miércoles, 20 de noviembre de 2013

La Patrona, la esperanza (la historia de las ganadoras del Premio Nacional de DH)



Norma Romero, coordinadora de Las Patronas, reparte comida y agua a los migrantes que van arriba de 'La Bestia'. Click en la imagen para verla a tamaño completo //Foto: Manu Ureste



La Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) informó el pasado domingo 17 de noviembre que debido "a su destacada trayectoria" a favor de los migrantes, el grupo humanitario Las Patronas son las ganadores del Premio Nacional de Derechos Humanos 2013, el cual les será entregado el próximo 10 de diciembre.

En esta entrada, y con motivo de este reconocimiento, recuerdo mi visita a La Patrona, en Córdoba (Veracruz), donde viví una de las experiencias más enriquecedoras como persona y periodista desde mi llegada a México.

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“¿MIEDO a que me secuestren en las vías?”

Jeremías sostiene la mirada con los ojos negros muy abiertos. “No, no… –encoge los hombros, como si no entendiera el por qué de la pregunta-.

Aquí en la Tierra todos somos seres humanos: los que vamos ahí arriba del tren, los que se dedican a secuestrar, los delincuentes, los agentes de la migra… Todos somos de carne y hueso. Entonces -se palpa con los dedos la vena que le nace a borbotones de la articulación del codo y se ramifica por el antebrazo hasta llegar en minúsculos afluentes a la muñeca-, ¿por qué voy a tener miedo de una persona que está hecha de lo mismo que yo?”



El centroamericano esboza una sonrisa cansada. Apoya la espalda en la silla de plástico, tira la cabeza hacia atrás, y guarda silencio con los brazos cruzados.

“Miedo hay que tenerle a Dios –en sus ojos aniñados se dibuja una expresión fría, dura, como si más que una afirmación estuviera haciendo una advertencia-. Pero estando bien con Él… no tienes nada que temer. Por eso hago mi camino tranquilo: porque sé que Dios está conmigo”.


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Jeremías tiene dieciocho años y la madurez forzada de un joven adolescente que hace ocho meses abandonó el hogar de sus padres en Honduras, para tratar de cruzar los tres mil kilómetros que separan la frontera sur de México con Estados Unidos.

Tras el intercambio inicial de preguntas y respuestas, el hondureño se sienta a la mesa. Le sirven un plato de frijoles, arroz blanco y un par de tortillas,  y comienza a contar con un ritmo de plática melodioso que tras cruzar de Guatemala a Chiapas por el Paso del Coyote prefirió tomar un autobús rumbo al estado de Oaxaca “para evitar a los pandilleros” de la Mara Salvatrucha y, sobre todo, a los grupos del crimen organizado que, de acuerdo con la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), secuestran en promedio a unos 20 mil indocumentados al año en México.

“Al comienzo del viaje todo estuvo bien -explica mientras se atusa la camiseta del Barça que lleva con el número diez de Leo Messi a la espalda-. Los problemas -contrapone apesadumbrado-, surgieron "cuando el dinero comenzó a faltar”, y no tuvo más remedio que treparse a ese tren de mercancías al que los migrantes llaman La Bestia, para llegar hasta Medias Aguas, en Veracruz; estado que tiene en ciudades como Tierra Blanca, Coatzacoalcos, Orizaba, o la propia Medias Aguas, preocupantes focos rojos por secuestro de ilegales. 

“Poco después nos agarró la migración. Nos tuvieron dos horas retenidos, pero nos soltaron de volada y hasta suerte tuvimos porque no nos pidieron dinero. Aunque, de todas formas –se le dibuja una expresión divertida en el rostro, como quien confiesa una travesura-, sólo me quedaban doscientos pesos que traía escondidos en los tenis, así que tampoco me hubieran robado mucho”.

Ríe a carcajadas.


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Click en la imagen para verla a tamaño completo. //Foto: Manu Ureste

De vuelta a La Bestia el hondureño pasó la noche arriba de un vagón que transportaba cemento junto a otros paisanos y un grupo de salvadoreños. Así, hasta que ya bien avanzado el día siguiente el tren se detuvo para hacer el cambio de vía.

