miércoles, 4 de agosto de 2010

Fotografía: El Faro de Cabo Palos (un día en La Manga)



'El faro'


'Atardecer'



'La islita' (vista desde lo alto del Faro)


'Finisterra'

'Puerta al mar'


El mar, de negro

'Acaríciame'

'El barquito'

Fotografías de Manu VPC,

en Cabo de Palos (Cartagena, región de Murcia)


domingo, 25 de julio de 2010

Recuerdos del mar (Un día de pesca)

"El arte de saber esperar"

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"El arte de saber esperar (2)"

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"Allá, en el horizonte"

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"El arte de saber esperar (3)"
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"Pedro y María"

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"Con las artes a cuestas"

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"La Gaviota"

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"La pesca, un trabajo en equipo"
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"Pescando a ojo"
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El faro 'Manuel Acosta'

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"Perico, El Pilas (y Veracruz)"

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'Manolo, en la punta del espigón'


Puerto de Mazarrón, Murcia, España
Fotografías: Manu VPC


Cuando sonó el despertador, la noche aún era joven en el Puerto de Mazarrón. Viviamos el verano del 95 -año arriba, año abajo-, y en el garito de la esquina una tipa con acento de Wisconsin -por lo menos- cantaba aquello de 'dale a tu cuerpo alegría Macarena', mientras dos albañiles de toda la vida esperaban en la puerta de la pensión Madrid para tomarse el carajillo mañanero. Que a ver si abres antes el kiosco Maru, que nos tienes aquí a palo seco, joer.

Perico el Pilas -tractorista trotamontañas que un buen día se hizo famoso porque encontró oro en un cabezo de La Zarza y que además se da la circunstancia de que es mi tío- acostumbraba a salir el primero por la puerta. Siempre con su gorra de patrón de barco -marinero en tierra y de secano-; la banqueta de madera al hombro; la caña; y lo más importante de todo: la ciambrera. Ésa con la que nunca salía del cortijo y que la María le había preparado la noche anterior con su choricico, su buen pedazo de queso El Ventero famoso en el mundo entero, su latica de sardinas en aceite y escabeche, un chusco de pan algo duro, y su buen morteraco de vino de Bullas por si le entraba el mareo en plena faena -"nene, que hay que ir preparao para tó. Tú hazte caso sobrino".

Tras él, íbamos el resto de la tripulación en fila india: mi padre cargando su caña azul curtida en mil mares y la bolsa de los aperos. Y unos metros atrás, mi primo Fran y yo les seguíamos el paso entre bostezo y bostezo llevando nuestras cañas.
En el cielo, los graznidos de las gaviotas rompían el silencio de la noche. A esa hora siempre se las veía revoloteando nerviosas, inquietas, y con más hambre que siete en espera de que los primeros barcos aparecieran a un costado del afilado espigón cargados de sardinas frescas hasta los topes. Por su parte, a ras de tierra, la arena aún se sentía fría en la planta de los pies y con un tacto húmedo. Como el de los sueños de esos enamorados que intercambian besos sobre una toalla estrecha en la playa de Nares. Smuack, smuack.

Junto al faro, la imagen del Cristo del Sagrado Corazón estaba iluminada artificialmente por unos focos en lo alto de la montaña. Aunque a lo lejos, en el horizonte de la lejana línea de mar, los primeros rayos de sol comenzaban a esconder a las estrellas. Poco a poco iba amaneciendo.
En el puerto, los pescadores se echaban mano a los bolsillos de la camisa mal abotonada para encender un Ducados sin filtro y matar el tiempo. Todos tenían cara de sueño y guardaban un silencio que era como una especie de código entre ellos: nadie se había comido un torrao esa noche. Las boyas reposaban plácidamente sobre la tranquila superficie marina -que parecía una balsa de aceite esa madrugada- y los cubos estaban vacíos o con apenas un palmo de agua para lavarse las manos que apestaban a sardina. Entonces, el Pilas miraba a mi padre, arrugaba el morro ladeando ligeramente el bigote y le decía: "Mal asunto Manolo. No me gusta como caza la perreta".

