátrapa fuera enjuiciado y posteriormente ejecutado tras una sentencia?

- Sí, sí, hubiera sido mucho mejor para Libia. La forma en que lo mataron fue un crimen encubierto por todos y esto debilita la posibilidad de crear una democracia plena, porque ya estás comenzando con un punto negro y con un acto que es un crimen. No quiero decir con esto que todo esté perdido en Libia, pero fue un muy mal comienzo. Habría sido mejor un juicio y que los libios terminaran de hacer lo que querían con Gaddafi, pero como gente civilizada y donde realmente se ventilara todo lo que éste hizo durante los cuarenta y dos años que estuvo en el poder.

El periodista de The New Yorker acaba de publicar el libro La herencia colonial y otras maldiciones, sobre sus crónicas en África. //Foto: Manu Ureste

-Reporteros que han cubierto conflictos armados aseguran que, en muchas ocasiones, el miedo les ha salvado la vida. Usted que ha escrito numerosas crónicas desde múltiples campos de batalla, ¿qué opina al respecto?

Jon Lee Anderson esboza una leve sonrisa que, por momentos, le deforma la perfecta barba grisácea de candado que le recorre, casi de manera imperceptible el labio inferior, las comisuras de la boca y la barbilla.

Bueno -afirma en un tono reflexivo mientras tira levemente la espalda hacia atrás y estira las piernas- con la experiencia, tú como reportero vas aprendiendo qué cosas te pueden poner o no en peligro. Tienes instinto, intuición, más cautela, y claro, a veces tienes miedo. Y eso es lo que te hace decir “no voy por ese camino donde hay una turba, no entro a esa casa, no voy a acudir a esa cita donde no conozco a la gente…”. Hay que agachar la cabeza cuando hay plomo.

-A su juicio, cuál es el peor enemigo que puede tener un…

-La falta de curiosidad -contesta sin dejar siquiera que acabe la pregunta-. Si no eres curioso por naturaleza, no puedes ser un buen cronista.

“La curiosidad intelectual y las agallas son imprescindibles para este oficio”
-Juan Villoro dice que “los viajes son su territorio” -le comento-. Y que entre junio y septiembre de 2005 cruzó el Atlántico dieciocho veces, “una cuota normal en su género de vida”. Imagino que, al contrario de Gabo, Cortázar, o Carlos Fuentes, usted no tendrá miedo al avión con semejante colección de sellos en el pasaporte, ¿no?

El staff writer de The New Yorker se ríe distendido y niega con la cabeza. “No, no, la verdad es que no me da miedo volar”.

-Pero, ¿si es imprescindible tener ese espíritu de aventura para ser un buen cronista? -agrego a raíz del comentario anterior-.

-Mira, hay de todo -señala ahora más serio-. Yo no puedo decir eso. Sí soy bastante aventurero, pero hay gente que lo son menos y son muy buenos cronistas. Es decir, no todos tienen que ir a la guerra. Tú puedes ser muy buen cronista y hacer una excelente crónica sobre… qué se yo, la cámara de comercio. Supongo -hace una pausa enfática de un par de segundos-. No sé si la leería –ríe de nuevo-, pero en general creo que las agallas y la curiosidad intelectual son muy importantes en este oficio.

"Soy bastante aventurero, pero hay quienes no lo son tanto y son buenos cronistas; no todos tienen que ir a la guerra"
-Y hablando precisamente de ‘oficio’, una palabra cada vez más en desuso para referirse a la labor informativa, ¿como se siente en este periodismo en el que Internet, las redes sociales, las tabletas, los smartphones, y el minuto a minuto están cada vez adquiriendo una mayor importancia? ¿Se considera, digamos, un clásico?

- Un clásico… -repite alzando un poco la vista al techo-. ¿En lugar de jurásico? –repregunta con una sonrisa dibujada desde que intuyó por dónde venían los tiros, o el plomo -como él mismo diría-, en la argumentación de la cuestión-.