“Eran más de las ocho de la noche cuando empezó a llover muy fuerte –recuerda con el gesto sombrío, taciturno, como si aún sintiera la fina lluvia empaparle la cabeza y los hombros-. Entonces, me bajé para ponerme a resguardo y comencé a caminar y a preguntar a la gente que me iba encontrando que quién ayudaba por aquí a los migrantes. Llevaba dos días enteros sin comer”.

Con aquel recuerdo de días y noches sin nada para alimentarse, Jeremías se lleva un pedazo de tortilla caliente enrollada y repleta de frijoles a la boca. Lo mastica con la mirada puesta en el mantel de plástico adornado con flores y, a continuación, levanta de nuevo la cabeza para apuntar con la barbilla hacia la cocina donde las ollas hierven a fuego lento desde primera hora de la mañana.

“Y ahí fue –recupera la sonrisa cansada del inicio de la plática- cuando me hablaron por primera vez de ellas, de mis Patronas”.



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Doña Leónida Vázquez, 'La Patrona abuela'




"Madre, danos pan que tenemos hambre".

Doña Leónida Vázquez, de 75 años y a la que llaman La Patrona Abuela, asegura que lo recuerda con claridad.

Era una de esas mañanas húmedas y calurosas que habitualmente transcurren en La Patrona; una ranchería –cuyo nombre oficial es Guadalupe- de poco más de tres mil habitantes perteneciente al municipio de Amatlán, en la zona centro del estado de Veracruz, donde el cultivo de café era rentable en otra época, y por la que altísimos cañaverales aún se extienden hasta perderse a la vista por los alrededores del viejo ingenio azucarero San Miguel.

Aquel día varios de esos migrantes de las estadísticas, procedentes en su mayoría de Honduras, Guatemala, El Salvador, y Nicaragua, bajaron del tren aprovechando un cambio de vía rutinario. Caminaron varios cientos de metros a lo largo de la extensa línea recta que disecciona en dos esta población por la que, se calcula, transitan más de 150 mil indocumentados al año, y se encontraron con Rosa y Bernarda Romero.

“Mandé a mis hijas a que fueran por una bolsa de pan a la tienda –cuenta Doña Leónida mientras limpia los frijoles negros de un cubo amarillo de plástico-. Cuando regresaban vieron que el tren venía cargado de gente. En ese momento se detuvieron frente a ellos y los migrantes les pidieron que les dieran la bolsa de pan porque traían mucha hambre. De regreso a casa recuerdo que se me quedaron viendo muy serias. Les pregunté que si es que no había pan en la tienda, y ellas me dijeron que el tren venía con mucha gente y que les suplicaron un poco de comida. 

En ese momento yo las abracé muy fuerte –hace una pausa, recuerda, y mira al vacío-. Les dije que estaba bien, que no se preocuparan porque habían actuado correctamente. Y fue así –concluye con ambas manos hundidas en el barreño- cómo empezó la ayuda a los migrantes en La Patrona".


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Click en la imagen para verla a tamaño completo. //Foto: Manu Ureste


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DE AQUELLA MAÑANA húmeda y calurosa han pasado dieciocho años.

Tiempo en el que el ferrocarril no ha dejado de pasar ni un solo día cargado con cientos de personas aferradas a sus hierros, aún a sabiendas de que el zigzagueante camino encima de los vagones les depara un infierno de robos, secuestros, violaciones, asesinatos impunes, y reclutamiento por parte de grupos del crimen organizado, así como abusos por parte de las autoridades.

“Cuando éramos pequeñas lo llamábamos El tren de las moscas porque veíamos que venía mucha gente pegada a los fierros del ferrocarril”, recuerda Bernarda hoy con 48 años de edad, la mayor de las hermanas Clementina, Rosa y Norma Romero, todas amas de casa, y a las que poco a poco se les fueron uniendo voluntarias hasta sumar 12 mujeres que conforman Las Patronas; un grupo de ayuda humanitaria, cuya labor diaria de preparar comida y repartirla en las vías del tren ha ido trascendiendo con el paso del tiempo más allá de las fronteras, tal y como lo demuestra el abultado libro de firmas donde periodistas de Latinoamérica, Estados Unidos, Europa, y hasta del lejano Japón, dejaron constancia de su paso.