Ganarle la espalda al espigón era una aventura. Teníamos que escalar -con silletas que no eran de aluminio precisamente, bolsas de aperos llenas a reventar, cañas que tampoco eran de titanio ultra ligero, la ciambrera de Perico que le había preparado la María con el chorizo, el queso y etcétera, el salabre por si pescábamos pulpos de 15 kilos, los cubos, las linternas, la bolsa con el cebo...- por una pequeña montaña utilizando una escalerilla fabricada, artesanalmente, con los restos de varios palés que usaban en la lonja para transportar las cajas de pescado fresco. Una odisea.

Pero lo mejor era cuando llegábamos hasta arriba y paseábamos por los enormes bloques de piedra maciza que forman la línea defensiva que protege el muelle de las embestidas del mar. Una vez en lo alto del espigón, dejábamos todo en el suelo, tomábamos aire después del esfuerzo -"Manolo, y eso que ya no fumamos"-, y mi padre y yo nos mirábamos sonriendo sin decir nada al apreciar lo que teniamos delante de nuestros ojos: un hermoso mar azul, sereno y sabio, que se abría inmenso hasta perder la vista frente a nosotros y que nos recibía con una brisa fría y con olor a salitre.

Y es cierto, tal vez esa mañana no pescamos nada. Y seguramente muchísimas otras tampoco. A lo sumo, "puede que algún resfriado muy gordo", como decía el Pilas con sorna. Pero no importaba. Quizá por eso, a pesar del paso de los años y de que las cañas están acumulando óxido dentro de un cuarto trastero en Las Torres de Cotillas, a Manolo y Perico -que siguen llevando a la playa su gorra de patrón de barco- todavía hoy se les ilumina la cara cuando pasean por el muelle del Puerto de Mazarrón y ven aquella afilada punta del espigón. Ese trozo de piedra con formas caprichosas donde pescar, en realidad, era lo de menos.

domingo, 11 de julio de 2010

... Después de tanto tiempo esperando esa 'estrella'


Después de jugar como nunca y perder como siempre tantas veces. Después de ilusionarnos tontamente cada cuatro años. Después de viajar miles de kilómetros en busca del estadio de turno en el mundial de turno, de gritar, de animar, de reír, de querer hacer algo grande y no conseguirlo. Después de tantos y tantos años de frustraciones, complejos, desengaños, desilusiones, lágrimas de desesperación y tristeza; después de tirar la toalla y volvernos a levantar tantas veces; después de las lágrimas desconsoladas de Luis Enrique con la nariz rota tirando sangre a chorro; después de que el tal Gandhur -o como se llame- nos robara con premeditación y alevosía el pase a las semifinales en el mundial de Corea; después de quedarnos tantas veces a las puertas de hacer algo importante fallando ese penal que los equipos grandes no pueden errar en los momentos clave; después de que Maradona y Pelé siempre fueran los que, al final, levantaban la copa; después de que Zubizarreta fallara clamorosamente en el primer partido contra Nigeria en Francia 98; después de tantos 'uyyy, casi entra la puta pelota; después de tanto chillar 'a por ellos, oé oé'; después de tanto creer que, en efecto, 'sí se puede'; después de marcar un gol en la portería destartalada del barrio y alzar los brazos soñando con anotar en la final de un Mundial; y después de tanto años de eterna espera y de que millones de amantes de este hermoso deporte se fueran sin poder ver a Iker Casillas alzando la copa de oro a los cielos de África, hoy España, por fin, lo ha conseguido: tocar con su mano las estrellas. O mejor dicho, la estrella. Ésa que a partir de hoy llevará bordada en oro orgullosamente en su pecho y que sólo llevan los grandes. Los elegidos. Los Dioses del fútbol. Los Campeones del Mundo.

Hoy, la Gloria es nuestra.


