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lunes, 13 de agosto de 2012

Diarios de un Vocho: Tepoztlán, pueblo mágico

Tepoztlán, ubicado en el norte del estado de Morelos -a poco más de 70 kilómetros del DF y a una escasa hora de la central de autobuses de Taxqueña-, es un hermoso y pintoresco municipio que está declarado como Pueblo Mágico por la mezcla de encanto, tradiciones, y variedad cultural que atesoran sus mercados  y calles centenarias.

Aquí, algunos de sus principales atractivos turísticos:


El ex-convento de la Natividad: dedicado a la virgen de la Natividad fue construido por los indígenas tepoztecos bajo las órdenes de los frailes dominicos entre los años de 1555 a 1580, de donde partián a evangelizar Tepoztlán y sus pueblos. Es, sin duda, el principal atractivo turístico del municipio, junto al cerro de El Tepozteco, cuya cúspide alberga una pirámide erigida en honor al dios Ometochtli-Tepuztécatl, representante de la fertilidad y la cosecha.


En el interior del ex convento sentirás de inmediato esa aura de paz y espiritualidad tan característica de los recintos sagrados que encierran entre sus gruesos muros siglos de historia.  


Detalle del interior del ex convento visto desde el segundo piso.


El claustro del ex convento está decorado a su alrededor con grabados de carácter religioso. 


En el segundo piso encontrarás un mirador, donde podrás apreciar el cerro de El Tepozteco. 


Vista panorámica de Tepoztlán, vista desde el ex convento. 


En 1993 el INAH crea un proyecto de restauración y en 1994 el ex convento de la Natividad fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. En la imagen, detalle de un grabado con motivos religiosos.


Reyes con cola de pez sostienen un emblema dedicado a la Virgen María. 


Detalle de la fachada principal del recinto religioso.


Actualmente, el ex convento es la Parroquia de la Natividad. 


En el interior del recinto también encontrarás un museo que cuenta con una colección de piezas arqueológicas y relativas al periodo de la Revolución Mexicana aportadas por la gente de Tepoztlán. Se encuentra en lo que fue el granero del ex-convento de la Natividad. 


El mercado de artesanías es otro de los grandes atractivos turísticos. Se encuentra en las inmediaciones del ex convento. 


Aquí podrás encontrar una gran variedad de artesanías con el colorido tan característico de la cultura mexicana. 


Las cestas de mimbre son uno de los principales artículos del mercado.


Tanto turistas mexicanos como extranjeros -es habitual escuchar una mezcla de idiomas en las cafeterías y mezcalerías- se fusionan por las callejuelas de este municipio morelense.  


Junto al zócalo de Tepoztlán y en las proximidades del ex convento, encontrarás un mercado de comida. Aquí se pueden encontrar diferentes platillos mexicanos como quesadillas, itacates, tlacoyos, pancita, barbacoa, cecina de Yecapixtla, tacos acorasados, mole, pozole, aguas frecas entre otros manjares. Muy recomendado por su variedad, su calidad y por el buen precio que ofrecen. Si quieren comer rico y a buen precio, es una excelente opción. Imperdible especialmente para los turistas extranjeros.


Si por algo se caracteriza los pobladores de Tepoztlán -al menos según nuestra experiencia- es por su cercanía y hospitalidad con el foráneo.  



En el mercado de Tepoztlán también encontrarás una gran variedad de textiles. 

La Ficha:
¿Dónde está?
Tepoztlán se ubica al norte del estado de Morelos. Colinda hacia el norte con el Distrito Federal (Delegación Milpa Alta), al noreste con Tlalnepantla, al este con Tlayacapan, al sureste con Yautepec, al sur con Jiutepec, y al noroeste con Cuernavaca (capital del estado de Morelos) y con Huitzilac. 

¿Cómo llegar?
Si estás o vives en el DF, toma el metro que te lleve hasta Tasqueña (línea azul). Y ahí, bajando, encontrarás la terminal de autobuses del sur. Hay varias compañías que te llevan a Tepoztlán. En nuestro caso viajamos en Pullman de Morelos. El precio del boleto fue 104 pesos mexicanos (sólo ida), y las salidas son muy frecuentes (cada 20 minutos aproximadamente). La duración del trayecto es poco más de una hora, aunque el regreso, especialmente si viajas en domingo, se puede extender hasta las tres horas por el tráfico de entrada a la capital mexicana. La central de autobuses de Tepoztlán está a la entrada del municipio, pero puedes ir dando un paseo de 10 o 15 minutos hasta el zócalo -no tiene pierde, "es todo derecho"-. Si no quieres caminar, también hay taxis colectivos a buen precio. 