“A lo largo de estos años hemos tenido que experimentar muchas cosas y evolucionar -toma la palabra Norma Romero, de 41 años, y líder del grupo-. Nosotros iniciamos en el año noventa y cinco preparando comida, pero hoy día lo que hacemos también implica ir a cursos, asistir a talleres, y tener pláticas con la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), Migración, dependencias de Gobierno, y organizaciones de atención al migrante”.

Estas nuevas tareas, admite la veracruzana con gesto de satisfacción, han traído avances a la labor humanitaria del grupo.

Precisamente, uno de esos avances se encuentra a escasos metros de la cocina. Donde un pequeño albergue ecológico construido con suelo de cemento y paredes de bambú, y que una fundación en Francia aportó como “un granito de arena”, tiene las puertas abiertas para estudiantes que quieran realizar una labor social, y para los migrantes que van de paso y que, “en caso de emergencia”, requieran primeros auxilios.

Sin embargo, las donaciones provenientes de asociaciones civiles, universidades y comercios locales, así como la organización de las tareas como un trabajo -en una de las paredes de la cocina cuelga una pizarra con un calendario de actividades-, la cobertura que los medios de comunicación están dando a Las Patronas, y la instalación del pequeño albergue, también ha provocado que las suspicacias afloren en torno a ellas.





“Algunas personas dicen que estamos ganando con esto que hacemos, pero nosotras no trabajamos con dinero, sino con ayuda de fundaciones –ataja la líder del grupo-. Es decir, no es un dinero que nos están dando y que lo estemos administrando. Por este motivo queremos que la fundación que está haciendo estas habitaciones ecológicas venga a inaugurarlas, para que la gente conozca quién las hizo y cuál fue el motivo. Porque, desafortunadamente, siempre hay quien está con esa idea de que es muy extraño que, alguien que da de comer a otras personas, no gane dinero a cambio. Por eso abrimos la puerta a todo aquel que quiera conocer el trabajo; para que se vea que aquí no hay lucro con nada: ni con los migrantes, ni con la gente que viene a ver nuestra tarea”.


Otro de los efectos negativos de la notoriedad adquirida por Las Patronas debido a su labor de ayuda al migrante, la cual ha supuesto una de las pocas buenas noticias en el México de los más de 70 mil muertos por el combate al narcotráfico y los 70 mil indocumentados desparecidos durante el sexenio de Felipe Calderón (según cifras del Movimiento Migrante Mesoamericano), es la rapiña de terceros que intentan sacar beneficio de la solidaridad.

En este sentido, Norma explica que a pesar de que aún no se han conformado como una Asociación Civil (AC), tuvieron que reconocer una página web para que nadie suplante su identidad y pida dinero o apoyos en su nombre. Algo que, denuncian, ya ha sucedido en varias ocasiones.



Miembros de Las Patronas preparando comida para repartir entre los migrantes


“Hay veces que nos dicen que ciertas personas fueron a recoger ayuda humanitaria a nombre de unas patronas, cuando nosotros nunca supimos nada de esa ayuda. Es decir, se están haciendo pasar por nosotras, y por eso debemos tener mucho cuidado”, señala Norma recogiéndose el pelo castaño en un moño, para agregar al respecto que recientemente hubo otro caso en el municipio de Fortín de las Flores (muy próximo a la vecina Córdoba y a unos 20 kilómetros de Amatlán), donde solicitaron una cocina completamente equipada a nombre del grupo.

“No nos gustaría que nuestro trabajo, que hasta ahora lo hemos mantenido muy limpio, lo vaya a ensuciar cualquier persona que se pase de lista –añade muy seria-. Por eso hemos publicado una página web para que la gente sepa quiénes somos, quiénes integran el grupo de ayuda humanitaria Las Patronas, y qué es lo que hacemos para ayudar al migrante”.

