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martes, 4 de diciembre de 2012

“En el Centenario no se honró a Zapata. Una vez más los políticos utilizaron su imagen”: Nietos de Zapata (Parte 2)


Estación del ferrocarril en Cuautla, Estado de Morelos. 

ESTAMOS en la antigua estación de ferrocarril de Cuautla.

En este escenario por el que  pasean turistas que vienen los fines de semana desde la capital, Emiliano Zapata y el ya entonces presidente Francisco I. Madero se encontraron en agosto de 1911 para mantener una entrevista en Yautepec y tratar de encontrar una solución al conflicto posrevolucionario, luego de que los zapatistas se negaran a deponer las armas, según lo acordado por los Tratados de Ciudad Juárez, sin que antes se realizara la prometida recuperación de las tierras.

“En ese encuentro Madero se refiere a mi bisabuelo como ‘el incorruptible Zapata’. Sin embargo, le pide que deponga las armas porque ya la Revolución estaba finiquitada. Pero el General le fue muy directo al presidente y le dijo que mientras no viera que su gente recuperaba sus tierras, los campesinos no entregarían las armas”, narra Édgar Zapata ante la presencia de la  máquina de vapor número 279, construída por la Baldwing Locomotive Works de Filadelfia, y puesta en servicio en 1904 para cubrir la ruta interoceánica México-Veracruz, que hoy reposa en uno de los hangares de la estación junto a un pequeño tenderete de postales y fotografías en blanco y negro de El Caudillo del Sur.

“A Zapata y Villa los borraron por completo de la conmemoración del 2012″
“En el boom del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución, en el 2010, el Gobierno se dedicó a resaltar la imagen de Madero, mientras que a Zapata y Villa los borraron por completo –lamenta el historiador tras acceder a uno de los vagones de la compañía Interoceánica y tomar asiento en una banca de madera añejada que rechina con cada movimiento-. Madero, históricamente, fue el precursor de la Revolución –concede-. Pero creo que su exaltamiento se debió a tintes políticos; el presidente del PAN prefirió destacar a otros personajes históricos, pero los que realmente hicieron la revolución social fueron Zapata y Villa. Madero se preocupó por quitar al régimen de Porfirio Díaz, pero no quiso cambiar la estructura de gobierno. Por eso cayó traicionado por Victoriano Huerta, porque un gobernante no puede reestructurar un país sin irse a los puntos sociales que lo aquejan. Es decir, hicieron a un lado al campesino, y por eso Zapata se manifiesta en el Plan de Ayala desconociendo al gobierno de Madero”.

-El 28 de noviembre se conmemoran los 101 años de la promulgación de ese Plan de Ayala que acaba de mencionar. Más de un siglo después, ¿cómo podríamos definir su importancia teniendo en cuenta el contexto actual que vive el campo?

-El Plan de Ayala pone en el contexto político y social de la época al campesino y lo pone al tú por tú con los políticos –señala mientras mueve lentamente las manos para acompañar la explicación-. Es decir, con este plan el campesino ya sabe que tiene derechos y que él es dueño de sus tierras. Y esto se contrapone con las visiones de Carranza, de Madero, y de Victoriano Huerta. Porque ellos, como políticos, no querían que el pueblo tuviera lo que se merece. En cambio, Zapata lo que buscaba era  la igualdad social y por eso surge este Plan de Ayala bajo el emblema de ‘reforma, libertad, justicia, y ley’. Y a cien años de distancia, podemos afirmar que, ante la historia de México y del mundo, los campesinos de Morelos dieron el ejemplo y nos enseñaron que no es necesario tener tantos estudios como los políticos. Porque a pesar de que ellos sufrieron durante generaciones esclavizados por los hacendados, tenían más clara la visión de lo que querían de ese “pedacito de felicidad”, como lo llamaban, que nosotros en la actualidad, que no sabemos ni adónde vamos en este contexto de violencia que nos ahoga en sangre.

“Salinas dio el tiro de gracia al Zapatismo con el TLC”
A continuación, para completar la idea anterior, Édgar enumera los artículos seis, siete y ocho del Plan de Ayala –que dan al pueblo la facultad de reclamar el derecho a sus tierras y se aboga por cobijar con una pensión a los huérfanos y viudas de la revolución-, y destaca la trascendencia histórica del artículo 27 constitucional emanado del ideario zapatista que, durante la presidencia de Lázaro Cárdenas, hace realidad el reparto agrario. “Sin embargo –recupera el tono de pesadumbre-, a pesar de que Cárdenas enarboló la bandera zapatista en los años treinta, cuando entra el neoliberalismo medio siglo después a México deja toda la mesa puesta al presidente Salinas, que es el que da el tiro de gracia al zapatismo con el Tratado de Libre Comercio. Hoy día el campo es vendible y lo puedes ver aquí en Morelos, que ya se está vendiendo. Y lo venden las mismas familias porque quieren irse a probar suerte en los Estados Unidos. Por lo que esta situación creo que nos lleva a la siguiente reflexión: ¿Para qué existió entonces la Revolución?“.

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PARÍS.