-No sé. No me defino -titubea-. ¿Sabes? Yo también tengo iPhone, uso el tuiter, escribo en blogs… Yo asumo lo que puedo de todo, y tomo lo que considero importante de lo más reciente: no soy el primero en probarlo, pero tampoco el último. Y hay cosas que me sacan de quicio y otras que, en cambio, sí encuentro muy interesantes. En general, creo que todo esto hace que la vida se sienta muy agitada y carente de tiempo para reflexionar y digerir las cosas. Y eso para mí sí es algo molesto, aunque no tengo una solución por ahora. En cualquier caso sigo creyendo que la crónica larga es una forma de proceder, tal y como estamos hablando en este coloquio. Pero no sé si soy un clásico. Lo que sí soy es una generación mayor que los jóvenes cronistas de hoy, claro. En ese sentido sí soy más viejo, pero no sé si eso me haga clásico -ríe-.

“¿La comparación con Kapuscinski? Me halaga, pero yo hago lo mío”
-Que lo comparen con Kapuscinski y que incluso digan que es usted su heredero, ¿le molesta, le halaga, o le es completamente indiferente?

-Decir que me molesta sería demasiado. Yo considero que Kapuscinski fue un gran escritor; me halaga, aunque creo que es un poco demasiado, ¿me entiendes? Porque considero que esto es un poco facilista; es como decir “él es como Kapuscinski, ah bueno, entonces ya no tienes que pensar más”. Hay esta tendencia de pensar muy rápido y poner etiquetas a las personas, y en general no me gusta ser cartonizado. Yo hago mi propia cosa. Yo no escribo ficción, y él sí lo hacía. Ahí mismo tienes la diferencia.

“Mientras haya impunidad y una falta de estado de derecho, no habrá solución al desamparo de los periodistas en México”
-Hablemos de México. Recientemente usted participó en el Hay Festival que se celebró en Xalapa, Veracruz. Un estado que, junto con el resto del país, ha sido noticia por el continuo asesinato de periodistas. ¿Cómo ve usted la situación?

-Mientras haya impunidad y una falta de Estado de Derecho en México, no habrá una solución al desamparo de los periodistas. No, no la hay –asegura para, a continuación, afirmar que va a escoger muy bien sus palabras para hablar de este asunto, y lanzar una pregunta tal vez incómoda, con una respuesta aún más incómoda-. ¿Y en dónde recae la responsabilidad de este asunto? Pues en el Estado. No han creado un Estado de Derecho en México; lo que han creado es un Estado donde se matan a los periodistas, además de a muchos otros ciudadanos, ya lo sabemos, y en el que nunca encuentran a los asesinos. Un Estado donde la narcopolitica ha minado fuertemente a ese mismo Estado, y esto es algo muy preocupante. Hace falta una reconfiguración al interior de la política mexicana, de la idiosincrasia de la política mexicana. Porque si no… -deja pasar unos puntos suspensivos y concluye-. Porque si no esto va a seguir.

¿La cobertura de la ‘guerra contra el narco’? No hay un reporterismo primario, todo es boletín informativo y crónica roja
-¿Qué se puede proponer para mejorar la situación?

-¿Solución para los periodistas? –se pregunta-. O se quedan callados y escriben diarios para luego un día escribir un libro de crónicas, o ayudan a un periodista extranjero para que ellos sean el portavoz de esa realidad que ellos quieren relatar. Porque los periodistas locales en tiempos de guerra… casi nunca pueden hacer nada. Casi siempre esta tarea recae en gente que pueden venir de afuera y despachar esa realidad, o lo publican a posteriori.

-¿Qué opina de la cobertura que hacen los medios de la llamada ‘guerra contra el narco’?

-No hay un reporterismo primario, todo es boletín informativo y luego crónica roja. Yo creo que todos estamos muy mal servidos en este sentido, aunque el terror es tanto que una comprende por qué.

-¿No le llama la atención México para escribir una de sus cartas?

-Sí, podría ser, pero hasta ahora no he visto una situación o personaje que me llame tanto la atención como para hacerlo.

"¿Perfilar a El Chapo Guzmán? ¿Acaso va a aceptar una entrevista conmigo?"
-¿Ni siquiera El Chapo, el narcotraficante más buscado?

