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martes, 16 de octubre de 2012

“La curiosidad intelectual y las agallas son imprescindibles para el oficio de cronista”: Jon Lee Anderson


El periodista estadounidense Jon Lee Anderson durante la presentación de su último libro en la ciudad de México. //Foto: Manu Ureste

Escribe Juan Villoro en el prólogo del libro de perfiles El dictador, los demonios y otras crónicas que Jon Lee Anderson (Long Beach, California, 1957) domina el español “con la inquietante pericia de los agentes dobles” de las novelas de intrigas del inglés Graham Greene, su autor favorito. Aunque más que un pulcro y refinado acento anglosajón, este prolífico reportero insuperable en el arte de contar bien las malas noticias habla con una colorida y hasta simpática mezcla de acentos, palabras y giros del castellano –lo mismo usa expresiones colombianas, que corta el final de las palabras con gracia andaluza- producto de haber recorrido una larga lista de países de habla hispana para retratarlos a través de ese género que cambió para siempre Gabriel García Márquez y que hoy lo ha convertido en uno de los maestros del periodismo narrativo actual: la crónica.

Un género éste, que al igual que el genial escritor polaco Ryszard Kapuscinski, del cual la crítica lo considera su heredero –aunque más tarde el propio Anderson opinará al respecto que dicha comparación le parece “un poco demasiado”- lo ha llevado no solo de Cuba a España pasando por Centroamérica y Sudamérica, sino también a recorrer buena parte del planeta pisando múltiples territorios en pugna, como los que describe en los libros La tumba del león: partes de guerra desde Afganistán, La caída de Bagdad, Zonas de guerra, o más recientemente en La herencia colonial y otras maldiciones (editorial Sexto Piso), obra que presentó hace apenas unos días en la ciudad de México, y en la que por primera vez reúne diez crónicas publicadas de 1998 a 2012 en la prestigiosa revista The New Yorker sobre su labor periodística en países como Liberia -donde pasó un año de su adolescencia junto a un tío geólogo, tiempo que recuerda con nostalgia por aquellos viajes a la selva del interior en el que convivió con una comunidad tribal, los kpelle, quienes le dieron el nombre de Saki-; la Somalia donde ya nadie habla italiano de Sheij Sharif Sheij Ajmed -con el que pasó quince días en 2009 -”en aquel momento era probablemente el gobernante más débil del mundo”, asegura-; y por supuesto, la Libia de los últimos días de Muammar Gaddafi.

-En el prólogo de su nuevo libro, usted asegura que “en África, cuanto más cambian las cosas, más siguen estando igual que siempre” ¿A qué se refiere? –introduzco la primera cuestión mientras el veterano reportero aún se está acomodando como puede en una tarima, que usamos a modo de improvisada mesa de cafetería, en mitad del lobby del Museo de Antropología. Un impresionante escenario donde, en ya algo menos de veinte minutos, Martín Caparrós, Mario Jursich, Edgardo Rodríguez y Santiago Gamboa inaugurarán el primer coloquio abierto al público del encuentro Nuevos cronistas de Indias 2.

-Me refiero a que en algunos aspectos aquella África de antaño sigue estando ahí -se explica-; ese mundo de miseria y de tribalismo sigue estando presente, y eso se nota inclusive en la política de muchos países. En África, la nación-estado como concepto tiene más desafíos que en aquellos países donde la tribalización ya quedó atrás, ya que en estos países han tenido que tragar de golpe, en un periodo de tiempo muy corto, con estructuras impuestas que se suponen eran muy benéficas, a la misma vez que no habían resuelto su propia convivencia tribal, y esto es algo que hemos visto desde hace cincuenta años en África. Es decir, creo que las cosas van cambiando en África, pero sigue arrastrando cosas del pasado, tanto buenas como malas.

-¿Cuáles son las buenas?

-A África le faltaba infraestructura propia, esto es, hospitales, carreteras… A mí me consta la diferencia desde que estuve allí por primera vez en los años setenta y ahora. Por una parte añoro la caminata de ocho horas para llegar a Balamah, la aldea donde bailé por primera vez en mi vida, en Liberia. Veintisiete años después, cuando regresé en el noventa y ocho como reportero, aquel trayecto era un viaje de cuarenta minutos en camioneta y había una carretera. Todavía no tenían electricidad y aún andaba por ahí el diablo del monte. Es más, en ese momento estaba suelto y el pueblo se mantenía en vilo. Seguía el terror, eso era algo que no había cambiado, pero ya tenían una carretera que los conectaba con el mundo externo.