Marlon Brando se encuentra en la ciudad con motivo del estreno de una de sus últimas películas y Margarita Zapata, que reside en ese momento en la capital francesa, averigua el hotel donde se aloja y llama por teléfono con la intención de intercambiar unas palabras con el actor que dio vida a su abuelo en la película ¡Viva Zapata!, dirigida por Elia Kazan, y co-estelarizada por Anthony Quinn en el papel de Eufemio Zapata.

“Cuando marqué al hotel me pasaron con alguien de su equipo de producción –recuerda la abogada y socióloga con una sonrisa en los labios que se mantendrá hasta el final de la anécdota compartida con el mítico actor de El Padrino-. Les expliqué que era nieta de Zapata y que quería hablar con Marlon Brando para que me comentara cómo se sintió interpretando a Zapata. Quería saber qué significaba para él interpretar a mi abuelo”.

A pesar de la resistencia inicial de la productora, Margarita tuvo suerte.

Su llamada tuvo respuesta.

“Marlon Brando me invitó a un restaurante –cuenta aún con emoción en el rostro-. Y cuando estábamos cenando recuerdo que me dijo: ‘Óigame, ¿y qué le parece a usted estar cenando con su abuelo?’. A lo que yo le contesté: ‘No, mejor dígame usted que se siente al estar sentado a la mesa con su nieta’. Entonces, Marlon Brando se quedó mirándome fijamente… Y comenzó a reírse”.

Retrato de Emiliano Zapata expuesto en Hacienda Chinameca, estado de Morelos. 

Tras relatar la anécdota con uno de los actores de más reconocidos a nivel mundial, Margarita se levanta del sofá y se dirige en silencio a un pequeño estudio donde tiene una computadora, varias estanterías repletas de libros, fotografías, plantas bien conservadas, un reconocimiento que le otorgaron en España como ‘mujer progresista del año’, y una figura con el rostro de su abuelo.

-¿Cómo cree que se está estudiando hoy en las escuelas la Revolución y en particular a Emiliano Zapata y su obra?

La nieta del General le echa un vistazo de soslayo a la estantería repleta de libros.

Sonríe, irónica.

-En México la historia se escribe a la carta, según la quiera el gobernante en turno y según le convenga al gobierno que esté en ese momento.

“En el Centenario no se honró la memoria de Zapata. Al contrario: una vez más los políticos utilizaron su imagen”
-¿Lo dice por los actos de conmemoración del Centenario, en el 2010?

Vuelve a sonreír. Se cruza de brazos, traga saliva y contesta con los ojos muy abiertos:

-El Bicentenario y el Centenario no fue más que pura pólvora, de eso no queda nada más que esa torre de luz (la Estela de Luz) que es horrible, decepcionante y vergonzante. No se honró para nada la memoria de Zapata. Al contrario, una vez más se utilizó su imagen por parte de los políticos, que llegaron a Anenecuilco, a Chinameca, a Cuautla, a hacer actos y a dar discursos. Pero todo eso fue pura pólvora. Pura jarasca. Además –añade circunspecta-, tampoco teníamos nada que festejar. Es lamentable, pero cierto. No había nada que celebrar –repite, tajante-. Absolutamente nada.

-¿A pesar de la diferencia de contexto que vive hoy México, ve en la actualidad alguna figura política aquí o en América Latina que pueda continuar con la lucha de Zapata?

-Bueno, en América Latina ha habido países en donde se han llevado a cabo proyectos de reforma agraria. Podríamos hablar de Brasil, que aunque aún le queda mucho por hacer puesto que es un país muy grande y con muchísimos campesinos, se está profundizando una reforma agraria que, en mi opinión, sí está muy influenciada por Zapata. Luego también está el caso de Venezuela y Hugo Chávez, aunque la gente está muy desinformada sobre lo que pasa allí. Y también está el caso de Nicaragua, con la revolución sandinista.

-¿Y en Cuba?

-Los Castro también hicieron lo suyo, y bastante, pero es que es otra cosa diferente a lo que quería Zapata. Igual podemos decir de Hugo Chávez, que está haciendo cosas muy buenas. Pero tampoco podemos pensar que ellos van a hacer una copia al carbón de lo que quería Zapata. Porque todos los campesinos no son iguales, ni todos los países tienen el mismo contexto, ni la idiosincrasia de los pueblos es la misma. Cada quien tiene su propia realidad.

-¿Destacaría a alguien de México?

-Yo diría que en México el presidente Lázaro Cárdenas fue el que profundizó la reforma agraria en el país. Y después… ninguno –niega con la cabeza varias veces en silencio-. En este momento no hay nadie que pudiéramos decir que es el continuador o la continuidad del pensamiento y de la lucha de Emiliano Zapata.

-¿Y López Obrador? Él representó a la izquierda en la pasada elección…

-Yo me remito a los hechos –su rostro vuelve a adquirir un aire severo-. Andrés Manuel López Obrador sólo se acuerda de Zapata cuando le conviene.

Aquí el video de la entrevista:



*Entrevista publicada originalmente en AnimalPolitico.com

domingo, 11 de noviembre de 2012

Sin tequila no hay mariachi:
¿El adiós a Garibaldi?