-¿Y cómo voy a perfilar al Chapo? –contesta con una pregunta-. ¿Acaso va a aceptar una entrevista conmigo?… Y escribir sobre él sin verlo, a qué va eso. De hecho, yo tengo un colega en The New Yorker que más o menos ha estado reporteando en México y sería una intromisión por mi parte.

“Cuando leí Cien años de soledad fue una revelación; nunca había leído algo así antes”
Los veinte minutos pactados para la plática están muy próximos a concluir y en el salón del auditorio ya comienza a escucharse el murmullo del gran número de personas que acudieron a la inauguración de los coloquios abiertos organizados por Conaculta y la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI). Ante el paso del tiempo Jon Lee Anderson se remueve en la tarima un tanto incómodo aunque mantiene la cordialidad y la mirada azul fija en quien le lanza preguntas.

-Para terminar, escribe Juan Villoro que lo extraño de usted es que no sea un personaje de su autor favorito, Graham Greene… ¿Es este autor inglés su referente?

-Sí, es un referente, aunque no necesariamente mi fuente de inspiración inicial. Lo descubrí como a los dieciséis o dieciocho años y lo he seguido leyendo. Para mí es uno de los escritores más amenos para leer que he encontrado. No es que me guste toda su obra ni necesariamente participo de toda su política, pero más o menos. Era un hombre inglés de sangre azul, de izquierdas, y que cooperaba con el servicio secreto… En fin, había un poco de todo ahí, muy de otra generación. Pero yo lo admiré como escritor y me gustaba mucho su búsqueda de la moral en los márgenes de la misma moralidad, eso siempre me atrajo. El mundo es un lugar bastante gris… y él era un maestro de lo gris. Por eso me interesa tanto.

-¿Y García Márquez?

-Sí, sí, por supuesto que admiro a García Márquez. Su papel como padrino de la crónica latinoamericana y su gran obra de ficción lo hace, sin duda, muy querido. Cuando leí Cien años de soledad tenía como 19 años y fue una revelación, nunca había leído algo así antes. Y él realmente cambió la forma de percibir las cosas, así como Hemingway en su momento introdujo esa forma de escribir parsimoniosa, Gabo creó una nueva forma de ver el mundo, y eso hay que reconocerlo. Soy un gran admirador de él, y además como he tenido el privilegio de conocerlo me consta que es un buenazo, una persona muy generosa, ¿me entiendes? Es un tipo chévere.

Esta entrevista fue publicada originalmente en AnimalPolitico.com

miércoles, 19 de septiembre de 2012

“El cine mexicano le debe mucho a Juan Orol; fue un inventor de géneros”: Sebastián del Amo

El cineasta mexicano Sebastián del Amo llega con su ópera prima 'El fantástico mundo de Juan Orol' a las salas de cine mexicanas. Foto: Manu Ureste

Tan solo diez minutos después de la hora acordada, tiempo suficiente para darle un par de vueltas completas a esta plaza Río de Janeiro repleta de niños correteando y parejas que platican sentadas en las bancas de hierro entorno a la majestuosa fuente en la que se levanta la efigie del David de Miguel Ángel, aparece Sebastián del Amo atravesando lentamente la calle Orizaba donde se encuentra anclada una pintoresca Iglesia de estilo gótico y un coqueto café de nombre italiano en la esquina.

El cineasta viene sonriente, anoto. Con paso tranquilo, relajado y vestido de manera casual con unos pantalones algo desgastados, una camisa azul claro arremangada y por fuera, una boina estilo francés cubriéndole la frente, y unas botas tipo camperas. En la mano derecha, completo el perfil en la libreta, trae un diario en el interior de una bolsa de plástico de una de esas tiendas de autoservicio que tanto proliferan en la ciudad de México, y en la izquierda sujeta con fuerza una correa de la que tiran un hermoso e inquieto labrador que no para de ladrar y un xoloescuincle de aspecto exótico y simpático.

Tras varios minutos caminando absorto en sus pensamientos, Del Amo alza al fin la mirada y al percatarse de la cámara y de la mochila que traigo colgada al hombro me reconoce asintiendo levemente con la barbilla.

