martes, 29 de octubre de 2013

#Fotografía Retratos del DF (Torre Latino)




                                                                Torre Latinoamericana

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                                       Vista del DF, desde la Torre Latino

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                                           Vista del Zócalo, desde la Torre Latino

domingo, 1 de septiembre de 2013

Aquellos maravillosos barcos (posdata y epílogo)





De todas las criaturas vivas de la tierra y el mar, son los barcos las únicas a las que no se puede engañar con pretensiones vanas, las únicas que no consentirán malas artes por parte de sus amos.

Joseph Conrad, El espejo del mar




EN EL MES de marzo de 2013 regresé, ya con 31 años cumplidos, al puerto de Mazarrón. Fui con mi mujer Lyzbeth de vacaciones tras varios años por tierras mexicanas, y le pedí a mis padres que fuéramos a comer a algunos de los bares que están junto al puerto deportivo. 

En lo que hace años fue la terraza del bar El Pescador –nunca olvidaré ese olor a sardina asada- pedimos unos calamares a la romana, una fuente colmada de ‘friturías’, y tras el café asiático de rigor caminamos por entre las callejuelas del casco antiguo del puerto donde, tiempo atrás, mis padres alquilaban en el mes de julio una casa junto a mis tíos y mis primos. 


“¿Te acuerdas? –comentamos-. En ese edificio estaba antes el cine Avenida –primero al que fui con mi primo a ver una película de Almodóvar, la cual claramente no era recomendable para nuestra edad-. Y allí está la casa del estanco, y un poco más allá el viejo Acuario, ¿y qué habrá sido del Hostal Madrid?”. 

Luego de varios minutos bajo el fresco del mes de marzo llegamos a la lonja de pescado, que a esa hora de la tarde estaba desierta. Curioseamos un rato con la esperanza de ver alguno de los lejanos barcos de mi memoria, pero sólo encontramos una tosca embarcación naranja de rescate marírtimo, y ya casi al final de la dársena, junto a las instalaciones del nuevo astillero, permanecía amarrado a un noray el Pedro y María, otro barco de arrastre.

No lo dije, pero me llevé una pequeña desilusión. Claro, sabía era muy difícil que encontrara al viejo Cabo la Nao fondeado en las mismas aguas aceitosas de años atrás. Sin embargo, supongo que sí albergaba cierta esperanza de poder verlo de nuevo por allí, con su tripulación a bordo limpiando con una manguera la cubierta, las redes ya dispuestas para la faena, y esa proa afilada que, como decían los marineros en la vieja taberna El Puerto, desgarraba las olas del mar a toda velocidad.





Puerto deportivo de Mazarrón




Playa del Puerto



Espigón y Faro Manuel Acosta



Lyzbeth, en el cerro del Cristo del Sagrado Corazón

             

-Hijo, esto ya no es lo que era…

Mi padre, que estaba parado junto a mí con ambas manos metidas en los bolsillos del abrigo, pareció adivinar lo que estaba pensando.

-Aquí ya no se pesca –una ráfaga de aire frío cargada de un fuerte olor a combustible le había levantado ligeramente los cabellos grises-. Lo han dejado todo limpio.
  
En la lonja pasamos varios minutos sin pronunciar palabra, hasta que mi padre me hizo un gesto con la cabeza apuntando a lo lejos con la barbilla.

-¿Quieres que subamos al espigón?

El graznido de unas gaviotas que revoloteaban inquietas nos acompañó hasta llegar a la gasolinera del puerto. 

A diferencia de mis recuerdos, cuando mi primo Francisco y yo nos sentábamos allí a pescar bajo un toldo y a escuchar la música que salía del pequeño radio que ponía muy bajito el encargado del surtidor, la minúscula oficina de la gasolinera estaba cerrada, y nadie aprovechaba la sombra para pasar el rato lanzando la caña.  