Mariachis y elementos de seguridad del DF 'conviven' en la plaza de Garibaldi tras la puesta en marcha del operativo 'Cero Tolerancia' contra el ambulantaje y la distribución de bebidas alcohólicas.

ASEGURA EL DICHO que “mariachi pagado toca mal son”. Sin embargo, desde que se instaurara el miércoles pasado el operativo Cero Tolerancia contra el ambulantaje y la venta de alcohol adulterado, muchos de los músicos de la plaza de Garibaldi se están preguntando cómo va a sobrevivir la tradición de la música popular mexicana en la llamada Catedral del Mariachi… si no hay clientes que la paguen.

“Mucha gente venía a Garibaldi a echarse dos o tres copitas aquí, en la plaza, y pedía música a los mariachis, a los grupos norteños, a los boleros, a los jaraneros… Y ahora, con esta medida de prohibir que la gente tome en la plaza esto ya no es así, porque no todos tienen dinero para entrar a los restaurantes o a los antros y pagar la música y el alcohol”, asegura el cantante de boleros José de Jesús, para añadir al respecto que, en su opinión, “Garibaldi lo que necesita es que le hagan publicidad” para recuperar la clientela de mejores tiempos.

“Hágase cuenta –señala mientras puntea con una afilada uña las cuerdas de una vieja guitarra que sujeta con delicadeza con ambos brazos- que un mariachi sin tequila, es como si en el callejón del beso la policía prohibiera que las parejas se besaran. Pues lo mismo pasa en la plaza Garibaldi: porque aquí la gente viene a disipar las penas y a ponerse alegre echándose unas copitas mientras escucha música. Y si les quitas eso, le estás quitando la tradición y el sabor a Garibaldi”.

“Sí, sí, claro que es una mala decisión”, opina en el mismo sentido Juan, otro cantante de boleros que tras escuchar de refilón las palabras de José de Jesús se anima a dar su postura sobre la nueva medida. “Porque parece que sólo los ricos tienen derecho a emborracharse y el pueblo no. Y esto nos afecta a todos –apunta con la barbilla a un grupo de seis policías que pasan caminando por delante de la cantina El Tenampa-, sólo los inconscientes dicen que no”.

-¿Y qué se puede proponer al respecto? –se le pregunta-.

“Si dicen que el vino que venden aquí está adulterado, pues que den la opción de que la gente se lo traiga de su casa. Porque aquí la tradición es esa, el tequilita y el mariachi. Por eso la canción dice ‘quién no llega a Garibaldi exigiendo su tequila y exigiendo su canción’, ¿no? –se carcajea tras cambiarle sutilmente la letra a la famosa canción Tu recuerdo y yo de José Alfredo Jiménez-”.

”Parece que sólo los ricos tienen derecho a emborracharse y el pueblo no”
“En mi opinión, creo que el problema se resolvería quitando a los botelleros, que son los que venden el vino adulterado”, propone también por su parte Alejandro, un joven mariachi que va vestido con un impecable traje negro de charro. “Eso, o que los pongan a vender pero vino registrado. Creo que así buena parte del problema quedaría resuelto”, afirma.

“Pero el problema es que todo es política aquí –interviene su compañero de grupo, también vestido con un imponente traje negro y ya listo para empezar a trabajar ante la llegada de los primeros turistas que pasean por las inmediaciones de la plaza con la caída de la noche sobre la capital de México-. Porque esa cosa que tienes ahí delante –señala con la trompeta que trae en la mano derecha al edificio del Museo del Tequila, de reciente inauguración- no se llena tanto como se esperaba después de tanta inversión que le metieron, y por eso tienen que hacer algo, para que la gente que no pueda tomar aquí, se vaya allí”.

”Está bien que lo hayan prohibido; ahora se ve todo mucho más limpio, más presentable”
No obstante, política aparte, parece que no a todos los músicos la decisión de prohibir el consumo de alcohol en la explanada de Garibaldi les ha parecido negativa, a pesar de que ésta tenga un innegable impacto en las ganancias al final de cada jornada.

UNO DE ESOS MÚSICOS es Felipe Ruiz, “mariachi de profesión” que lleva 30 años interpretando junto al mítico paseo de las estatuas de Pedro Infante y José Alfredo Jiménez, entre otros, temas como El Rey, Si nos dejan, Eufemia o Te solté la rienda.

“Está bien que hayan prohibido tomar aquí, porque ya vendían puro alcohol adulterado –comienza a hablar el mariachi con un tono de voz bajito pero recio mientras se acomoda el pañuelo que trae cuidadosamente anudado al cuello-. Y además, a partir de las doce en adelante, aquí ya ves a puro borracho que abusa, que forma bronca, que orina en cualquier sitio incluso en presencia de las damas… Pero ahora ya se ve todo mucho más limpio, más presentable. Creo que así se está dando una mejor imagen al turista, y por ese lado creo que sí está bien la medida”.

-¿Y por el otro lado? –se le cuestiona-.

“Por el otro lado, claro que esto nos pega. Pero ojalá los clientes se acostumbren a escuchar el mariachi en la plaza sin alcohol. Aunque, bueno… -hace una pausa, se toca el bigote que luce finamente recortado, muy a lo Chente Fernández, y añade con una sonrisa: la verdad es que eso de escuchar mariachi sin tomar va a estar muy difícil”.