Nos saludamos con un apretón de manos –oye, ¿tú no eres de aquí, verdad?-, ata los perros en un hierro de la verja que protege el jardín y de inmediato comenzamos a platicar sobre El fantástico mundo de Juan Orol, su primer largometraje en el que participa "un elenco que tuvo mucha magia" –Roberto Sosa, Julio Bracho, Jesús Ochoa, Gabriela de la Garza, Marisa Saavedra…-, el cual se estrenó ayer (viernes 15 de septiembre) en las salas mexicanas tras obtener previamente numerosos reconocimientos en festivales de prestigio como el de Guadalajara, donde ganó el premio a la mejor ópera prima.

"A pesar de ser El Rey del churro, Orol es fundamental para entender la evolución de la industria cinematográfica mexicana"
“Comprenderás que la primera pregunta es obligada –le comento al cineasta de 41 años casi a modo de disculpa mientras aún va tomando asiento en una banca de piedra que hay en el interior del parquecillo-. ¿Por qué elegiste para tu ópera prima a un personaje como Juan Orol, considerado como ‘el peor cineasta mexicano de todos los tiempos’?

Sebastián se toca la nariz y dirige la mirada ligeramente hacia la copa de los árboles que nos protege del sol capitalino.

“Me pareció muy interesante que Juan Orol, a pesar de ser considerado como el peor director de la historia del cine mexicano -que eso ya le da un morbo especial- es un personaje absolutamente icónico y fundamental para entender la evolución de la industria cinematográfica en la época de oro y para entender al cine mexicano”, se arranca el cineasta, quien destaca al respecto que, a pesar de que la crítica de la época fue feroz con este realizador de origen gallego que dirigió cerca de 60 películas, entre ellas algunos títulos míticos como Gangsters contra Charros, Embrujo antillano o Madre querida, el cine nacional está en deuda con este “inventor de géneros” que gustaba de salir a la esquina a comprar el pan vestido con mucho garbo a lo Johnny Carmenta –"su personaje de toda vida", con traje cruzado a rayas, pajarita, zapatos impecables y sombrero de ala ancha.

“Sin duda se trata de un personaje muy singular –afirma Del Amo aguantando la carcajada tras contar que, en realidad, el Rey del Churro llegó al cine “porque básicamente le gustaban las actrices y en las películas salían tías buenas”-. Yo siempre lo comparo con un espontáneo que se avienta al ruedo a torear con una camisa –continúa-. Orol era así: un tipo que no se cuestionaba mucho las cosas en la vida. Por eso en su cine no vemos un planteamiento filosófico o artístico, aunque sí fue un inventor de géneros. Por lo que el cine mexicano le debe mucho temáticamente: porque al primero que se le ocurrió fotografiar a una de esas cubanas espectaculares –dibuja una silueta en el aire con las manos invocando a María Antonieta Pons-, sinuosas y caderonas que se movían de locura, fue a Juan Orol. Es decir, él es quien define la estética de Cabaré y el que inventó el género de las rumberas, el cual es el antecesor del cine de ficheras que más adelante, en los setentas, fue definitivo”.

"Mientras todos hacían cine de charros, Orol introdujo el género de gánsteres. Se creía el Humphrey Bogart mexicano"
Y además esto tiene aún más mérito, destaca el cineasta con los ojos azules muy abiertos tras los lentes con montura de pasta, porque lo hace en pleno apogeo de la época del cine de oro mexicano de Ismael Rodríguez, Pedro Infante, Luis Aguilar, Jorge Negrete, El Indio Fernández, Sarita García y compañía.

“Es decir, mientras todo el mundo en la época de oro hacía películas de charros, en las que se retrata un México de haciendas que ya para 1950 realmente no existía, Orol introduce una temática mucho más urbana y se inventa el género de gánsteres, ya que estaba absolutamente obsesionado con estos personajes. De hecho, él se consideraba el Humphrey Bogart mexicano”, cuenta divertido Sebastián, para añadir acto seguido que otro de los aspectos que le llamó poderosamente la atención de este ‘surrealista involuntario’ que estuvo a la sombra de Buñuel, y que antes de hacer cine, o eso cuenta al menos la leyenda, saltó al ruedo como torero, subió a un ring enfundado en unos guantes de box, bateó jonrones, fungió como corredor de coches, y hasta pateó la ciudad como investigador de la policía judicial, fue su enorme capacidad de producción y de salir adelante a pesar de la falta de recursos… y de las feroces críticas.