*En breve, la 2ª parte

Crónica publicada originalmente el 30 de marzo de 2013, en el portal Animal Político.com

martes, 29 de octubre de 2013

#Fotografía Retratos del DF (Torre Latino)




                                                                Torre Latinoamericana

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                                       Vista del DF, desde la Torre Latino

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                                           Vista del Zócalo, desde la Torre Latino

domingo, 1 de septiembre de 2013

Aquellos maravillosos barcos (posdata y epílogo)





De todas las criaturas vivas de la tierra y el mar, son los barcos las únicas a las que no se puede engañar con pretensiones vanas, las únicas que no consentirán malas artes por parte de sus amos.

Joseph Conrad, El espejo del mar




EN EL MES de marzo de 2013 regresé, ya con 31 años cumplidos, al puerto de Mazarrón. Fui con mi mujer Lyzbeth de vacaciones tras varios años por tierras mexicanas, y le pedí a mis padres que fuéramos a comer a algunos de los bares que están junto al puerto deportivo. 

En lo que hace años fue la terraza del bar El Pescador –nunca olvidaré ese olor a sardina asada- pedimos unos calamares a la romana, una fuente colmada de ‘friturías’, y tras el café asiático de rigor caminamos por entre las callejuelas del casco antiguo del puerto donde, tiempo atrás, mis padres alquilaban en el mes de julio una casa junto a mis tíos y mis primos. 


“¿Te acuerdas? –comentamos-. En ese edificio estaba antes el cine Avenida –primero al que fui con mi primo a ver una película de Almodóvar, la cual claramente no era recomendable para nuestra edad-. Y allí está la casa del estanco, y un poco más allá el viejo Acuario, ¿y qué habrá sido del Hostal Madrid?”. 

Luego de varios minutos bajo el fresco del mes de marzo llegamos a la lonja de pescado, que a esa hora de la tarde estaba desierta. Curioseamos un rato con la esperanza de ver alguno de los lejanos barcos de mi memoria, pero sólo encontramos una tosca embarcación naranja de rescate marírtimo, y ya casi al final de la dársena, junto a las instalaciones del nuevo astillero, permanecía amarrado a un noray el Pedro y María, otro barco de arrastre.

No lo dije, pero me llevé una pequeña desilusión. Claro, sabía era muy difícil que encontrara al viejo Cabo la Nao fondeado en las mismas aguas aceitosas de años atrás. Sin embargo, supongo que sí albergaba cierta esperanza de poder verlo de nuevo por allí, con su tripulación a bordo limpiando con una manguera la cubierta, las redes ya dispuestas para la faena, y esa proa afilada que, como decían los marineros en la vieja taberna El Puerto, desgarraba las olas del mar a toda velocidad.





Puerto deportivo de Mazarrón




Playa del Puerto



Espigón y Faro Manuel Acosta



Lyzbeth, en el cerro del Cristo del Sagrado Corazón

             

-Hijo, esto ya no es lo que era…

Mi padre, que estaba parado junto a mí con ambas manos metidas en los bolsillos del abrigo, pareció adivinar lo que estaba pensando.

-Aquí ya no se pesca ná –una ráfaga de aire frío cargada de un fuerte olor a combustible le había levantado ligeramente los cabellos grises-. Lo han dejado todo limpio.
  
En la lonja pasamos varios minutos sin pronunciar palabra, hasta que mi padre me hizo un gesto con la cabeza apuntando a lo lejos con la barbilla.

-¿Quieres que subamos al espigón?

El graznido de unas gaviotas que revoloteaban inquietas nos acompañó hasta llegar a la gasolinera del puerto. 

A diferencia de mis recuerdos, cuando mi primo Francisco y yo nos sentábamos allí a pescar bajo un toldo y a escuchar la música que salía del pequeño radio que ponía muy bajito el encargado del surtidor, la minúscula oficina de la gasolinera estaba cerrada, y nadie aprovechaba la sombra para pasar el rato lanzando la caña.  