A continuación, el periodista, que también en años anteriores fue guardia en una cárcel de Florida, cortó tabaco en Kentucky, y se empleó de machetero en Honduras, hace una pausa de uno, dos, y hasta tres segundos, y añade:

-Mira, cuando digo cosas buenas, positivas, lo hago para referirme a que no todo está mal allí: ya hay gente más educada y más africanos que velan por sí mismos. Poco a poco África se va africanizando, y para mí eso es muy positivo.

“Gaddafi cometió crímenes; pero terminar de esa forma… debe humillarnos a todos”
-Durante la plática que dio recientemente en la presentación de La herencia colonial y otras maldiciones –le recuerdo el contexto- usted hablaba de que la banalización del mal es algo común en todos los dictadores, independientemente de que sean africanos, latinoamericanos o europeos. ¿Tal vez por este motivo Muammar Gaddafi acabó de esa forma tan brutal en Libia?

-Creo que actuaron como perros con él –contesta de inmediato, muy solemne-. Es cierto que Gaddafi cometió sus crímenes, pero terminar así, de esa forma tan humillante, debe humillarnos a todos. Saddam, que era un hijo de puta, tuvo al menos la posibilidad de mantener una compostura recta antes de ser ahorcado, aunque él nunca quiso esto; es más, él pidió en su juicio que lo fusilaran, pero al menos pudo encontrar su muerte con valentía. Creo que al final hay que mostrar algo de misericordia, aunque lo estés ejecutando, como en el caso de Hussein.

"Para Libia hubiera sido mejor que ejecutaran a Gaddafi tras un juicio; la forma en que lo mataron fue un crimen encubierto por todos"
-¿Para la estabilidad de Libia, que como usted apunta en su libro parece que ahora camina a trompicones a través de su proceso de transición política, hubiera sido un mejor comienzo que el sátrapa fuera enjuiciado y posteriormente ejecutado tras una sentencia?

- Sí, sí, hubiera sido mucho mejor para Libia. La forma en que lo mataron fue un crimen encubierto por todos y esto debilita la posibilidad de crear una democracia plena, porque ya estás comenzando con un punto negro y con un acto que es un crimen. No quiero decir con esto que todo esté perdido en Libia, pero fue un muy mal comienzo. Habría sido mejor un juicio y que los libios terminaran de hacer lo que querían con Gaddafi, pero como gente civilizada y donde realmente se ventilara todo lo que éste hizo durante los cuarenta y dos años que estuvo en el poder.

El periodista de The New Yorker acaba de publicar el libro La herencia colonial y otras maldiciones, sobre sus crónicas en África. //Foto: Manu Ureste

-Reporteros que han cubierto conflictos armados aseguran que, en muchas ocasiones, el miedo les ha salvado la vida. Usted que ha escrito numerosas crónicas desde múltiples campos de batalla, ¿qué opina al respecto?

Jon Lee Anderson esboza una leve sonrisa que, por momentos, le deforma la perfecta barba grisácea de candado que le recorre, casi de manera imperceptible el labio inferior, las comisuras de la boca y la barbilla.

Bueno -afirma en un tono reflexivo mientras tira levemente la espalda hacia atrás y estira las piernas- con la experiencia, tú como reportero vas aprendiendo qué cosas te pueden poner o no en peligro. Tienes instinto, intuición, más cautela, y claro, a veces tienes miedo. Y eso es lo que te hace decir “no voy por ese camino donde hay una turba, no entro a esa casa, no voy a acudir a esa cita donde no conozco a la gente…”. Hay que agachar la cabeza cuando hay plomo.

-A su juicio, cuál es el peor enemigo que puede tener un…

-La falta de curiosidad -contesta sin dejar siquiera que acabe la pregunta-. Si no eres curioso por naturaleza, no puedes ser un buen cronista.

“La curiosidad intelectual y las agallas son imprescindibles para este oficio”
-Juan Villoro dice que “los viajes son su territorio” -le comento-. Y que entre junio y septiembre de 2005 cruzó el Atlántico dieciocho veces, “una cuota normal en su género de vida”. Imagino que, al contrario de Gabo, Cortázar, o Carlos Fuentes, usted no tendrá miedo al avión con semejante colección de sellos en el pasaporte, ¿no?