“Sin alcohol no hay música, y sin música… no hay Garibaldi”
A unos pocos pasos de distancia, a un costado del Museo del Tequila, se encuentran tres de los miembros del grupo de música norteña Los Cañoneros. Para ellos, se mire por donde se mire, la iniciativa del gobierno capitalino tiene más inconvenientes que ventajas, y aseguran contundentes que los efectos negativos de la misma ya son notables en tan solo dos noches que van de operativo.

“Sí, claro que nos ha pegado mucho –afirma presto ante la pregunta Juan Pérez, uno de los componentes del grupo norteño que viste traje azul, y camisa, sombrero y botas picudas de color blanco-, porque aquí la gente viene a cenar, a tomar y a escuchar música. Y si la gente no se echa sus alcoholes, pues no anda contenta y tampoco escucha música. Porque la música sin tequila no se escucha bien –ríe-“.

“Mira, para ponértelo fácil –interviene otro de los integrantes que porta una guitarra con dibujos de alacranes-: Sin alcohol no hay música, y sin música… no hay Garibaldi. Así de sencillo”.

-Sí, pero otros compañeros alegan que la plaza está mucho más limpia y segura, ¿ustedes qué opinan?

“Bueno –retoma la palabra Juan Pérez-, si quieren hacer limpia, el gobierno debería empezar primero a quitar todos los indigentes que hay por toda esta zona; hay muchos mugrosos, mariguanos y viciosos que se quedan dormidos en las bancas. Deberían empezar a hacer limpia en toda la ciudad, y no sólo aquí”.

Lo mismo opinan Rodrigo y Montse, dos jóvenes capitalinos que pasean por la explanada en busca de pasar un buen rato escuchando música y tomar unos tragos en esta templada noche.

“Tú vienes a Garibaldi a estar aquí en la plaza, a disfrutar del ambiente, de la música, y no a estar metido dentro de un bar. Porque si quieres ir de antro te vas a otras zonas de la ciudad”, afirma Rodrigo para el que, a pesar de que “nunca falta un loco o un ebrio que forme la bronca” en Garibaldi, esto es algo que “también puede pasarte en cualquier antro o bar del DF”.

“Es que Garibaldi es esto –Montse señala a un grupo de mariachis que cantan a unos extranjeros el tema México lindo y querido-. Si la gente no puede tomar aquí mientras escucha música, esto ya no tiene chiste”. E incluso, hay quienes como David, otro joven que frecuenta la zona los fines de semana, van más allá y consideran que la prohibición supondrá el fin de la plaza. “Que en paz descanse Garibaldi”, afirma con ironía, empleando un tono lacónico.

En cambio, para Javier, que viene acompañado por su mujer y su hija, la nueva normativa ha generado que en la zona haya “mucha más higiene” y que todo “esté mucho más controlado y seguro para los que vienen aquí en familia”.


”Prohibir el alcohol en la plaza es una buena decisión; Garibaldi ya es familiar otra vez”
¿Y LOS ESTABLECIMIENTOS que hay por los alrededores de la plaza Garibaldi qué opinan? Fuera de grabadora algunos de los músicos consultados los apuntan como los grandes beneficiados de la nueva exigencia de las autoridades del gobierno que hasta la fecha preside Marcelo Ebrard. Sin embargo, al consultarles al respecto, los locales privados se encogen de hombros y no se dan por aludidos.

“A nosotros, como local, nos da igual la nueva medida –apunta de inmediato Sergio Valdés, que labora en El Rincón del Mariachi-. Porque no nos afecta en nada; la gente que entra a nuestro establecimiento sí puede echarse unas copas y escuchar mariachi, sin ningún problema. Es más –hace énfasis-, así la plaza está libre de toda esa mariguaneada que venía por aquí, por lo que me parece que es una buena decisión, porque la plaza Garibaldi ya es familiar otra vez. La gente puede venir de nuevo con sus familias, con sus niños chiquitos, escuchar dos o tres mariachis, y todo sin problema. Nos ha beneficiado a todos en Garibaldi”.

-Sí, ¿pero y la tradición de escuchar mariachi con unos tequilas? –se le incide al respecto-.

“La tradición en Garibaldi es el mariachi, no el alcohol –contesta Valdés como si ya esperara la pregunta-. No sé quién dijo que el alcohol era lo importante aquí”.

Por su parte, para Arturo Ramírez, capitán de meseros de la popular cantina El Tenampa –ahí donde los murales de las grandes figuras de la música tradicional mexicana acompañan a los comensales-, la prohibición de consumir alcohol en la plaza no pone en peligro la tradición del mariachi en Garibaldi, aunque concede que supondrá un duro golpe a las ganancias de los músicos.

“Tal vez podría ser que dejaran a algunas tiendas vender alcohol pero de manera legal –plantea-. No los botelleros, sino comercios que estuvieran regularizados. Así la gente podría tomar de nuevo en la plaza”. “No obstante- revira acto seguido mientras observa a los patrulleros dar sus rondines entre unos jaraneros que tocan alegremente el arpa y riman versos para una joven a petición de su pareja-, lo cierto es que ésta es una medida del gobierno, y ahí nada podemos hacer”.