¿Cómo moverte?
Una vez que estés en el zócalo todo prácticamente gira en torno al ex convento de la Natividad -el mercado de artesanías, el mercado de comida, los tianguis culturales, los restaurantes, las cafeterías...-, por lo que nuestra recomendación es que te calces uno buenos tenis deportivos y camines admirando todo cuanto sale a tu encuentro. 

¿Dónde hospedarte?
Aunque en nuestro caso sólo pasamos el domingo, en los alrededores del zócalo encontrarás una amplísima variedad para hospedarte. Desde pintorescas posadas, a cabañas, hasta hoteles. Los precios varían, lógicamente, según lo que vayas buscando y también según la temporada. Ejemplo: preguntamos en un pequeño hotel que se ubica en la avenida principal del municipio -a menos de 5 minutos del zócalo- cuánto nos costaba pasar la noche del domingo y el precio era de tan sólo 250 pesos en una habitación para dos personas. Asimismo, Tepoztlán es ideal para ir en grupo, pues la mayoría de hoteles ofrecen habitaciones para 4, 6 y hasta 8 personas. 

¿Dónde comer?
Por este apartado ni te preocupes. En cualquier parte de Tepoztlán vas a encontrar una infinita variedad de lugares para comer. Pero, como ya comentamos, si buscas algo muy muy típicamente mexicano, bueno, y a excelente precio, el mercado que hay entre el zócalo y el ex convento es un lugar ideal. No dejes tampoco de probar la exótica variedad de nieves que ofrecen las tienditas que hay junto al zócalo. 

Recomendaciones
Compra tu boleto de regreso al llegar a la central de autobuses. El domingo en la tarde la fila para adquirir uno es kilométrica. 
Si te gusta la fotografía, Tepoztlán es un lugar idóneo. 
No dejes de entrar a las mezcalerías que hay en las proximidades del zócalo. Ten en cuenta que estás en el municipio donde pasó sus últimos años la gran ¡Chavela Vargas!
Viste ropa cómoda y fresca, ten en cuenta que en Tepoztlán el clima es bastante más caluroso que en ciudad de México. 
Aunque, debido a la falta de tiempo, no subimos al cerro de El Tepozteco, la absoluta mayoría de pobladores y de turistas que ya visitaron este municipio mágico, recomiendan subirlo. Eso sí, hazlo con calma: la subida es de, aproximadamente y según tu condición física, de una hora. 
Tepoztlán no es un municipio mágico producto de la casualidad: sus pintorescas calles empedradas atesoran el encanto de siglos y siglos de historia y cultura que hoy se abren ante nosotros. 




jueves, 26 de enero de 2012

Los libros del 2011 (Letras para viajar)



Los Viajes de Marco Polo

Ahí está. En una de esas ferias del libro improvisadas –que, en realidad, son unos pocos puestecitos ambulantes ubicados uno junto a otro- que a veces se instalan por las calles desgastadas del casco antiguo de la ciudad de México. Se encuentra en mitad de una larga fila de títulos, ajeno al márquetin de las últimas novedades editoriales de las grandes ferias de talla internacional y escoltado a izquierda y derecha por The Cincinnati Kid, de Richard Jessup -obra que en 1965 dio lugar a la película El rey del juego, estelarizada por Steve McQueen y Edward G. Robinson-, y por una mini colección polvorienta de artículos periodísticos de Mariano José de Larra. Camino hasta él y lo pongo entre mis manos para abrirlo con sumo cuidado de no regar sus hojas por el suelo, ya que se trata de una edición vieja y amarillenta que desprende un fuerte olor a humedad, impresa nada menos que en 1967 por la casa editorial Bruguera en sus talleres de la carretera de Parets del Vallès, Barcelona. En su desgastada tapa de portada, aprecio tras acariciar el tacto rugoso de aquella pasta acartonado, aún se conservan las huellas negruzcas de otros dedos que en otro tiempo pasaron sus páginas, además de un pequeño grabado tipo cómic donde tres hombres vestidos con largas capas y pinta de Reyes Magos recorren a lomos de un caballo cargado de provisiones la ladera de una montaña nevada en dirección a un punto perdido en el infinito horizonte. Bajo la ilustración, el título impreso en letra mayúscula y color rojo reza: Los viajes de Marco Polo.