Muy cerca de allí, a un pasos de donde se encontraba un viejo pescador de cara tostada que remendaba solitario unas redes, un enorme buque de pintura desconchada golpeaba una y otra vez la pared de la dársena, deformando los neumáticos que hacían las veces de defensas con cada embiste contra el hormigón del muelle. 

Era el Nancy II –leí en la popa-, una nave de bandera holandesa por cuya cubierta, entre tenderetes de ropas que se secaban al sol y que de vez en cuando se bamboleaban violentamente con las impredecibles ráfagas de viento, asomaban un par de jóvenes marineros rubios que vestían gruesos jerseys de lana y cuello de tortuga, los cuales observaban en silencio y con una expresión algo cansada a aquel viejo de pelo blanco que, anclado a tierra firme, se dedicaba a lo suyo con un cigarrillo a medio consumir colgándole de la comisura de los labios.




El Nancy II



El Nancy II


Faro Manuel Acosta


ERAN YA CASI las cuatro de la tarde, vi por mi reloj.  


Llegamos al final del camino dejando atrás montones de redes cubiertas con lonas que desprendían un fuerte olor a pescado rancio –me acordé de aquellos contenedores repletos de cabezas de pez espada pudriéndose al sol-, y comenzamos a escalar, tal y como hacíamos tantos veranos atrás, las piedras que nos llevaron, al fin, hasta la cima de aquella barrera maciza con forma de ele kilométrica. 

Una vez arriba, una fuerte ventisca que rizaba las aguas azul profundo y las hacía chocar furiosas contra el dique nos recibió con un silvido en los oídos.

Respiré hondo.

A pesar de los años, la imagen era la misma que conservaba en mi memoria: un mar viejo que se extendía en una panorámica sin principio ni final, interrumpida únicamente por unas lejanas lenguas de tierra al otro lado de la Bahía. Tan sólo el Faro Manuel Acosta y la estatua del Cristo del Sagrado Corazón, que desde lo alto de un cerro abre sus brazos hacia el puerto -en una pose similar al de Río de Janeiro-, se veían sobre aquella piedra algo más pequeños de lo que recordaba. 

Allí pasamos un rato, tal vez cinco o diez minutos. Comentamos casi a gritos por el ruido del viento algunos recuerdos de cuando íbamos a pescar juntos, y tras otro breve silencio escuchando el relajante golpeteo de las olas con las rocas, mi padre me hizo otro gesto con la cabeza.  

-Hay que regresar –metió ambas manos en los bolsillos otra vez para protegerse del frío-. Nos están esperando. 

Asentí con la cabeza, comencé a emprender el camino de vuelta y, antes de bajar del espigón, eché un último vistazo a la Bahía. 

A lo lejos, casi en la línea donde se funde el horizonte con el Mediterráneo, un barco pesquero se abría paso cortando las aguas con su afilada proa, seguido por un enjambre de gaviotas, y dejando tras de sí un largo reguero de espuma salada.

No supe si aquel pesquero era el viejo Cabo la Nao, o si tal vez se trataba del Yolanda, o el Punta Antinas. Pero por un instante, aquéllos maravillosos barcos de mi infancia navegaban de nuevo por mi memoria.



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Marinero remendando las artes de pesca



 Cristo del Sagrado Corazón, Puerto de Mazarrón


EPÍLOGO

En el momento de escribir estas líneas me encontraba nuevamente a un océano de distancia del Puerto de Mazarrón. El recuerdo y la añoranza de verano mundialista de Italia 90 me llevó hasta Google en busca de alguna pista. Sin embargo, tal y como esperaba, no obtuve nada tras numerosos intentos –cuando aquellas embarcaciones surcaban el Mediterráneo Internet aún sonaba a ciencia ficción-. 

Ya eran más de las dos y media de la madrugada en la templada noche de la capital mexicana, y estaba dispuesto a cerrar el artículo sobre la historia del Cabo la Nao y el Salvador, cuando –debí haber empezado por ahí- encontré en la web del Ministerio de Agricultura y Pesca de España un censo de embarcaciones. 