El staff writer de The New Yorker se ríe distendido y niega con la cabeza. “No, no, la verdad es que no me da miedo volar”.

-Pero, ¿si es imprescindible tener ese espíritu de aventura para ser un buen cronista? -agrego a raíz del comentario anterior-.

-Mira, hay de todo -señala ahora más serio-. Yo no puedo decir eso. Sí soy bastante aventurero, pero hay gente que lo son menos y son muy buenos cronistas. Es decir, no todos tienen que ir a la guerra. Tú puedes ser muy buen cronista y hacer una excelente crónica sobre… qué se yo, la cámara de comercio. Supongo -hace una pausa enfática de un par de segundos-. No sé si la leería –ríe de nuevo-, pero en general creo que las agallas y la curiosidad intelectual son muy importantes en este oficio.

"Soy bastante aventurero, pero hay quienes no lo son tanto y son buenos cronistas; no todos tienen que ir a la guerra"
-Y hablando precisamente de ‘oficio’, una palabra cada vez más en desuso para referirse a la labor informativa, ¿como se siente en este periodismo en el que Internet, las redes sociales, las tabletas, los smartphones, y el minuto a minuto están cada vez adquiriendo una mayor importancia? ¿Se considera, digamos, un clásico?

- Un clásico… -repite alzando un poco la vista al techo-. ¿En lugar de jurásico? –repregunta con una sonrisa dibujada desde que intuyó por dónde venían los tiros, o el plomo -como él mismo diría-, en la argumentación de la cuestión-.

-No sé. No me defino -titubea-. ¿Sabes? Yo también tengo iPhone, uso el tuiter, escribo en blogs… Yo asumo lo que puedo de todo, y tomo lo que considero importante de lo más reciente: no soy el primero en probarlo, pero tampoco el último. Y hay cosas que me sacan de quicio y otras que, en cambio, sí encuentro muy interesantes. En general, creo que todo esto hace que la vida se sienta muy agitada y carente de tiempo para reflexionar y digerir las cosas. Y eso para mí sí es algo molesto, aunque no tengo una solución por ahora. En cualquier caso sigo creyendo que la crónica larga es una forma de proceder, tal y como estamos hablando en este coloquio. Pero no sé si soy un clásico. Lo que sí soy es una generación mayor que los jóvenes cronistas de hoy, claro. En ese sentido sí soy más viejo, pero no sé si eso me haga clásico -ríe-.

“¿La comparación con Kapuscinski? Me halaga, pero yo hago lo mío”
-Que lo comparen con Kapuscinski y que incluso digan que es usted su heredero, ¿le molesta, le halaga, o le es completamente indiferente?

-Decir que me molesta sería demasiado. Yo considero que Kapuscinski fue un gran escritor; me halaga, aunque creo que es un poco demasiado, ¿me entiendes? Porque considero que esto es un poco facilista; es como decir “él es como Kapuscinski, ah bueno, entonces ya no tienes que pensar más”. Hay esta tendencia de pensar muy rápido y poner etiquetas a las personas, y en general no me gusta ser cartonizado. Yo hago mi propia cosa. Yo no escribo ficción, y él sí lo hacía. Ahí mismo tienes la diferencia.

“Mientras haya impunidad y una falta de estado de derecho, no habrá solución al desamparo de los periodistas en México”
-Hablemos de México. Recientemente usted participó en el Hay Festival que se celebró en Xalapa, Veracruz. Un estado que, junto con el resto del país, ha sido noticia por el continuo asesinato de periodistas. ¿Cómo ve usted la situación?

-Mientras haya impunidad y una falta de Estado de Derecho en México, no habrá una solución al desamparo de los periodistas. No, no la hay –asegura para, a continuación, afirmar que va a escoger muy bien sus palabras para hablar de este asunto, y lanzar una pregunta tal vez incómoda, con una respuesta aún más incómoda-. ¿Y en dónde recae la responsabilidad de este asunto? Pues en el Estado. No han creado un Estado de Derecho en México; lo que han creado es un Estado donde se matan a los periodistas, además de a muchos otros ciudadanos, ya lo sabemos, y en el que nunca encuentran a los asesinos. Un Estado donde la narcopolitica ha minado fuertemente a ese mismo Estado, y esto es algo muy preocupante. Hace falta una reconfiguración al interior de la política mexicana, de la idiosincrasia de la política mexicana. Porque si no… -deja pasar unos puntos suspensivos y concluye-. Porque si no esto va a seguir.