Leo el título, abro la primera página, y de inmediato, luego de completar las primeras líneas, me encuentro a mí mismo dentro de una de esas viñetas en blanco y negro ilustradas por Julio Vivas, recorriendo con las manos metidas en los bolsillos las húmedas aceras de las calles de la Venecia del lejano año de 1253. Casi sin darme cuenta me he trasladado a los tiempos en los que Roma, la ciudad de los Papas, "establecía su predominio espiritual", en España "los reyes luchaban contra los mahometanos", América "esperaba aún las carabelas de Colón", y en el resto del mundo cristiano, "innumerables reyes, barones, condes y duques, sostenían pequeñas guerras". Sigo leyendo y tras preguntar a las buenas gentes que me voy encontrando en los episodios marcados en números romanos, pronto hallo a orillas de ese viejo y hermoso Mar Mediterráneo que "abrazaba los países civilizados", el rótulo de una calle que dice: "Corte del Milione", muy cerca del Teatro Malibrán. Allí, me aseguraron, se levanta la casa del viajero probablemente más legendario que haya dado la Historia y con el que, a la postre, compartí un sinfín de aventuras a través de 255 páginas recorriendo los territorios de la siempre convulsa Europa, hasta cruzar vastos e inhóspitos desiertos y llegar a los lugares más recónditos de la misteriosa Asia por cuyas tierras se extendía el incontestable dominio del Gran Genghis Khan. Me encuentro, en efecto, ante la casa  "de un hombre maravilloso y legendario, cuyo nombre era Marco Polo".

De esta forma, embarcándome en una impresionante nao rumbo a un puerto del sur de Crimea, para luego continuar a lomos de un caballo hasta alcanzar territorios de la Gran Tartaria, comenzó mi año literario 2011. Un año que ha estado marcado por largas y continuas odiseas, como la vivida en Los Viajes de Marco Polo, en busca de nuevos amaneceres por ver, mares desconocidos que surcar, y largas carreteras que recorrer a bordo de un viejo Cadillac, como aquel en el que completé varias veces un 'coast-to-coast' junto al entrañable Sal Paradise en la obra En el camino. Y es que, si el pasado 2010 decíamos que se caracterizó por la lectura de novelas de corte más bien 'detectivesco' –algunos títulos fueron Trilogía de Nueva York, El Valle del Terror, o La Tabla de Flandes- el pasado 2011 se ha distinguido por ser un año en el que viajar a través de las letras de un lado a otro del planeta fue la constante en esas largas horas de blanco sobre negro, almohada y luz tenue alumbrando la medianoche.

(continuará)


lunes, 7 de noviembre de 2011

Diarios de un Vocho: Tulum, la ciudad amurallada (parte 2: El gran Batab y Juan de Grijalva)


El Templo del Viento.

Ya en el interior, cruzo por un pequeño túnel de piedras amontonadas y salgo a una gran plataforma donde varias edificaciones se mantienen en pie sobre un suelo de roca calcárea de más de dos millones de antigüedad y césped recién cortado. A lo lejos, sobre una pequeña cima, un grupo de personas se dirigen en fila hacia lo alto de un mirador. Me pongo la mano a modo de visera en la frente y echo un vistazo. Se trata de un pequeño castillo, parece. O más bien de una torre de defensa. Seco el sudor de la cara con el dorso de la mano y me dirijo hacia la cima subiendo por unas escaleras anchas y poco inclinadas. Llego arriba y me tomo un respiro. El Caribe lo inunda todo frente a mí con su suave brisa cargada de sal y siglos de Historia. En silencio, cierro los ojos y trato de aislarme de las ruidosas parejas de recién casados que se toman fotos en la fachada de la Casa del cenote para dejarme llevar por el rumor del viento y de las olas rompiendo en la orilla de la hermosa playa que hay debajo del acantilado. Respiro hondo y extiendo los brazos con las palmas de las manos abiertas. Por unos momentos inicio en solitario un largo viaje a aquella calurosa y húmeda mañana de un día cualquiera del año 1.518. En ese entonces –imagino- mi nombre tal vez sería Juan de Grijalva, y estaría como capitán de navío al mando de una nao española que va en misión de exploración después de partir del puerto de Matanzas en la isla de Cuba, navegando –con todo el trapo arriba y el viento soplando en las jarcias- muy cerca de la línea de la costa, frente a una misteriosa ciudad con grandes edificios y torres de piedra que me traen al recuerdo a la lejana y hermosa Sevilla, y en cuya playa de arena blanca distingo grandes canoas impulsadas por fornidos remeros con cargamentos de algodón, miel, sal, piedras de molienda y adornos de jade. O, tal vez –sigo imaginando- estaría donde ahora pisan mis pies. Frente al mar, vestido con un colorido atuendo de plumas que me distingue como gran batab –gobernante- de Tulum,  observando, brazos en jarra, cómo grandes barcas con mantas colgadas de largos palos se acercan sigilosamente a la orilla, mientras con el gesto muy serio me pregunto, inquieto, quiénes son esos seres extraños y qué intenciones los traen por estas tierras... (continuará)