“A diferencia de las luminarias que hubo en el cine mexicano como El Indio Fernández o Ismael Rodríguez, que a pesar de que ganaron premios y palmas de oro tuvieron un periodo de inactividad muy largo al final de sus carreras, Juan Orol se mantuvo con su esquema de películas baratas hasta el fin de sus días”. “De hecho –llega a la conclusión-, de alguna manera Orol es el antecesor del esquema de producción de los video-home, que es un género que sigue absolutamente vigente en la actualidad con películas de narcotraficantes y de mafiosos”.

Cartel promocional de la película 'El fantástico mundo de Juan Orol'

Tras concluir la argumentación de por qué eligió para su ópera prima a este incansable cineasta que terminó sus días en 1984 en la más absoluta pobreza –"tanto, que tuvieron que pasar el sombrero en el edificio de productores para darle un entierro digno", con casi 94 años de edad, ¡y otra película! en ciernes que no llegó a concluir, Sebastián le echa un vistazo de soslayo al teléfono móvil que suena en estos momentos y se disculpa para contestar rápidamente la llamada durante unos segundos, tiempo que aprovecho para repasar algunas de las preguntas pendientes que hay anotadas a mano en una hoja de libreta sin cuadrículas.

"Bien –reiniciamos la conversación-, ya conocemos un poco más sobre quién fue Juan Orol… ¿Pero, qué va a encontrar el espectador cuando se siente en la butaca y vea en la gran pantalla a Roberto Sosa caracterizado como Orol y rodeado de hermosas rumberas?"

“La cinta es un homenaje en todos los sentidos –recalca-, desde la temática hasta la estética, la música… Aunque intentamos que fuera una película que, a diferencia del cine de Orol, que se caracterizaba por sus errores –por ejemplo, en uno de sus filmes el personaje entra vestido de traje negro, mata al malo, y en la siguiente escena sale vestido de blanco-, nosotros intentamos hacer una película muy bien cuidada en todos los aspectos, para no caer precisamente en el gazapo cinematográfico. Y el resultado es una cinta diferente, que vale mucho la pena. Se van a divertir mucho”.

"La idea con la película era no hacer una biografía formal de Juan Orol, sino una ficción biografiada"
"¿Cómo fue todo el proceso de gestación del proyecto y la documentación sobre el personaje? –cuestiono-. He leído que tardó hasta 12 años en concluirlo. ¿Por qué tardó tanto tiempo en darle forma a El fantástico mundo de Juan Orol?".

Sebastián suspira como si ya esperara esa pregunta, esboza una leve sonrisa, y se toca el mentón por el que aflora una barba de candado de la que brotan entremezclados vellos claros y grisáceos.

"Estuve seis años documentándome porque hay muy poca información alrededor de Juan Orol. Consulté absolutamente todo lo que hay publicado, que es poco realmente. La poca información que hay son entrevistas que Orol dio a una edad ya muy avanzada, y entre que confundía fechas, nombres, o que directamente se inventaba partes de su vida, la información que existe no es verificable; es como un salto de fe: te la crees o no. Entonces, en este sentido, la idea era no hacer una biografía formal del personaje, sino una biografía ficcionada, o una ficción biografiada.

Luego fueron otros seis años para la consolidación del proyecto –añade- porque se nos cayó la producción hasta cuatro veces y en diferentes etapas, aunque afortunadamente conseguimos levantarla en cinco y comenzamos a filmarla a finales de 2010".


"El fantástico mundo de Juan Orol es una película con mucho colorido, una oferta diferente de cine mexicano"
Y el resultado, asegura con un claro gesto de satisfacción en el rostro, "es una película con mucho colorido, una oferta diferente de cine mexicano" dirigida a cualquier tipo de espectador. "Porque a la gente que tiene cierta edad y que conoció aquel cine –hace hincapié- esta película le va a remitir a esa época y la va a disfrutar mucho porque revivirán ese México que ya se fue en mayor o menor medida; y a los chavos que no tienen esa referencia del personaje, les va a permitir descubrir parte de la historia del cine mexicano, y creo que este es uno de los aciertos de la película".