Muy cerca de allí, a un pasos de donde se encontraba un viejo pescador de cara tostada que remendaba solitario unas redes, un enorme buque de pintura desconchada golpeaba una y otra vez la pared de la dársena, deformando los neumáticos que hacían las veces de defensas con cada embiste contra el hormigón del muelle. 

Era el Nancy II –leí en la popa-, una nave de bandera holandesa por cuya cubierta, entre tenderetes de ropas que se secaban al sol y que de vez en cuando se bamboleaban violentamente con las impredecibles ráfagas de viento, asomaban un par de jóvenes marineros rubios que vestían gruesos jerseys de lana y cuello de tortuga, los cuales observaban en silencio y con una expresión algo cansada a aquel viejo de pelo blanco que, anclado a tierra firme, se dedicaba a lo suyo con un cigarrillo a medio consumir colgándole de la comisura de los labios.




El Nancy II



El Nancy II


Faro Manuel Acosta


ERAN YA CASI las cuatro de la tarde, vi por mi reloj.  


Llegamos al final del camino dejando atrás montones de redes cubiertas con lonas que desprendían un fuerte olor a pescado rancio –me acordé de aquellos contenedores repletos de cabezas de pez espada pudriéndose al sol-, y comenzamos a escalar, tal y como hacíamos tantos veranos atrás, las piedras que nos llevaron, al fin, hasta la cima de aquella barrera maciza con forma de ele kilométrica. 

Una vez arriba, una fuerte ventisca que rizaba las aguas azul profundo y las hacía chocar furiosas contra el dique nos recibió con un silvido en los oídos.

Respiré hondo.

A pesar de los años, la imagen era la misma que conservaba en mi memoria: un mar viejo que se extendía en una panorámica sin principio ni final, interrumpida únicamente por unas lejanas lenguas de tierra al otro lado de la Bahía. Tan sólo el Faro Manuel Acosta y la estatua del Cristo del Sagrado Corazón, que desde lo alto de un cerro abre sus brazos hacia el puerto -en una pose similar al de Río de Janeiro-, se veían sobre aquella piedra algo más pequeños de lo que recordaba. 

Allí pasamos un rato, tal vez cinco o diez minutos. Comentamos casi a gritos por el ruido del viento algunos recuerdos de cuando íbamos a pescar juntos, y tras otro breve silencio escuchando el relajante golpeteo de las olas con las rocas, mi padre me hizo otro gesto con la cabeza.  

-Hay que regresar –metió ambas manos en los bolsillos otra vez para protegerse del frío-. Nos están esperando. 

Asentí con la cabeza, comencé a emprender el camino de vuelta y, antes de bajar del espigón, eché un último vistazo a la Bahía. 

A lo lejos, casi en la línea donde se funde el horizonte con el Mediterráneo, un barco pesquero se abría paso cortando las aguas con su afilada proa, seguido por un enjambre de gaviotas, y dejando tras de sí un largo reguero de espuma salada.

No supe si aquel pesquero era el viejo Cabo la Nao, o si tal vez se trataba del Yolanda, o el Punta Antinas. Pero por un instante, aquéllos maravillosos barcos de mi infancia navegaban de nuevo por mi memoria.



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Marinero remendando las artes de pesca



 Cristo del Sagrado Corazón, Puerto de Mazarrón


EPÍLOGO

En el momento de escribir estas líneas me encontraba nuevamente a un océano de distancia del Puerto de Mazarrón. El recuerdo y la añoranza de verano mundialista de Italia 90 me llevó hasta Google en busca de alguna pista. Sin embargo, tal y como esperaba, no obtuve nada tras numerosos intentos –cuando aquellas embarcaciones surcaban el Mediterráneo Internet aún sonaba a ciencia ficción-. 

Ya eran más de las dos y media de la madrugada en la templada noche de la capital mexicana, y estaba dispuesto a cerrar el artículo sobre la historia del Cabo la Nao y el Salvador, cuando –debí haber empezado por ahí- encontré en la web del Ministerio de Agricultura y Pesca de España un censo de embarcaciones. 