Policías del DF custodian la entrada a la explanada de Garibaldi.

“La tradición en Garibaldi es el mariachi, no el alcohol”
SON CASI LAS DIEZ DE LA NOCHE y Garibaldi comienza a ser ese habitual hervidero de gente buscando pasar un buen rato mientras disfruta de la comida, el ambiente y la música popular mexicana. Junto a la entrada del estacionamiento, enfrente de la pequeña bahía donde, desde hace varios días, un par de grandes autobuses de la policía del DF impiden a los carros estacionarse para pedir un servicio de mariachi express, se encuentra don Víctor, un capitalino robusto, de 70 años de edad, y vestido completamente de charro con un traje blanco marfil con bordados en dorado.

“Floreros, chicleros, limosneros, botelleros… todos vienen a Garibaldi a hacer negocio a costa de los mariachis”
“Aquí antes todo estaba tranquilo, hasta que llegaron los botelleros –acusa el músico, que ha pasado los últimos cincuenta años de su vida en Garibaldi-. Incluso, los mariachis teníamos broncas con ellos porque no nos gustaba que llegaran a entorpecer nuestro trabajo. Pero se extendió tanto el asunto, que aquí ya ves botelleros de Morelos, de Puebla, de Tepito… ¡de donde sea! Parece que ahora se pretende acabar con eso, y ojala así fuera”.

-Pero, ¿prohibir que la gente se tome sus tequilas mientras escucha el mariachi en la plaza no pondrá en peligro la tradición de Garibaldi?

“No, porque la gente que festeja algo nos llama y, o bien vamos nosotros, o lo citamos en algún lugar para darle el servicio. No nos afecta en nada que prohíban tomar en la plaza. En nada”.

Tras la contestación, Don Víctor se ajusta con orgullo la chaqueta del traje de charro, observa durante unos segundos el Eje central que a esta hora va repleto de coches, autobuses y patrullas de policía, y tira ligeramente la espalda hacia atrás para completar su punto de vista:

“Mira, el trabajo de mariachi es un emblema nacional, y eso hay que cuidarlo. Es decir –se explica-, tenemos que cuidar nuestro prestigio, porque el mariachi se lo ha ganado a pulso, y eso no lo ve toda esa gente que se beneficia de nosotros. Floreros, chicleros, limosneros, botelleros… todos vienen a Garibaldi a hacer negocio a costa de nosotros. Y eso no puede ser”, concluye.

lunes, 8 de marzo de 2010

'La posada del tiempo'


En el corazón de Coscomatepec se levanta la Posada del Emperador... Un hotel donde personajes de la talla histórica de Benito Juárez y Maximiliano I dejaron su impronta entre estas paredes que hoy guardan leyendas y el paso de los siglos...

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Manuel Ureste
A eso de las diez de la mañana y tras un viaje de pronunciadas curvas y algún que otro barranco de vértigo, me planto con un sonoro bostezo en el pueblo mágico de Coscomatepec.
Lejos de los atascos y de los claxon, el aire se respira puro, y el sol, por fin, se decidió a dar una pequeña tregua a la densa neblina que se había apoderado de la vida cotidiana de este municipio de empinadas cuestas de camino empedrado y rincones llenos de historia y leyendas.
Desciendo por las escalerillas del camión y doy otro bostezo: señal inequívoca de que necesitaba un café de olla con urgencia. Sin leche ni nada. Puro café.
Me dirijo a los Portales, y allí, a un costado del Zócalo, desayuno un par de quesadillas de esas de maíz, hojeo en el diario la última actuación en la cancha de Cuauthémoc Blanco con los Tiburones Rojos, pago la cuenta y me dispongo a ir en busca de la historia sin saber, fíjate qué cosas, que ésta me estaba esperando a tan solo un par de cuadras camino arriba. Paciente y rebosante de sabiduría.
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La calle, o mejor dicho la Avenida, se llamaba precisamente Benito Juárez. En el número 12 con esquina de Miguel Domínguez Loyo para ser exactos.
“Posada del Emperador”, leo en el cartel de la puerta de esta casa histórica construida entre los años 1822 y 1824 y llamada así en honor a los emperadores Moctezuma y Maximiliano I de Habsburgo. Empujo con cuidado y me encuentro con Silvia Álvarez, propietaria de “la casa” y encargada de restaurarla junto a su marido, Víctor Coria Dorantes.
Amablemente, y tras los saludos y presentación de cortesía, la anfitriona me invita a pasar a la recepción del hotel. Una vez en el interior, le echo un vistazo a la cristalera por la que se cuelan los rayos del sol y adivino un majestuoso patio tipo andalú, de esos con sus carruajes de la época de Emiliano Zapata y compañía, adornado con espejos y muebles franceses del siglo XIX que le daban un toque parisino.
“Oiga, me platicaron que acá se hospedó Benito Juárez. ¿Es cierto?”, le pregunto a doña Silvia mientras fotografío aquel viejo carruaje.
“Así es. El Benemérito se hospedó en esta posada...”, contesta ajustándose tantito los lentes de color oro mientras pasamos por un pasillo y me coloca con una sonrisilla justo delante de un mural inmenso de la pintora María Calderón. “Y estos otros también”.
Y era cierto. La posada había sido lugar de paso para “algunos otros” ilustres. Entre ellos Guillermo Prieto, el poeta mexicano por excelencia y ministro de Hacienda de Juárez; Francisco Gabilondo Soler, conocido como “Cri Cri”; el obispo de Tlaxcala, Luis Minive y Escobar; o nada menos que Maximiliano I, segundo emperador de México y del que se dice era hijo de Napoleón II. Su paso –explica doña Silvia mientras se frota las manos por el frío mañanero– data de 1864, tres años antes de que fuera fusilado en el cerro de las Campanas en Querétaro, y siete antes de que, curiosamente, el que fuera su sustituto al frente del país, el entonces perseguido presidente de la República, Benito Juárez, se hospedara también en este lugar reconstruido en la actualidad como Hotel Boutique.
Me doy satisfecho con la amplia explicación y sigo los pasos de doña Silvia, quien me dirige de nuevo al pasillo del patio para proseguir el tour por aquella posada de principios del Siglo XIX en la que, dicen, hay un túnel de hasta un kilómetro y medio que pasa por la calle principal de Coscomatepec que era usado para sacar a aquellas personas que eran perseguidas en la época de los conservadores. Por eso –explica la dueña de la posada– se la conoce como ‘la casa que tiembla’, “por el vacío que provoca el túnel en una de sus habitaciones”.