En Ciudad de México,
domigo 11 de julio de 2010

lunes, 21 de junio de 2010

'No buscan tu opinión, sólo tu voto' (Estamos en campaña)

"Tenemos algo en común
le dijo un presidente a un embustero..."

Lírico, de Doble V

Manuel Ureste / VPC

Es que se me salta la lágrima, oiga. Vamos, que lloro a moco suelto -snif, snif- con solo de verlo. O mejor dicho, de verlos. Ya saben, a esos políticos y políticas, humildes y humildas, que van por el mundo sin corbata y con las mangas subidas hasta los codos; ensuciándose los zapatos Martinelli de mil euros en el barrizal; saludando de abrazo -¡quiobo compadre!- a los campesinos y a los pobres indígenas de la sierra; sudando la gota gorda con el atuendo típico de la zona que corresponda; caminando por esos caminos llenos de baches y en pésimas condiciones que otros no quisieron arreglar -los muy canallas-; y con las sobaqueras de las finísimas camisas de Burberry manchadas por el tremendo esfuerzo que lleva consigo la lucha estóica y heróica por el voto. Guau.

Pues sí. Es para echar la lágrima -y el moco-. Porque, mires donde mires, ahí los tienes. Lo mismo los ves en un espectacular gigante, bien peinaditos con la raya a un lado y retocados a base de fotoshopazo, que te los encuentras en el centro histórico de la ciudad repartiendo apoyos a dos manos, o ayudando a un pobre abuelito indefenso a cruzar la calle. Angelitos.
Y es que así son: una raza de seres superiores. Incansables. Incombustibles. Inagotables. Con una moral blindada y a prueba de mordidas. Que van tocando puerta por puerta. Convenciendo al contribuyente como debe ser: con ideas. Con trabajo. Con esfuerzo. Con honestidad. Con las manos limpias y sin mirar el bolsillo. Con propuestas. Con iniciativas. Con planes que combatan al subdesarrollo de las zonas más marginadas. Con proyectos integrales de infraestructura para que todos avancemos una cosa mala y en tiempo récord. Y con estrategias que reducirán a la mitad el número de ladronzuelos de poca monta que ensucian nuestras calles. -Y la otra mitad, para el otro trienio. Que tampoco es cuestión de arreglarlo todo el primer día-.

En efecto. Por si no lo había notado, estamos en campaña. El momento de la paz social, la democracia y la solidaridad -¿quién dijo que había que esperar hasta Nochebuena?-. El momento de dar sin esperar nada a cambio; de poner la mano, ding, ding, ding, y a ver qué cae. Porque ahora usted no es un simple ciudadano. No. Ahora, estimado votante, usted es un amigo. Un cuate. Un cuais. Un carnal. Un hermano. Una persona con necesidades, con ilusiones, con miedos, con frustraciones y obsesiones, a la que les interesa muchísimo escuchar. Porque ellos -aunque no lo parezca- también son humanos. Como cualquier hijo de vecino que se preste. Son gente normal y corriente a la que el poder nunca cambiará. Ni el dineral que ganan y los carros descapotables que manejan. Ni tampoco los jets "privados" en los que viajan bebiendo champán con sus impuestos "públicos". Qué va.
Porque ellos son los buenos. No le quepa duda. Son los elegidos. Los líderes que asumirán, llegado el momento, el peso de la responsabilidad. Los hombres de bien en los que puede confiar a ojo cerrado. Los oradores ajenos a la demagogia más barata y al populismo ramplón. Los gestores implacables que limpiarán el Gobierno de rateros y corruptos. Y todo por vocación. Faltaría más. Por el bien del país. Por la Patria. Por el Águila y la Serpiente a punto de ser devorada. Y por lo que sea necesario, oiga. Por algo -juran- son su mejor opción de futuro. Y por algo, cómo no, quieren su voto. A como dé lugar.




lunes, 7 de junio de 2010

Mi aventura en el mar (La Isla del Tesoro)


"Quince hombres sobre el cofre del muerto
yo-ho-ho!! y una botella de ron"
Canción de los piratas