No sabía la matrícula del barco, claro. Pero sí el nombre. 

Lo escribí en el espacio en blanco y… ¡bingo!. Ahí estaba. Con todo y foto.  

El Cabo la Nao, según la ficha técnica del Ministerio, fue puesto a flote por primera vez un lejano 27 de abril de 1965 –era más veterano de lo que imaginaba-, sí tenía un motor de doscientos caballos de potencia –los entendíos de la taberna no exageraban-, su base era el Puerto de Mazarrón, y tenía una dimensión total de veinte metros de eslora. 


Lo triste llegó segundos después, cuando entre los múltiples datos de la ficha leí que el barco imperial de mi memoria había dejado de navegar un 20 de febrero de 2007. El motivo… hundimiento por vía de agua. 

Aquello me dejó pensativo y preguntándome por la suerte de la tripulación. 

“Esta vez el Salvador no lo pudo traer de vuelta al puerto –me dije recordando la historia que nos contó a mí y a mi primo el hijo de marinero-. Pero ojalá que, como en aquel relato tal vez inventado, otro barco valiente llegara también a tiempo para traer a todos los marineros de vuelta a casa”.

En lo que respecta al Cabo la Nao, a diferencia del Salvador que terminó sus días lejos del mar y pudriéndose bajo el sol, tuvo un buen final. El mejor, tal vez, que un barco podría desear tras cuarenta años navegando.





El Cabo la Nao. Imagen del censo de embarcaciones del Ministerio de Agricultura. 



jueves, 8 de agosto de 2013

Aquellos maravillosos barcos





"Tratar con los hombres es un arte tan bello como tratar con los barcos. Tanto los unos como los otros viven en un elemento inestable, se hallan sometidos a sutiles y poderosas influencias y prefieren ver sus méritos apreciados que sus defectos descubiertos"

Joseph Conrad, Espejo del Mar  


EN REALIDAD era un barco como cualquier otro: ni tan grande como uno de esos atuneros que pasan meses navegando hasta llegar a los lejanos  mares del Japón, ni tan pequeño como esas embarcaciones de artes menores que apenas se alejan unas millas del amparo de la costa. Más bien, el Cabo la Nao era un barco de arrastre de tamaño medio. De unos 20 metros de eslora, a lo mucho, y con un castillo anclado entre la popa y una poderosa proa que -oíamos decir a los entendidos que departían entre carajillos en la taberna El Puerto- rasgaba las olas del Mediterráneo a gran velocidad, gracias a un motor de “ menos” que doscientos caballos de potencia.

Y aunque no era desde luego la embarcación más grande que mi primo Francisco y yo habíamos visto fondeada en aquella dársena de aguas aceitosas –hasta la pequeña gasolinera del puerto llegaban a repostar enormes buques de banderas extrañas como ese Karaboudjan del entrañable capitán Haddock en Las Aventuras de Tintín-, algo especial tenía el Cabo la Nao que nos maravillaba.

Tal vez, pienso ahora más de veinte años después, fuera lo exótico que sonaba aquel nombre en nuestros oídos –otro de mis favoritos era el Punta Antina, una hermosa nave de arrastre pintada de un fuerte y atractivo color verde con líneas blancas-. O quizá, lo que nos llamaba tanto la atención era su aspecto de barco moderno, poderoso, reluciente –varias veces nos raspamos las rodillas tratando de subir a lo alto de las piedras del espigón y poder observarlo desde allí-, que se dejaba admirar con sus dos elevados mástiles y las redes ya dispuestas para la faena, surcando a toda máquina las aguas cálidas de la Bahía de Mazarrón.

"Tú eres el pequeño –me decía mi primo encogiendo los hombros, con una sonrisilla de así es la vida chaval, y dándome un golpecito en el hombro-. Y a ti te toca el Salvador o el Yolanda… ¿Con cuál te quedas?".




'El Campeón'. Fotografía tomada en el Puerto de Mazarrón, Murcia, España.