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De extremo a extremo, recorremos las doce habitaciones de la posada. Cada una con el nombre del personaje histórico al que un día dio cobijo (están la Emperador Maximiliano, la Francisco Gabilondo Soler, la suite General Nicolás Bravo...) o con el nombre de lugares emblemáticos de la región, como la recámara matrimonial ‘Citlaltepetl’.
“Pues esta es la posada”, dice Silvia con un tono de que la visita estaba llegando a su fin. Sin embargo, aún quedaba algo por descubrir. De hecho “faltaba lo mejor”.
Y no mentía doña Silvia. Bajamos las escaleras y a mano derecha una puerta cerrada se interponía en el camino. “Aquí está... la joya de la casa”, me dice la doña con una sonrisa de oreja a oreja. “La habitación de Benito Juárez. El Benemérito de las Américas...”.
Y entonces, de pronto la puerta se abrió dando paso a un imponente rayo de sol que todo lo iluminó. Como si Juárez aún se hospedara allí y la historia nunca se hubiera marchado de aquella posada del tiempo.



Texto, edición y fotografía por: Manuel Ureste, VPC producciones.
Diseño: José Limón y Jorge Hernández (portada)
Un reportaje de Diario El Mundo de Córdoba. Publicado el domingo 7 de marzo de 2010

lunes, 11 de enero de 2010

La senda del frío (en busca del Pico de Orizaba)

Manuel Ureste / VPC
Es la cara agradable del invierno. A más de cuatro mil metros de altura, lejos de la grisácea ciudad y su densa neblina, las faldas del Pico de Orizaba lucen completamente cubiertas por un fino manto de nieve. Sin duda, un paisaje único para los sentidos que hará que merezca la pena las horas de tempestuoso camino que dura esta hermosa senda del frío.
TEXTO Y FOTOGRAFÍA POR MANUEL URESTE.

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A las 7 de la mañana la lluvia caía fina sobre la ciudad de Córdoba, como si alguien la estuviera espolvoreando desde las alturas.
El termómetro marcaba 9 grados centígrados, aunque mis pies no estaban muy de acuerdo con aquel aparato del Bulevar Fundadores. Los tenía helados.
A pesar de la neblina, en poco más de media hora llegamos a Coscomatepec. En Los Portales, las señoras golpeaban una y otra vez la masa de las tortillas de maiz para preparar las quesadillas, mientras dos personas esperaban con el diario entre las manos y un café de olla humeante.
A los cinco minutos, entrando por un costado del Palacio, llegó nuestra guía. Llevaba orejeras de color rosa, bufanda a juego que le daba varias vueltas al cuello, gruesos guantes, y un inmenso abrigo que la cubría prácticamente hasta las rodillas: iba ‘enchamarrada’ hasta las cejas.
Me miré disimulando las zapatillas de deporte rojas preguntándome si el doble calcetín sería suficiente allá junto a las nubes.
Pues ya qué, me dije.
“Agarremos un taxi hasta Calcahualco, allá nos espera el director de Protección Civil”, dijo la guía. “Claro, tomemos éste”, respondí apuntando con el dedo a un ruletero que por allí pasaba. La chica entonces miró a sus dos compañeros y contuvo la carcajada. “No, cómo crees. Ése no, hombre. Este es nuestro taxi”, contestó señalando con una sonrisa la batea de una vieja camioneta.
Ni modo. Como pude me acomodé en la estrecha tabla que había por asiento en aquel taxi rural mixto. Frente a mí, un señor con cara de pocos amigos me respondió a los buenos días con un movimiento de cabeza, y a mi derecha una señora de unos 50 años debatía con otro señor sobre el carácter hereditario de la diabetes.
La camioneta, por fin, arrancó. Empezaba nuestro ascenso hasta completar los cuatro mil doscientos metros de altura donde se encuentra el Albergue de Jacal. Allá en las mismas faldas del Pico de Orizaba, la montaña más alta de México.

