jueves, 4 de febrero de 2010

Fotografía: trenes en Córdoba

Manuel Ureste / VPC

Me encantan los trenes. Me fascinan. No sé muy bien por qué, pero desde pequeño me llamaron mucho la atención. Cargados de historias y circulando siempre de aquí para allá con ese chirriar de las ruedas de acero y con sus graffitis en los costados paseando lentamente por el mundo.
Hace años que en México el ferrocarril dejó de transportar pasajeros (ahora sólo lleva mercancías y 'espaldas mojadas' hacia Estados Unidos). Lo cual le da a las viejas estaciones abandonadas un sabor más añejo aún si cabe... con el típico reloj en lo alto de la entrada completamente oxidado y sin marcar el paso del tiempo. Como si todo se hubiera detenido... una mañana cualquiera de abril.


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lunes, 11 de enero de 2010

La senda del frío (en busca del Pico de Orizaba)

Manuel Ureste / VPC
Es la cara agradable del invierno. A más de cuatro mil metros de altura, lejos de la grisácea ciudad y su densa neblina, las faldas del Pico de Orizaba lucen completamente cubiertas por un fino manto de nieve. Sin duda, un paisaje único para los sentidos que hará que merezca la pena las horas de tempestuoso camino que dura esta hermosa senda del frío.
TEXTO Y FOTOGRAFÍA POR MANUEL URESTE.

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A las 7 de la mañana la lluvia caía fina sobre la ciudad de Córdoba, como si alguien la estuviera espolvoreando desde las alturas.
El termómetro marcaba 9 grados centígrados, aunque mis pies no estaban muy de acuerdo con aquel aparato del Bulevar Fundadores. Los tenía helados.
A pesar de la neblina, en poco más de media hora llegamos a Coscomatepec. En Los Portales, las señoras golpeaban una y otra vez la masa de las tortillas de maiz para preparar las quesadillas, mientras dos personas esperaban con el diario entre las manos y un café de olla humeante.
A los cinco minutos, entrando por un costado del Palacio, llegó nuestra guía. Llevaba orejeras de color rosa, bufanda a juego que le daba varias vueltas al cuello, gruesos guantes, y un inmenso abrigo que la cubría prácticamente hasta las rodillas: iba ‘enchamarrada’ hasta las cejas.
Me miré disimulando las zapatillas de deporte rojas preguntándome si el doble calcetín sería suficiente allá junto a las nubes.
Pues ya qué, me dije.
“Agarremos un taxi hasta Calcahualco, allá nos espera el director de Protección Civil”, dijo la guía. “Claro, tomemos éste”, respondí apuntando con el dedo a un ruletero que por allí pasaba. La chica entonces miró a sus dos compañeros y contuvo la carcajada. “No, cómo crees. Ése no, hombre. Este es nuestro taxi”, contestó señalando con una sonrisa la batea de una vieja camioneta.
Ni modo. Como pude me acomodé en la estrecha tabla que había por asiento en aquel taxi rural mixto. Frente a mí, un señor con cara de pocos amigos me respondió a los buenos días con un movimiento de cabeza, y a mi derecha una señora de unos 50 años debatía con otro señor sobre el carácter hereditario de la diabetes.
La camioneta, por fin, arrancó. Empezaba nuestro ascenso hasta completar los cuatro mil doscientos metros de altura donde se encuentra el Albergue de Jacal. Allá en las mismas faldas del Pico de Orizaba, la montaña más alta de México.

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El tipo de enfrente hacía rato que había bajado y la señora de los cincuentas años, sentada en la tabla como si nada y observando cómo yo me aferraba a los hierros de la camioneta para no salir despedido, ni se inmutaba a pesar de las curvas y de los frenazos. “Increíble”, pensé mientras miraba mi doble calcetín y lo comparaba con aquellos pies casi desnudos.
En unos veinte minutos llegamos a Calcahualco, un pueblo de poco más de mil habitantes y situado a una altitud de mil 740 metros. Allá el frío era más intenso. Mi nariz roja me lo decía.
En la puerta de la oficina de Protección Civil nos esperaba don Abel, el director de la corporación. Un señor de trato agradable, equipado con su sombrero típico cafetalero, una chamarra color azul y unas botas. Nada más.
“Yo ya estoy acostumbrado”, decía sonriente, encogiéndose de hombros y haciendo un gesto hacia lo alto del volcán.
Minutos después llegó una camioneta Dogde. De nuevo, me esperaba la batea.