En aquel verano mundialista de Italia 90 yo tenía ocho años, y mi primo pasaba los doce. Así que rara vez tenía elección: mientras veía impotente cómo él y sus amigos –pues si tú te pides éste, yo me pido aquel otro- se repartían como si fueran cromos el Cabo la Nao, el Punta Antina, el Picón Dos, el Hermanos Paredes, o el Manuel Ballesta, mi barco siempre era el Salvador, un buque de apenas diez metros de eslora y casco de madera ya putrefacto, que esperaba lejos del Mediterráneo a ser desguazado en el astillero.

“Mira, casi ni se le ve el nombre”, mis compañeros de pesca se burlaban de su aspecto ruinoso golpeándome jocosamente con el codo, mientras dejábamos colgar las piernas sentados en las enormes, filosas y desordenadas rocas que formaban la barrera del espigón, y escuchábamos a lo lejos el sutil ronroneo de los otros barcos que, desde el misterioso mar abierto, regresaban a puerto al caer los rayos anaranjados de la tarde.

Pero un día de aquel mismo verano –la vida a veces te da deliciosas revanchas- mi suerte cambió.

Y los cromos se invirtieron.

Resulta que, según contaba uno de los muchachos “mayores” que conocimos de aquellas tardes de pesca, hacía algunos años atrás el Salvador había salido a la mar tras una llamada de auxilio para remolcar a otro barco que “por problemas en los motores” se quedó a la deriva en mitad de una noche cerrada y sin estrellas.

“Al escuchar por la radio la señal de socorro, el Salvador fue el primero en salir al rescate”, narraba con entusiasmo el muchacho; un adolescente alto, de piernas largas y enclenques, y de abundante pelo ensortijado que ya fumaba cigarrillos y que, aseguraba con orgullo y cierta chulería marinera –por eso él nunca decía el mar, sino la mar-, su padre era patrón de una de esas embarcaciones que tanto admirábamos.

“Un día estuvo el Salvador rescatando al barco. ¡Un día!” -exclamaba tras soltar una densa bocanada azulada de humo ante nuestra silenciosa mirada para, a continuación, preguntarnos con desdén: ¿O por qué se pensaban que se llamaba el Salvador?”.



Puerto de Mazarrón. Click en la imagen para verla a tamaño grande.

Finalmente, y luego de las labores de rescate en mar abierto –al parecer, un inmenso “gentío” aguardaba expectante sobre las piedras del espigón noticias del naufragio-, el Salvador asomó la proa muy lentamente por la delgada línea del horizonte, emitiendo un quejumbroso y acatarrado pof, pof, pof, y remolcando tras de sí nada menos que al imperial Cabo la Nao que traía los motores fuera de combate.

“Ríanse, pero ese barco –decía el muchacho con la espalda y el pie apoyado sobre una larga farola con la pintura desconchada, y señalando con la colilla del cigarro enlazada entre los dedos en dirección hacia el astillero-, ese barco que ven ahí ya podrío salvó al Cabo la Nao”.

Después de aquello pasaron los años. Y mi primo y yo nunca supimos si, en efecto, aquella historia fue real, o por el contrario se trató de un cuento marinero. Tal vez aquel hijo de pescador, harto de escuchar las burlas de los muchachos, inventó con lujo de exageraciones el relato del naufragio y el posterior rescate in extremis del Salvador. Es más que posible, me digo ahora. Sin embargo, lo cierto es que desde aquella anécdota de rescate en alta mar guardé siempre un cariño especial por aquel esqueleto de fierros y maderas carcomidas, cuyo nombre escrito con pintura blanca se resistía a desaparecer como ceniza que se lleva el viento.

Y aunque el Cabo la Nao continuó siendo el cromo favorito de todos los que nos escapábamos en las tardes de verano para ir a la lonja del puerto, ya nadie se reía de aquel barco silencioso y abandonado que, cansado de navegar, yacía solitario en tierra firme. Esperando, resignado, su última partida.  