"Roberto Sosa no era nuestra primera opción para el personaje de Orol. Pero viéndolo en retrospectiva... fue la mejor elección. Su trabajo es brutal"
"Sin duda, otro de los aciertos –pregunto al hilo aprovechando la última contestación y casi sin darle tiempo a recuperar el aliento-, fue la actuación de Roberto Sosa en el papel de El Rey del Churro, al menos según la crítica. ¿Cómo fue el proceso de selección del actor para el rol principal de la película?".

"Roberto no fue nuestra primera opción –revela-, aunque sí lo invité a que interpretara otro papel desde una etapa muy inicial del proyecto", afirma Del Amo, que explica al respecto que conoce al intérprete mexicano –que ha participado en más de 90 largometrajes en los que ha estado bajo la dirección de leyendas del celuloide como Oliver Stone- desde su época universitaria. "Pero el proyecto se nos hundió cuatro veces y a la quinta pensé por qué no ofrecerle el protagónico a él… Y viéndolo en retrospectiva, me parece que fue la mejor opción; estoy muy agradecido con su trabajo porque fue brutal. Envejece al personaje en cuadro 60 años de una manera impactante –el proceso de envejecimiento, enfatiza, lo hizo Roberto Ortiz y la caracterización general de toda la película Mari Paz Robles-. Realmente, me parece uno de los mejores actores de México y no un 'cebollazo' gratuito".

"¿La cicatriz de Sosa, que no concuerda con el personaje de Orol, no fue un inconveniente?".

"Evidentemente, una de mis preocupaciones de inicio era el tema de la cicatriz que tiene Roberto, que efectivamente no coincide con el personaje –admite-. Pero ya en el proceso dije… bueno, pues al diablo, más bien hagamos que Roberto sea Juan Orol, así que hice una cicatriz a Orol de una manera ficticia; fue algo que me saqué de la manga".

"Que comparen El fantástico mundo de Juan Orol con Ed Wood es un subidón para el ego importante"
"En las redes sociales y en tráiler de la película que hay en Youtube se pueden leer numerosos comentarios que comparan, al menos desde el punto de vista de la estética, a El fantástico mundo de Juan Orol con películas de la talla de la oscarizada The Artist o con Ed Wood, la cinta que protagonizó Johnny Depp dirigido por Tim Burton sobre el cineasta estadounidense al que, como Orol, se le considera el peor director de su época. ¿Te gusta que comparen tu filme con estas películas?"

El cineasta Sebastián del Amo ya se encuentra trabajando en un nuevo proyecto: "El complot mongol". Foto: Manu Ureste

"Que comparen la película de El fantástico mundo de Juan Orol con Ed Wood, la cual está considerada una película de culto es, evidentemente, un subidón para el ego importante, no te voy a mentir –afirma con los brazos cruzados, arqueando levemente la ceja izquierda por encima de los lentes, y con una sonrisilla de modestia-. Pero más allá de eso, la comparación, aunque es obligatoria, me parece poco acertada, porque a pesar de que ambos personajes tienen el título poco honorable de ser los peores directores de su época, la diferencia radica en que Orol hizo 57 películas en 60 años, y Ed Wood 5 o 6 en un periodo relativamente corto. Entonces, mi planteamiento es que, por más que sus películas hayan sido consideradas como malas, pues ningún tonto logra hacer 57 filmes en un periodo de tiempo tan largo. Eso indica que había un público que las consumía y que eso fue lo que convirtió a Orol en un ícono más allá de lo absurdo o lo surrealista involuntario".

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Ya van a dar las dos de la tarde, observo por mi reloj. El cielo, hace apenas diez minutos libre de nubes y con un sol imponente radiando encima de nuestras cabezas, es ahora un manto grisáceo y espeso que amenaza con una de esas típicas tormentas vespertinas que descargan en minutos sobre la ciudad de México miles de litros de agua, granizo e intimidantes relámpagos.

"Un par de preguntas más y terminamos" –prometo mientras abandonamos la banca de piedra cobijada por la sombra de frondosos árboles y buscamos un lugar de la plaza con más luz para tomar las fotografías-.