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Después de cargar un bidón de combustible y abundantes chocolates, partimos.
A nuestro paso por Excola y Vaquería, minúsculos pueblecitos, los niños salían a nuestro encuentro corriendo y pidiéndonos golosinas.
Tras 45 minutos circulando por un, relativo, buen asfalto, comenzó el camino de terracería. Aquello era como estar en un barco navegando en mar revuelta: todo se movía. Y el fuerte olor a gasolina del bidón, no facilitaba las cosas.
Tras pasar la llamada ‘Puerta de la Cuchilla’, después de una hora y media de ‘escalada’ a bordo de aquella Dogde resistente como el acero, los últimos vestigios de humanidad desaparecieron con las humildísimas casitas de madera que salían a nuestro encuentro a ambos lados del camino.
Pronto, llegariamos al Río Jamapa, el proveedor de agua para la mayor parte de la población de Calcahualco. Allí hariamos nuestra primera parada para fotografiar un espectáculo increíble: una pequeña tormenta de nieve nos daba la bienvenida al volcán.
Una vez recuperado el aliento, regresamos a la camioneta.
A medida que aumentábamos en altitud, el camino era más y más tempestuoso. Fuertes ventiscas de nieve nos azotaban poniendo a prueba la resistencia de la Dogde. “Tranquilos. Ya nos queda poco”, aseguraba don Abel al vernos con cara de preocupación por el hielo que hacía patinar a la camioneta. Sin embargo, David, nuestro conductor, manejaba sonriente como si nada: sabía cómo mantener la tempestad a raya.
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Poco más de tres horas después de partir de Calcahualco, llegamos a nuestro destino: el ‘Albergue de Jacal’, una casita de piedra maciza y madera que sirve de refugio a los alpinistas que buscan encumbrar los cinco mil 610 metros del Pico de Orizaba.
Tras dejar las cosas y reponer energías con más chocolate, salimos al exterior.
Afuera, un inmenso desierto de nieve rodeado únicamente por la belleza del silencio y una atmósfera virgen se abría ante nuestros sentidos mientras un claro azul contrastaba con la densa neblina. De inmediato, todos miramos al cielo. El sol brillaba con fuerza... y había empezado a nevar.


Agradecimientos a ÁLEX ROMERO, amigo y profesor de fotografía y photoshop en la Academia Pix

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Reportaje publicado el domingo 10 de enero de 2009:


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viernes, 8 de enero de 2010

'Hasta la vista, buena persona'

Hoy me llegó un correo desde España que me entristeció mucho: Eduardo Parra -o 'el Parra' como así lo llamábamos- ha fallecido dejando un hueco tremendo en nuestras vidas con su irreparable pérdida.
Para siempre quedará en nuestra memoria la imagen de aquel SEÑORAZO con mayúsculas, entrañable persona donde las hubiera, y, probablemente, el merengue más madridista que jamás haya conocido.
Hasta siempre don Parra. O como usted mismo díría con esa eterna sonrisa y el optimismo que le caracterizaba: 'Hasta la vista... buena persona'.

Aprovecho la ocasión para, desde este humilde espacio, mandar un sincero pésame a mi tía Victoria y a toda su familia, y a mi tío Benito y mi prima María Victoria, que estarán pasando un muy mal trago. Vaya todo el ánimo del mundo desde México.

Pd: su Madrid lo echará mucho de menos...

Manuel Ureste-VPC

lunes, 28 de diciembre de 2009

Los libros del 2009... y los que vienen

Manuel Ureste / VPC
Siempre me pasa. Lo de acabar la última página de la novela de turno y quedarme como con un escalofrío raro recorriéndome el cuerpo. De esos que no sabes muy bien si es de alegría porque ya todo llegó a su fin, o de tristeza... precisamente por lo mismo.
Me pasó hace apenas unas noches con el bueno de Santiago, en El Viejo y el Mar. Ese entrañable pescador cubano que llevaba 84 días sin pillar ni un resfriado, siendo objeto de burla en el pueblo por su desdicha, a excepción de un joven muchacho que siempre lo anima a seguir saliendo 'a la mar' (así la llaman los que la aman) en busca de ese gran pez que será el reto más grande de su vida. Entrañable novela de Hemingway.