¿La cobertura de la ‘guerra contra el narco’? No hay un reporterismo primario, todo es boletín informativo y crónica roja
-¿Qué se puede proponer para mejorar la situación?

-¿Solución para los periodistas? –se pregunta-. O se quedan callados y escriben diarios para luego un día escribir un libro de crónicas, o ayudan a un periodista extranjero para que ellos sean el portavoz de esa realidad que ellos quieren relatar. Porque los periodistas locales en tiempos de guerra… casi nunca pueden hacer nada. Casi siempre esta tarea recae en gente que pueden venir de afuera y despachar esa realidad, o lo publican a posteriori.

-¿Qué opina de la cobertura que hacen los medios de la llamada ‘guerra contra el narco’?

-No hay un reporterismo primario, todo es boletín informativo y luego crónica roja. Yo creo que todos estamos muy mal servidos en este sentido, aunque el terror es tanto que una comprende por qué.

-¿No le llama la atención México para escribir una de sus cartas?

-Sí, podría ser, pero hasta ahora no he visto una situación o personaje que me llame tanto la atención como para hacerlo.

"¿Perfilar a El Chapo Guzmán? ¿Acaso va a aceptar una entrevista conmigo?"
-¿Ni siquiera El Chapo, el narcotraficante más buscado?

-¿Y cómo voy a perfilar al Chapo? –contesta con una pregunta-. ¿Acaso va a aceptar una entrevista conmigo?… Y escribir sobre él sin verlo, a qué va eso. De hecho, yo tengo un colega en The New Yorker que más o menos ha estado reporteando en México y sería una intromisión por mi parte.

“Cuando leí Cien años de soledad fue una revelación; nunca había leído algo así antes”
Los veinte minutos pactados para la plática están muy próximos a concluir y en el salón del auditorio ya comienza a escucharse el murmullo del gran número de personas que acudieron a la inauguración de los coloquios abiertos organizados por Conaculta y la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI). Ante el paso del tiempo Jon Lee Anderson se remueve en la tarima un tanto incómodo aunque mantiene la cordialidad y la mirada azul fija en quien le lanza preguntas.

-Para terminar, escribe Juan Villoro que lo extraño de usted es que no sea un personaje de su autor favorito, Graham Greene… ¿Es este autor inglés su referente?

-Sí, es un referente, aunque no necesariamente mi fuente de inspiración inicial. Lo descubrí como a los dieciséis o dieciocho años y lo he seguido leyendo. Para mí es uno de los escritores más amenos para leer que he encontrado. No es que me guste toda su obra ni necesariamente participo de toda su política, pero más o menos. Era un hombre inglés de sangre azul, de izquierdas, y que cooperaba con el servicio secreto… En fin, había un poco de todo ahí, muy de otra generación. Pero yo lo admiré como escritor y me gustaba mucho su búsqueda de la moral en los márgenes de la misma moralidad, eso siempre me atrajo. El mundo es un lugar bastante gris… y él era un maestro de lo gris. Por eso me interesa tanto.

-¿Y García Márquez?

-Sí, sí, por supuesto que admiro a García Márquez. Su papel como padrino de la crónica latinoamericana y su gran obra de ficción lo hace, sin duda, muy querido. Cuando leí Cien años de soledad tenía como 19 años y fue una revelación, nunca había leído algo así antes. Y él realmente cambió la forma de percibir las cosas, así como Hemingway en su momento introdujo esa forma de escribir parsimoniosa, Gabo creó una nueva forma de ver el mundo, y eso hay que reconocerlo. Soy un gran admirador de él, y además como he tenido el privilegio de conocerlo me consta que es un buenazo, una persona muy generosa, ¿me entiendes? Es un tipo chévere.