No sabía la matrícula del barco, claro. Pero sí el nombre. 

Lo escribí en el espacio en blanco y… ¡bingo!. Ahí estaba. Con todo y foto.  

El Cabo la Nao, según la ficha técnica del Ministerio, fue puesto a flote por primera vez un lejano 27 de abril de 1965 –era más veterano de lo que imaginaba-, sí tenía un motor de doscientos caballos de potencia –los entendíos de la taberna no exageraban-, su base era el Puerto de Mazarrón, y tenía una dimensión total de veinte metros de eslora. 


Lo triste llegó segundos después, cuando entre los múltiples datos de la ficha leí que el barco imperial de mi memoria había dejado de navegar un 20 de febrero de 2007. El motivo… hundimiento por vía de agua. 

Aquello me dejó pensativo y preguntándome por la suerte de la tripulación. 

“Esta vez el Salvador no lo pudo traer de vuelta al puerto –me dije recordando la historia que nos contó a mí y a mi primo el hijo de marinero-. Pero ojalá que, como en aquel relato tal vez inventado, otro barco valiente llegara también a tiempo para traer a todos los marineros de vuelta a casa”.

En lo que respecta al Cabo la Nao, a diferencia del Salvador que terminó sus días lejos del mar y pudriéndose bajo el sol, tuvo un buen final. El mejor, tal vez, que un barco podría desear tras cuarenta años navegando.





El Cabo la Nao. Imagen del censo de embarcaciones del Ministerio de Agricultura. 



jueves, 8 de agosto de 2013

Aquellos maravillosos barcos





"Tratar con los hombres es un arte tan bello como tratar con los barcos. Tanto los unos como los otros viven en un elemento inestable, se hallan sometidos a sutiles y poderosas influencias y prefieren ver sus méritos apreciados que sus defectos descubiertos"

Joseph Conrad, Espejo del Mar  


EN REALIDAD era un barco como cualquier otro: ni tan grande como uno de esos atuneros que pasan meses navegando hasta llegar a los lejanos  mares del Japón, ni tan pequeño como esas embarcaciones de artes menores que apenas se alejan unas millas del amparo de la costa. Más bien, el Cabo la Nao era un barco de arrastre de tamaño medio. De unos 20 metros de eslora, a lo mucho, y con un castillo anclado entre la popa y una poderosa proa que -oíamos decir a los entendidos que departían entre carajillos en la taberna El Puerto- rasgaba las olas del Mediterráneo a gran velocidad, gracias a un motor de “ná menos” que doscientos caballos de potencia.

Y aunque no era desde luego la embarcación más grande que mi primo Francisco y yo habíamos visto fondeada en aquella dársena de aguas aceitosas –hasta la pequeña gasolinera del puerto llegaban a repostar enormes buques de banderas extrañas como ese Karaboudjan del entrañable capitán Haddock en Las Aventuras de Tintín-, algo especial tenía el Cabo la Nao que nos maravillaba.

Tal vez, pienso ahora más de veinte años después, fuera lo exótico que sonaba aquel nombre en nuestros oídos –otro de mis favoritos era el Punta Antina, una hermosa nave de arrastre pintada de un fuerte y atractivo color verde con líneas blancas-. O quizá, lo que nos llamaba tanto la atención era su aspecto de barco moderno, poderoso, reluciente –varias veces nos raspamos las rodillas tratando de subir a lo alto de las piedras del espigón y poder observarlo desde allí-, que se dejaba admirar con sus dos elevados mástiles y las redes ya dispuestas para la faena, surcando a toda máquina las aguas cálidas de la Bahía de Mazarrón.

"Tú eres el pequeño –me decía mi primo encogiendo los hombros, con una sonrisilla de así es la vida chaval, y dándome un golpecito en el hombro-. Y a ti te toca el Salvador o el Yolanda… ¿Con cuál te quedas?".




'El Campeón'. Fotografía tomada en el Puerto de Mazarrón, Murcia, España.