E igualmente me pasó a principios de año con Josué Nadal en 'La voluntad y la fortuna'. Historia narrada en primera persona por una cabeza decapitada flotando a orillas del Atlántico, donde Carlos Fuentes hace un análisis de este México contemporáneo en el que vivimos a través de la enigmática relación entre Josué y Jericó (Castor y Pólux, Caín y Abel), y una compleja trama política donde, por supuesto, el poder y la corrupción serán el pan nuestro de cada día.
Buena y totalmente recomendable novela, especialmente para el lector 'extranjero', ya que en ella encontrará algunas de las claves para comprender la situación actual que vive México. No obstante, una advertencia: no será una lectura fácil, ni tampoco ágil. La mezcla de filosofía (San Agustín, Nietzsche, Maquiavelo...) con la política mexicana y el realismo mágico nos hará sentir desorientados por momentos y dar alguna que otra 'cabezada'. Aunque la espera valdrá la pena.

Y exactamente lo mismo me vino a suceder (con mayor o menor intensidad) con 'Buzón de tiempo', de Benedetti (otro grande que se nos fue); con el súperdetective de Los Ángeles, Nick Belane, en la novela de Bukowski, Pulp (gracias a Fredy); con el intrépido periodista 'Kale' Blomkvist en la primera parte de la trilogía 'Millenium', de Larsson; con el científico Aronnax y el capitán Nemo a bordo del maravilloso Nautilus recorriendo los mares en la fascinante obra '20 mil leguas de viaje submarino', clásico de la novela de aventuras del gran Julio Verne; con Maruja Pacho Villamizar, en 'Noticia de un secuestro' de Gabriel García Márquez, novela obligada para los periodistas; o, por ejemplo, con la mujer del médico en 'Ensayo sobre la ceguera' y el sargento de policía de 'Ensayo sobre la lucidez', ambas del gran José Saramago.

Ahora bien, si tuviera que quedarme con una historia, con un personaje, no tendría duda: la novela que más me marcó en este 2009 fue... 'La Reina del Sur' (aplausos por favor), del odiado por muchos e idolatrado por otros tantos (aquí me incluyo), Arturo Pérez Reverte. En cambio, no me gustó -o no colmó tal vez mis expectativas- la obra del periodista Julio Sherer dedicada a la vida de otra narcotraficante mexicana: Sandra Ávila Beltrán, La Reina del Pacífico. Obra con 'poca chicha' y que, en realidad, no deja de ser más que una entrevista publicada en varios capítulos y que poco o nada aporta nuevo a lo que en México ya todo el mundo sabe sobre la 'materia'.
Y ya que estamos en el apartado de 'decepciones', también incluiría a Gomorra. No porque me parezca una mala obra. De hecho, me parece más bien un reportaje largo para el que se necesita mucha valentía y algo más para poder escribirlo. Sin embargo, después de un fulgurante comienzo la obra de Saviano pierde 'fuelle' a medida en que las páginas van pasando. Aunque, a diferencia de 'La Reina del Pacífico', 'Gomorra' sí es una obra que aporta y que transporta al lector a un mundo donde El Padrino, sí existe.

En definitiva, ha sido un 2009 de noches en vela leyendo. Primero con frío y manta doble, luego con el ventilador para combatir el sofocante calor, y de nuevo vuelta al edredón y la manta. Siempre acompañado por una lamparita roja, el pegajoso olor a humedad, y esa lagartija besucona observándome, tan descarada ella, en la pared de enfrente...

Los libros del 2009

- La voluntad y la fortuna, Carlos Fuentes - Buzón de tiempo, Mario Benedetti - El amor, las mujeres y la vida, Mario Benedetti - Aura, Carlos Fuentes - Pulp, Bukowski - Todos los fuegos el fuego, Julio Cortázar - El Principito, Antoine de Saint-Exupéry - Ensayo sobre la ceguera, José Saramago - Ensayo sobre la lucidez, José Saramago - La Reina del Sur, Arturo Pérez Reverte - La Reina del Pacífico, Julio Sherer - Gomorra, Roberto Saviano - Noticia de un secuestro, Gabriel García Márquez - Los hombres que no amaban a las mujeres, Stieg Larsson - 20 mil leguas de viaje submarino, Julio Verne - El Viejo y el Mar, Ernest Hemingway