Esta entrevista fue publicada originalmente en AnimalPolitico.com

lunes, 3 de octubre de 2011

Conversación con el cronista (3ª y última parte)



"En México, el conquistador hizo lo que cualquiera: barrer con todo y levantar su ciudad"

El mesero pasa a servir el segundo del menú: cordero en su salsa con guarnición de arroz blanco. Durante los minutos en que deshebramos la carne con ayuda del tenedor y el cuchillo ambos guardamos silencio. “Caray, ya son las cuatro de la tarde”, le comento al cronista con el plato limpio y los cubiertos cruzados sobre el mantel en señal de retirada. “En efecto”, añade don Carlos con una sonrisa. “Una hora muy taurina”. Ordenamos el postre –un pastel de tres leches para el entrevistado y un flan para el arriba firmante- y le pregunto al cronista por los jóvenes y la supuesta dejadez que a éstos se les suele atribuir cuando se trata de historia, arte, religión y monumentos.
“Mire, la juventud no es tonta –contesta de inmediato levantando el dedo índice de la mano derecha-. Solo tienen el pecado propio de la juventud: de nuevo hablamos de la ignorancia. Ahora bien, no todos son ignorantes y la inmensa mayoría lo que quieren es saber, aprender. Por ello hay que darles la oportunidad de conocer el lugar donde nacieron. Me gustaría que viera la cara de muchos alumnos que nos mandan de las escuelas… son caras que quieren saber más. Que preguntan más allá de lo que les piden para sus trabajos, que demandan conocer. Eso nos da una gran esperanza, porque sabemos que nadie ama lo que no conoce. Es decir, si le damos la oportunidad de conocer un poco la historia y el arte que atesora la Catedral, se van a volver auténticos fanáticos por querer saber más. Pero hay que darles la oportunidad”, insiste Vega, quien acusa a la sociedad de presentar a los jóvenes “semi-dioses” del mundo de la música, el cine, y la televisión como modelos a seguir.

"La juventud no es tonta, solo tiene el pecado propio de la edad: la ignorancia"

“Esta es la oportunidad –remata la argumentación mientras alza la mano para encargar la cuenta al mesero y La Rondalla comienza a pasar por las mesas con el cestillo tocando las bandurrias y las guitarras- de darles valores perennes. Porque la historia de la Catedral fue, es, y seguirá siendo por siempre. Por ello hay que enseñar a los jóvenes a respetarla, a valorarla, y a quererla, en definitiva. Para que ellos, el día de mañana, sean quienes la cuiden y luego la enseñen”.  



La Catedral en imágenes
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domingo, 25 de septiembre de 2011

Conversación con el cronista (2ª parte)


"La Catedral no solo se queda en 'lo español'; también forma parte de la historia del México independiente"


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El mesón del Casino Español está en la primera planta. En la entrada, tras pasar por la sala de exposiciones de pinturas al óleo, un jamón de jabugo a medio cortar sobre una tabla de madera da, junto a unas obras del artista catalán Joan Miró colgando de las paredes, la bienvenida a los comensales. El restaurante es amplio, limpio. Está compuesto por una barra de bar y dos meseros con chaleco y pajarita de toda la vida que sirven cañas de cerveza a diestro y siniestro; y varias decenas de mesas ‘vestidas’ a partir del mediodía con mantel, plato al centro, cubiertos a la derecha, y copas a la izquierda. Afuera, en el patio, los socios fuman habanos y platican animosamente mientras beben brandy y golpean de vez en cuando -¡pam!- las fichas del dominó contra la mesa para desmoralizar al adversario.

"En México, el conquistador hizo lo que cualquiera: barrer con todo y levantar su ciudad"
El mestizaje
“La Catedral Metropolitana simboliza a la perfección el mestizaje; el nacimiento de un nuevo mundo” –contesta este admirador confeso de Sor Juana Inés de la Cruz “por su brillantez de pensamiento” tras dar un ligero sorbo de la copa de vino y entrando de lleno a la pregunta de por qué, en su opinión, es tan especial este monumento que si bien supuso el comienzo de una nueva era, también fue el principio del final para una civilización como la azteca, la cual vio como sus deidades, aquellas que habían premonizado el nacimiento de “un pueblo grande y poderoso” sobre la gran Tenochtitlán, fueron arrasadas-.
“Es cierto que hay quienes la asocian únicamente con la conquista, con los años de la colonización. Pero, en realidad, el conquistador hizo lo que cualquiera hubiera hecho en cualquier parte del mundo: barrer con todo y levantar una ciudad a su gusto. Y no solo barre, sino que es al nativo a quien le toca destruirlo todo. ¡Imagine el sufrimiento de esas personas a las que les tocó destruir su propio centro ceremonial! No obstante, al margen de todo esto, la realidad es que la Catedral no sólo se queda en ‘lo español’, sino que ésta también forma parte de la historia del México independiente”, apunta Vega ajustándose los lentes con montura bañada en oro y apuntando a “la ignorancia” como la gran culpable de los prejuicios. “Yo nunca culpo a las personas –se explica-. Yo culpo a la ignorancia. Ella es la auténtica responsable de que no razonemos, que no pensemos en positivo. Al contrario, hace que siempre estemos criticando sin pensar, diciendo mal las cosas. De ahí que nos la pasemos ‘maldiciendo’. Pero lo cierto es que los mexicanos somos una fusión y, como tal, debemos admitirla. No podemos negar nuestros nombres, nuestros apellidos, nuestro idioma, nuestra religión… E igual pasa, por desgracia, con los indígenas mexicanos, a los cuales se les tiende a despreciar. Sin embargo, lo que muchos no saben es que éstos, con su cultura y su religiosidad, son poseedores de una gran sabiduría. Y esa sabiduría es la que se debe respetar”. (continuará)