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El tipo de enfrente hacía rato que había bajado y la señora de los cincuentas años, sentada en la tabla como si nada y observando cómo yo me aferraba a los hierros de la camioneta para no salir despedido, ni se inmutaba a pesar de las curvas y de los frenazos. “Increíble”, pensé mientras miraba mi doble calcetín y lo comparaba con aquellos pies casi desnudos.
En unos veinte minutos llegamos a Calcahualco, un pueblo de poco más de mil habitantes y situado a una altitud de mil 740 metros. Allá el frío era más intenso. Mi nariz roja me lo decía.
En la puerta de la oficina de Protección Civil nos esperaba don Abel, el director de la corporación. Un señor de trato agradable, equipado con su sombrero típico cafetalero, una chamarra color azul y unas botas. Nada más.
“Yo ya estoy acostumbrado”, decía sonriente, encogiéndose de hombros y haciendo un gesto hacia lo alto del volcán.
Minutos después llegó una camioneta Dogde. De nuevo, me esperaba la batea.

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Después de cargar un bidón de combustible y abundantes chocolates, partimos.
A nuestro paso por Excola y Vaquería, minúsculos pueblecitos, los niños salían a nuestro encuentro corriendo y pidiéndonos golosinas.
Tras 45 minutos circulando por un, relativo, buen asfalto, comenzó el camino de terracería. Aquello era como estar en un barco navegando en mar revuelta: todo se movía. Y el fuerte olor a gasolina del bidón, no facilitaba las cosas.
Tras pasar la llamada ‘Puerta de la Cuchilla’, después de una hora y media de ‘escalada’ a bordo de aquella Dogde resistente como el acero, los últimos vestigios de humanidad desaparecieron con las humildísimas casitas de madera que salían a nuestro encuentro a ambos lados del camino.
Pronto, llegariamos al Río Jamapa, el proveedor de agua para la mayor parte de la población de Calcahualco. Allí hariamos nuestra primera parada para fotografiar un espectáculo increíble: una pequeña tormenta de nieve nos daba la bienvenida al volcán.
Una vez recuperado el aliento, regresamos a la camioneta.
A medida que aumentábamos en altitud, el camino era más y más tempestuoso. Fuertes ventiscas de nieve nos azotaban poniendo a prueba la resistencia de la Dogde. “Tranquilos. Ya nos queda poco”, aseguraba don Abel al vernos con cara de preocupación por el hielo que hacía patinar a la camioneta. Sin embargo, David, nuestro conductor, manejaba sonriente como si nada: sabía cómo mantener la tempestad a raya.
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Poco más de tres horas después de partir de Calcahualco, llegamos a nuestro destino: el ‘Albergue de Jacal’, una casita de piedra maciza y madera que sirve de refugio a los alpinistas que buscan encumbrar los cinco mil 610 metros del Pico de Orizaba.
Tras dejar las cosas y reponer energías con más chocolate, salimos al exterior.
Afuera, un inmenso desierto de nieve rodeado únicamente por la belleza del silencio y una atmósfera virgen se abría ante nuestros sentidos mientras un claro azul contrastaba con la densa neblina. De inmediato, todos miramos al cielo. El sol brillaba con fuerza... y había empezado a nevar.


Agradecimientos a ÁLEX ROMERO, amigo y profesor de fotografía y photoshop en la Academia Pix

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Reportaje publicado el domingo 10 de enero de 2009:


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martes, 21 de abril de 2009

'Depacio que tengo prisa': una noche de guardia con la Cruz Roja


Manuel Ureste / Vivir para contarlo
Asegura que aún lo recuerda horrorizado: era un domingo de guardia cualquiera. Tranquilo. Incluso hasta aburrido podría decirse. De pronto, entre cientos de llamadas ‘de broma’, una alerta sobre algo insólito: se trata de un bebé de apenas meses. Su madre ha salido a trabajar y no se le ocurre mejor idea más que dejarlo amarrado a la cuna. “Todavía tengo el rostro en mi mente de ese chamaco -cuenta el testigo directo de la escena-; cómo lloraba desesperado, cómo se movía nervioso, indefenso... fue muy duro, uno de los casos más tristes que recuerdo en mis 23 años en la Cruz Roja”.
Tras el llamado de emergencia, los paramédicos llegan a la dirección indicada. “En estos casos siempre piensas de todo: que se cayó de la cama, que se quemó, que se enfermó...” Todo menos que, literalmente, se lo estaban comiendo las ratas...

‘Ser voluntario
es parte de mi vida’
José Gonzalo Barragán es ingeniero agrónomo. De lunes a viernes dedica todo el tiempo y esfuerzo a su ‘chamba’. Y los fines de semana maneja una ambulancia como voluntario de la Cruz Roja.