El Noray. Fotografía tomada en Puerto de Mazarrón. 


lunes, 1 de julio de 2013

"Mi mamá es trabajadora sexual" (2ª y última parte)

Introducirte, aunque sólo sea por unos instantes, en los bajos fondos del DF, así como en los entresijos del mundo de la prostitución, no es una tarea desde luego sencilla. Por ello, valga todo mi reconocimiento con esta crónica a los voluntarios que integran la Brigada Callejera que, día tras día, salen a las calles del barrio de La Merced para acompañar a las trabajadoras sexuales en su jornada y brindarles apoyo sanitario, legal y psicológico. Independientemente de la opinión sobre la prostitución que cada quien pueda tener (¿quién tira la primera piedra?), la labor desinteresada de este grupo que alza la voz cuando los derechos humanos de otras personas son vulnerados, bien merece el sincero reconocimiento de estas líneas...    



Gloria Castro es trabajadora sexual de la tercera edad en la zona del centro histórico del DF, y asegura que no tiene de qué avergonzarse, pues su oficio le ha dado de comer a ella y a su familia durante más de cuatro décadas.  Fotografía: Manu Ureste



“Cuando empecé a trabajar por Anillo Circunvalación las mujeres me gritaban que me largara; me escupían y me amenazaban con golpearme”

GLORIA CASTRO dice con orgullo que, a diferencia de muchas de sus compañeras, ella no tiene problema para mostrar su rostro a la cámara que la fotografía. “¿Por qué habría de avergonzarme si este trabajo me ha dado de comer a mí y a mi familia?”, pregunta extrañada y con el ceño ligeramente fruncido ante la pregunta del reportero. 

Gloria va a cumplir en un par de días 62 años.

Sentada sobre la camilla que la Brigada Callejera emplea para hacer revisiones ginecológicas, cuenta con naturalidad y sin dramatismo que lleva 42 años dedicados a ejercer la prostitución en diferentes lugares del Distrito Federal. “Hace muchos años yo cobraba 30 pesos y todavía me llevaba una cantidad de 500 o hasta 700 pesos de ganancias diarios. 

Sin embargo ahora -alza las dos manos repleta de finos dedos al aire y encoge los hombros con una sonrisa honesta-, ahora vengo desde muy temprano y hay veces que no me llevo ni un rato por mi edad. Algunos clientes me dicen: ‘señora, ya mejor váyase a su casa que está muy mayor…’. Pero yo siempre les digo: mira manito –levanta la mano izquierda y muestra la palma-, la verdad es que tengo hambre y necesidad, y yo estoy aquí trabajando. Y si tú no vienes conmigo, pues otro lo hará. Esto es así”.

Tras la última afirmación Gloria suelta una carcajada. 

Se estira con disimulo el pliegue que se le está empezando a formar en el vestido azul largo y holgado que viste, y cuenta manteniendo el gesto alegre que, a pesar de haber perdido a cinco de diez hijos, y de tener en estos momentos a uno recluido en prisión, se considera una persona “muy risueña, muy tratable”, y sobre todo con una relación “muy allegada con Dios”. Una fe ésta, comenta ahora con un tono solemne en el rostro bien cuidado a pesar de los años, que le ha ayudado a soportar los menosprecios de una sociedad que la señala con el dedo. 

“Cuando yo empecé a trabajar por Anillo Circunvalación las mujeres me gritaban que me largara, me escupían incluso, y me amenazaban con golpearme si volvía yo a pasar por ahí… Y pues así me la fui llevando hasta que perdí completamente el miedo, porque yo tenía que sacar a mis hijos adelante. A mí no me importaba arriesgarme y entrar con un psicópata o un maleante si era necesario. No me importaba”.


“Cuando se lo dije a mi hijo pensé que me iba a rechazar, que me iba a decir que renunciaba a que yo fuera su mamá… Pero fue lo contrario”
-¿Cómo le dijo a sus hijos que su madre es una trabajadora sexual? –pregunta el periodista-. 