Los que vendrán en el 2010

- Retrato de Dorian Grey, Oscar Wilde - El Príncipe, Maquiavelo - Adán en Edén, Carlos Fuentes - Caín, José Saramago - El Muro de la Vergüenza, Miguel Escobar Valdez ...

lunes, 21 de diciembre de 2009

'No soy un grinch'

No se crean. Yo nunca fui, lo que se dice, el clásico 'grinch'. Ya saben, el típico amargadón que odia la Navidad porque es, con diferencia, la fiesta más hipócrita de todas. Ésa en la que todo el mundo fuerza la sonrisa un poquito de medio lado y te desea 'marri crismas' y 'japy niu year' mientras, por dentro, piensa que eres un pendejo y que tu regalo del Amigo Invisible apesta, pinche cabrón.
Ni tampoco fui nunca el típico que odia la navidad porque es, junto al día de enamorados, el máximo exponente del consumismo más tonto que te puedas echar a la cara con todos esos papanoeles de alquiler, rellenos de cojines, barbas postizas y sus jo, jo, jó! diciéndote ¡compra! ¡compra! ¡compraaa!...
Ná. Yo no. Más bien, estando a tantos kilómetros de casa, siento algo de indiferencia. Aunque una indiferencia forzada como mecanismo de defensa, tal vez. Porque hubo un momento en que sí la aprecié. La saboreé y la viví.
Ahora, en cambio, me limito a recordarla en un cierto tono sepia. Con esos 22 de diciembres con la 'moka' tapada hasta las cejas en el asiento de atrás, mi madre corriendo con las maletas, y el 'viejo' cargando el coche en la madrugada de camino a Badajoz. La "tierra de Dios", que diría él. Esa en la que, misteriosamente, siempre "se acuesta uno y nacen dos".
Pero, como les decía, no soy un 'grinch'. Y no podría serlo aunque quisiera. Porque para mí la navidad siempre tendrá el sabor de un plato de cocido extremeño puesto en la mesa a las dos de la tarde. El olor a candela en la azotea, las chuleticas de cordero asadas, la bota de vino en Nochebuena, el sonido de los niños de San Ildefonso cantando 'el gordo' por la radio, el beso de mi madre en año nuevo, los paseos por la calle Menacho con los primos y 'la Cana', las lágrimas de mi abuela al vernos entrar y salir por la puerta, y una dirección: calle Doctor Fleming, en el barrio de San Roque. El hogar donde la navidad significa, sencillamente, estar juntos. En familia. Todos acumulando calorías con el turrón en un sofá kilómetrico, con el perro de turno siempre pegado al brasero, los ronquidos del abuelo poniendo la banda sonora a la comparsa, y viendo las fotos en blanco y negro del 'tito Pepe', ese galanazo, chulo, chulo, pero chulo de los buenos. Todo un Clark Gable de barrio, de pelo engominao y pañuelo rojo anudado al cuello que siempre ponía las palmas animando el cotarro. Un figura.
Y eso es, resumiendo, para mí la dichosa Navidad: la imagen de Don Manué apoyado eternamente en su esquinita del 'Bar Chico' en la carretera de la Corte. Bien flamenco él con su chambergo de cuero. Y con su vinito de pitarra que quita el sentío, su pestorejo y su nieto. Ése que ha ido, navidad tras navidad, creciendo sentado a su lado en una silla. Primero con mil fantas de limón y luego echándose alguna que otra cerveza. Escuchando. Aprendiendo... Y, sobre todo, queriéndolo.

Así que señores 'grinchs', disfruten la Navidad. Porque hoy la nostalgia huele a cocido.

Felices fiestas.

Posdata: Este post va dedicado a mi familia que, tal vez por el simple curso de la vida, hoy no puede estar al completo celebrando la Navidad como todos quisiéramos. Os mando millones de besos desde México. Os quiero muchísimo.
También va dedicado para Lyz y mi 'familia mexicana', que siempre me ha abierto las puertas de su casa haciéndome sentir uno más entre ellos y brindándome lo mejor.
Va para mis amigos, en especial a aquel lejano 'cuarteto de la Habana' al que echo mucho de menos.
Y por último, está dedicado a los que ya no están presentes y, sin embargo, siguen formando parte de nuestro recuerdo y nuestro sentimiento... Va por vosotros.