Sebastián amarra de nuevo los perros, se acomoda la camisa que lleva ligeramente abierta, y asiente en un gesto casi imperceptible de infinita paciencia. "Claro, adelante".

"La época del cine de oro mexicano ya parece más una carga que una característica gloriosa de nuestra industria"
"Tal y como comentaste anteriormente, tu película es un homenaje a un personaje cuyo ciclo de mayor éxito y declive coincide con aquella legendaria época del cine de oro mexicano. En este sentido, mi pregunta es doble: Primero, ¿crees que en México sigue habiendo una especie de nostalgia por aquellos días?; y segundo: ¿qué puede aprender el cine actual del de aquella época?"

"Bueno –se encoje ligeramente de hombros-, creo que la época del cine de oro mexicano ya parece más una carga que una característica gloriosa de nuestra industria. Pero si algo tuvo de dorado aquella época es que el cine nacional se consumía masivamente y tenía un público, cosa que ahora no sucede desgraciadamente. Y además nuestro cine se exportaba a Argentina, Venezuela, España… ", deja unos puntos suspensivos en el aire, para a continuación evocar al espíritu de Orol como una forma de sacar adelante a la industria y volver a "enganchar" al público con los filmes mexicanos.

"Los cineastas mexicanos debemos ser un poco como Orol; él tenía todo en contra y a pesar de todo realizaba sus películas con mucho desparpajo"
"Es importante revalorizar a un personaje como Juan Orol, porque él tenía todo en contra: la crítica, el dinero… Y a pesar de todo realizaba sus películas con mucha cara, con desparpajo. Creo que todos los cineastas mexicanos debemos ser un poco así, porque las condiciones hoy no están dadas. Es decir, debemos recuperar esa habilidad para traer de vuelta al público que sí va al cine. Porque, por ejemplo –se explica-, el año pasado millones de espectadores llenaron las salas de México, sin embargo el 95% admitió no haber visto una sola película mexicana. Claramente ahí radica la enorme desgracia en la que está sumido el cine nacional, y nuestra responsabilidad como realizadores es proveer siempre de mejores contenidos y de tener al público en cuenta y buscar recuperarlo, y claro –llama la atención-, pelear por mejores condiciones para que se exhiba y se vea el trabajo que vale mucho la pena. Porque el cine mexicano tiene mucho más que un simple tema cultural".

"¿Te refieres con esto último al tema del narcotráfico, el cual en los últimos años parece haber ocupado gran parte de la temática del cine mexicano?"

"De unos años para acá, no es que la única temática en México sea únicamente el narcotráfico –afirma-, sino que parece que la vida en México se está convirtiendo en uno de los video home de los hermanos Almada; sin duda esto es algo preocupante, porque este tipo de películas retratan un mundo muy sórdido".

"El complot mongol", nuevo proyecto

Tras la última contestación es hora de cumplir lo prometido y poner fin a la entrevista con este joven cineasta que se define como "un obsesionado de la temática de las novelas históricas". Una fijación, me comenta ya casi a modo de despedida y mientras trata de calmar los ladridos del labrador que quiere continuar con su paseo interrumpido por un tipo que no para de hacer preguntas, por la que su próximo proyecto será una película basada en la novela El complot mongol, una historia de espías de la KGB, la CIA y la policía judicial mexicana que tiene lugar en el barrio chino de la calle Dolores del DF en plena Guerra Fría, y para la que contará de nuevo con Roberto Sosa –en la piel del detective mexicano- como actor principal y con gran parte de ese "maravilloso elenco" que participó en su ópera prima que se estrenó ayer.

"La idea –me dice Sebastián mientras apretamos las manos- es repetir el equipo de trabajo, pero no la fórmula. Porque eso sí era algo muy del cine de Juan Orol". Ríe y se marcha por donde vino, de nuevo con paso relajado a pesar de la amenaza inminente de lluvia, y con la correa de la que tiran los dos perros y la bolsa con el periódico ocupándole ambas manos.

Checa aquí el video de la entrevista con Sebastián del Amo:

 

*Esta entrevista fue publicada originalmente en Animal Político.