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UNA OBRA MAGNA

La Catedral Metropolitana se construye desde 1573 hasta 1813, demorando doscientos cuarenta años. Consta de 40 columnas, 64 arcos, 174 ventanales, 15 capillas y 2 altares. De pared a pared mide 110 metros en el interior y 122 metros y medio en el exterior; del suelo hasta la bóveda hay 30 metros de altura. Don Pedro Moya de Contreras, tercer arzobispo de México, pone la primera piedra para levantar los muros.
El tiempo promedio para la construcción de una catedral solía ser entre 30 y 50 años. Sin embargo, explica el cronista Carlos Vega, en el caso de La Metropolitana "el Rey de España tuvo el mal tino de encargar todo lo referente a la construcción de ésta al Virrey de turno. Y claro... aquí hubo 62 virreyes. A un promedio de 4 años, nos da 240 años. De ahí que, debido a la burocracia, la construcción demorara siglos".

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LA CATEDRAL EN IMÁGENES



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Texto y fotografía: ManuVpC

martes, 13 de septiembre de 2011

Conversación con el cronista (1ª parte)



"Nadie ama lo que no conoce". Por ello, para Carlos Vega, cronista de la Catedral Metropolitana de la ciudad de México es imperativo enseñar a los jóvenes a respetarla y valorarla "frente a los semidioses que les vende la sociedad y la televisión". 


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Por Manu Ureste
Puntual como el reloj que mide el transcurrir del tiempo sobre los pilares que sostienen el peso de la Catedral Metropolitana, don Carlos Vega arriba a la cita a las catorce horas en punto. Ni un minuto más, ni un minuto menos. La entrevista es en el Casino Español de la ciudad de México. Un edificio con solera que data del año 1905; construido en dos niveles a partir de una fachada rica en componentes arquitectónicos y ornamentales, y anclado  en la calle Isabel La Católica, a tan solo un par de cuadras –bajando por el corredor Francisco I. Madero– del zócalo capitalino.
 Don Carlos tiene setenta y siete años de edad. Pero evoca un entusiasmo y optimismo que desafían al tiempo. Su paso es erguido, elegante. Y su aspecto pulcro, dedicado. Hace años que peina las canas hacia atrás, desprende un agradable olor a perfume con ligeros toques de madera, y viste un traje fino de color gris claro que complementa con una camisa blanca inmaculada que abotona hasta el cuello, unos zapatos negros tal vez italianos recién boleados, y una corbata sin estampados que le otorga un distinguido aire académico. Aunque lo suyo, como él mismo explica para ir rompiendo el hielo mientras le echamos un vistazo a un retrato tamaño real del monarca Alfonso XIII de Borbón que preside la sala de exposiciones del Casino, siempre fue  la comercialización de perfumes por las múltiples tiendas del casco antiguo. Su casa de toda la vida.


¿Sabías qué?
La Catedral Metropolitana de la ciudad de México está dedicada a la Asunción de la Virgen María
 