"La gente no es consciente de que
por ir a una llamada falsa,
se está perdiendo un tiempo vital
para atender otras emergencias.
Nosotros no jugamos.
Nosotros trabajamos con vidas"
Su filosofía: ‘despacio que tengo prisa’. Un lema que ha mantenido durante los 23 años que lleva en la institución. “Para mí, ser voluntario ya es algo que forma parte de mi vida”, cuenta Barragán, mientras una y otra vez suena el teléfono sin que nadie conteste al otro lado del aparato. “Las bromas –comenta con tono de preocupación– son un problema grave que merma la tranquilidad de una guardia. No podemos ni tomar un respiro”.
Y es que, “sin exagerar”, la Cruz Roja de Córdoba recibe hasta 100 llamadas en una sola noche reportando accidentes que nunca sucedieron y “algún que otro recordatorio familiar”. “La gente no es consciente de que por ir a una llamada falsa, se está perdiendo un tiempo vital para atender otras emergencias. Nosotros no jugamos. Nosotros trabajamos con vidas”, recalca José Gonzalo, quien pregunta al respecto que “qué tal se sentirían estos bromistas si esa persona a la que llegamos tarde a atender fuera un familiar de ellos?”.

Infografía: Francisco Pineda, diario EL MUNDO DE CÓRDOBA

‘Tenemos una emergencia’
Son las dos de la madrugada. La noche en el hangar de la Cruz Roja cordobesa transcurre sin contratiempos. Unos pasan el tiempo libre viendo películas, otros con sus computadoras, y otros hablan de la familia mientras checan el equipo sanitario. De pronto, surge una urgencia. Y esta vez no es broma: “tenemos un choque lateral entre un Chevy y una camioneta”.
José Gonzalo deja a medio bocado la hamburguesa doble con piña y se pone a los mandos de la ambulancia. Junto a él, le acompaña el resto del equipo formado por el jefe de servicio y otros dos paramédicos.
Nos ponemos en marcha. El ruido de la sirena en el silencio de la noche es estremecedor. Las pulsaciones se aceleran: “Cuando vas de camino a la urgencia, siempre sientes nervios porque nunca sabes qué te vas a encontrar”, confiesa ajustándose los guantes de látex, Ricardo Rodríguez, un joven subparamédico córdobés. “No sabes –añade–, si quien tiene la emergencia es un conocido, tu vecino, tu amigo... o incluso un familiar”.
“El socorrista no es un súperheroe.
Él tiene que solucionar un problema,
no ser parte del mismo”

Al volante, fiel a su lema ‘despacio que tengo prisa’, Barragán se abre paso entre calles y avenidas a un paso moderado. “Porque si vengo a 90 km/h, quizá llegue dos minutos antes. Pero estoy poniendo en peligro a otras personas y a mi propio personal”, explica el ingeniero sin perder de vista las señales viales. “A veces –añade– es muy difícil medir la magnitud de la emergencia. Sin duda, lo más difícil es cuando tienes que trabajar con niños de 3, 8 ó 10 años... no sientes miedo, pero sí mucha tensión”.
Una vez en el sitio, todo debe estar bajo control: el conductor da el permiso al resto para abandonar el vehículo. Ya sobre el terreno, realizan una inspección. José Gonzalo deja la ambulancia con el motor encendido –siempre lo hace– y se dirige al oficial de Policía de Tránsito para conocer con mayor detalle qué ha sucedido.

“A veces es muy difícil medir
la magnitud de la emergencia.
Sin duda, lo más difícil es
cuando tienes que trabajar
con niños de 3, 8 ó 10 años...
no sientes miedo, pero sí
mucha tensión".
“El socorrista no es un superhéroe. Él tiene que solucionar un problema, no ser parte del mismo”, explica. “Entonces –continúa–, si llegamos a un incendio y no están los bomberos, tendríamos que esperar a que llegaran para poder entrar y actuar; nosotros también estamos poniendo en peligro nuestras vidas”.
Tras atender a los heridos, los accidentados se niegan a ser trasladados. Ricardo, el joven subparamédico, deja constancia en un informe que deben firmar los atendidos. Sin embargo, muchos se niegan a hacerlo: “Es habitual –explica el propio Rodríguez–; piensan que les puede traer problemas... pero es igual, porque el jefe de servicio tiene que registrar que no han querido firmar”.
Finalmente, una vez que garantizan que la salud de nadie corre peligro, su labor concluye. Ahora es turno de Tránsito resolver los asuntos ‘burocráticos’ que implica un choque.

El regreso a casa
De vuelta al hangar, las sirenas ya no suenan escandalosas, alarmantes como unos minutos atrás. Los paramédicos se quitan los guantes de látex y guardan silencio. Sus rostros reflejan de nuevo una calma tensa: saben que pueden volver a la acción en cualquier momento.
Sin embargo, esta vez ha habido suerte: el teléfono sólo sonó para las tristemente habituales bromas de madrugada.
Es momento de que José Gonzalo y compañía vuelvan a sus vidas con el deber cumplido. “Antes de llegar a casa –concluye Barragán–, lo que hago es sacudirme todo lo que uno ve y siente sobre una ambulancia. Abrazo a mis hijos, doy gracias a Dios porque ellos están bien, y procuro olvidar todo lo visto hasta la siguiente guardia del sábado”.

Reportaje publicado en Diario EL MUNDO DE CÓRDOBA, el martes 7 de abril.