-Cuando se lo dije a mi primer hijo pensé que me iba a rechazar, que me iba a decir que renunciaba a que yo fuera su mamá por trabajar en lo que trabajo; o que me dijera que yo le daba asco… Pero fue lo contrario. Les dije a mis hijos cuál es mi forma de ganarme la vida, nunca lo oculté, y ellos me dijeron que mi trabajo era como cualquier otro, y que con este trabajo yo les di comida, estudio, y los saqué adelante. No me juzgan y lo aceptan, y eso para mí es lo más importante. 

-Y con 62 años a punto de cumplir… ¿no tiene pensado retirarse de las calles?

Gloria se toca el pelo grisáceo que luce muy corto y se acaricia la nuca. Su mirada risueña, que por unos momentos se había perdido tal vez en divagaciones personales tras la última respuesta, vuelve a posarse, muy atenta y con un extraño halo de optimismo, sobre los ojos de quien tiene enfrente. Echa otro vistazo por entre los barrotes que protegen la ventana, apoya ambas manos sobre la camilla, y contesta:

-Voy a seguir muchos años en esto, porque mi hijo está en la cárcel y tengo que ayudarlo. Tal vez cuando él salga… -deja espacio para una pausa-, tal vez podríamos vender algo juntos si él acepta y quiere. Si mi hijo me dijera: ‘mamá ya no quiero que estés en la calle, vamos a poner un negocio’… creo que sí lo dejaría. 

-¿Y si él no aceptara el proyecto? 

-Si no, pues yo seguiré en la calle los años que Dios me permita.Mientras pueda ahí estaré. La verdad es que me siento muy orgullosa de tener este trabajo, porque aquí, en la Brigada, me han enseñado a valorarme; me dicen que soy una guerrera –suelta otra carcajada-. Por eso en cada marcha que hacen siempre estoy con ellas, y sin taparme con máscaras ni nada, ¿eh? –alza de nuevo la mano mostrando la palma-. Yo sí doy la cara. ¿Además, por qué habría de avergonzarme de este trabajo que me ayudó a superarme y a sacar adelante a mi familia? –cuestiona-. No, sabe Dios que yo no tengo nada de qué esconderme.

“Me siento muy orgullosa de tener este trabajo; aquí en la Brigada me han enseñado a valorarme, me dicen que soy una guerrera”

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Beatriz Herrera es integrante del Taller de Periodismo Aquiles Baeza. Durante la entrevista, Herrera señaló que en el taller están preparando un libro sobre historias de trabajadoras sexuales, contadas por las mismas protagonistas. //Foto: Manu Ureste


SONIA ES, probablemente, la trabajadora sexual más veterana –debe estar próxima a los 70 años- de todas las que se congregaron en las instalaciones de la Brigada Callejera para celebrar el Día de la Madre. Y también una de las más guerrilleras para denunciar los problemas cotidianos que ella y sus “compañeras” se encuentran en las calles de La Merced. 

“Bueno, ¿y de qué nos quieren salvar esos políticos, si no hemos pedido su ayuda? -Cuestiona durante la reunión-. Tampoco estamos enfermas. Los hombres son los responsables de que nosotras estemos aquí… Dejan a sus mujeres con hijos, se van y no asumen su responsabilidad.  Nos quieren criminalizar, pero no -menea ostensiblemente la cabeza mientras apunta hacia el suelo con el dedo índice-, aquí no hay víctimas ni victimarias”.

Ninguna de ellas lo dice, pero el fantasma de la iniciativa de ley en materia de trata de personas del diputado local Manuel Granados, del Partido de la Revolución Democrática (PRD), está presente durante todo el focus group.

“En la marcha del Primero de Mayo reclamamos que el trabajo sexual sea reconocido como un oficio. Ahora todo es trata de personas, y se está criminalizando a la trabajadora sexual: o eres víctima, o eres victimaria. Y nosotros decimos que son cosas diferentes”, apunta Elvira Madrid durante la entrevista posterior al show de Krisna. 