Sed por aprender
“Empecé a trabajar desde muy pequeño en un negocio propio de perfumes. Sin embargo, la sed por aprender siempre me ha acompañado a lo largo de mi vida”, explica nada más sentarse a la mesa el cronista y experto en simbología de la Catedral Metropolitana de la ciudad de México, uno de los monumentos religiosos más antiguos e importantes de toda América Latina, cuya construcción se prolongó la friolera de doscientos cuarenta años, desde 1573 hasta 1813, y cuyas entrañas guardan los secretos de la civilización azteca.
“Recuerdo –continúa con su presentación luego de recomendarme como entrantes una ensalada de cítricos, sopa de cebolla y una jarrita de vino tinto de la casa–  que cuando empecé a trabajar en el centro histórico viendo almacenes, farmacias, perfumerías y demás, a veces me metía en alguna iglesia porque hacía mucho calor y quería descansar un rato. Y ahí fue donde empezó a interesarme mucho estos monumentos”. Luego, los años y la curiosidad por esos edificios que guardan siglos de Historia y de historias fueron materializándose en cursos de antropología que completó “sobre la marcha” y “leyendo, leyendo y seguir leyendo”. Así, hasta que un día el presidente de la comisión de arte sacro lo invita a que le dé promoción cultural a la Catedral Metropolitana.
“En aquel entonces –corta ahora con el cuchillo la col de la ensalada en cuadritos para mezclarla con la zanahoria rayada y los gajos de naranja– yo dije: bueno, la Catedral ya la conozco… pero darla a conocer es otra cosa muy distinta. Por ello me puse a estudiar, y como siempre he  trabajo en ventas, se me hizo tal vez más sencillo dar las guías; de esto que te cuento hace ya quince años. Y en eso estoy”. (continuará)


La Catedral en el tiempo

1.524 
Inician construcción de primera Catedral

1.562
Don Antonio de Montúfar pone la primera piedra de la segunda y actual Catedral Metropolitana

1.625
Mandan destruir primera Catedral

1.667
La Catedral es concluida por dentro (bóvedas) siendo virrey don Tomás Sebastián de Lancera

1.813
Terminan las obras de la actual Catedra, 240 años después.


miércoles, 6 de abril de 2011

"¿Narco-turismo? No, en Tepito ofrecemos turismo-negro"

Segunda parte de la entrevista con Alfonso Hernández, cronista del Barrio de Tepito (México DF)



ManuVpC
Los años pasan… y los tiempos cambian. Sin embargo, en opinión de Alfonso Hernández, cronista y 'hojalatero social' de Tepito, el popular barrio bravo sigue manteniendo su esencia como "un tianguis global" en donde el boxeo, la danza, los tacos de vísceras, y la picardía de sus pobladores para alburear (el arte de hablar en doble y hasta en triple sentido) más la "fenomenología del relajo" le dan "una identidad propia" a este suburbio del norte de la ciudad de México, también conocido por acoger el santuario de la llamada Señora de los Ciclos, la Santa Muerte. "Hay mucha gente que considera esta imagen como un realismo grotesco, pero en el barrio la vida y la muerte se ven como muy buenas comadres. Ambas se llevan bien, aunque cada una haga lo suyo", explica Alfonso, quien además defiende en esta entrevista los 'safaris' por Tepito como parte del 'turismo-negro' de la ciudad, rechazando el concepto de 'narco-turismo'.

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En la primera parte de la entrevista hablaba de 'safaris' por Tepito. Sin embargo, hay medios de comunicación que a esto lo llaman 'narco-turismo'…
Nosotros preferimos el término 'turismo negro'. Narco-turismo, no. Porque en los años que llevamos haciendo el 'safari' en Tepito nunca hemos tenido un incidente, ni de robo ni de violencia. Y eso que traemos grupos de todo tipo: chicos, medianos, grandes… y los llevamos con plano en mano por donde ellos quieran.

"En la ciudad de México la cultura es un espectáculo y el arte un objeto de consumo. Aquí todo es Shakira y mercadotecnia"
Con la llegada de la 'globalización' barrios históricos, como por ejemplo el de Lavapiés en Madrid, han ido poco a poco perdiendo esa esencia que veíamos en las películas de Lola Flores y Agustín Lara. ¿Le está pasando esto a Tepito?
En mi opinión, Tepito se mantiene como un tianguis global. Es decir, ya forma parte de la economía global. Sin embargo, el estar a ocho calles del centro de poder político y religioso más importante del país le ha significado un costo muy grande, la pérdida de muchas cosas. No obstante, el barrio mantiene su identidad, con un habla popular propia que es el albur (el arte del doble y hasta del triple sentido), la cual tiene como código la picardía mexicana. Entonces, la suma de esa picardía más la fenomenología del relajo ('cabrón cómo le haces para que no te chinguen') le da una identidad muy particular a esta comunidad. Es el orgullo del lugareño.

