Manuel Ureste/VPCCuando al fin pude abrir los ojos, todo a mi alrededor era oscuridad. Una infinita, profunda y húmeda oscuridad.
Hacía diez minutos que la alarma del despertador había sonado por primera vez desde que fuera programada la noche anterior. Era lunes laboral en la vieja Coyoacán de Frida Khalo y Diego Rivera. Sin embargo, yo aún daba vueltas en la cama. Pegado a las frías sábanas, sin un empleo por el que alquilar mis ideales bajo el pretexto de una 'línea editorial' que seguir a rajatabla según los vientos políticos que soplen, y con unas cálidas piernas morenas envolviéndome la cintura bajo las mantas. "Después de todo... creo que podría acostumbrarme a esta vida", sonreí.
Abajo, en algún lugar de las veinte mil leguas de viaje submarino que era mi cuarto, el suelo estaba frío. Congelado como uno de esos espermatozoides durmientes que esperan su chance en una probeta de laboratorio. Me puse de pie y palpando con la palma de las manos el incierto espacio abierto llegué hasta el ventanal que daba al parque Hidalgo no sin antes tropezarme con un vaso de cristal que desparramó el agua encima de una editorial amarillenta sobre el cambio climático y sus desafíos. "Global Warming: Aún estamos a tiempo", rezaba el encabezado.
Al abrir la ventana de madera algo carcomida, un suspiro de aire fresco y de luz alcanzaron a colarse por la rendija corrompiendo tímidamente la oscuridad. La habitación seguía en tinieblas, aunque había entrado la suficiente claridad como para distinguir la forma de aquellas cuatro paredes. Ahora, pensé, al menos podía intuir dónde estaba cada cosa: la cama de escaso cuerpo y medio seguía en sus sitio, pegada a una amplia pared lisa y blanca adornada con una réplica barateja de 'Las Meninas' de Velázquez. Junto al catre, había una mesa de plástico verde de patas endebles con medicamentos para anestesiar el dolor de muelas sobre la superficie, algunos pesos sueltos con el águila zampándose a aquella serpiente de largos colmillos, tickets para el Metro, una factura arrugada del Samborns y una lamparita de color blanco para leer en las largas noches de invierno. En el suelo, sobre una alfombrita para poner los pies, estaba abierta por la página treinta y nueve 'Trilogía de Nueva York', la novela detectivesca del norteamericano Paul Auster.
A mi espalda, a la derecha de la puerta de entrada al cuarto, vi un reflejo. Era una imagen borrosa; una silueta grisácea apenas perceptible. Retrocedí entonces unos pasos para averigüar de qué se trataba y allí me quedé durante unos segundos. Inmóvil. Con un pie subido al empeine del otro y con ganas de ir al baño a mear. Observando. Escuchando los latidos del corazón y sin perder de vista al tipo que tenía frente a mí: un desconocido de ojeras moradas, cara pálida, pelo revuelto, barba de varias semanas y una barriga ciertamente venida a más en los últimos tiempos. "Un viejo", dije en voz baja acercando el dedo índice hasta tocar la imagen del espejo. "Es un viejo de 28 años".

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Fotografía: Manu VPC
Parque de Coyoacán, Ciudad de México