Manuel Ureste / VPC
Pues sí. La cosa va de clásicos. Y es que, si unos 'posts' atrás hablábamos de Drácula y sus juergas nocturnas por London city, en esta ocasión os cuento que hace no mucho acabé de leer 'La isla del tesoro'. Novela del escocés Robert Louis Stevenson, publicada por primera vez en 1883 en la revista 'Young Folks'. Y la verdad, me gustó mucho. Es un obra refrescante, de lectura fluida, y con un elevado nivel de adicción. Vamos, que te la 'ventilas' en dos cafés y un paquete de Camel. Si es que no menos.

La historia comienza en la vieja posada 'El almirante Bembow', lugar en el que Jim Hawkins -el joven protagonista- vive junto a su padres. Todo transcurre con normalidad hasta que un buen día aparece por allí silvando un tal Billy Bones, temible pirata de cara cortada, con un misterioso viejo cofre bajo el brazo. "Quince hombres sobre el cofre del muerto. ¡Y una botella de ron!", repetía cientos de veces mientras atemorizaba a la clientela del almirante Bembow con sus malas maneras... y afilada espada.
Pronto, el viejo Bones se haría el dueño del lugar. Pero su adicción al ron -cosa extraña en un pirata- le pasaría factura, muriendo víctima de una apoplegia.
Tras su fallecimiento, el intrépido Hawkins decide resolver por su cuenta el enigma del cofre del muerto. Encontrando en su interior lo que todos esperábamos: el mapa de la Isla del Tesoro. Sin embargo, el cuento no iba a ser tan fácil. Ya que poco antes de que Bones muriera, éste había recibido la visita de 'Perro negro', marinero de malas artes que acude a la taberna para hacerse con el cofre y emprender la búsqueda del ansiado tesoro del Capitán Flint, "el pirata más sanguinario que alguna vez haya vivido". Sin embargo, Perro Negro no tendría éxito, ya que el astuto Hawkins fue el más rápido de la clase y huyó con el mapa bajo el brazo.
La encarnizada búsqueda del tesoro... no había hecho más que empezar.

Lo cierto es que siempre me fascinaron las novelas de aventura. Especialmente, si éstas tienen que ver con el océano, antiguos galeones hundidos, tesoros enterrados en una isla misteriosa, o nuevos mundos por descubrir entre los recovecos del inmenso Mare Nostrum.
Ejemplo de ello, fue la ya citada en VPC '20 mil leguas de viaje submarino', de Julio Verne. O el entrañable 'Viejo y el Mar', de Hemingway. Pero en este caso, la obra que ocupa este post es -tal vez junto a Mobby Dick- la novela de aventuras por excelencia. Con aquellos piratas de los de verdad -como Jonh 'El Largo' Silver... nada que ver con el hollywoodense Jack Sparrow- , de parche en el ojo, mascando tabaco y escupiendo sobre la madera añeja, y gritando a sus subordinados temerosos aquello de '¡rayos y centellas! ¡Tirad al muerto por la borda de una maldita vez!'. O con aquellos otros marineros, viejos lobos de mar, siempre fieles a la taberna y a la bandera de 'Her Majestic' La Reina, tratando de poner las cosas en su sitio manteniendo a raya a los corsarios a punta de sablazo.
Pero no se crean. 'La isla del tesoro' es algo más que un cuento de aventuras. En realidad se trata de un ensayo, con un agradable olor a brisa salada pegándote en la cara, sobre la eterna condición (des)humana. Por lo que entre sus páginas encontraremos entre espadazos y cañonazos de balas del 15 una feroz crítica a la abaricia desmedida del hombre. Así como a su insaciable hambre de dinero, riqueza y absurdo poder. Un poder que, sin embargo, no será capaz de hacer frente al majestuoso mar. El cual, con su temible bravura, dejará siempre flotando las miserias del ser humano sobre la invisible línea del horizonte. Como los restos de un naufragio.

Puntuación de VPC: 8

Fotos: Charls