"Tepito reivindica la cultura de la pobreza; somos un barrio pobre que dejó de ser miserable"
¿Sería por tanto el albur y el boxeo las principales señas de identidad de Tepito?
Sí, junto a la comida (migas y tacos de vísceras de res) y el baile (la changa).

¿Qué se está haciendo para promover estas señas de identidad cultural en detrimento de la mala imagen del barrio? ¿Reciben algún apoyo?
La Secretaría de Cultura no está haciendo nada. Nosotros, el gran problema lo tenemos con la educación oficial porque reivindicamos a Tepito como un enclave de la cultura de la pobreza, como un barrio pobre que dejó de ser miserable. Sin embargo, en la ciudad de México la cultura es un espectáculo y el arte un objeto de consumo, y si no estás en esa línea no eres culto ni tienes acceso a la cultura. Aquí todo es Shakira y mercadotecnia.

Hablando de señas de identidad, otra muy importante para el barrio es la Santa Muerte. Para alguien que no sea de aquí, ¿cómo puede explicarse el culto a esta imagen de un esqueleto con guadaña?
En el México prehispánico se reconocía la dualidad del Señor y la Señora de los Muertos. Pero todo eso se combatió con el catolicismo, con cuya llegada el concepto de la muerte se fue domesticando con la celebración del Día de los Difuntos. Es decir, la Iglesia dijo: 'hasta aquí pueden llegar, velen a sus muertos, hagan sus ofrendas y ya'. Sin embargo, en el barrio surge de repente la imagen de la Muerte que es santificada por el propio barrio. Algo a lo que, por supuesto, la Iglesia se opone, porque quieren tener todo el poder. Es decir, tú no puedes tener conecte o diálogo con la Muerte. Todo debe ser a través de la Iglesia.

"A la Virgen de Guadalupe le pides un milagro; a la Santa Muerte que te haga el paro"
Oiga, pero no me negará que la imagen es un tanto macabra…
Mire, la Santa Muerte es la señora de los ciclos. Y se nos olvida que cada noche, cuando dormimos, es un ensayo de un sueño mayor. Nos olvidamos de que la vida dura unos años y la muerte es para siempre. Por eso, aunque hay mucha gente que considera esta imagen como un realismo grotesco, en el barrio la vida y la muerte se ven como muy buenas comadres. Ambas se llevan bien, aunque cada una haga lo suyo.

Sin embargo, parece que el estigma de la violencia también ha alcanzado a 'La Flaquita'. Se dice que es la señora de los delincuentes…
Bueno, hay muchas imágenes. Homero Aridjis en su libro acerca de la Santa Muerte dice que porque en la casa del 'mochaorejas' encontraron una imagen, ésta ya se convirtió en la santa de los narcos, los secuestradores y los delincuentes. Sin embargo, en su libro puedes ver que se trata de una devoción familiar. Por eso yo diría que se trata de una imagen para ver el grado de mojigatería de la gente; para espantar pendejos que no ven más allá. Es decir, cada vez estamos más alejados de todo: si el abuelo se enferma, mándenlo a la clínica; si murió, llévenlo a un velatorio. Ya no se hace nada de esto en las casas, donde antiguamente la familia se reunía para ver el momento donde venían a llevarse al moribundo. Ahora hay un proceso de asepsia, donde hay que estar cada vez más alejados de todo lo que tenga que ver con la muerte. Pero, ¿quién no ha perdido el contacto con la realidad, con la neta? El barrio.

"La Santa Muerte es una imagen que sirve para ver el grado de 'mojigatería' de la gente; para espantar pendejos que no ven más allá"
Entonces, ¿podríamos considerarla como una especie de virgen del barrio?
No tanto. Porque la Santa Muerte sabe que, a la par de Ella, está la Virgen de Guadalupe.

Por tanto, ¿se las respeta por igual?
Es que se les piden cosas diferentes. Por ejemplo, la Guadalupe no fuma, la otra sí. Y puede fumar hasta marihuana. A la Guadalupe le pides un milagro, a la Santa Muerte que te haga el paro. La Guadalupe está en la Basílica, la Santa Muerte está siempre a tu lado, acompañándote mientras comes tus frijoles con tortillas, en el Metro, en la calle… La Santa Muerte, en definitiva, es más tolerante: cuando te toca, te toca. Cuando no, no te puede llevar. Porque ella no actúa sola, es Dios quien manda.

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Una entrevista de Vivir para Contarlo

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