En aquel verano mundialista de Italia 90 yo tenía ocho años, y mi primo pasaba los doce. Así que rara vez tenía elección: mientras veía impotente cómo él y sus amigos –pues si tú te pides éste, yo me pido aquel otro- se repartían como si fueran cromos el Cabo la Nao, el Punta Antina, el Picón Dos, el Hermanos Paredes, o el Manuel Ballesta, mi barco siempre era el Salvador, un buque de apenas diez metros de eslora y casco de madera ya putrefacto, que esperaba lejos del Mediterráneo a ser desguazado en el astillero.

“Mira, casi ni se le ve el nombre”, mis compañeros de pesca se burlaban de su aspecto ruinoso golpeándome jocosamente con el codo, mientras dejábamos colgar las piernas sentados en las enormes, filosas y desordenadas rocas que formaban la barrera del espigón, y escuchábamos a lo lejos el sutil ronroneo de los otros barcos que, desde el misterioso mar abierto, regresaban a puerto al caer los rayos anaranjados de la tarde.

Pero un día de aquel mismo verano –la vida a veces te da deliciosas revanchas- mi suerte cambió.

Y los cromos se invirtieron.

Resulta que, según contaba uno de los muchachos “mayores” que conocimos de aquellas tardes de pesca, hacía algunos años atrás el Salvador había salido a la mar tras una llamada de auxilio para remolcar a otro barco que “por problemas en los motores” se quedó a la deriva en mitad de una noche cerrada y sin estrellas.

“Al escuchar por la radio la señal de socorro, el Salvador fue el primero en salir al rescate”, narraba con entusiasmo el muchacho; un adolescente alto, de piernas largas y enclenques, y de abundante pelo ensortijado que ya fumaba cigarrillos y que, aseguraba con orgullo y cierta chulería marinera –por eso él nunca decía el mar, sino la mar-, su padre era patrón de una de esas embarcaciones que tanto admirábamos.

“Un día estuvo el Salvador rescatando al barco. ¡Un día!” -exclamaba tras soltar una densa bocanada azulada de humo ante nuestra silenciosa mirada para, a continuación, preguntarnos con desdén: ¿O por qué se pensaban que se llamaba el Salvador?”.



Puerto de Mazarrón. Click en la imagen para verla a tamaño grande.

Finalmente, y luego de las labores de rescate en mar abierto –al parecer, un inmenso “gentío” aguardaba expectante sobre las piedras del espigón noticias del naufragio-, el Salvador asomó la proa muy lentamente por la delgada línea del horizonte, emitiendo un quejumbroso y acatarrado pof, pof, pof, y remolcando tras de sí nada menos que al imperial Cabo la Nao que traía los motores fuera de combate.

“Ríanse, pero ese barco –decía el muchacho con la espalda y el pie apoyado sobre una larga farola con la pintura desconchada, y señalando con la colilla del cigarro enlazada entre los dedos en dirección hacia el astillero-, ese barco que ven ahí ya podrío salvó al Cabo la Nao”.

Después de aquello pasaron los años. Y mi primo y yo nunca supimos si, en efecto, aquella historia fue real, o por el contrario se trató de un cuento marinero. Tal vez aquel hijo de pescador, harto de escuchar las burlas de los muchachos, inventó con lujo de exageraciones el relato del naufragio y el posterior rescate in extremis del Salvador. Es más que posible, me digo ahora. Sin embargo, lo cierto es que desde aquella anécdota de rescate en alta mar guardé siempre un cariño especial por aquel esqueleto de fierros y maderas carcomidas, cuyo nombre escrito con pintura blanca se resistía a desaparecer como ceniza que se lleva el viento.

Y aunque el Cabo la Nao continuó siendo el cromo favorito de todos los que nos escapábamos en las tardes de verano para ir a la lonja del puerto, ya nadie se reía de aquel barco silencioso y abandonado que, cansado de navegar, yacía solitario en tierra firme. Esperando, resignado, su última partida.  




El Noray. Fotografía tomada en Puerto de Mazarrón.