“Pero los políticos hacen las leyes al vapor. Son hechas por académicos que SE SUPONE –alza la voz para exagerar el sarcasmo- que saben lo que hacen, pero que vemos que no tienen ni idea”. 


“Los políticos y académicos no se quieren ensuciar los pies viniendo a la zona a escuchar a las compañeras”
Elvira, que lleva más de veinte años recorriendo las calles de La Merced para brindar ayuda a las trabajadoras sexuales como parte integrante de la Brigada Callejera, se ajusta una gorra negra que lleva bordada al frente una estrella roja del EZLN, y comenta con rabia que el trabajo de 23 años “lo están echando a perder” con la ley en materia de trata de personas. 

“Recientemente fui al foro de la Suprema Corte y me salí muy enojada –narra con los ojos muy abiertos-. Nos llevamos a una compañera de cada hotel para que escucharan lo que allí se decía. Pero lo que vimos fue a puras señoras ricachonas que quieren salvar al mundo, pero que no tienen ni la menor idea de cómo está la situación, y que pretenden etiquetar todo como si fuera trata, y no hacen esa diferencia”. 

Por su parte, Beatriz Herrera, del taller de Periodismo Aquiles Baeza que está editando un libro “hecho por trabajadoras sexuales”, critica en la misma línea que nadie visite la zona para conocer de voz de las trabajadoras sexuales cuáles son sus necesidades reales. 

“Vemos que hay gentes que dicen que están haciendo algo por las compañeras, por luchar contra la trata de personas –señala la activista-. Pero vienen aquí rodeados de guaruras y les preguntan así por encima a las muchachas sin entrar al fondo de la cuestión”. 

“En efecto, los grupos de feministas dicen que todo tipo de prostitución es trata de personas y explotación sexual –interviene en la plática Jaime Montejo, integrante de la Brigada Callejera y reportero de la Agencia de Noticias Independiente ‘Noti-Calle’-. Y nosotros decimos que no. Que en la prostitución hay tantos colores como en el arcoíris. Ni todas son víctimas, ni todas son victimarias. Cada mujer vive su situación de manera diferente”.





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“El trabajo de mi mamá es el que me ha permitido estudiar; ella nos ha sacado adelante y la respeto”

LENTAMENTE la sala se va quedando vacía y las sillas vuelven a amontonarse unas encima de otras.

Son más de las tres de la tarde, y el gentío abarrota el centro de la calle Corregidora por la que se extiende una infinidad de puestos ambulantes. Sobre las banquetas, y aprovechando la sombra que ofrecen los tenderetes del mercado de La Merced, las trabajadoras sexuales vuelven a la calle. 

“Sí, mi mamá es trabajadora sexual -cuenta con normalidad Marta, mientras espera en la oficina de la Brigada a que su madre termine la jornada-. Yo siempre lo supe porque ella misma me lo contó; nos tenemos mucha confianza”. 

Tras la respuesta, la joven de 15 años, que dice tener “unas ganas locas” por hacer la prepa y poder estudiar criminología, se pasa muy despacio un largo mechón de pelo negro por detrás de la oreja, y añade, mitad con indiferencia, mitad con hastío, no estar “para nada” preocupada por lo que la gente pueda decir del oficio de su madre. 

“No me preocupa lo que digan; el trabajo de mi mamá es el que me ha permitido estudiar y también hacer muchas otras cosas –comenta orgullosa-. Nosotros somos una familia completamente normal, sólo que el trabajo de mi madre es el que es. Pero no, no me importa que sea prostituta, lo veo como un trabajo cualquiera y me vale lo que la gente pueda decir. Ella nos ha sacado adelante sola a mí y a mis hermanos -concluye con una sonrisa-, y por eso yo la respeto mucho”.

*Este texto participa en el Premio Nacional de Derechos Humanos 'Rostros de la Discriminación', en el apartado de Crónica.

*Publicada originalmente el día 24 de Mayo de 2013, en Animal Político.

Lee aquí la parte 1